José Luis Gutiérrez
Historiador, miembro del GI Historia Actual de la Universidad de Cádiz
Director científico de Todos los nombres,
La historia del anarquismo español se confunde con la del movimiento obrero organizado. El arraigo de las ideas libertarias en la clase trabajadora terminará siendo uno de los factores diferenciales del anarquismo hispano respecto al europeo.
Desde junio de 1870, momento en el que podemos situar la aparición del obrerismo hispano organizado con la creación de la AIT en España, una parte considerable del movimiento obrero organizado adoptó no solo la finalidad ácrata sino también sus modos organizativos.
Todavía hay quien sitúa el origen del anarquismo español en la visita que realizó el italiano Giuseppe Fanelli a diversas ciudades españolas en el otoño de 1868. Evidentemente es un recurso llamémosle didáctico. Más cercano al contexto español de aquel momento es distinguir tres corrientes actuantes en el naciente mundo obrero. Una primera, la del societarismo catalán que actuaba desde 1830. Una segunda, la de las revueltas campesinas especialmente vigorosas desde la venta de bienes comunales durante la Desamortización de Madoz. Y, finalmente, los grupos intelectuales inclinados a las doctrinas de Fourier o Cabet que se encontraban vinculados al Partido Demócrata de Pi y Margall. Fue en este caldo de cultivo en el que cayeron las propuestas llamémosles ácratas que se incardinaron en la realidad social y la evolución política y económica del estado español. Fueron Barcelona y Madrid donde se crearon los primeros núcleos internacionalistas. En la ciudad catalana el animador fue Farga Pellicer. Actuaron en el Centro Federal de Sociedades Obreras que, en febrero de 1870, se convirtió en Federación Local de la AIT. En Madrid, el núcleo surgió en torno al Fomento de las Artes al que pertenecían Anselmo Lorenzo, Francisco y Angel Mora y Tomás González Morago entre otros. En ambas ciudades aparecieron periódicos, «La Federación» en Barcelona, en agosto de 1869 y «La Solidaridad» en Madrid en enero de 1870, desde los que se preparó la celebración del congreso obrero del Teatro Circo.
Una de las primeras polémicas estuvo en la abstención de los obreros en los asuntos políticos. Fernando Garrido publicó unos artículos criticando la posición abstencionista. En «La Federación», «La Solidaridad» y «El Obrero» de Palma de Mallorca aparecieron escritos de respuesta que identificaban abstención con instrumento de la reacción.
Desde estos primeros momentos aparece la comunicación entre movimiento obrero y anarquismo organizado.
1 La Federación de la Región Española
Uno de los puntos principales del Congreso de 1870 fue la actitud de la Internacional en relación con la política. Las diversas tendencias presentes se pueden agrupar en tres: En primer lugar, la revolucionaria, representada por el grupo aliancista madrileño. La segunda, la posibilista, cuyo representante más destacado era el tejedor barcelonés Roca y Galés. Finalmente, la societaria que recogía la tradición societaria catalana. El Congreso supuso el triunfo de la línea bakuninista. Sus representantes participaron en la elaboración de los dictámenes de todos los puntos del día; el madrileño Borrel defendió el referido a «Resistencia», el gaditano González Meneses el de «Organización Social» y el grueso del núcleo madrileño el punto de la actitud ante la política. Consecuentemente el Consejo General residió en Madrid y estuvo compuesto por la plana mayor del aliancismo.
Se ha calificado de impuesta la victoria de los aliancistas. Para ello se hace referencia a su control de los puestos claves de la organización del congreso, la desorientación de las sociedades barcelonesas y el bajo nivel doctrinal de los debates. Se iniciaban así las acusaciones de dirigismo del movimiento obrero español por los anarquistas agrupados en organizaciones secretas cuya finalidad era el control del asociacionismo proletario. Aunque cabe pensar que si el obrerismo catalán se orientaba hacia la radicalización no era sólo por la manipulación que hubiera hecho, por ejemplo, Farga Pellicer.
«El incumplimiento de promesas […] ratificó la desconfianza de los obreros hacia la política»
Durante los años sesenta del siglo XIX se convirtieron los distintos mercados regionales existentes hasta entonces un uno nacional. A mediados de esa década, se produjo la primera crisis ferroviaria. Hasta ese momento la construcción de los tendidos era un negocio rentable tanto por las subvenciones del Estado como por la presencia de una abundante mano de obra formada por campesinos proletarizados. Obreros y republicanos se radicalizaron. Un convulso ambiente que desembocó en la sublevación de Serrano, Topete y Prim en Cádiz. La Gloriosa abonó el desarrollo del obrerismo. El incumplimiento de promesas, como la abolición de quintas y consumos, ratificó la desconfianza de los obreros hacia la política.
