La sopA

Suzan Villanueva1

Prefacio

Primeramente quisiera mencionar que no sé si esto se trata de un ensayo, una columna de opinión o un paper estrictamente curado, honestamente me importa poco seguir las reglas de escritura de la academia europea, yo solo quiero compartir mis ideas y sentimientos alrededor de la sopa con aquellos que sepan apreciarlo, y con aquellos que no. Mis inescapables emociones me incitaron a escribir y rendirle tributo a todo lo que está detrás de esa cucharada de sabor y siendo fiel a mis impulsos, me senté a escribir y dejarme llevar por todo lo que la sopa (me) representa.

El conocimiento y las ideas son libres, no propiedad de nadie, y aunque reconozcamos y valoremos a los grandes pensadores, debemos alejarnos de la noción de que las ideas sólo son válidas cuando cumplen con ciertos estándares preestablecidos. Este ensayo se presenta como un espacio de libertad intelectual, donde lo importante no es cómo se presenta la información, sino la esencia del pensamiento crítico que subyace en cada reflexión. La validez del análisis no radica en la forma, sino en el contenido.

El conocimiento es libre

Introducción

Recientemente pensando en nuestra lucha permanente y como la sopa nos une como comunidad, he querido compartir mi gusto por la sopa, no solamente hablando sobre ella sino también haciéndola realidad y disfrutandola con mis seres queridos. Entonces me pregunté, ¿qué hace a la sopa tan especial? ¿Por qué me genera ese sentimiento de felicidad y confort con la sola mención de su nombre? ¿Será esta una noción universal?

La búsqueda de la respuesta a esas preguntas me ha llevado a un viaje donde descubrí algunas de las razones personales para mi amor a tan exquisito platillo, tal vez exista otro catador de sopas por ahí que refute con otras razones y eso está bien; la experiencia de la sopa es tan diferente como universal para cada uno.

Estructura

Sopa, del germ. *sŭppa.

1. f. Plato compuesto de un caldo y uno o más ingredientes sólidos cocidos en él.

Hay que desarmar la sopa y el mito de que no aporta nada. Es necesario educarnos en la química de la sopa: una mezcla que pasa de heterogénea a homogénea con un principio básico, casi poético: el calor. La llama, especialmente si es de leña, enciende las burbujas y despierta la magia. Porque una sopa no es solo ingredientes en una olla; necesita ser empujada por la mano paciente y el fuego justo para transformarse en algo maravilloso.

Sancocho colombiano

Tomemos un ejemplo cercano: agua, papa, yuca, ñame, zanahoria, cebolla, cebollín, apio, pimienta de olor, sal y costilla de res. Con estos elementos tenemos un sancocho, un plato construido con ingredientes locales, accesibles y menudeados, patrocinado por la tienda de la esquina. Aquí radica su grandeza: no necesita de productos exóticos ni métodos complicados, solo de lo que ofrece nuestra región y nuestras manos.

Y, sin embargo, la sopa no tiene límites. Puede hacerse literalmente de lo que sea, adaptándose a lo que tengamos a mano. Agua caliente con ingredientes customizables que se transforman en algo único, irrepetible. Cada elemento aporta su sabor y propiedades nutritivas, logrando un equilibrio perfecto. La sopa es alquimia en su forma más pura.

Tomemos como ejemplo el sancocho, que sintetiza la estructura esencial de una buena sopa: un ramillete aromático (como cilantro y cebolla larga), un bastimento que varía según la región (papa sabanera en el interior, yuca o ñame en la Costa), y una proteína (gallina criolla, mondongo, pescados como bocachico o jurel). Todos coinciden en llevar mazorca y plátano, verde o maduro. Esta combinación flexible pero precisa refleja no solo la diversidad geográfica, sino también los criterios compartidos de sabor y sustancia.

En Santander predomina el sancocho de chorotas. En el Atlántico, uno de los más queridos es el de guandú con carne salada y cerdo, preparado especialmente a fin de año. Como lo explica Isnardo ‘Pini’ Pinillo, sancochero empedernido, el guandú es una leguminosa de origen africano que llegó con la Colonia y se adaptó perfectamente al Caribe colombiano. Su preparación es sencilla pero exacta: carne salada del pecho de res, algo de cerdo —mejor si es ternilla—, chicharrones al final, yuca harinosa, plátano maduro para un toque dulce, y un poco de ñame para espesar. En este equilibrio entre sobriedad e identidad, el sancocho reafirma su lugar como comida del pueblo (Cuadros, 2021).

Hablar de la sopa es hablar de mucho más que un plato. La alimentación es un hecho biopsicosocial complejo que involucra no solo la necesidad fisiológica de nutrirse, sino también las costumbres, emociones y relaciones sociales que se construyen alrededor de los alimentos. Comer y nutrirse son dos procesos distintos: mientras la nutrición responde a funciones biológicas, el acto de comer es profundamente cultural. El bienestar está en integrar ambos.

