Deconstruyendo altares: por un anarquismo sin gurús y sin compromisos con el poder

Liberto Herrera – ANA

La figura del gurú, del intelectual estrella o del «compañero de lucha» famoso es un veneno que corroe desde la raíz los principios del anarquismo. El caso de Noam Chomsky es la prueba fehaciente y vergonzosa de esta contradicción. Aquí tenemos a un hombre celebrado por sectores del movimiento como un faro libertario, mientras que en la práctica forjaba relaciones privilegiadas con multimillonarios como Epstein, acumulaba una fortuna millonaria bajo la gestión de esa misma élite que dice combatir y utilizaba su influencia para defender lo indefendible, desde negacionistas hasta regímenes autoritarios de izquierda. Esto no es un desliz, es la marca registrada de quien opera dentro de la lógica del poder, no contra ella. El anarquismo no necesita héroes en pedestales, necesita coherencia en las trincheras.

La adulación a celebridades como Chomsky revela una pereza intelectual y una sumisión psicológica profundamente antilibertarias. En lugar de construir colectivamente nuestros análisis a partir de las luchas concretas, corremos el riesgo de delegar el pensamiento crítico en una figura supuestamente iluminada. Lo que nos lleva a repetir frases efectistas, a volver a los clichés y a justificar, por lealtad ciega a un nombre, contradicciones inadmisibles. ¿Cómo puede un movimiento que predica la autogestión y la desconfianza en el poder constituido caer en la trampa de crear sus propios ídolos? Cada gurú que elevamos es un paso atrás en la larga marcha hacia la emancipación total.

El antiimperialismo de salón, aquel que hace la vista gorda ante las dictaduras «de este lado» en nombre de la lucha contra el Imperio, es una enfermedad oportunista que Chomsky ejemplifica trágicamente. La solidaridad selectiva no es solidaridad, es realpolitik disfrazada de radicalismo. Mientras, por ejemplo, guardaba silencio sobre la brutal persecución de los disidentes cubanos en la «Primavera Negra», alzaba la voz para defender a figuras abyectas en Europa. Esta doble moral revela que, para algunos, la causa libertaria es un escenario para la actuación, no un compromiso inquebrantable con los oprimidos, sin asteriscos ni excepciones convenientes.

La relación con Jeffrey Epstein es la cara más desnuda y repugnante de esta capitulación. No se trata solo de una «mala elección» de asesor financiero. Se trata de la normalización, mediante el apoyo personal y la minimización de los delitos, de un monstruo que representa la cúspide de la depravación patriarcal y capitalista. ¿Qué dice de un «anarquista» que, ante las acusaciones de tráfico sexual infantil, responde con preocupación por el «tratamiento de la prensa» a su amigo multimillonario? Lo dice todo. Dice que los lazos de clase y privilegio, al final, hablaron más alto que cualquier principio.

Por lo tanto, es hora de una limpieza ética radical en nuestros círculos. El anarquismo no es un club de fans, ni una marca que necesita embajadores famosos. Es una práctica diaria de horizontalidad, de apoyo mutuo y de confrontación directa con todas las jerarquías. Nuestras referencias deben ser los colectivos en lucha, los movimientos de base, las personas comunes que organizan la ira y la esperanza en la vida cotidiana, no los profesores de renombre que negocian con el diablo en los pasillos del poder. La confianza debe estar dispersa, nunca concentrada en un solo nombre.

Que el caso Chomsky sirva como lección final: ningún icono es insustituible, y ninguna celebridad es inmune a la corrupción del sistema que dice combatir. Nuestra fuerza reside en nuestra capacidad de pensar y actuar por nosotros mismos, colectivamente, sin intermediarios y sin pastores. Derribemos los altares, quemamos los libros sagrados de autores intocables y sigamos adelante, con los pies en la tierra de la lucha y los ojos puestos en un horizonte sin ídolos, donde la libertad de cada uno sea obra de todos. Ni líderes, ni gurús, ni maestros. Solo compañerismo solidario y crítica permanente.

Un comentario en “Deconstruyendo altares: por un anarquismo sin gurús y sin compromisos con el poder

  1. La descripción que haces es completamente falsa. No tienes más que leer artículos muy críticos con Chomsky como el de Vijay Prashad (en ctxt) o Chris Knight en Counterpunch (https://www.counterpunch.org/2026/02/06/the-chomsky-epstein-puzzle/). Todo lo criticable de Chomsky/Epstein se reduce a UN correo electrónico privado con comentarios, la verdad, poco defendibles (aunque explicables por su naturaleza privada). Chomsky nunca quiso ser un gurú, ni siquiera tenía redes sociales, si para ti lo fue, es tu problema. Si crees en la inmaculada concepción no eres anarquista, eres cristiano. Caracterizarlo como lo haces después de décadas de lucha y trabajo riguroso en defensa de los principios anarquistas, me parece un linchamiento propio de la extrema derecha. Para terminar, (i) Chomsky no ha amasado ningún patrimonio millonario es simplemente que tú no sabes cómo funciona el sistema de pensiones de EEUU y (ii) además de anarquista era lingüista en EEUU, lo que supone unas ciertas obligaciones laborales. Siempre me pareció cuestionable que sus trabajos estuvieran financiados por el ejército americano, pero así es como funciona la investigación allí, algo que, por otro lado, siempre criticó. Podría haberse ido a vivir a una cueva, pero, francamente, ¿qué hubiéramos ganado por ello? Tú crítica, tu linchamiento, constituye en sí misma una defensa de los gurús, de los espíritus puros libres de contradicciones. Chomsky las tenía y eran conocidas, en los textos que he citado, se mencionan. Dejar de lado todo lo bueno que ha aportado es una forma de sectarismo

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