La Comunidad del Sur y las cooperativas de vivienda en Uruguay

Raquel Fosalba Cagnani
Raquel Fosalba Cagnani formó parte del colectivo de la Comunidad del Sur desde 1958

Cooperativismo y apoyo mutuo

En la década de los años cincuenta del siglo pasado en el Uruguay se produjo un surgimiento de numerosos organismos que fueron articulando un tejido social con un alto nivel de participación de sus actores. Las luchas por la autonomía universitaria, la creación del plenario obrero‐estudiantil, las compañías de teatro alternativo, las reivindicaciones de las organizaciones barriales gestionadas directamente por los vecinos, formaron el telón de fondo en el que se dio el surgimiento del cooperativismo de trabajo y formas más integrales que proporcionó un bagaje imprescindible de carácter experimental. Uno de estos grupos fue la Comunidad del Sur, una experiencia de cooperativismo integral, donde el trabajo, el consumo, la economía, la educación, la vida de relación y la actividad cultural se integraron en una totalidad social nueva, sin propiedad privada, con igualdad en la participación en la toma de decisiones por parte tanto de la mujer como del hombre.

Este   grupo,   formado   principalmente por jóvenes integrantes de las Juventudes Libertarias y de la Agrupación Sur de la Federación Anarquista del Uruguay (FAU), fueron los fundadores de la Comunidad del Sur en 1955. Muchas fueron las actividades que desarrollaron, buscando siempre la acción di‐ recta en su hacer.

La Comunidad del Sur, como cooperativa gráfica, junto a cooperativas metalúrgicas, textiles, y del vidrio crearon la Federación de Cooperativas de Producción del Uruguay.

En 1960, con la incorporación de nuevos integrantes, la casa alquilada por la Comunidad del Sur comenzó a quedar pequeña; fue necesario alquilar otra vivienda en las proximidades, una habitación en una pensión e incluso habilitar una zona en el sótano de la imprenta para alojar compañeros. Todo ello significó que el lugar común de la casa central se reveló totalmente inadecuado para una vida comunitaria. La presencia física casi permanente en esa única estancia —de reunión, de comida, de obligado paso— la convertía en un espacio de control social del devenir cotidiano de los habitantes de la casa.

Encarar la solución de la vivienda comunitaria, encontrar un lugar apto para las características de la comunidad, impuso un camino: la edificación de un núcleo de viviendas que cobijara adecuadamente nuestra forma de vida, un ambiente físico en el que pudiera manifestarse de un modo concreto el sentido de comunidad. Conscientes de que una nueva relación entre los hombres, una nueva cultura, necesitaba para desarrollarse armónicamente un ambiente físico adecuado.

Comunidad del sur. Comedor común y espacio para actividades c. 1970

La necesidad de vivienda no era exclusiva de los integrantes de la Comunidad; también lo era de toda la población de bajos recursos debido a las nefastas políticas económicas liberales llevadas a cabo en distintas etapas de la historia del país y la aplicación de las políticas de vivienda dirigidas a la clase media y alta del país; lo que influyó de manera importante en el precio del suelo.

Ya se había participado, a finales de la década de los cincuenta del siglo pasado, en la lucha por la vivienda social llevada a cabo por los pobladores del Barrio Sur. También integrantes de cooperativas de producción estaban interesados en la resolución de este tema. Nació entonces la idea de crear las bases para la construcción de barrios cooperativos.

Se trabajó simultáneamente en diferentes niveles: 1) el marco legal que acogiera al cooperativismo de vivienda; 2) la localización de una zona adecuada; 3) la financiación, y 4) atender las urgencias propias.

La investigación llevó a encontrar un único antecedente dentro del cooperativismo de vivienda: una cooperativa de ahorro y crédito. En 1962 se comenzó a elaborar un proyecto de ley de cooperativa de vivienda por ayuda mutua (comisión integrada por una compañera de Comunidad del Sur y un compañero de COPRU) que, después de su discusión y aprobación por las asambleas, fue entregada al CCU1 y cuya ley, por supuesto con modificaciones, fue finalmente aprobada por el parlamento y el ayuntamiento a finales de 1968.