Chorotas santandereanas en sancocho

¿Cómo nos nutrimos? ¿Cómo comemos? Las respuestas no solo están en el cuerpo, sino en la comunidad que nos enseña qué cocinar, cómo, cuándo, con quién y por qué.

La sopa no se aprende en libros ni se mide con precisión científica. Se hereda entre generaciones, se ajusta con el olfato, el gusto y el recuerdo. Una pizca de sal, un chorrito de aliño, “hasta que huela como en casa”.

En un mundo dominado por la rapidez y lo estandarizado—el pan, la carne, la lechuga, el tomate, la cebolla, la mostaza y la salsa de tomate—la sopa se presenta como un respiro: agua saborizada, acompañada por arroz y aguapanela. Su sencillez es su resistencia.

A menudo disfrutamos la sopa sin saber exactamente qué contiene, pero la extrañamos en los días de pesadez. Anhelamos esos sabores que reconfortan y nutren, pero nos resistimos a prepararla, atrapados en la percepción de que es complicada o laboriosa. Sin embargo, el secreto de la sopa radica en acercarse a la cocina, palpar los ingredientes, rectificar el punto de sal, probarla aunque no esté lista. Hacer sopa es un acto de riesgo, pero también de amor y cuidado,

Hacer sopa es, muchas veces, una forma de decir “te quiero” sin decirlo. Es medicina emocional, consuelo líquido, y muchas veces el único gesto posible cuando no hay palabras suficientes.

Aquí es donde la sopa se conecta con el concepto de “Buen Vivir” (Sumak Kawsay en quechua), una filosofía que propone la armonía entre el ser humano y la naturaleza, valorando cada recurso en su justa medida. En contraste con el consumismo y las recetas sofisticadas impuestas por la globalización, la sopa tradicional es un recordatorio de la simpleza, la resiliencia y la interdependencia.

Cocinar una sopa que honra y respeta a cada ingrediente es un ejercicio de esta filosofía: reconocer que todo tiene un propósito, que nada sobra y que el equilibrio es esencial. La sopa, entonces, no es solo un plato, sino una metáfora de nuestra relación con el entorno. Nos invita a valorar lo cercano, lo humilde y lo suficiente, rechazando la voracidad del exceso.

En tiempos donde todo urge y se mide en segundos, la sopa exige lo contrario: tiempo, espera, paciencia. Nos obliga a quedarnos. Y en esa permanencia también hay salud: mental, emocional y comunitaria.

En el fondo, desarmar la sopa es desarmar el mito de que lo simple carece de valor. Es aprender que en lo cotidiano también reside la magia, y que cada olla burbujeante es un acto de resistencia cultural, un homenaje a nuestras raíces y un paso hacia una forma de vida más plena y sostenible. Desarmar la sopa es también desmontar la idea de que la modernidad va de la mano con el olvido. Es insistir en que nuestras formas de cocinar y vivir siguen teniendo vigencia, fuerza y futuro.

Sopa latinoamericana de mi (nuestra) tierra

Cada vez que recuerdo el lugar donde nací, me siento bendecida. Esta parte del mundo no tiene comparación: aquí, la alegría se come y la tristeza se baila. Y nada representa mejor nuestra esencia que la sopa, una práctica ancestral transmitida de generación en generación, que reivindica los ingredientes autóctonos de nuestras tierras y las técnicas culinarias originales.

Latinoamérica entera tiene una relación profunda con la sopa. Aunque en todo el mundo existen variedades, las nuestras parecen ser distintas. ¿Será por nuestra sazón, batería y reggaetón? ¿O por la abundancia de plantas y verduras que solo crecen en estas latitudes, dándonos la oportunidad de experimentar con sabores nativos? Bien que sabemos hacer magia con poco, ahora imagínate lo que logramos con mucho.

Desde pequeños, la televisión nos ha mostrado los emparedados de jalea con mantequilla de maní y los desayunos a medio comer, costumbres del norte global muy distintas a las nuestras. Mientras tanto, nuestras matronas nos han conquistado con sopa, acompañada de arroz y aguacate. Yo crecí saboreando caldos humeantes, pero hasta el día de hoy desconozco el gusto de la mantequilla de maní.

Menos mal, en mi casa hacían sopa en abundancia. De lo contrario, quizá me habría dejado seducir por los sabores y costumbres del imperio, esos que constantemente nos invitan a consumir. Y aunque un KFC de vez en cuando tiene su encanto, nunca podrá reemplazar una preparación casera, rica en proteínas, nutrientes y vitaminas naturales, aunque parezca no encajar con el concepto de «progreso» de la sociedad globalizada.

Tomemos, por ejemplo, la cuchara europea: un utensilio colonial, con su forma cóncava pero insuficiente para recoger una buena cantidad de líquido y bastimento al mismo tiempo. En cambio, los indígenas del norte de Colombia, bendecidos por las tierras tropicales y el árbol de totumo, encontraron en esta fruta un recurso valioso. Una vez madura, se cosechan, se hierven durante casi una hora para endurecer su cáscara, se parten, se vacían y se dejan secar al solpor dos días (Dechelotte, 2024). Así, crean utensilios de cocina y adornos domésticos que, hasta hoy, son los mejores recipientes para disfrutar una buena porción de sopa.

