Manel Aisa Pàmpols
El primer capítulo de El eco de los pasos, que son unas memorias extraordinarias de Juan García Oliver, lleva por título el “Anarcosindicalismo en la calle”, y es, realmente, el mosaico de una vida rebelde y apasionante, en la que, sin duda, complementa ese aprendizaje en lo que antes se conocía como la universidad de la vida, que no era otra cosa que el tiempo que los obreros pasaban en la cárcel y en el penal.
Aparte de las lecturas de los textos de Bakunin y Kropotkin que seguro llegó a leer, eso sí, cuando ya tenía alguna formación de la escuela de la calle, el crecer en las fábricas del “Vapor Vell” y “Vapor Nou” de Reus le llevó a ver a toda su familia, hermanas, madre y padres, desgastarse por un miserable sueldo: Para él no sería diferente.
La primera piedra que lanzó Juan García Oliver fue para apagar la pequeña bombilla que en la puerta daba luz a la entrada de la fábrica del Vapor Vell.
Nos dice que a los siete años los niños se divierten con juegos en la calle como son “clotxa”, al “belit”, a las canicas, con el trompo, a las cuatro esquinas, son juegos que llegaron al menos hasta la segunda mitad del siglo pasado. Y con ellos las primeras rebeldías.
Aprendemos a conocer el territorio por el cual Juan García Oliver se movía, en el que las estaciones marcaban realmente la climatología de la época y así se nos apunta como el invierno era frío y crudo, sobre todo cuando en invierno soplaba el conocido “Joanet de Prades”, cuando la gente se apilaba los unos con los otros para darse calor. Así eran las inclemencias climáticas para la clase obrera: un frío que se colaba por las ranuras de las ventanas, que nunca cerraban bien.
Su hermano Pedro muere por meningitis; la única medicina de que disponía la familia era un poco de leche de vaca que cada mañana Juan debía ir a buscar, y que con la curiosidad de la edad un día quiso probar: ese líquido blanco milagroso. No dudo en echar un pequeño trago; aquel día su hermano Pedro ya no resistió más a la enfermedad y murió. Juan, en silencio, sin contar nunca nada a nadie, vivía la culpabilidad de haber quitado la vida a su hermano por aquel sorbo de leche que bebió.
Durante el entierro de su hermano Pedro, García Oliver observa, mira el cementerio ilustre de Reus y comentó posteriormente el impacto que le produce el mármol del panteón de los Odena los dueños de la fábrica del Vapor Vell, al darse cuenta de que hasta en los cementerios hay diferentes clases sociales. A la par, nos habla de la miseria con la que convivían en su casa: apenas trabajaban dos y eran cinco en familia; por otro lado, se acumulaban las deudas contraídas a raíz de la enfermedad de Pedro.
Son las algaradas de 1909 las primeras que recuerda Juan García Oliver, tenía 7 años. Desde poco más allá de la esquina de su casa, ve a dos jóvenes obreros que tratan de enfrentarse con el ejército con una pequeña pistola.
Por otro lado, el 1 de mayo de 1910 lo recuerda como un gran acontecimiento en su ciudad, Reus, en la que cada día había una mayor conciencia social.
Ya en este capítulo de su libro El eco de los pasos, García Oliver hace una observación sobre el anarquismo burgués, ese que de alguna manera apenas le da importancia a la justicia social y mucho menos al Comunismo Libertario, que, de alguna manera, es lo que en aquellas primeras décadas del siglo XX trataban de construir y pensar la mayoría de los anarquistas de este país. García Oliver observa la diferencia entre el anarquismo y la política burguesa.

Años después, ya en la época de la Primera Guerra Mundial, marcha a Barcelona y de Barcelona a Villajuiga, para pasar la frontera a pie e ir a trabajar al sur de Francia. Fue una aventura, una chiquillada de niño: tuvo que volver a casa, a Reus.
A la par que empieza a crecer como persona, vive y ve las necesidades de un obrero que se busca la vida en un sector como es el de la alimentación, o, mejor dicho, su oficio principal, el de camarero, y como va aprendiendo a manejarse por la vida entre Reus, Tarragona, Barcelona, Mataró, Montserrat; y como sindicalmente construye lo común de la época, donde el sindicalismo, o mejor dicho el anarcosindicalismo, está creciendo.
Va aprendiendo el oficio de camarero y, poco a poco, va ocupando puestos de más responsabilidad en los restaurantes en los que trabaja. Este tema del trabajo el propio García Oliver lo trata con una profesionalidad exquisita y muestras de cómo eran los trabajadores anarquistas, que pretendían ser los mejores y los más eficientes. El conocer un oficio era de gran importancia para todos ellos.
Cuando se traslada a Barcelona, al Hotel Jardín, en la plaza del Pino, cuando en agosto de 1917 tendría la ciudad uno de los grandes momentos de la agitación del movimiento obrero.
Y recuerda con todo lujo de detalles a aquel hombre que con una pistola niquelada disparó hacia la calle Hospital, en la que el ejército había instalado un cañón y la tropa que se protegía detrás del mismo. El hombre vació su cargador y acto seguido el ejército respondió con un cañonazo que hizo añicos buena parte de los adoquines que formaban la barricada, y el anarco de turno de la barricada gritó “no se puede con esos hijos de puta del ejército”. Y marchó en dirección hacia la calle Robador.
