El reduccionismo de clase entre les anarquistas y la invisibilización de las opresiones dentro de los espacios ácratas

Sonia – Blog personal

En el texto ¿Anarcofeministas o mujeres anarquistas? escrito en agosto 2025 por Pedro Peumo, vemos varias críticas repetidas en el tiempo que hay que desmentir otra vez. En esta respuesta iremos paso por paso respondiendo a las críticas presentadas en el texto. El texto original es marcado en cursiva, mientras que las respuestas de la autore de este blog son en texto sencillo.

La relación entre el anarquismo y la lucha por la liberación de las mujeres es larga y fecunda, encarnada históricamente por figuras imprescindibles como Emma Goldman, Voltairine de Cleyre, Lucía Sánchez Saornil o Juana Rouco Buela.

En realidad, aparte de estas teóricas y militantes del anarquismo de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, han existido y existen muchos colectivos anarcofeministas separatistas que han surgido de manera autónoma y en muchas ocasiones como espacios seguros desde hace más de un siglo. Se nota que muchos compañeros no se toman el tiempo en reconocer ni ponerse en contacto con colectivos que trabajan de manera horizontal y transversal desde perspectivas no masculinas dentro desde distintos paradigmas anarquistas. Por lo tanto, es cierto que la liberación de las mujeres y las disidencias de género es históricamente larga, pero la mayoría no las conoce por nombre y mucho menos cómo trabajamos.

Sin embargo, en paralelo, la emergencia del anarcofeminismo, como corriente teórica y organizativa específica, desde la segunda mitad del siglo XX ha generado controversias y divisiones dentro del pensamiento anarquista.

El anarcofeminismo divisiones no ha generado, y de hecho el autor debería, para poder mostrar seriedad en su crítica, mostrar ejemplos claros de los hechos que clama. Me gustaría aclarar desde mi experiencia militante de los últimos 10 años, que las divisiones que haya podido haber han sido generadas por las opresiones internas, abusos patriarcales de poder varios y exclusión dentro de espacios anarquistas tanto contra mujeres, disidencias de género, personas racializadas, inmigrantes, discapacitadas y otras personas en situación vulnerable. Esta crítica cae por su propio peso al no ser capaz de entender las causas de estas escisiones, que siguiendo un ejemplo conocido históricamente como Mujeres Libres, explicaron ellas mismas como se las excluyó de los grupos de la CNT en varias localidades españolas y también por parte de la confederación de la CNT. Estas han sido dinámicas patriarcales opresoras internas en grupos anarquistas que se repiten aún hoy en día cuando anarcomachos, anarcocuriosos y demás insisten en ignorar situaciones de violencia interna en nuestros espacios o temas que urgen resolver de manera militante, obligando a que muchos grupos anarcofeministas se autogestionen para evitar violencias interpersonales y estructurales contra nuestres persones. De hecho, muches estamos tanto en grupos separatistas como mixtos, siendo los grupos separatistas espacios dónde de hecho nos podemos concentrar en construir desde la militancia sin tener que estar defendiéndonos de ataques constantemente. Estos espacios separatistas deben respetarse porque son necesarios para nuestra seguridad y para poder construir sin tener que maternar ni explicar que no queremos ser violentades dentro de nuestros espacios anarquistas. Las personas que tildan al anarcofeminismo de crear escisiones son los mismos a los que les importa un carajo nuestra seguridad y bienestar, así como nuestras luchas, siendo también los mismos que se hacen los inútiles cuando les compañeres señalan abusos de poder interno y en muchos casos no hacen absolutamente nada por las víctimas.

Como veremos, la distinción fundamental, y el núcleo de la crítica clásica, radica en el énfasis y el marco analítico prioritario que adopta el anarcofeminismo.

Las mujeres anarquistas representan la tradición histórica y viva del anarquismo practicado por mujeres. Su lucha contra la opresión patriarcal es parte integral, inseparable, de su lucha contra todas las formas de dominación: el Estado, el Capital, la Iglesia, la jerarquía social. Goldman, por ejemplo, combatía el matrimonio burgués y la moral sexual represiva con la misma vehemencia que al Estado y al capitalismo.