Vasija, cuchara y base hechas de totumo

El comer hoy está trazado y empacado con fecha de caducidad. Es poco lo que se nos ocurre y mucho lo que se nos vende. Preparar un alimento implica ahora seguir una receta genérica, ver un tutorial, abrir un paquete, ir al supermercado. La industrialización ha desplazado el pensamiento culinario. Lo que antes era una conversación entre la abuela y el fogón, hoy se reemplaza por una etiqueta y un horno de microondas.

Inescapable de su historia, Latinoamérica ha debido resistir por siglos la llegada de culturas que intentaron imponer verdades ajenas e inentendibles para nosotros. De alabar al sol, pasamos a venerar un Dios desconocido. ¡Qué horror! Sin embargo, estos encuentros (con tintes de borrado) no nos han alejado de nuestras tradiciones; al contrario, la resistencia cultural nos ha anclado a nuestras raíces y realidades inmediatas, recordándonos quiénes somos y desafiando las imposiciones gastronómicas del colonialismo.

Con la llegada de los españoles al continente americano, se encontraron con una gran variedad de alimentos y formas de consumo. Gracias a ellas, pudieron resistir y sobrevivir durante el proceso de conquista (Talero López, 2024). Es un dato que suele pasar por alto, pero es fundamental: los saberes culinarios de indígenas, africanos y europeos se entrecruzaron, creando nuevas formas de alimentarse, resistir y vivir. Su origen es un dilema: vago y confuso, como la mayoría de los platos que heredamos de la excepcional mezcla entre indígenas, negros, europeos y otros inmigrantes. Un ejemplo de este cruce es el sancocho. En apariencia es una sopa simple, pero está cargada de memoria: acompaña eventos importantes y cotidianos por igual, reúne cuerpos y voces, suple el hambre y hace pensar más allá de la necesidad individual. En su caldo hay territorio, historia, herencia.

No hay sopa sin contexto, sin lengua, sin territorio. Cada bocado contiene sabores y experiencias vitales que arraigan al comensal a una región cultural y espacial definida. A veces, ese mismo sabor activa la nostalgia por un lugar que ya no se habita, pero que sigue vivo en la boca. Los rasgos que nos atan a una región —desde el modo de hablar hasta el sazón de un guiso— encuentran en la cocina su expresión más íntima (Restrepo, 2020, p. 6).

La sopa es, así, un acto de resistencia contra la industrialización y comercialización de los alimentos. Mientras el sistema colonial (y luego el global) nos impuso productos y hábitos de consumo extraños, nuestras comunidades preservaron sus recetas sencillas, demostrando que la verdadera riqueza está en los sabores de casa. En tiempos de crisis, desigualdad y opresión económica, la sopa ha sido un recurso de solidaridad y creatividad, reflejando la capacidad de nuestros pueblos para encontrar soluciones colectivas ante la escasez.

Pero la sopa no es solo una receta; es el símbolo de la relación de los pueblos con su tierra y sus recursos. El uso de ingredientes nativos como maíz, papas, yuca y totumo demuestra una conexión profunda con los ciclos de siembra y cosecha, con el conocimiento indígena y con el entorno natural. Lamentablemente, esta tradición está siendo cada vez más amenazada por el desplazamiento forzado de la población rural hacia la vida urbana, algunas veces por voluntad propia, y muchas veces como producto de nuestros tiempos neoliberales.

Los hábitos alimentarios están determinados por la identidad cultural. No es casual que el picante sea preferido en México o que el buñuelo consuma en Diciembre. Las tradiciones culinarias latinoamericanas son formas de resistencia y también expresiones vivas de la memoria colectiva. En cada receta heredada —ya sea un mote, un asado o un caldo de hueso— se preserva un conocimiento transmitido entre generaciones. Cocinar es compartir una forma de ver el mundo, y la sopa se convierte en símbolo de ese acto comunitario. Cada país tiene sus métodos, ingredientes y rituales: la cochinita pibil cocinada en pozo, las uvas a la medianoche del 31, el té de manzanilla que calma el malestar. Todo eso también es historia.

La alimentación cumple funciones sociales que van más allá de la nutrición. Con ella iniciamos y mantenemos relaciones personales, expresamos cariño, proclamamos pertenencia a un grupo, y damos sentido a experiencias emocionales. Así como el pastel de cumpleaños marca una celebración, el caldo de pollo alivia un resfriado y el helado acompaña una ruptura, la sopa en nuestra tierra cumple una función social que une, consuela y reafirma vínculos.

No podemos permitir que este conocimiento desaparezca en las mentes de nuestras generaciones mayores y muera con sus cuerpos. Las tradiciones y el patrimonio deben permanecer, no sólo como un acto de memoria, sino como una herramienta de resistencia frente a la modernización impuesta. Debemos involucrarnos, aprender desde cero e invitar a los demás a hacerlo también. Pocos pensarían en la cantidad de historia y esfuerzo que hay detrás de una sopa de mondongo o un mote de queso bien hecho.