La expansión de la FRE fue rápida. En septiembre de 1871 celebró su segundo congreso. La situación no era muy halagüeña: las relaciones entre las sociedades se habían casi extinguido y el Consejo Federal estaba reducido a Ángel Mora y Anselmo Lorenzo. La orientación apolítica no era unánime. Así nos lo demuestra la creación de la Asociación Nacional de Trabajadores, primera escisión que tuvo la AIT española, Más importante fue que militantes como José Mesa y Pablo Iglesias se convirtieran en partidarios de la acción política. El periódico La Emancipación, en noviembre de 1871, publicó las resoluciones de la Conferencia de Londres que proponían la creación de un partido político de la clase obrera. El bakuninista González Morago, que, como otros miembros del Consejo Federal había huido a Lisboa, fundó a su regreso el periódico El Condenado desde el que se opuso a la acción política del proletariado.
Al Congreso de Zaragoza de abril de 1872, llegó la FRE dividida tras la expulsión de Mesa por publicar un artículo propolítico y por sus contactos con el Partido Republicano. Una cuestión que se trató en la capital aragonesa. Fueron los momentos previos a la escisión entre libertarios y marxistas. El enfrentamiento no se limitó al problema madrileño, resuelto de forma contemporizadora. La victoria fue nuevamente de los antiautoritarios al lograr que se aprobara una reforma de los estatutos de la AIT para dejar delimitadas las atribuciones del Consejo General de Londres y que el Consejo Federal se trasladara a Valencia sustituyendo a los marxistas madrileños por bakuninistas. Poco tardaría en consumarse la escisión. El 8 de julio de 1872 se constituyó la Nueva Federación Madrileña que no fue reconocida por el Comité Federal de la FRE aunque sí por el Consejo General de Londres. Lo ocurrido en España fue un capítulo más de la crisis general de la AIT. En este mismo año los Congresos de La Haya y Saint-Imier consumaron la ruptura. El Consejo General marxista se trasladó a Nueva York con lo que la Internacional prácticamente dejó de existir, y los bakuninistas reafirmaron su actuación antipolítica en una serie de congresos que tampoco tuvieron mayor continuidad.

Desde su primer congreso, la FRE se había extendido por la geografía española. El porcentaje de sociedades catalanas descendió hasta el 40%, de los asistentes al Congreso de Zaragoza, frente al 80% que participaron en el primero. Andalucía fue una de las regiones de mayor implantación. Existían 47 federaciones, que suponían en 22% del total nacional, y 74 sociedades que representaban el 17%. Dividida la Internacional española, el sector mayoritario celebró un nuevo Congreso en Córdoba a fines de 1872. En él, se reafirmó la expulsión de la Nueva Federación Madrileña y se declaró el apoyo de la FRE a los acuerdos apolíticos de Saint-Imier.
Fue también durante estos años durante los que se forjó la idea de la existencia de un obrerismo radical y otro moderado que podían identificarse, en general, con Cataluña y Andalucía. La moderada, representaría al obrerismo industrial. La segunda, sería agraria, más vehemente y autonomista. Sea o no correcta esta generalización, lo cierto es que la doble implantación en el campo y ciudad significó la relación entre obreros industriales y agrícolas y la extensión del revolucionarismo proletario en las grandes ciudades y en el medio rural. Al término de este primer período de existencia de la Internacional en España se puede decir que ha triunfado la línea apolítica. En general se utilizan análisis que parten de la consideración del anarquismo como un movimiento que reaccionaba racionalmente a los procesos económicos, sociales y políticos de su entorno. Sin embargo, también habría que admitir que posiblemente no exista un esquema en el que encaje sin contradicción. En el anarquismo se incluyen tendencias moderadas, e incluso reformistas, como las que podrían representar algunas secciones internacionalistas, —con otras más voluntaristas e incluso religiosas. Son sectores que actúan a la vez en una misma localidad y que se superponen generacionalmente.
Desde esta perspectiva sería preciso replantearse el estudio del anarquismo como un fenómeno ligado a una cultura agraria condenada a desaparecer. Habría que relacionarlo con la destrucción de unos modos productivos, tradiciones comunitarias e incluso formas de trabajo propias, que habían generado una cooperación solidaria. Se podrían estudiar las consecuencias de la Desamortización y la capitalización de los bienes señoriales y su relación con la estructuración orgánica del campesino. Quizás así, tendría explicación que el modelo federalista ácrata reflejara la relación interactiva entre el campesino y su espacio geográfico mejor que el centralista marxista. En consecuencia, la organización obrera acabó decantándose hacia el modelo anarquista. El ideal libertario habría construido una opción política orientada contra las instituciones oficiales y que oponía su propia moral a la ley. Desde este conjunto de enfoques y factores sería desde donde se podría encontrar una explicación al arraigo anarquista en España, así como su desarrollo posterior hasta la actualidad.
