Estudios de Ciencia y Tecnología: contribuciones al pensamiento anarquista contemporáneo

Mike Michael y Miquel Domènech
Miquel Domènech es profesor titular de Psicología Social en la UAB
Mike Michael es sociólogo de la ciencia y de la tecnología, y profesor en el Departamento de Ciencias Sociales y Políticas, Filosofía y Antropología de la Universidad de Exeter

Los Estudios de Ciencia y Tecnología (ECyT) son un campo interdisciplinario relativamente nuevo que tiene como objetivo estudiar las relaciones entre la ciencia, la tecnología y la sociedad. Esencialmente, exploran el poder transformador de la ciencia y la tecnología para organizar y reorganizar las sociedades contemporáneas. Al mismo tiempo, también buscan comprender cómo la vida social y el mundo que nos rodea dan forma al desarrollo de la ciencia y la tecnología.

En este sentido, a través de una amalgama conceptual que proviene de disciplinas tan diversas como la antropología, el diseño, la sociología, la filosofía y la ingeniería, los Estudios Ciencia y Tecnología analizan el conocimiento científico y los desarrollos tecnológicos, mostrando cómo se producen, cómo se legitiman, cómo se utilizan y qué efectos sociales tienen. Este enfoque es particularmente interesante para la reflexión libertaria, ya que, al examinar cómo se construyen el conocimiento y las tecnologías, plantea preguntas como: ¿Por qué esta versión de la naturaleza es creíble y no aquella? ¿Por qué este sistema o técnica para comprender el mundo sociomaterial es mejor que otro? ¿En qué se basa nuestra creencia de que esta innovación es buena o funciona? En términos sencillos, los Estudios de Ciencia y Tecnología rastrean las técnicas mediante las cuales se establecen y/o se cuestionan ciertas versiones del mundo, ya sean sociales, tecnológicas o naturales, lo que se relaciona con el pensamiento anarquista sobre el poder, la autoridad y la emancipación.

De las numerosas contribuciones que los Estudios de Ciencia y Tecnología pueden hacer al pensamiento libertario, nos centraremos en su análisis de las relaciones entre conocimiento, poder y dominación.

Bruno Latour ha dicho más de una vez que la ciencia es política por otros medios. Profundamente influenciado por Michel Foucault, Latour toma de este último la idea de que el carácter perspectivista del conocimiento deriva de su naturaleza polémica y estratégica, del hecho de que el conocimiento es siempre el efecto de una batalla. Las descripciones de la ciencia y de la actividad de los científicos en términos de dominación, sometimiento y lucha están presentes en algunos de los textos de los Estudios de Ciencia y Tecnología, pero especialmente en los que emanan de la estimulante Teoría del Actor‐Red, un enfoque sociológico de la ciencia en el que se aprecia más claramente la influencia de Foucault.

De hecho, en el núcleo de la teoría del Actor‐Red no existe una ruptura aparente entre el estudio de la ciencia y la tecnología y el estudio de las relaciones de poder. Gran parte de su trabajo consiste en mostrar cómo los actores y las colectividades articulan concepciones del mundo natural y social e intentan imponerlas a los demás.

En este sentido, una parte significativa de las aportaciones de los Estudios de Ciencia y Tecnología tiene que ver con analizar un problema que ya en la década de 1970 puso de relieve Langdon Winner: el papel decisivo de los expertos en las sociedades complejas contemporáneas y su constitución como una élite fuera del control de los ciudadanos. Los Estudios de Ciencia y Tecnología, precisamente, han dedicado prolijas investigaciones sobre el papel del conocimiento experto y su relación con el conocimiento lego, para concluir que, finalmente, ese conocimiento experto es una vía habitual para cancelar la política y hacer de la toma de decisiones un proceso poco transparente y fuera del control de la gente común. El caso de las decisiones sobre riesgos complejos e inciertos es particularmente significativo, dado que es entonces cuando la respuesta política ha tendido más a adoptar una forma tecnocrática. Es entonces cuando se hace más evidente la importancia que se concede al análisis científico y a los juicios de los expertos que devalúan o ignoran directamente otros tipos de conocimiento. Se sobreestima el valor de la ciencia en este tipo de decisiones y los valores o intereses de los especialistas consultados se ocultan tras modelos cuantitativos y otros artificios técnicos. El excelente trabajo de Naomi Oreskes y Erik Conway (2010), por ejemplo, muestra el papel decisivo de algunos científicos prominentes en la ofuscación de la opinión pública sobre una amplia gama de hechos científicos con el fin de promover determinadas agendas políticas y económicas.