Vivir en la ciudad no nos puede ni nos debe alejar de la sopa. ¡Por Dios! Imagínate pensar que no nos pertenece, que no nos corresponde, que no tenemos voz en este asunto. Si una de nuestras primeras comidas líquidas es la sopa, es porque es fundamental para todos.

Necesitamos platos como este, que crean espacios de resistencia frente al modelo de consumo capitalista, revalorizando la sencillez y la comunalidad.

Las cocineras y la cocina

Si hay algo que me gusta más que tomar sopa, es vivir la experiencia de la sopa, un acto cotidiano que refleja nuestra realidad como sociedad. Prepararla ha sido históricamente una tarea impuesta a las mujeres, un oficio que les toca, no hay alternativa. Aunque quisiera que la generalidad de la familia se involucrara en la elaboración, no puedo ignorar la belleza de una cocina llena de mujeres compartiendo ideas, chistes, chismes y cansancios. Como si fuera una realidad paralela, la puerta de la cocina separa lo que está pasando en el mundo mientras acá se cortan las verduras y se pela la yuca.

En la preparación de la sopa me he dado cuenta de lo hermoso y armonioso que es el colaborarnos entre todas:pelando la papa, picando la verdura, montando la olla, hirviendo el agua, preparando la presa y llevándolo todo al fuego con la esperanza de que se multiplique, en sabor y cantidad. Son saberes tradicionales que solos van saliendo a flote y que son fruto de la experiencia. Yo estoy casi segura que mi abuela puede hacer una sopa con los ojos vendados.

La sopa guarda secretos: la confidencialidad de estirar los ingredientes, el aquelarre de mujeres que replican recetas hasta el cansancio. Nadie fuera de esa cocina se entera que le echaron más agua para rendir la sopa, más Maggi para darle más sabor o que intencionalmente se deshiciera la presa para que a todos le tocara un poquito. Sin embargo, la sopa continua sin distinción, todos la disfrutan y repiten en su plato, incluso sin presa, a veces solo con un hueso. Este acto de supervivencia lo vemos visto repetido a lo largo de la historia, especialmente en América Latina, donde muchas de estas prácticas son una herencia del colonialismo y el imperialismo económico que ha empobrecido a la región.

Las cocineras no solo preparan alimentos: sostienen los rituales que permiten que una comunidad siga siéndolo. Cada comida compartida es una reafirmación de vínculos, un momento donde lo colectivo se fortalece. A través de sus manos, las cocineras preservan costumbres, reafirman identidades y aseguran la transmisión de saberes que no están en los libros, sino en la práctica diaria. Ellas crean espacios donde se sostiene lo común: celebraciones, duelos, bienvenidas, despedidas, todo ocurre alrededor de una olla. En ese acto repetido —pero nunca trivial— se protege lo que somos como pueblo.

Es asombroso como la mano de la mujer es análoga a la sanación. Ella mantiene el conocimiento sobre los alimentos y sus propiedades curativas. Sin embargo, esta labor, aunque poderosa, fue desvalorizada por el sistema patriarcal-colonial, que relegó el trabajo de la mujer al ámbito doméstico y lo invisibiliza.

La relación entre la cocina y la mujer se traduce en trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, esenciales para el sostenimiento del capitalismo. Desde niñas, se les inserta en el sistema culinario como ayudantes, hasta que terminan asumiendo la responsabilidad de la producción de comida para la familia, ocupando el lugar de la madre cuando ella falta, incluso cuando eventualmente deben convertirse en asalariadas.

La vinculación entre mujeres y ollas no es casual. Así como una mujer envuelve a su vientre en la matriz para traer a la comunidad un nuevo integrante, la olla envuelve los alimentos antes de convertirse en sopa. Es una gestación culinaria. La coreografía diaria de las mujeres en la cocina parece envolver los ingredientes con sus movimientos constantes, acompañadas del humo que lo inunda todo. Durante todo el día, se parten alimentos para luego envolverlos en las ollas. Cada paso de esta rutina no es simple preparación: es transformación.

Esto refuerza la idea de que su control en la cocina no solo ocurre lejos de las arenas públicas dominadas por la masculinidad, sino que también permite que la vida exterior pueda desarrollarse. Aunque la fuerza de trabajo masculina es necesaria para algunas tareas agrícolas, solo las mujeres tienen el poder de transformarla en energía mediante la comida y la bebida, asegurando así la reproducción y la supervivencia. Sin cocina, no hay energías, y sin energías, no hay trabajo.

En todo momento, la incorporación de los alimentos a las ollas y luego al cuerpo requiere de estas transformaciones, del dispendio de energías. Así, las técnicas culinarias se revelan como un conjunto de operaciones indispensables para la continuidad de la vida, no solo para la reproducción biológica del grupo o la producción de una sopa en particular. El monopolio que las mujeres tienen sobre estas técnicas va mucho más allá de una vida de reclusión: en sus manos se transforma el mundo.