Una simplificación enorme dentro de esta alegación, ya que históricamente han sido personas de todos los géneros no masculinos los que han luchado contra la opresión patriarcal tanto dentro como fuera de nuestros espacios con toda la vehemencia posible. Una vez más queda claro que el autor no se ha enterado de la existencia de nuestra fortaleza en las exigencias políticas que tenemos. Además, aquí se olvida una vez más el autor de señalar no sólo la opresión patriarcal social, sino también dentro de espacios anarquistas dónde por desgracia las formas de dominación descritas existen igualmente, teniendo dinámicas adyacentes al estado y al estado patriarcal con jerarquías internas, sistemas institucionalizados de dominación y con una falta total de procesos y pautas para la justicia transformadora dentro de nuestros espacios en caso de necesidad. Parece que para el autor es difícil darse de cuenta de la viga en el ojo propio anarquista, lo cual posa una cuestión interesante del privilegio de no haber experimentado estas situaciones en carne propia. Pero es difícil aceptar nuestras luchas contra la opresión cuando muchos anarquistas niegan que elles mismes reproducen las mismas opresiones contra sus compañeres.

Para las mujeres anarquistas la opresión de la mujer es un pilar fundamental del sistema autoritario, pero su análisis y su praxis parten de una crítica unificada de la autoridad en todas sus manifestaciones. La liberación femenina es una consecuencia necesaria e indivisible de la revolución social total. Su organización tiende a ser dentro de colectivos anarquistas mixtos (aunque a menudo creando espacios propios para abordar problemáticas específicas) o en grupos específicos de mujeres cuya lucha se enmarca explícitamente dentro del proyecto anarquista global.

El anarcofeminismo, por su parte, surgió como una corriente autónoma, influenciada fuertemente por la “segunda ola” feminista, de la mano de autoras vinculadas a la izquierda política, especialmente al comunismo europeo o la new left estadounidense de los 60-70. Posteriormente se vio influenciado por teorías postmodernas, y en la actualidad cercanas a la progressive left.

El anarcofeminismo es un movimiento amplio que ha cristalizado de distintas maneras según los territorios y las culturas. El autor deja aquí abierto a las lectoras el poder confirmar todo este señalamiento del inicio del anarcofeminismo puramente basado en teorías que ciertamente muchos grupos anarcofeministas desdicen y no siguen ni en su militancia. De hecho, en el libro Quiet Rumours, una lectura anarco-feminista editado por el colectivo Dark Star, aparecen reflexiones y aclaraciones de individualidades y colectivas anarcofeministas de compañeres en territorios angloparlantes, dónde la explicación del autor queda desbancada de manera algo fragmentada. El hecho de escribir conceptos progresivos, sin ningún tipo de explicación concreta, hace que el autor haga una generalización sin fundamentos históricos ni teóricos. Quizás es importante que el autor y les lectores entiendan que no existe un anarcofeminismo homogéneo y mucho menos con conexiones a las olas feministas liberales, sino diferentes militancias anarcofeministas que luchan contra el capitalismo, el estado y la opresión patriarcal de distintas maneras que nada tienen que ver con los feminismos de la segunda ola, y distanciándose de las feministas académicas y estatistas que ocupan mucho del espacio público.

Comparte con el anarquismo clásico su crítica al feminismo liberal y al parlamentarismo, aunque el anarcofeminismo a veces parece que prefiere desentenderse de su crítica parlamentaria cuando las leyes impulsadas por los partidos “progresistas” son “de género”.

Hasta aquí el autor ha demostrado ampliamente que su contacto con grupos, individualidades y colectivas anarcofeministas es escaso, sino inexistente. Seguramente habrá grupos que se desentiendan de las críticas parlamentarias en cuestiones de género, pero desde luego esta crítica es la misma que se puede hacer a compañeros anarquistas con el desentendimiento de críticas parlamentarias en otros temas. Los posicionamientos respecto a temas concretos y el hecho de que algunos anarquistas se acerquen más a menos temas a través del parlamentarismo, es un debate que aún se tiene hoy en día. De hecho, muchos colectivos anarcofeministas son claros en su posición contraria a las leyes parlamentarias de género que son obviamente superficiales y siempre sirviendo al capitalismo. De hecho, conociendo la neoliberalización de muchos anarcosindicatos que se han vuelto patronales mercantiles, sería interesante que la crítica se hiciera de manera sistémica y no dejando entrever que en los anarcofeminismos abrazamos propuestas parlamentarias de género. Es posible que algún grupo lo haga, pero desde luego no es una dinámica que se practique habitualmente y de hecho somos capaces de autocriticarnos para poder ser coherentes con acciones prefigurativas basados en los principios anarquistas.