La concreción del proyecto

En 1966, apoyadas por el CCU, tres grupos de trabajadores que reunían a cerca de 95 familias de tres localidades del interior (Florida, Salto y Río Negro) constituyeron las tres primeras cooperativas destinadas a «resolver sus problemas de vivienda». Pese a la inexistencia de un marco legal adecuado, lograron ser incluidas por medio del Instituto de Vivienda para el uso de préstamos del Banco Interamericano de Desarrollo. Dos años después de aprobada la ley, en 1970, se constituyó la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (FUCVAM). En apenas cuatro años, transcurridos tras la aprobación de la ley, funcionaban 69 cooperativas con 4.338 viviendas en construcción (Terra, 1986). Transcribo fragmentos de Guillermo Font, integrante de la Cooperativa de Viviendas de Ayuda Mutua, COVIMT y colaborador en el área internacional de FUCVAM, de mayo de 2001:

Comunidad del sur. Comida compartida al interior

«En Uruguay existe un movimiento social urbano que se ha tomado en serio que la ciudad se construye entre todos. Son casi quince mil familias (más de 50.000 personas) de bajos recursos, integradas por cerca de cuatrocientos grupos cooperativos que construyen (o aspiran a construir) sus barrios entre todos. Este construir se conoce con la denominación genérica de «por ayuda mutua». Conjunto de palabras que entre los cooperativistas encierran un significado de mucho contenido, expresando en sí mismas conceptos y principios tales como: solidaridad, fraternidad, participación, democracia, autogestión, educación, trabajo, desarrollo, organización, unidad, comunidad y lucha. Nacidas en 1966, las cooperativas de viviendas por ayuda mutua, constituyen una experiencia singular por su desarrollo comunitario y por su aporte a la solución del problema habitacional integral para amplios sectores de la sociedad, sin acceso a créditos ni a la tierra en forma individual. Esta iniciativa se basa en una rica tradición uruguaya de autoconstrucción, con ayuda de familiares y amigos; una fuerte simpatía por las ideas libertarias y experiencias solidarias, aportadas por los conocimientos y vivencias de la importante masa de inmigrantes italianos y españoles de principios de este siglo; […] Claro que también los pioneros de Rochdale (Inglaterra), obreros textiles de principios del siglo diecinueve, aportaron los principios filosóficos del cooperativismo moderno, renovados por la Alianza Cooperativa Internacional. […] Según las necesidades del grupo, se crean servicios comunitarios autogestionados por la cooperativa para mejorar la calidad de vida de las personas: policlínicas médicas y odontológicas; bibliotecas y centros culturales; guarderías infantiles; actividades deportivas y recreativas; mantenimiento de espacios verdes, alumbrado y calles; mejoras de los servicios públicos; construcción y donación al Estado de locales escolares, etc. Hay otros servicios que son centralizados por la Federación: asesoramiento jurídico, notarial y contable; planta de prefabricado; convenios con emergencias médicas y otras instituciones; centro de formación, colonia de vacaciones y hogar estudiantil; entre otros».

Para el historiador Benjamín Nahum, los barrios cooperativos fueron «verdaderas islas de libertad en plena dictadura aportando propuestas autónomas y ejerciendo formas de organización y poder popular». Revista del CCU (1985).

El desarrollo de la ciudad en forma de ameba, cuyas prolongaciones acompañaban las rutas de comunicación con el interior del país, dejaba grandes espacios cercanos al núcleo con extensiones de tierra sin urbanizar. Después de una intensa búsqueda con la colaboración del Instituto de Urbanismo de la facultad de Arquitectura se localizó, a 9 kilómetros del centro de Montevideo (kilómetro 0), un terreno rectangular en venta: casi dos hectáreas, equipado con un chalé de dos plantas (la «casona»), cobertizo grande techado y con paredes, una pequeña casa, un viñedo y una pérgola de hierro que se extendía a todo lo largo, con ramales perpendiculares. A partir de 1968 se construyeron en la zona varias viviendas cooperativas de ayuda mutua (nuestros vecinos).