Pazzarelli (2010) afirma que si los hombres están más «ocupados» en la esfera pública, es porque las mujeres proyectan su influencia desde sus hogares y a través de la comida. Solo ellas poseen el conocimiento para lograr los platos necesarios, equilibrados y nutritivos que permiten la continuidad de la producción.

Este saber ancestral ha trascendido épocas y se debe a las mujeres indígenas y afrodescendientes, quienes lo preservaron en medio de la colonización y la hiperculturalidad que enfrentamos hoy. Sin ellas, nuestra identidad se habría visto traicionada.

Antes de que las sopas sean tales, en la cocina ocurren procesos de transformación trascendentales. Con cada golpe del batán y cada hervor de las ollas, las mujeres no solo están produciendo sopa, están liberando e incorporando las energías necesarias para sostener la vida en todos sus sentidos. La sopa se convierte en un símbolo de cómo las mujeres han sostenido a sus familias y comunidades, transformando ingredientes simples en alimento colectivo. Es un acto de resistencia contra el sistema capitalista-colonial, que impone dietas y valores ajenos a la realidad y necesidades locales, y que mantiene a las comunidades en la pobreza. Así, la sopa, al unir diferentes ingredientes, se convierte en una crítica al individualismo y la jerarquía patriarcal-colonial, que jerarquiza unos elementos sobre otros y desafía el derecho de las comunidades a decidir qué las alimenta.

Cuidado

“Mija, echele mas agua a la sopa…
Van a venir a almorzar, la familia de don Bruno,
Son 50, hay que atenderlos, pa’ que no hablen mal de uno”
(Discos Victoria, 2017)

El cuidado empieza con el fuego prendido. Con una olla al centro y la certeza de que todo el que llegue podrá servirse. El buen comer, la preocupación por el otro, por que coma bien, es una forma de afecto que sostiene nuestra salud emocional. La relación es sutil, pero contundente: comer con gusto nos calma, nos reconcilia. Y aunque ahora vivamos entre dietas, restricciones y etiquetas, no hay forma de negar que la sopa sigue asociada al consuelo. Su olor nos llama, agudiza el hambre, convoca. Y sin darnos cuenta, ya estamos en fila, con plato, vaso o totuma en mano, esperando ese caldo que asemeja la tibieza de un abrazo.

¿No te gusta la sopa? Pero es lo primero que se te antoja cuando estás enfermo. Cura más rápido que cualquier jarabe, con una calidez que ningún acetaminofén puede replicar. Sí, es agua con sabor y grasa. Pero también es medicina emocional, hecha con intención de sanar. Porque la sopa atraviesa culturas, generaciones y geografías. Es una experiencia universal, y su magia está en eso: en llegar justo cuando más se necesita.

La sopa del día implica, de manera muy seductora, que habrá sopa de la noche. Y si hay sopa para uno, probablemente haya para dos o tres más. Porque la sopa no es porción, es abundancia. Es comunidad. Debería estar en el fogón todo el tiempo, lista para quien tenga hambre, para quien venga con pena, para quien simplemente necesite calor. En un mundo donde el derecho a comer es cada vez más inalcanzable caro y lujoso, la sopa es un gesto de resistencia: humilde, abierto y común.

La olla comunitaria no es una idea romántica: es una práctica concreta de cuidado. El sentimiento que produce ver una olla grande, compartida, con cucharones esperando manos, es una imagen que nos recuerda que nadie debería comer solo. Que lo colectivo también se cocina.

Pero la sopa no es solo consuelo: también es medicina. Prepararla cuando alguien está enfermo es un acto de sabiduría popular, que desafía la dependencia de las farmacéuticas y rescata conocimientos silenciados por el poder médico colonial. En América Latina, hacer sopa es ejercer un cuidado heredado, transmitido de generación en generación. Es un saber vivo, con generaciones de experiencias que las abuelas —sanadoras de oficio— conservan con hierbas, especias, huesos y paciencia.

Esa conexión entre cuidado y alimento demuestra cómo nuestras comunidades han resistido las normas externas que buscaban invalidar lo propio. Mientras se imponían sistemas de salud ajenos, las familias seguían confiando en el jengibre, la ruda, el ajo, el caldo de gallina. Porque no todo lo que cura viene en pastilla.

La sopa es, así, una de las muchas expresiones de esa ciencia silenciada que reside en la cocina. Una ciencia empírica, intuitiva, amorosa. Un conocimiento profundo que entiende que curar no es solo resolver una enfermedad, sino acompañar el malestar. Alimentar el cuerpo y también el ánimo.

Por eso, incluso en contextos donde se exige una dieta restrictiva, es indispensable validar el factor social de la alimentación. Pretender eliminar esas relaciones simbólicas sin ofrecer alternativas puede comprometer la calidad de vida. Un tratamiento que ignora lo simbolico del comer termina aislando. No se trata solo de contar calorías o evitar ingredientes. Se trata de reconocer que la alimentación nos une, que forma parte de lo que somos y de cómo nos vinculamos. Un tratamiento nutricional no debe aislar a las personas de su comunidad, sino integrarse respetuosamente en sus prácticas.