El rasgo distintivo del anarcofeminismo es colocar el género y el patriarcado como el sistema de opresión primordial o al menos como uno que requiere un análisis y una lucha específica y separada, aunque articulada con otras luchas. Así, el anarcofeminismo desarrolla un cuerpo teórico propio centrado en la opresión patriarcal, utilizando herramientas conceptuales a veces ajenas al anarquismo clásico.

Esto es cierto, pero una vez más el autor ignora por qué los anarcofeminismos usan otras herramientas conceptuales como complemento a los principios del anarquismo clásico. Como muchos autores anarquistas muestran cada vez, su conocimiento e interés por las luchas interseccionales contra la opresión capitalista no se ven como luchas centrales, ni en la teoría ni en la práctica. Muchas de las herramientas conceptuales anarquistas fueron desarrolladas por hombres que no eran conscientes de sus propios privilegios y menos aún de las luchas que otras personas no masculinas tenemos en nuestras sociedades. Por lo tanto, muchas anarcofeministas afirmamos de hecho que las herramientas conceptuales del anarquismo clásico son limitadas y por desgracia han tenido un carácter universalista que nunca deberían de haber tenido. ¿Por qué no aprender de estas ampliaciones para poder luchar de manera más efectiva con el capitalismo y los estados? Por ejemplo, el mal llamado anarquismo clásico no tenía en cuenta como el capitalismo y los estados esclavizan a personas racializadas ni discapacitadas, ni tampoco tenía cuenta los trabajos de cuidados generalmente feminizados que de hecho son los que aguantan el sistema capitalista. Mucho se podría escribir de la falta de análisis complejo del anarquismo clásico, que además fue escrito en su mayoría a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y dónde en su mayoría se ha ignorado a compañeres y compañeres que teorizaron, construyeron y lucharon en sus cotidianidades. Desde entonces también muchas sindicalistas como Virginia Bolten que señaló la falta de análisis complejo en como los sistemas opresores nos afectan en distintos grados según distintos factores sociales y biológicos. El anarcofeminismo y otras corrientes con marcos teóricos y prácticos anarquistas de diversos enfoques aportan conceptos que amplían y refuerzan los conceptos clásicos anarquistas, que falta nos hacen con la complejidad que vivimos en nuestro momento actual en el siglo XXI.

Organizativamente, tiende a priorizar espacios exclusivos de mujeres (o identidades disidentes) y estructuras propias, argumentando que solo así se puede combatir eficazmente la dinámica patriarcal, incluso dentro de los movimientos revolucionarios.

Si los compañeros hicieran principalmente dos cosas: 1. reconocieran las violencias internas que tenemos en nuestros espacios por parte de los compañeros, 2. entendieran que uno de los pilares del anarcofeminismo en la autodefensa, organizada desde principios de la autogestión para cuidarnos entre nosotres; entonces no serían necesario tener espacios separatistas. Esta crítica demuestra que el autor no está interesado en entender y tiene un desconocimiento enorme de las realidades de muchas compañeres dentro de espacios ácratas. Muchísimas compañeres son maltratadas, abusadas de diferentes maneras y expuestas a violencia estructural y simbólica dentro de nuestros espacios. Por lo tanto, seguiremos dando prioridad a nuestra seguridad y nuestra militancia sin estorbos anarcopatriarcales dentro de espacios separatistas mientras los compañeros sigan montados en sus posiciones privilegiadas sin ningún tipo de humildad para reconocer estas situaciones que de hecho son las causas de rompimiento y escisiones dentro de colectivas anarquistas.

Desde una perspectiva anarquista clásica, el anarcofeminismo genera varias preocupaciones fundamentales.