El que había disparado el revólver abandonó la barricada, arrastrándose por el suelo, y marchó por la calle San Rafael, como dirigiéndose a la de Robador.
García Oliver se acordó de los hechos que ocurrieron cuando era todavía niño en la calle San Elías de Reus, cuando dos jóvenes se enfrentaron al ejército y dijeron aquella misma frase, “No se puede con el ejército”.
En contraste con la Semana Trágica, estos hechos de agosto de 1917 serán recordados como la “Semana Cómica”, aunque no tuvo nada de cómica: se vertió abundante sangre y murieron 17 personas.
La plantilla de los restaurantes debía dormir en el mismo edificio donde trabajaba y vivían todo tipo de peripecias.
Mientras, se desarrollaban las luchas y los enfrentamientos del periodo de los años 20, que empezaron unos años antes sobre todo con la muerte de Sabater “El Tero”, que cayó en una emboscada de los hombres del que después sería el conocido “Sindicato Libre”.
Eran momentos de clandestinidad en los que pocos debían saber dónde se ubicaba la Federación Local de la CNT en Barcelona y por supuesto el Regional (concretamente en la calle de Elcano nº5, en su primer piso que durante años fue un lugar completamente hermético, desconocido para la policía.
Pero antes del Sindicato libre, de los pistoleros de la patronal, hablemos o, mejor, dejemos constancia de la huelga de La Canadiense que en definitiva fue la gran victoria del movimiento obrero catalán, con la osadía de vencer claramente a la burguesía; hombres y mujeres que se sentían y todavía se sienten capacitados para dirigir los destinos de la tierra.
Con 17 años vive la que será la primera huelga de camareros, del sindicato de la alimentación, que, como tantas otras huelgas, fracasa. Dice García Oliver: “nos habíamos afiliado al Sindicat Único del Ramo de Alimentación de Barcelona el día siguiente de la declaración de huelga. Al dejar de formar parte de La Alianza, sociedad profesional de camareros adherida a la UGT, nos constituimos en “Sindicato de la Industria Hotelera, Cafés y Anejos”, comprendiendo todos los servicios de la industria, cocineros, camareros, barmans, mujeres de servicio y maleteros. Con nosotros, casi que, a rastras, también los asociados camareros y cocineros de “La Concordia”.
Después vendría la idea de crear la Comarcal de Reus, Tarragona. Aunque en una primera propuesta podría haber ido a otro lugar de Cataluña, él prefirió volver a su tierra natal donde conocía el terreno que pisaba y donde se podía desenvolver mucho mejor. Hacer crecer el anarcosindicalismo en su propia tierra, en Tarragona, constituía un espacio no exento de dificultad, ya que el campesinado poco tenía que ver con los obreros de Barcelona y entorno, o de las cuencas fluviales, donde los obreros experimentaban y sentían como eran explotados y menys tinguts; mientras que en el Sur, con mucha menos industria, los trabajadores del campo tenían otro tipo de problemas que en nada o en muy poco con los de los trabajadores industriales.
Debían de andar con mucha precaución con los conocidos “Libreños”, la patronal y sus pistoleros y con La ley de Fugas y la lista de Severiano Martínez Anido (80 anarcosindicalistas que había que exterminar y que después fueron muchísimos más).
Más tarde la aventura del exilio, una vez en España se ha instaurado la dictadura de Primo de Rivera, con los precedentes de la lucha sin cuartel, en ciudades como Barcelona, donde todos los organismos opresores se encargaban de liquidar a los obreros y en la que cayeron infinidad de anarcosindicalistas, como Salvador Seguí, Ramón Archs, Pedro Vandellós, Juan Pey, Emili Boal (el Abogado Francesc Layret) y tantos otros.
Más tarde, en Francia, trabaja como barnizador, que era por aquel entonces una labor en la que se ocupaban muchos anarcosindicalistas, todos ellos verdaderos profesionales de uno o más oficios que la vida y sus derroteros les había dado la oportunidad de aprender.
A la vez, los intentos de crear un internacional del anarquismo español fuera de las fronteras del estado y organizando alguna que otra reunión donde acudió el bueno y generoso de Aurelio Fernández. Y “El Café de Combat” y la infinidad de proyectos que asomaron en aquel momento en aquellas tertulias donde la Europa disidente buscaba como salir del embrollo en sus respectivos países.
En París participa de la idea de atentar contra un Borbón. En aquel momento histórico todo era posible, pero una vez más alguna cosa no salió como debiera y el chivatazo llegó hasta un confidente de la policía francesa que abortó el atentado, con la detención de Durruti, Ascaso y Jover.
Más tarde, otro de los momentos a resaltar, es cuando en París tienen la oportunidad de atentar contra Alfonso XIII; pero donde, de nuevo, algo falló y no lo pudieron llevar a cabo.
Sin olvidar los objetivos de Maciá, empeñado en que los anarquistas participaran en el hipotético levantamiento en armas que se organizaba en Prat de Molló; de aquí los continuos viajes de Rafael Vidiella para que García Oliver tuviera una entrevista con Francesc Maciá, en un momento en que todos tenían el mismo interés por que acabará la dictadura de Primo de Rivera.
Y muchas otras historias que sucedieron en aquellos primeros años en la vida de García Oliver, antes de volver a la cárcel y pasar un buen puñado de años en los penales del país.