Comer también es resistir el aislamiento. Validar las emociones, los rituales, las memorias que se despiertan al cocinar y compartir, es también una forma de cuidar. La sopa no es solo alimento: es lenguaje, historia y territorio. No es casual que, al nacer, una de nuestras primeras comidas sea líquida. Así como nos sostuvo el cuerpo de una madre, nos sostiene el cuerpo colectivo a través del alimento compartido.

En la sopa se disuelven los ingredientes, pero se intensifican los lazos. Comer no es un acto aislado: es una forma de habitar el mundo. En ella proyectamos deseos, afectos, creencias. Con cada hervor no solo se cocina comida, también se libera e incorpora la energía necesaria para continuar.

Una sopa bien hecha no solo nutre: consuela, une, recuerda. Nos dice quiénes somos y de dónde venimos. Desde esta perspectiva, las mujeres, al cocinar, no solo preparan sopas, sino que alimentan los motores invisibles que sostienen la vida colectiva. La cocina, lejos de ser un espacio menor, es un lugar de poder donde se produce la continuidad del mundo. Así, la sopa se convierte en una tecnología del cuidado, una herramienta de afecto, una medicina que también sabe a hogar.

Filosofía de la sopa

Comer no es solo una necesidad: es una manera de estar en el mundo. Cada cultura come como piensa, y lo que llevamos al plato es tan revelador como lo que llevamos en la lengua.

Alimentarse es también habitar: una forma de pensamiento, un ritual cotidiano. Como humanos, hemos hecho de la comida una ceremonia: repetida, íntima, poderosa. Y pocas preparaciones encarnan esta espiritualidad cotidiana como la sopa.

El alimento no solo sacia: conecta, trasciende, revela. Comer es una experiencia espiritual y cultural que nos vincula con los ciclos de la vida, con quienes cocinan y con quienes comemos. Hay algo sagrado en el acto de preparar y compartir los alimentos, algo que no se mide en calorías ni se traduce en nutrientes. Lo que nutre, a veces, no está en el plato, sino en el gesto.

En la sopa se disuelven los ingredientes, pero se intensifican los lazos. No hay protagonistas en el caldo. Cada elemento entra distinto y sale igualado, fusionado. La sopa es una filosofía hecha receta: inclusiva, colectiva, suficiente. No separa, une. No selecciona, reúne. Frente a un mundo que jerarquiza, la sopa democratiza. Demuestra que cada ingrediente importa y se respeta y aporta en la creacion de algo mayor. Desde una mirada decolonial, es también una práctica que refleja la cosmovisión de muchas culturas indígenas y mestizas latinoamericanas: todo cobra sentido en la mezcla, nada existe por sí solo.

Por eso el sancocho no es solo una sopa, es la más grande de nuestras metáforas. Nacido para resistir el hambre y compartir, se convoca en toda clase de celebraciones, despedidas, protestas y carnavales. En cada región cambia de ingredientes, pero no de esencia: siempre exige juntarse. No importa la edad, el género, la historia. El sancocho convoca, y su olla grande pide manos, fuego y comunidad.

Jaime Bateman lo supo cuando habló del sancocho nacional: una visión de país incluyente donde campesinos, obreros, empresarios, militares y guerrilleros se encontraran alrededor de una misma olla. El sancocho, para él, era una forma de hacer política sin traicionar la diversidad. Una propuesta de país cocinada a fuego común. Tal vez hoy, luego de lograr el gran acuerdo para la constituyente del 91′ en Colombia, pero en medio del desarraigo y la fragmentación, necesitamos volver a ese imaginario: una sopa que no excluya, que integre.

Que resista a los cambios impuestos por el capital que buscan borrar nuestras tradiciones y reducirnos a ingredientes separados, sin fuego ni sazón común.

La cocina es una tecnología de la memoria. Hacer sopa es activar una sabiduría antigua, silenciosa, pero precisa. Cavalcanti-Schiel (2007) (como se cita en Pazzarelli, F., 2010) habla del hervor como un momento de desagregación, donde lo externo se vuelve propio. Cocinar es disolver fronteras. En cada hervor, un intercambio de fuerzas y dispendio de energías. La cuchara remueve no solo ingredientes, sino mundos. Lo ajeno se vuelve familiar. Lo duro se vuelve tierno. El alimento deja de ser sujeto y se vuelve sustancia para la vida. Esa “depredación ontológica” es también un acto de creación: lo que se destruye, se transforma. Y lo que se transforma, nos sostiene.

Ninguna máquina o IA podrá igualar nunca la humanidad que se siente en la cuchara, esa que solo pueden distinguir las papilas gustativas. Porque hay algo en la sopa que no puede digitalizarse: el aroma que avisa que ya está, la textura que pide sal, la forma en que el vapor acaricia el rostro de quien espera. Hacer sopa es un acto político. Porque cocinar con lo que hay, con lo que crece cerca, con lo que se hereda, es resistir el olvido y preservar la historia. Resistir el ritmo impuesto de una vida que no da tiempo para la olla.