Vamos allá, porque estas preocupaciones se olvidan siempre de incluir siempre las realidades que vivimos en nuestros espacios y nuestras cotidianidades. Es interesante que nunca les preocupe un carajo que estemos expuestes a violencias internas y nuestras posiciones teóricas, militantes y personales que nunca se toman en serio para seguir construyendo anarquismos de manera conjunta en este siglo.

Fragmentación de la lucha y creación de nuevas identidades políticas.

El anarquismo clásico ve la opresión como un sistema complejo pero interconectado (capitalismo-Estado-patriarcado-Iglesia). Priorizar una opresión sobre otras o crear movimientos específicos basados en identidades (de género), como hace el anarcofeminismo, provoca la fragmentación del sujeto revolucionario (la clase oprimida en su totalidad) y diluye la lucha contra el sistema en su conjunto. Esto hace que se repliquen dinámicas identitarias que el anarquismo busca abolir. Para el anarquismo clásico, la mujer oprimida es, ante todo, una explotada, cuya opresión específica debe ser combatida dentro de la lucha general contra toda autoridad.

Este párrafo es simplemente un miedo personal que no tiene ningún anclaje en la realidad además de ser intrínsicamente contradictorio. Si los sistemas de opresión están interconectados, jamás ninguna anarcofeminista ha dicho que el género está por encima de otras opresiones. Al contrario, la mayoría de les anarcofeministas simplemente le damos el lugar que muchos anarcomachos le niegan, simple y llanamente. Si el autor leyera más y platicara más con anarcofeministas, sabría que la falta en el foco de la diversidad de género y las opresiones es precisamente porque se siguen repitiendo. El día que los compas, tan críticos ellos, reconozcan que las opresiones, interconectadas como dicen, nos afectan de manera distinta según nuestras cuerpas, posiciones sociales, nuestra salud y roles sociales, entonces quizás se dignarán a luchar con nosotres para que esto se erradique. Mientras tanto estas críticas simplemente muestran la ignorancia suprema de algunos en reconocer las violencias que aún sufrimos, no sólo por el género, sino por nuestras etnicidades, capacidades, roles sociales, etc. El hecho de que el autor se acoja al reduccionismo de clase ignorando como el efecto de las opresiones varía según los grupos de personas, demuestra por qué el anarcofeminismo sigue siendo necesario para poder combatir las opresiones, dentro y fuera de nuestros espacios. Aquí les presento a los lectores una palabreja que seguramente al autor original le disgustará, pero que entre las compras afros siempre aprecian que es la herramienta analítica de la interseccionalidad construida por el colectivo afrolesbiano Combahee River en 1974. Para explicarlo de manera sencilla, esta herramienta de análisis nos ayuda a entender que, por ejemplo, yo como persona no binaria blanca, vivo las opresiones de otra manera que una persona no binaria afro. Aquí hay que tener la humildad de entender que, aunque las opresiones son interconectadas, los diferentes factores impactan en mayor o menor grado según el contexto. Esta parte se les escapa a muchos anarquistas que abogan dogmáticamente por el anarquismo clásico escrito por tres señores barbudos, porque resulta que muches hoy en día son incapaces de entender que en su ánimo universalista borran las realidades de muchas personas con experiencias radicalmente diferente a las propias y que debemos de poder solidarizarnos sin criticar.

Entonces es claro que en algunos momentos será el género que se tenga que visibilizar, en otras va a ser las capacidades, el estado legal en un contexto nacional o los recursos económicos de cada persona. Es hora de que los anarquismos dejen de jactarse de poder ser universalistas cuando se critica que ciertos grupos quieran nombrar y detallar las opresiones en las que viven acuerpadas.

Importación de marcos teóricos ajenos.

En el anarcofeminismo se hace un uso intensivo de teorías feministas postmodernas (a veces con un fuerte componente académico y un lenguaje muy especializado). Estas teorías pueden alejarse del análisis sobre la situación de la mujer que caracterizó a las anarquistas históricas, introduciendo abstracciones y debates (sobre los particularismos, performatividad del género y otras) que distancian la teoría de la práctica revolucionaria cotidiana y de la comprensión del proletariado. Por ejemplo, Emma Goldman, de oficio costurera, hablaba claro y directo a las obreras, y como anarquista se expresaba en un lenguaje sencillo, pero siempre profundo, como es el que proviene de los saberes populares.