2 De la clandestinidad a la FTRE
Desmoronada la Primera República en 1874, el gobierno del general Serrano colocó a la FRE en la clandestinidad. La Internacional no recobraría la legalidad hasta 1881 transformada en una nueva organización: la Federación de Trabajadores de la Región Española.

El último congreso de la FRE se celebró en junio de 1874 en Madrid. Después, la Comisión Federal, de acuerdo con las Federaciones Locales, sustituyó los encuentros nacionales por Conferencias Comarcales. Para adaptarse a la nueva situación, se reformaron los estatutos que, a partir de entonces, dieron mayor número de atribuciones a la Comisión Federal y se organizaron las Federaciones Comarcales. Pero la decadencia continuó. En 1876 el número de federaciones había descendido hasta 36.
La Internacional en la clandestinidad languideció hasta que, en 1881, nació la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE) heredera de la primera organización internacionalista tanto por sus fundadores como por su contenido ideológico. La FTRE vivió hasta 1888. Cataluña y Andalucía fueron las regiones en las que tuvo mayor influencia. Es lo que se deduce de las estadísticas que se elaboraron con motivo del Congreso que en septiembre de 1882 celebró en Sevilla.
Nuevamente, en ella coexistieron sectores de planteaban acogerse a la legalidad con otros que prefirieron la clandestinidad, aunque predominaron los primeros. Su aspiración de constituir colectividades autónomas y federadas de productores libres, de raíz proudhoniana, representaba más una actitud de resistencia al capitalismo que de lucha contra él.
Hasta entonces el ideal económico que inspiraba al movimiento obrero español había sido el colectivismo bakuninista que propugnaba la apropiación colectiva de los medios de producción respetando la propiedad individual, fruto del trabajo. Una fórmula conciliadora entre los principios comunistas e individualistas. Para los colectivistas, el comunismo significaba la absorción total del individuo por la sociedad y generaría un régimen dominado por un Estado u organismo social omnipotente y propietario único de todos los bienes. El congreso de Barcelona de 1881, que significó la reorganización del movimiento obrero español, consagró al colectivismo como su principio oficial. Así, en sus documentos, campeaba el lema «Anarquía, Federación, Colectivismo».
Los planteamientos anarco‐comunistas, o comunistas libertarios, empezaron a penetrar en España por los primeros años ochenta. Habían empezado a elaborarlas desde un lustro antes, el italiano Errico Malatesta y el ruso Piotr Kropotkin. Fue este último quien tuvo más influencia en España. Los anarco‐comunistas, partiendo de la cada vez mayor complejidad del mundo industrial, pensaban que la producción terminaría siendo una obra colectiva en la que sería imposible señalar a lo que tenía derecho cada hombre. Por ello, consideraban que era preciso declarar la propiedad colectiva no sólo de los medios de producción sino también de los productos del trabajo. De esta forma, frente al principio «a cada cual según su trabajo», proclamaban el de «de cada cuál según su capacidad, a cada cual según sus necesidades». Los anarco‐comunistas reprochaban a los colectivistas que santificar la propiedad derivada del trabajo individual era egoísta y abría la posibilidad a que nacieran nuevas desigualdades y dominaciones. Los colectivistas respondían que el hombre, falto del interés individual, por su naturaleza egoísta e inclinada a la holganza, procuraría escaquearse, con lo que se premiaría a los vagos y cegaría la fuente de progreso que es el interés individual.
Desde 1886 comenzaron a desaparecer los lemas «Anarquismo, Federación, Colectivismo» y su sustitución por otros como «Salud y Revolución Social». Además, los comunicados oficiales de la Federación de Trabajadores evitaban decantarse por el sistema económico futuro. Ese año, apareció en Madrid el periódico La Justicia Humana y se sucederán otros órganos de prensa de carácter comunista. Tales fueron Tierra y Libertad de Barcelona; El Socialismo de Cádiz animado por Fermín Salvochea, y Acracia de Madrid que, aunque colectivista, acogió en su seno a las distintas tendencias.
En la década de los noventa, las corrientes comunistas libertarias fueron desplazando a las colectivistas con la aparición de voceros abiertamente comunistas, como El Porvenir Anarquista, El Combate o El Revolucionario, o con el cambio, hacia posiciones más neutrales, defendiendo la «anarquía sin adjetivos», de otros como El Productor.
3 La época de los grandes procesos o el orden de los propietarios
Bajo la disputa ideológica también estaban presentes otros problemas como si era necesaria o no una organización obrera; el enfrentamiento entre legalistas, partidarios de la resistencia solidaria, y de la clandestinidad, cuyos máximos representantes fueron los miembros del grupo «Los Desheredados».