Hablar de la lengua y la gastronomía nos remite a espacios históricos y de valor social que reúnen generaciones en torno al alimento y dotan de sentido la realidad compartida.

Reflexionar sobre las prácticas de producción, consumo, aprendizaje y convivencia que se encuentran en un plato es urgente, sobre todo si pensamos en los jóvenes: rodeados por una oferta alimentaria infinita, muchos desconocen los procesos locales de siembra y cocina. Esta desconexión los vuelve vulnerables. Desde la soberanía alimentaria, conocer y re-conocer nuestros productos y preparaciones locales es vital, porque nos permite imaginar soluciones ante el hambre y el despojo. Transmitir saberes a través de la oralidad y el hacer compartido no es solo memoria, es una forma de habitar el presente con dignidad.

Si tenemos en cuenta que la forma de hablar y nombrar lo que se come es proporcional a la realidad social y la transmisión cultural no es de extrañar que se ignore muchas preparaciones o se les dote de cargas semióticas negativas o despectivas lo propio al no ser parte de la vitrina global. En ese panorama, las sopas locales parecen poca cosa, no son llamativas pues no tienen “estatus”. No brillan en Instagram. Pero son ellas las que han sostenido a nuestras comunidades. Por eso urge enseñar, sembrar, transmitir. Hablar del alimento es hablar de identidad, y quien sabe cómo se hace una sopa sabe también cómo resistir el hambre.

Comer no es un acto neutral. Hoy, la comida viene empacada, etiquetada, diseñada para durar más que para alimentar. Poco se nos invita a crear, mucho se nos obliga a comprar. En ese contexto, hacer sopa es casi un gesto subversivo. Cocinar con lo que hay, con lo que crece cerca, con lo que se hereda, es resistir el olvido. Es desafiar un sistema que desvaloriza lo simple y exalta lo lejano.

Hay memoria que se cuece a fuego lento. Y hay una certeza que ni el mercado global ni el olvido podrán borrar: mientras exista una sopa al centro, seguiremos siendo comunidad. Hacer sopa es un acto de resistencia, una declaración de autonomía cultural y un desafío a las estructuras de poder que históricamente han relegado y explotado tanto a las mujeres como a los pueblos indígenas. La cocina, y la sopa en particular, se convierte así en un espacio de rebeldía donde las mujeres preservan su historia, su cultura y su sabiduría frente al sistema opresivo.

Las ollas comunes no solo alimentan el cuerpo, también alimentan el espíritu de comunidad y de lucha. La comida compartida representa solidaridad y resistencia en tiempos de crisis, y muchas veces es impulsada por el trabajo de mujeres y colectivos barriales que convierten la cocina en un acto de transformación social. En la olla se encuentra la fuerza para sostener la vida. Porque mientras haya sopa, habrá pueblo.

Agradecimiento y conclusión

Gracias, abuela, por introducirme a la sopa a través de un tetero. Por enseñarme que un buen caldo puede más que un medicamento, que una olla puede ser refugio, y que cada receta lleva dentro un secreto, un gesto y una historia. Gracias por hablarme mientras picábamos la verdura y por dejarme secarte el sudor del rostro. No puedo tomar la primera cucharada sin pensar en ti.

Sigo sin ser experta, sin título de sopóloga, pero aprendí que hacer sopa es un acto de amor. Una vez, mi papá me dijo que la sopa de guandú que preparé fue la mejor que ha probado en sus 50 y pico años. Y eso basta. Saber que alguien recuerda con cariño lo que le cociné, que espera con emoción la próxima olla, es suficiente. Mi lenguaje del amor son los actos de servicio: dos horas frente al calor, cuidando cada detalle, repartiendo el resultado como quien reparte algo sagrado.

Porque hacer sopa no es solo cocinar. Es convocar. Es reunir. Es poner al centro la olla, los cuerpos y las historias. Imagino una fiesta donde cada quien trae un ingrediente, y todos echamos “toda esa cagá” al agua. Heterogéneo al inicio. Homogéneo al final. Una sopa que cuece nuestras diferencias con fuego paciente. Un universo pequeño en una olla grande.

Pero hay que tener cuidado. Si seguimos hablando de la sopa como algo de abuelos o algo menor, la dejamos morir. Como los buses viejos que ya nadie toma. Si el patrimonio no se practica, se acaba. La sopa, para sobrevivir, necesita cucharas activas. Necesita manos jóvenes picando cebolla, colaborando con la tía, aprendiendo a sazonar.

Quizá este ensayo no se trata de la sopa. Quizá se trata de mí. De mi abuela. De lo que veo cuando me pongo las gafas del feminismo y el anticolonialismo. Tal vez solo quería extender una invitación a lo común. O tal vez solo quería hablar de amor. Porque al final, pensar en las sopas es pensar en las transformaciones cotidianas que no suelen ser registradas, pero que construyen vínculos, sostienen casas, y organizan mundos.