Basado en esta crítica que muestra una vez más la falta absoluta del autor en tener contacto directo con compas anarcofeministas, le puedo tranquilizar informando de que por suerte no sólo académicas son parte de nuestras bases militantes. Ciertamente se puede compartir la crítica de que un lenguaje académico crea distancia en las luchas, pero eso no es un fenómeno anarcofeminista en sí ni un aspecto generalizado. La bola de anarcocuriosos y anarcoextractivistas es enorme en nuestros espacios, pero el autor se puede quedar bien tranquilo de que en todas las colectivas que él claramente desconoce e ignora, somos putas, madres, lavanderas, maestras, enfermeras, campesinas y estamos en todo tipo de trabajos con sueldos y sin sueldos. Muchos colectivos, como por ejemplo Mujeres Creando, dejan claro que los anarcofeminismos se construyen desde abajo y con los corazones ardientes más allá de la izquierda. Por lo tanto, el hecho de aumentar nuestro vocabulario o nuestras herramientas de análisis no hacen que perdamos de vista los principios anarquistas. Al contrario, con ellos usados de manera coherente con nuestras prácticas anarquistas, somos capaces de poder entender y construir las sociedades comunes dónde todes podamos tener cabida sin invisibilizar a nadie. En muchos casos nuestras prácticas revolucionarias se hacen más integrales cuando seguimos los principios de la educación anarquista, dónde la teoría y la práctica van de la mano para reconstruir espacios comunes.

Riesgo de reformismo o pérdida del potencial revolucionario-social.

El enfoque en luchas específicas de género y en la creación de espacios separados, sin una conexión orgánica y prioritaria con la lucha anticapitalista y antiestatal total en lo general, o sin una conexión con las organizaciones obreras anarquistas en lo particular, provoca que el anarcofeminismo pueda derivar hacia un “feminismo radical reformista” más que en una práctica verdaderamente revolucionaria anarquista. Por el contrario, por ejemplo, el colectivo Mujeres Libres en España tenía una relación directa con la CNT-AIT, o el periódico Nuestra Tribuna con la FORA-AIT, y en ambos casos sus miembros eran mujeres que pertenecían también a la organización obrera.

Señoro autor, lea historia para que se entere por enésima vez de que si colectivas y grupos anarcofeministas están en espacios separados es porque compas anarcomachos así nos empujan a hacerlo para poder defendernos, cuidarnos y seguir sin ser reformades. Si alguien nos quiere empujar a desradicalizarnos son los mismos compañeros que obstaculizan, paran y sabotean procesos revolucionarios dentro de nuestros espacios. Ahí recae el problema de la cuestión, que algunos de ustedes quieren estar metidos en temas que en realidad ni les interesan ni los defienden de manera solidaria, pero que luego se hacen los ofendidos porque se les deja fuera. Las colectivas anarcofeministas deberían de ser reconocidas, seamos parte o no de institucionalidades anarquistas. Que ya con esta pseudocrítica parece que los que repiten reformismo y quitan el peso revolucionario social son ustedes que no aceptan, apoyan y defienden que las anarcofeministas nos organizamos como se nos pega la gana y es precisamente para no tener que estar bajo las olas reformistas de muchas instituciones rancias anarquistas y anarcosindicalistas. Repito que, en el ejemplo de Mujeres Libres, ellas seguían siendo parte de la CNT-AIT, pero jamás se les reconoció como grupo ni por sus luchas a nivel local ni de la confederación. Muchos anarcomachos las ponen siempre de ejemplo de valentía autoorganizativa ignorando completamente las causas que las obligaron a autogestionarse. Lean compañeros, capaz de que aprenden algo y así dejan de idolatrar sin sentido y empiezan a reconocer que muchos repiten dinámicas autoritarias y opresoras dentro de nuestros espacios.

Duplicación de estructuras y potencial autoritarismo.

La creación de estructuras organizativas paralelas (colectivos sólo de mujeres) es cuestionado no por su utilidad táctica puntual (reconocida por muchas anarquistas clásicas), sino porque reunirse exclusivamente en torno a orgánicas anarcofeministas se convierte en un principio unívoco y permanente para las mujeres, y se deja de promover como antaño la militancia en la organización obrera ácrata.