Pero ¿cómo se puede conciliar esta necesaria crítica del papel de la ciencia en la dominación con la igualmente necesaria crítica de la posverdad y sus efectos devastadores sobre el planeta a través del negacionismo climático? Como Foucault (1979) afirmó claramente en Microfísica del poder, la cuestión política por excelencia no es el error, la ilusión, la conciencia alienada o la ideología, sino la verdad misma. Porque, que nadie se engañe, las élites oscurantistas y negacionistas no afirman que no haya verdad (basta con ver el nombre que Trump dio a su red social, «Truth Social»), simplemente afirman que no hay otra verdad que la suya. En otras palabras, más de lo mismo. Por eso Latour afirma que la política trumpista no es una política de la «posverdad», «es una política «pospolítica», es decir, literalmente, sin objeto, ya que rechaza el mundo en el que afirma habitar» (Latour, 2017: 60).

El resultado es una situación de extrema confusión en la que, como nos recuerda Latour, se culpa a la gente de una actitud de indiferencia total hacia la idea misma de la verdad, de no prestar atención a los hechos, de no actuar racionalmente, incluso en contra de sus propios intereses, como se oye tan a menudo cuando se intenta explicar el comportamiento electoral de la clase obrera.

Para evitar el desconcierto en el que parecemos estar sumidos, existe lo que podríamos llamar la tentación cientificista. Se alzan voces que pretenden restaurar una visión anticuada de la ciencia como una práctica especializada cuyo principal objetivo es mostrar los hechos brutos, como si estos se sostuvieran por sí mismos. Incluso se insiste en que es necesario promover una mayor alfabetización científica entre la población, un punto de vista que los estudios de la Ciencia y la Tecnología llevan mucho tiempo criticando bajo el concepto de «modelo del déficit».1

Aquí, una vez más, los Estudios de Ciencia y Tecnología tienen un papel importante que desempeñar para evitar esta tentadora opción.

¿Cómo? Permitiendo un discurso sobre la ciencia que, aunque crítico con su papel en los procesos de dominación, no se considere anticientífico. En otras palabras, tomando como su programa de investigación el desarrollo de técnicas y marcos que no busquen desacreditar el conocimiento científico, sino mostrar cómo se construye a través de procesos de negociación, persuasión, conflicto y estabilización, al igual que cualquier otro fenómeno social. Los hechos científicos, al igual que las leyes o las instituciones, no se descubren: se fabrican, se defienden, se inscriben en artefactos y se consolidan en redes de poder. Sin embargo, esto no resta valor a la capacidad de los hechos para explicar la realidad. Es precisamente porque los «hechos» son construidos por lo que son tan buenos para dar cuenta de una realidad, incluso aunque siempre sean, en última instancia, contingentes.

Mina de litio en Chile. Foto: Reinhard Jahn. Creative Commons Attribution ShareAlike 2.0.

Es cierto que los Estudios de Ciencia Tecnología, especialmente en sus versiones más sociales y constructivistas, desempeñaron un papel decisivo en un momento dado a la hora de cuestionar el valor de la ciencia. Al señalar los intereses que motivaban a los científicos a desarrollar sus teorías o resolver sus controversias, se daba a entender que los hechos no tenían ningún valor. De hecho, podían descartarse porque lo único que importaba eran precisamente esos intereses que los científicos parecían querer ocultar al proclamar que la ciencia era una actividad neutral y desinteresada. Todo podía resumirse en una frase que escuchamos una vez de un renombrado científico: «Los hechos son como las vacas: si los miras firmemente durante el tiempo suficiente, echan a correr».