Hay muy poca bibliografía sobre la sopa. Hay muchas tesis sobre el plato servido, pero no sobre las manos que lo cocinan. Urge repensar el papel de estas transformaciones, no sólo en función del consumo, sino del poder que se ejerce —o se resiste— en el proceso mismo de cocer, remover, decidir. Pensar desde las cocinas y desde las mujeres que las habitan, en lo transitorio, lo corporal y lo cotidiano. Porque hay saberes que no están en los libros, pero sí en las ollas, en las frases que se dicen al revolver el caldo, en el silencio que acompaña el hervor.

En un país como Colombia, el saber alimentario es una forma de soberanía. Garantizar el acceso a los productos que crecen aquí, defender las recetas que nacieron aquí, contar las historias que se cocinan aquí, es resistir. Es evitar el hambre. Es desafiar los vacíos epistémicos que nos dejan vulnerables frente a las promesas del supermercado y los algoritmos del gusto. Y no se trata de romantizar el pasado, sino de mirarlo con atención, para no perder lo que de verdad importa.

La sopa no es solo un alimento. Es un lenguaje. Y quienes cocinan, quienes nombran y preservan sus recetas, están diciendo: “seguimos aquí”. Cocinar es pensar. Y pensar en nuestros alimentos tradicionales es también nombrar nuestras memorias, visibilizar nuestros espacios, defender nuestras formas de habitar.

Tú dirás: “Suzan, este ensayo era sobre sopa, ¿por qué está tan politizado?” Porque la sopa nunca fue solo sopa. Fue historia, cuerpo, memoria, resistencia. Fue el lugar donde las mujeres sostuvieron el mundo sin que nadie se diera cuenta. Fue la forma más humilde y, a la vez, más poderosa de alimentar, cuidar y luchar. Quien ha cocinado una buena sopa sabe que en el fondo de la olla no solo queda sabor: queda historia. Y que cada vez que removemos el caldo, removemos también el pasado, la identidad y el derecho a existir con dignidad.

Por eso, mientras haya una olla al fuego, una cuchara repartiéndose, y una historia contada entre verduras, habrá futuro.

Volveremos. Siempre volveremos a la sopa.

Epilogo

La comida es el regalo más grande en una cultura. Su sabor —ese que anticipa, que salta en la lengua antes del primer bocado— es solo la superficie. Lo que nos hace volver a la cocina no es solo el gusto, sino el recuerdo. Cocinamos para sentirnos cerca de quienes amamos, para repetir gestos que hemos aprendido al lado de nuestras madres, tías, abuelas, tíos y padres.

Para preservar una forma de estar juntos. Pero la comida es más que el sabor.

Está en la textura, en el calor de la llama, en la historia que se cuece a fuego lento. En la lenteja fermentada que burbujea como un relato íntimo. En el sancocho hecho en leña, en la costilla ahumada que recuerda a los abrazos largos, en la chuleta frita que parece inventada por un dios generoso. La cocina es cuento y es cuerpo. Es herencia y es intuición.

Es también medicina: en la hierba curativa agregada sin hacer ruido. En el equilibrio que nadie anota pero todas saben. En la galería de olores que atraviesa el mercado, en la diversidad del día a día que se pone en una olla. La cocina es un acto de sabiduría popular, una ciencia sin bata blanca.

Desayunar como si fuera almuerzo en el campo, porque el día va a exigir fuerza. Nunca comer delante de alguien sin ofrecerle un plato, porque no sabemos qué le espera al otro. Enviar a Diego con un bollo “porque no va para su casa” es cuidar, sin decirlo.

La comida también nos recuerda que no cualquiera entra a la cocina. No por clasismo, sino por respeto. Porque la herencia culinaria no se entrega a la ligera. Lo que se sirve lleva generaciones de pruebas, errores, risas, y silencios. Tener buena mano no es suerte: es un milagro cotidiano. Es saber estirar el arroz y multiplicar la carne, porque casi nunca hay suficiente.

Y aun así, se comparte. Incluso cuando la pandemia sube los precios, incluso cuando la tierra resiste saqueos y el hambre es una sombra diaria. Cocinar es existir. Es estilo, es amor, es respeto, es placer. Y cuando se transmite, es porque alguien verdaderamente lo merece.

La sopa, en este contexto, no es un plato más. Es un acto de cuidado, un refugio, un archivo. Se cocina en comunidad, se sirve con generosidad, y se recuerda con el cuerpo. Mientras haya quien prenda el fogón, quien revuelva la olla, quien enseñe sin manual, seguirá existiendo este hilo que nos une. Cocinar será siempre nuestra manera de quedarnos.

(Transcripción adaptada del vídeo “Más que el sabor – Capítulo 2”, THE UMAMI PROJECT, 2024)

Referencias

THE UMAMI PROJECT. (2024, May 12). MÁS QUE EL SABOR – CAPITULO 2 [Video]


  1. Internacionalista, anarcofeminista, catadora de sopas y digna nieta de mis abuelas. ↩︎

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