Esto es una falacia, porque la mayoría de los grupos anarcofeministas luchan contra la opresión que todes sufrimos, no sólo las mujeres. Que algunos señoros no se den por aludidos ni quieran participar en estas luchas es porque les da pánico perder sus propios privilegios. En el texto Transfeminismo y anarquismo: la ola de la que no nos hablaron, las compas del colectivo La Màquia exponen como la militancia es altamente ligada a un frente común contra las opresiones interconectadas. Quizás lo que el autor debería de tener claro es que es agotador el tener que luchar contra opresiones externas sociales además de dinámicas similares en nuestros espacios. Eso no significa que de hecho los ignoremos a ustedes como muchos hacen con nuestras luchas, y nuestras luchas siguen siendo anticapitalistas y con carácter obrero que obviamente no se centra sólo en la figura del obrero masculino con sueldo, sino cualquier tipo de trabajo con o sin sueldo, en fábrica o de cuidados, que ustedes históricamente jamás han incluido como parte de las luchas obreras anarquistas. Por eso lo hacemos nosotres, porque reconocemos a todes les compañeres en situaciones vulnerables e invisibilizadas y ampliamos las luchas clásicas que los anarcomachos ignoran aún en el día de hoy.

Desde el anarquismo clásico se observa cómo el anarcofeminismo genera vanguardias feministas y dinámicas de exclusión, contradiciendo el principio anarquista de asociación libre y voluntaria basada en afinidad de ideas, no en identidad biológica o de género. ¿No podría un hombre ser un aliado consecuente contra el patriarcado? ¿No podría una mujer reproducir actitudes autoritarias?

Pues hay de todo entre compañeros para poder decir que los hombres pueden ser aliados. Por desgracia nuestras experiencias demuestran que no, que muchos hombres no pueden ser aliados porque como en las críticas escritas hasta ahora en el texto original, los principios de asociación libre y voluntaria sólo sirven si hay hombres. Personas de otros géneros no podemos escoger, según el autor, y ahí erradica una vez más el porque es necesario seguir teniendo espacios separatistas. Respeten nuestros procesos autogestionados, pregunten en lugar de criticar y aprendan en lugar de andar de ardidos porque nos negamos a ser violentades cuando lo que queremos es construir en paz. Si no ayudan en luchar contra las opresiones capitalistas con herramientas variadas dentro de nuestros espacios respetando como lo hacemos, por lo menos no estorben con sus quejas y sus críticas.

Empoderamiento individual y políticas identitarias.

Desde el anarquismo clásico, el énfasis que pone el anarcofeminismo en el empoderamiento individual, por sobre lo colectivo proletario, y al acentuar las políticas identitarias dentro del sistema capitalista, legitima la opresión estructural como un problema de mérito o demérito individual, a la vez que se despoja a la lucha de clases de su carácter social y se atomiza a los oprimidos, sustituyendo la revolución social por un reformismo identitario que el capital absorbe como una mercancía (una “rebelión femenina vendible”), desviando así el combate esencial contra las raíces materiales del patriarcado, el Estado y el capital, que solo puede darse mediante la acción colectiva y la solidaridad horizontal para destruir toda prisión autoritaria, y nunca para administrarla. El anarquismo clásico nunca ha podido ser digerido por el capital porque en su origen está la crítica a la patronal que lo sustenta.

Los anarcofeminismos se organizan desde diferentes perspectivas, y ya que tenemos que practicar la autodefensa de manera diaria, es cierto que muchas colectivas anarcofeministas han encontrado un equilibrio entre la lucha por la libertad individual que está estrechamente ligada a la liberación colectiva. De hecho, es interesante que el autor reproduzca esta dicotomía falsa, cuando muchos autores dentro del anarquismo clásico han abogado desde hace tiempo por el equilibrio entre corrientes anarquistas que se enfocan tanto en la individualidad como en la colectividad. Dentro del anarquismo clásico que al autor tanto idolatra, ha habido intentos de romper esta dicotomías de enfoques a través de la síntesis anarquista o la anarquía sin adjetivos. En ambos casos es por supuesto una conversación importante el encontrar el equilibrio entre luchas individuales y colectivas, pero el pretender hacer creer a les lectores que esto es un fallo intrínseco de los anarcofeminismos es una crítica simplista y sin ningún bagaje histórico. Quizás el autor podría intentar entender que como históricamente, tanto a mujeres como a personas disidentes se nos ha invisibilizado, por ejemplo, sin ir más lejos en su texto original, dónde se nombran a autoras anarquistas clásicas y a un único grupo anarcofeminista ignorando los cientos de personas y colectivas que existimos hoy en día, sigue estando justificando que queramos luchar desde el equilibrio y simbiosis de individualidades-colectivas.