Sin embargo, como señala Latour, no se trata de eliminar los hechos de la ecuación, sino de evitar definir la realidad únicamente a través de ellos y aceptar que solo son una parte de ella. Para ello, debemos prestar atención a todo lo demás que existe en la realidad y con lo que esos hechos están inextricablemente vinculados, lo que Latour denomina «preocupaciones». Por lo tanto, no se trata de quitar realidad a la realidad, sino de introducir más realidad en ella. Y al hacerlo, los hechos adquieren otra dimensión. Ya lo dijo Isabelle Stengers al comentar el «efecto Whitehead», quizás los hechos no nos dicen cómo deben ser tomados en cuenta, pero sin duda, exigen ser tenidos en cuenta. Puede que se vaya corriendo como una vaca, pero, al igual que sucede en un encuentro fortuito con aquella, no puedes dejar de tenerlo en cuenta. Por lo que pueda ser…

Community Garden (Edimburgo, Escocia). Foto: John Lord. CC BY‐SA 2.0

La noción de «preocupación», va más allá de la de interés al funcionar como un dispositivo desobjetivador. Contribuye más que a una simple mejora argumentativa ya que, como explica María Puig de la Bellacasa, la palabra preocupación altera la carga emocional de las descripciones de la realidad con connotaciones de inquietud, problema y cuidado.

De hecho, Puig de la Bellacasa va aún más lejos y propone añadir a los «hechos» y las «preocupaciones», los «cuidados», señalando que estos últimos tienen implicaciones afectivas y éticas más fuertes, ya que el cuidado implica atención y preocupación por aquellos que pueden verse perjudicados por una decisión científica y cuyas voces son las menos valoradas.

Los Estudios de Ciencia y Tecnología también puede resultar muy útiles a la hora de buscar nuevas formas de investigación e imaginar otros futuros posibles. En este sentido, la obra del último Latour ha sido especialmente productiva, centrándose en la importancia de tener en cuenta el nuevo régimen climático en el que estamos entrando y cómo este se entrecruza con otros problemas como el rápido aumento de las desigualdades o la llamada crisis migratoria. Esto le ha llevado a formular una versión particular de la ecología política, entendida no como el producto de la actividad partidista, ni siquiera como una preocupación entre otras, sino como «una llamada a cambiar de rumbo, a volvernos hacia lo terrestre, a tener en cuenta la Tierra (o Gaia) como un actor relevante».

A continuación, presentaremos tres expresiones de este giro hacia lo terrestre que nos parece especialmente enriquecedor para el pensamiento libertario. En este caso, podría decirse que las ideas y pensamientos alternativos surgen más bien en los márgenes de los estudios sobre ciencia y tecnología. A veces en forma de diálogos productivos, otras como formulaciones críticas que los llevan más allá de las fronteras disciplinares. En primer lugar, Donna Haraway. Su trabajo es particularmente interesante porque proporciona herramientas para liberarnos de dos respuestas nefastas a los horrores del Antropoceno y el Capitaloceno. La primera es la fe en la tecnología como solución a nuestros problemas, lo que también se ha denominado «solucionismo tecnológico» y que los Estudios de la Ciencia y la tecnología llevan mucho tiempo denunciando. En su versión más ridícula, alimentada por ciertos gurús de la tecnología, la humanidad (bueno, seamos claros, una pequeña parte de esta, los ricos y poderosos) centraría sus esfuerzos, a la hora de «solucionar» el problema de una Tierra devastada, en encontrar otro planeta en el que vivir. Ante estos enfoques absurdos, es difícil «recordar que sigue siendo importante unirse a proyectos tecnológicos concretos y a las personas que los llevan a cabo» (Haraway, 2016: 22). La segunda consiste en adoptar una postura que afirma que no hay nada que hacer porque es demasiado tarde y que, por lo tanto, ya no tiene sentido intentar mejorar las cosas. La propuesta de Haraway, sin embargo, es «permanecer con el problema», es decir, generar problemas para encontrar respuestas potentes, huir tanto de pasados horribles como edénicos, de futurismos apocalípticos como de salvación. Acomodarse en el presente, imaginando y practicando formas de coexistencia multiespecífica, colaborativa y no jerárquica, en la que los seres humanos no son el centro, sino una parte entre muchas otras entrelazadas en redes de cuidado, responsabilidad y regeneración planetaria.

