Óliver Laxe
2025
Carlos Ceacero
Entre el espejismo y la herida
Óliver Laxe se ha consolidado en poco más de una década como una de las voces más singulares del cine europeo contemporáneo. Desde Todos vós sodes capitáns (2010), con la que obtuvo el premio FIPRESCI en Cannes, hasta Mimosas (2016), distinguida en la Semana de la Crítica, y O que arde (2019), galardonada en Un Certain Regard, el cineasta gallego ha construido una filmografía marcada por la mezcla de lo íntimo y lo telúrico, lo espiritual y lo material, siempre con una fuerte voluntad de explorar los márgenes de la representación. El caso de Laxe es interesante: se le reconoce como un cineasta de ficción, pero su forma de filmar siempre ha estado atravesada por procedimientos cercanos al documental. Desde sus primeros trabajos ha apostado siempre por la búsqueda de un lenguaje propio, por una cámara que parece moverse más como la de un observador que como la de un narrador que controla cada gesto. Sirāt (2025), Premio especial del Jurado y a la mejor banda sonora en Cannes, su cuarto largometraje y su obra más rompedora estéticamente hasta la fecha, supone un paso muy importante en su carrera, en su apuesta por un cine que parece debatirse entre el relato y la pura experiencia sensorial. Un cine en el que los actores profesionales se mezclan con los no profesionales y el guion se difumina en una sucesión de momentos que podrían confundirse con fragmentos de realidad. Esa hibridez potencia la sensación de ambigüedad: no estamos del todo en la ficción ni del todo en el documento, sino en un territorio intermedio donde la pura experiencia sensorial y el paisaje priman sobre el relato.

En Sirāt, un padre (Luis) y su hijo (Esteban) viajan al sur de Marruecos en busca de Mar, la hija/hermana desaparecida tras asistir a una rave en medio del desierto. Lo que podría haberse desplegado como una narración clásica de búsqueda y reencuentro se disuelve rápidamente en un film que parece interesarse menos por el destino de sus personajes que por el paisaje que los engulle, la atmósfera que los ahoga y la densidad poética que se deriva de esa experiencia. Esa renuncia en parte a los personajes no es gratuita, supongo que muchos espectadores aceptarán el juego y vivirán el viaje inmersivo que la película propone, pero abre a mi juicio la puerta a una cierta indefinición de lo que la película quiere contar.
El espectador se debate constantemente entre la expectación de un relato que nunca acaba de materializarse del todo y la entrega a una deriva sensorial que, en ocasiones, parece buscar más el deslumbramiento estético que la construcción de sentido. Luis y Esteban se nos presentan como figuras esbozadas, apenas soporte de un viaje que les sobrepasa. Sus motivaciones se intuyen, pero rara vez se sienten.
Los diálogos, más que abrir ventanas a la intimidad funcionan como mínimos puentes narrativos, líneas que apenas sostienen la ilusión de que seguimos a seres vivos y no a arquetipos. Laxe despersonaliza a sus personajes deliberadamente para fundirlos con el entorno y el resultado es una cierta distancia emocional que, más que liberar al espectador, en parte, lo aleja. La familia se vuelve idea, símbolo, pero pierde carne, y con ello, quizá, fuerza política. Porque Sirāt habla del concepto de grupo, de familia, y de cómo el sistema capitalista expulsa, fragmenta y reabsorbe cualquier intento de vivir de otro modo. En este sentido, el film plantea la casi imposibilidad de vivir al margen del sistema. Sus personajes se internan en el desierto, en el borde del mundo, pero la sombra del orden establecido siempre los alcanza: ya sea en la forma de la ausencia, de la guerra, de la erosión de los vínculos.
A la búsqueda de crear imágenes y atmósferas impactantes, se suma la voluntad deliberada de provocar el shock en el espectador, ya sea mediante la violencia implícita de ciertas escenas, la desolación de los paisajes o la crudeza de las experiencias que se sugieren. Laxe parece querer sacudir al espectador más por la vía de la conmoción que por la del pensamiento. Su apasionante tratamiento del sonido construye una experiencia que roza lo hipnótico. Y en ese terreno Sirāt se aproxima a un cine ritual, casi chamánico. Este cine de voluntad hipnótica lleva a la inmersión sensorial, a un estado de trance que promueve la experiencia colectiva. El espectador se ve arrastrado, sin saber del todo si está dentro de una celebración o de un duelo. La búsqueda de Mar no es tanto la búsqueda de una persona como la constatación de una pérdida irreparable.
El desierto y las raves, con esos cuerpos que bailan hasta la extenuación, la búsqueda de ese padre y su hijo, configuran un mosaico que parece querer contarnos algo sobre la fuga, sobre la posibilidad de escapar de la domesticación capitalista, sobre el anhelo de una comunidad libre. Sin embargo, la película rehúye, en cierta medida, toda toma de posición clara en este sentido. El film evita responder: muestra, pero no interroga. Señala la posibilidad de otras formas de vida, pero no se decide a explorarlas en su complejidad.
Hay en Sirāt un cierto aire de película postapocalíptica. Aunque nunca se acaba de desarrollar de manera directa, la película está atravesada por un trasfondo de guerra mundial. Ese telón de fondo refuerza la sensación de vivir en un mundo en colapso, donde las amenazas globales son constantes, como algo que impregna las vidas de quienes buscan huir, resistir o simplemente sobrevivir en los márgenes. Y en ese punto resuena, de manera sorprendente, la memoria de Freaks de Tod Browning (1932): aquella comunidad de marginados que, al ser retratada con dignidad y potencia visual, cuestionaba radicalmente las jerarquías del cine clásico. Hay una referencia explícita a la película de Browning en Sirāt a través de la camiseta de uno de los personajes. Los «freaks» contemporáneos son los desarraigados, los que no encuentran lugar en el engranaje social, los que acabarán mezclándose en ese tren final que atraviesa el desierto, ese desierto que lo absorbe todo, con los restos de la humanidad que sobrevive al desastre, acaso los verdaderos protagonistas ocultos de un relato que ya no es solo familiar‐grupal, sino universal. Una estampa de la humanidad errante que quizá convierte la película en una parábola sobre la condición contemporánea: todos en tránsito, todos buscando un lugar, todos sin hogar definitivo.
Quizás ahí radique la potencia de Sirāt y sus propios límites: ser un cine que bordea la revuelta, pero que no la asume. Un cine que seduce con cierta estética de la disidencia, pero que, en su ambigüedad, puede ser fácilmente absorbido por el circuito cultural del espectáculo.
Representante española a los próximos premios Oscar, aclamada en Cannes, Sirāt es una obra potente y arriesgada, que sin lugar a dudas merece ser visitada, una experiencia cinematográfica que animamos a experimentar y de la que apreciamos finalmente su libertad, su rebeldía formal, su radicalidad estética.
Entre la promesa de un cine radical y el riesgo de un cierto formalismo, la película nos deja una sensación contradictoria: la de haber presenciado un ritual poderoso, pero también la de haber sido abandonados en medio del desierto, sin brújula y sin mapa.
Quizás esa sea su verdadera propuesta: no darnos respuestas y vivir la experiencia, pero confrontarnos con la amargura de vivir entre ruinas, con la certeza de que las fugas individuales difícilmente alcanzan a quebrar la maquinaria del sistema. En ese sentido, Sirāt quizá no sea tanto un canto a la liberación como un recordatorio de lo arduo que resulta sostenerla.