La «casona» se pone en marcha

Los limitados recursos no habían logrado la capacidad para responder por nosotros mismos a una exigencia económica del volumen requerido para encarar satisfactoriamente la solución de la vivienda comunitaria. La solidaridad del movimiento anarquista internacional, en particular los compañeros de Argentina, hicieron posible afrontar el primer pago de la compra del «terreno».

Comunidad del sur. Comida al aire libre (1967)

Concretada la compra, en 1963‐1964, dos parejas se trasladaron a vivir y preparar las condiciones para la mudanza de todo el grupo. Los fines de semana funcionaban campamentos de trabajo. Se puso techo a un ramal de la pérgola (cartón asfáltico) y cerramos los laterales (tablones) improvisando un comedor, cocina y lavadero. En diciembre de 1964 salió, desde la vieja casa, el último camión de mudanzas hacia «el terreno»; sentadas en lo alto de la cabina, dos compañeras marchaban a la conquista del nuevo mundo (eso es lo que se vivía en ese momento, condición sine qua non para lo que las esperaba). El cobertizo,   adaptado en una primera etapa a vivienda pasó a ser la casa de los niños (1968). En 1969 se inauguró el nuevo comedor. Ese mismo año comenzó a funcionar un criadero de pollos y una huerta. La clínica dental fue otro servicio abierto a los vecinos. Parte del chalé (la «casona») se dedicó a una escuela preescolar (1972) a la cual concurrían nuestros niños y los del barrio; la planta alta fue dedicada a biblioteca.

Veinte años después de su fundación, la asamblea de la Comunidad del Sur decidió terminar con la experiencia en Montevideo. Compañeros presos, compañeros en clandestinidad, allanamientos cada poco por los efectivos militares, cierre de los talleres gráficos durante semanas, detenidos el resto de integrantes por largos períodos estas circunstancias hicieron imposible continuar con la experiencia.

Años más tarde en Barcelona

Desde 1979 triunfa en Barcelona un modelo de ciudad de arriba abajo que en los Juegos Olímpicos de 1992 y en el Fòrum de les Cultures se impone como modelo urbanístico. «El corto verano de la democracia» como se le llamó al periodo del fin de la dictadura hasta las primeras elecciones municipales de 1979, donde la lucha política se traslada a los parlamentos y con ello, paralelamente, al desmembramiento del movimiento obrero y los movimientos vecinales. Lejos quedan «la vaga de lloguers», que se produce en 1931; la formación de los barrios obreros que generan una cultura propia de relaciones que desarrolla un cruce entre horizontalidad urbana y horizontalidad social. La Cooperativa Obrera La Paloma, creada en 1929, Las Casa Baratas de 1929, la Cooperativa Obrera de Bon Pastor. Ejemplo de participación horizontal comprometida, mas también todos ejemplos de una amenaza para la estabilidad social y política de los partidarios de la verticalidad.

Se impone entonces un modelo de desarrollo urbanístico apoyado en la colaboración entre el sector público y privado intensificado en los años ochenta y noventa del siglo pasado por las influencias de las ideas neoliberales. Un modelo donde el ayuntamiento prepara suelo e infraestructuras y los empresarios   privados construyen los edificios y obtienen los beneficios. Donde la vivienda es tratada como inversión, excluyente para muchos, especialmente   para los más desfavorecidos. Para ello se llevó a cabo un proceso muy agresivo de expulsión de la población, de acoso inmobiliario, de destrucción de vivienda social, desalojos silenciados que se hacía en nombre del progreso. A través del acoso inmobiliario se llevó a cabo el modelo de gentrificación con métodos como el empleado en el Forat de la Vergonya para desplazar en poco tiempo a su población sin responsabilizarse por el traslado.

Hoy en día se suceden los fracasos de planes estatales para la resolución del modelo de vivienda y de ciudad.

Aquí podemos escuchar la historia de la Casona Covine 8


  1. CCU: Centro Cooperativista Uruguayo fundado en 1961, entre sus fines estaba el asesoramiento contable a las cooperativas de producción, recepcionar demandas y canalizarlas en propuestas, dinamizar la acción cooperativa. Tuvo una gran importancia en el asesoramiento a las cooperativas de vivienda. ↩︎

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