Anna Tsing, sin ser una clara exponente de los Estudios de Ciencia yTecnología, desarrolla su propuesta en un diálogo crítico con este campo. Como participante en lo que se ha dado en llamar nuevos materialismos, su propuesta implica abandonar las formas de relación entre humanos y no humanos que son características del capitalismo. Tsing se niega a aceptarlas como inherentes al Antropoceno y prefiere situarlas como una etapa más restringida que, siguiendo a Andreas Malm, prefiere llamar Capitaloceno. De esta manera, ella enfatiza que no es la humanidad en general, sino el sistema capitalista industrial el principal responsable de la crisis ecológica contemporánea. Su propuesta consiste en tomar la precariedad como la condición de nuestro tiempo y dejar de presentarla como una excepción al funcionamiento del mundo. Esto significa básicamente abandonar la idea moderna del progreso como elemento estructurante de las sociedades contemporáneas y abrazar la indeterminación como un estado que permite formas de ser como efectos emergentes de encuentros imprevistos. Estos encuentros configuran conjuntos heterogéneos (algo que resuena a los agenciamientos de Deleuze o los actores‐red de Latour y sus colegas) que funcionan según patrones de coordinación no intencionada. El enfoque de Tsing sobre el concepto de autonomía es particularmente interesante. Si la autonomía se entiende desde la perspectiva del individualismo, un individuo autónomo no se transforma por sus encuentros, sino que los utiliza para maximizar sus intereses. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando abordamos la autonomía desde la perspectiva de la supervivencia precaria? La precariedad, dice Tsing, es «un estado de reconocimiento de nuestra vulnerabilidad ante los demás» (Tsing, 2017: 53). En este contexto, la autonomía implica reconocer la necesidad de ayuda de los demás para sobrevivir. Y si la supervivencia siempre implica a otro, también estará sujeta a las indeterminaciones inherentes a la relación entre el yo y el otro.

Por esta razón, Tsing propone una forma de vida basada en la colaboración precaria, la atención a lo imprevisto y la posibilidad de crear mundos sostenibles en las ruinas del capitalismo, donde lo humano y lo no humano se entrelazan en relaciones de cuidado, supervivencia y transformación.

María Puig de la Bellacasa, por su parte, incorpora a los Estudios de la Ciencia y la Tecnología una idea central del pensamiento feminista contemporáneo: el cuidado es una dimensión inseparable de la forma en que nos relacionamos con el mundo y producimos conocimiento. En línea con las dos autoras mencionadas anteriormente, Puig de la Bellacasa propone un enfoque multiespecífico que critica el antropocentrismo que ha caracterizado las ciencias sociales hasta hace poco y se basa en lo que ella denomina «ética especulativa». Se trata de una herramienta para imaginar otros mundos posibles, mundos en los que el cuidado surge en ámbitos aparentemente alejados de lo afectivo: la agricultura, la biotecnología, el trabajo invisible, los residuos, etc.