La crítica anarquista clásica al anarcofeminismo no niega la brutalidad específica del patriarcado ni la necesidad de combatirlo. De hecho, acusa a veces al anarquismo histórico de no haberlo hecho con suficiente contundencia. Su objeción central es metodológica y estratégica: considera que al elevar el género a categoría analítica primaria y organizativa separada, el anarcofeminismo corre el riesgo de debilitar la unidad revolucionaria, importar lógicas no libertarias y desviar el foco de la destrucción total del sistema de dominación en todas sus facetas interconectadas.

Nadie jamás ha elevado el género a categoría analítica primaria, simplemente se ha exigido que se tenga en cuenta en lugar de jugar al jueguito del universalismo de la masculinidad que el autor y otros defienden desde el mal llamado anarquismo clásico. El anarcofeminismo sólo se ve como debilitante si uno niega las realidades de otras personas, y por desgracia todo el texto demuestra que el autor lo hace con creces. Los anarcofeminismos son una de las muchas posiciones militantes dentro de la pluralidad anarquista, precisamente por las limitaciones teóricas, militantes y estratégicas del mal llamado anarquismo clásico.

Para la mujer anarquista clásica, su feminismo es inherente a su anarquismo; no es un añadido ni una prioridad excluyente, sino la aplicación consecuente de los principios antiautoritarios al ámbito de las relaciones entre los sexos. La liberación de la mujer, como la de todos los oprimidos, solo será real cuando caigan las últimas instituciones autoritarias, el Estado y el capital.

La liberación de todas las personas se conseguirá cuando veamos la diversidad de aportaciones teóricas, militantes y estratégicas anarquistas como complementos necesarios sin caer en la pureza machista heteronormativa, eurocéntrica blanca que el autor intenta defender con sus críticas al anarcofeminismo. Las mujeres y las disidencias tenemos el derecho a construir, desarrollar y gestionar nuestra liberación como nos parezca conveniente dentro de espacios respetuosos y de apoyo mutuo, con cuidados colectivos, acciones directas y asegurando que la autogestión que escojamos no coarta las importantes intersecciones en nuestras luchas que podemos coordinar entre todes. Desde nuestras cotidianidades vamos a seguir luchando contra el estado y el capital, de las maneras que nos parezcan convenientes construyendo a la vez principios complementarios anarquistas que fortalezcan nuestras luchas.

La duda desde el anarquismo clásico es si el anarcofeminismo, en su búsqueda legítima de herramientas específicas, no termina enrevesando y desviando la preocupación anarquista por la liberación proletaria hacia un nuevo callejón sin salida, capitalista.

El autor se puede quedar tranquilo que por suerte el anarquismo clásico necesita renovación porque como cualquier otra tradición política filosófica requiere de evolución y transformación continua para adaptarse, apertura para desarrollar principios y estrategias complementarias y adecuadas a nuestro espacios histórico-políticos y la liberación colectiva la vamos a conseguir de manera diversa e interconectada entre todos los anarquismos existentes en los diferentes territorios. Por eso, si algún otro iluminade quiere en el futuro seguir señalando y criticando como autogestionamos nuestra militancia, sería muchísimo más constructivo si de hecho pusieran el mismo empeño, energía y tiempo en crear colectivos y grupos anarquistas seguros para todes, dónde las diversidades anarquistas son bienvenidas y dónde nuestras diferencias militantes y teóricas se ven como nuestra fuerza unida. Es más fácil y constructivo el ser curiose en entender qué queremos construir en nuestras cotidianidades, en lugar de escribir críticas teñidas de análisis autoritarios dónde se exige uniformidad y homogeneización militante.

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