«El Estado […] no estaba dispuesto permitir el desarrollo del societarismo obrero»
La crisis económica de estos años provocó una cadena de huelgas y motines. Uno de los más destacados fue el de 1883 en la campiña jerezana en Cádiz. Los anarquistas fundaron, durante este período, organizaciones clandestinas que se superponían con las federaciones de la FTRE. Desde esta perspectiva se puede entender el oscuro montaje de La Mano Negra en Andalucía. Que pudiera presentarse a la opinión pública con visos de verosimilitud, es fruto de la situación existente. Aunque la FTRE rechazó cualquier tipo de vinculación, no pudo evitar que la represión se abatiera sobre ella. El Estado tenía claro que no estaba dispuesto a permitir el desarrollo del societarismo obrero.
La crisis de 1883 señaló el inicio de la decadencia de la FTRE. En palabras de Anselmo Lorenzo, se puede decir que, si como la espuma creció, con la misma facilidad recorrió el camino hasta su desaparición. Con su desintegración, se crearon distintas organizaciones que agruparon a los restos de las federaciones existentes. La desaparición de la FTRE señaló el inicio de una nueva etapa en la que no sólo se va a producir el cambio de la preponderancia de los colectivistas por los anarco‐comunistas, sino también la aparición de un fenómeno que ha quedado, sin merecerlo, como definitorio de las prácticas ácratas: el terrorismo.
La transformación del societarismo se llevó a cabo recorriendo un doloroso camino que llega hasta la creación del sindicalismo revolucionario de la CNT. Una vez disuelta la FTRE se crearon entidades, la Organización Anarquista de la Región Española que apenas funcionó, y la Federación de Sociedades Obreras de Resistencia al Capital. La caracterización como terrorista del anarquismo se produjo en un momento de reflujo organizativo que coincide con los atentados a empresas y patronos que se extendieron posteriormente a altas personalidades del país. En 1893 se podría fechar la aparición de la segunda etapa de los actos violentos que se extendió hasta 1897. Durante estos años tenemos prácticas represivas del Estado, como los sucesos de Jerez de 1892, o atentados individuales como el de Pallás contra Martínez Campos en septiembre de 1893 y el de Angiolillo contra Cánovas en 1897, o colectivos como los del Liceo de noviembre de 1893) y la procesión del Corpus de junio de 1896.
Entre 1897 a 1903, coincidiendo con los momentos previos y posteriores a la pérdida de las últimas colonias, los actos terroristas entraron en un impasse. Son los años en los que se detectó una reactivación de la actividad societaria obrera que llegó hasta el fracaso de las huelgas generales de Barcelona, La Coruña, Sevilla y otras localidades de los primeros años del siglo XX.
El despertar obrero se produjo en el ámbito de un discurso conservador que confiaba en el éxito de una política de reforma social en la que el Estado jugara un papel destacado. En 1902, Antonio Maura se hizo cargo del ministerio de la Gobernación. Un Maura situado en el optimismo conservador que pensaba que la erradicación del caciquismo, la regeneración del aparato administrativo y las reformas legislativas bastarían para transformar la situación del país. Aunque también pensaba que se debía emplear la fuerza, sin ninguna debilidad, contra quienes envenenaban las escasas luces de los obreros. Y estos eran precisamente los libertarios, los anarquistas. Porque eran los ácratas quienes estaban abriendo nuevos espacios en el movimiento obrero.
La consecuencia fue la represión que se desencadenó sobre las sociedades obreras y el empleo de las fuerzas policiales y del ejército para reprimir las alteraciones de la paz ciudadana. Fue 1903 el año en el que simbólicamente se puede cerrar este primer ciclo de expansión libertaria con los sucesos de Alcalá del Valle. Se abría otro que terminaría con la fundación de la CNT.
No podemos cerrar este texto sin hacer referencia al papel cultural, educativo y social del anarquismo español. Ejemplificado en la creación de ateneos, escuelas obreras, introducción de corrientes pedagógicas y de otras corrientes que terminaron impregnando a la sociedad española. Son los casos del vegetarianismo, naturismo, laicismo, el control de la natalidad o el amor libre. Ideas y planteamientos que se expandieron gracias a la activa labor propagandística de personalidades que llegaron, en algún caso, a alcanzar la categoría de mito. Ejemplos son: Sánchez Rosa y Salvochea, en Cádiz, Mella, en Sevilla; Juan Montseny, Teresa Claramunt, Fernando Tárrida del Mármol y Teresa Mañé, en Cataluña y, en esta misma región, la tarea pedagógica de Ferrer Guardia desde La Escuela Moderna.