Recientemente, ha centrado su investigación en el suelo, al que caracteriza como una entidad viva, vibrante y comunitaria. Puig de la Bellacasa (2023) denuncia aquellas formas dominantes de relación con el suelo marcadas por una historia de explotación tecnocientífica, colonial y antropocéntrica, y que han llevado a la invisibilidad de los múltiples actores no humanos que hacen posible la vida en y desde el suelo (microorganismos, bacterias, hongos, raíces, minerales, etc.).

Como se puede observar, lo que estas propuestas tienen en común es la descentración del humano en el discurso político y la necesidad de imaginar futuros posibles en los aquel establezca relaciones de interdependencia con otras entidades no humanas. En última instancia, se trata de reformulaciones de la política que incluyen a los actores no humanos, en línea con la noción de cosmopolítica, término acuñado por Isabelle Stengers. El cosmos al que se refiere la palabra cosmopolítica no tiene que ver con una especie de punto de referencia común, un telón de fondo objetivo con el que contrastar las discusiones subjetivas humanas tan características de la política. El cosmos de la cosmopolítica designa más bien un espacio indeterminado que invita al debate más que al consenso, a la controversia más que al acuerdo. Este último aspecto es decisivo, ya que, en las formas convencionales de política, las apelaciones a la naturaleza casi siempre han servido para cancelar la política. Cuando la naturaleza habla, no hay debate ni hay vuelta atrás. Sin embargo, la cosmopolítica, a diferencia de la política convencional, sigue siendo posible a pesar de la presencia de expertos, ya que estos también están compuestos de interdependencias con los no humanos. El foco político ya no se centra simplemente en valores, intereses o luchas que tienen que ver únicamente con seres humanos aislados y desnudos. Más bien, la cosmopolítica abarca t das aquellas prácticas, alianzas y negociaciones heterogéneas necesarias para gestionar el colectivo de humanos y no humanos.

Nuestra trayectoria a través de los Estudios de Ciencia y Tecnología ha sido muy particular, sin duda. Sin embargo, ha servido para identificar dos estrategias útiles para el pensamiento libertario. En primer lugar, señalar el papel dominante de los conocimientos científicos y tecnológicos en el ordenamiento de la sociedad, pero, a la vez, ofrecer una forma de desentrañar ese papel al mostrar cómo los hechos pueden ser a la vez construidos y útiles una vez situados adecuadamente. En segundo lugar, descentrar el papel del ser humano en la política; más bien, en el contexto contemporáneo de crisis medioambiental, lo que se necesita es una cosmopolítica que abarque lo humano y lo no humano. Por supuesto, estas reformulaciones de los «hechos» y de la «política» están interrelacionadas (y no solo por las numerosas referencias cruzadas entre estos autores; Latour y Stengers eran colegas cercanos, por ejemplo). Así, la construcción de los hechos se manifiesta con especial claridad en los espacios cosmopolíticos, mientras que la cosmopolítica es el ámbito en el que los «hechos» pueden ayudar de manera práctica y revocable a configurar las múltiples relaciones entre humanos y no humanos. Esperamos que estas reformulaciones constituyan en su conjunto un recurso valioso para el pensamiento anarquista.

Bibliografía

  • Conway, E. y Oreskes, N. (2010) Mercaderes de la duda. Cómo un puñado de científicos ocultaron la verdad sobre el calentamiento global. Madrid. Capitán Swing, 2018.
  • Haraway, D. (2016) Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno. Bilbao. Consonni, 2019.
  • Latour, B. (2017) Dónde aterrizar. Cómo orientarse en política. Bartcelona.Taurus, 2019.
  • Puig de la Bellacasa (2023) El espíritu del suelo. Por una comunidad más que humana. Barcelona.Tercero Incluido. Tsing, A.L. (2017) La seta del fin del mundo. Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas. Madrid. Capitán Swing, 2021.

  1. Se trata de un modelo acerca de las relaciones público/ciencia que plantea que las actitudes contrarias a la ciencia son debidas a un déficit de conocimientos de la ciudadanía sobre la ciencia y la tecnología que debe ser subsanado con una mayor alfabetización científica. ↩︎

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