Ban Ge – CrimethInc.
Prefacio
Este mes de febrero, el golpe militar en Birmania1 cumplió cinco años. En Yangón, la vida parece haber vuelto a una frágil normalidad. Agotados por una revolución que parecía interminable, sin un horizonte claro de victoria, muchos de los que dejaron sus trabajos para unirse al Movimiento de Desobediencia Civil han regresado gradualmente al sistema que abandonaron.
Mientras tanto, en las zonas rurales y las regiones fronterizas controladas por las fuerzas armadas de la resistencia, la «Revolución de Primavera», se ha convertido en una guerra civil estancada. Los ataques con drones y los bombardeos aéreos a cargo de la Junta Militar se han vuelto rutinarios, y los civiles siguen pagando las consecuencias.
En estas condiciones, el ejército ha procedido a celebrar lo que denomina unas elecciones generales, largamente postergadas, descritas por los observadores como una farsa electoral. Con los partidos de oposición disueltos o suprimidos, no cabe duda de que el Partido Unión, Solidaridad y Desarrollo (USDP), respaldado por los militares, se asegurará la victoria.
Poco después del golpe de Estado de 2021, con el Movimiento de Desobediencia Civil (MDC)2 como cabeza visible, las protestas no violentas se enfrentaron a una brutal represión militar. Algunos activistas huyeron a la selva, donde se entrenaron con organizaciones armadas étnicas que llevaban mucho tiempo luchando contra el ejército, formando las Fuerzas de Defensa del Pueblo (FDP) y lanzando la resistencia armada. Otros se exiliaron, dispersándose por todo el mundo. Mae Sot, la ciudad fronteriza tailandesa con Birmania se convirtió en uno de los primeros destinos para muchos exiliados y combatientes de la resistencia heridos.
En febrero de 2023, durante los actos conmemorativos del segundo aniversario del golpe, conocí a Htet Khine Soe (Ko Htet), un activista anarquista birmano, y decidí seguirlo a Mae Sot. Hicimos un viaje de ocho horas en autobús desde Chiang Mai, cruzando las cordilleras de la provincia tailandesa de Tak, antes de llegar a la frontera. Por el camino, le hablé de los espacios anarquistas autoorganizados y las redes de resistencia en China. Él, a su vez, me contó historias de la revolución: huelgas relámpago, guerrillas urbanas, asesinatos, fugas y exilio.
Durante el primer año tras el golpe, Ko Htet ayudó a organizar el Comité de Huelga General y las huelgas relámpago, y con el tiempo se vio involucrado en operaciones de guerrilla urbana. Tras el arresto de un compañero con el que colaboraba estrechamente, su nombre apareció en la lista de personas buscadas, lo que lo obligó a huir de Yangón.
En diciembre, escapó a Lay Kay Kaw, una ciudad del estado de Karen, conocida entonces entre los jóvenes exiliados como una «zona liberada», con campos de entrenamiento de las Fuerzas Populares de Defensa (FDP) ubicados en las selvas cercanas.
Pero esto también convirtió a Lay Kay Kaw en un objetivo militar. El 15 de diciembre, cinco días después de la llegada de Ko Htet, el ejército lanzó ataques aéreos contra lo que se había llamado una «ciudad de paz». Ko Htet huyó cruzando el río hacia Tailandia junto con oleadas de otros jóvenes exiliados desplazados.
Su esposa, Su Yi, también activista, llegó más tarde a Mae Sot con sus dos hijos para reunirse con él. La familia obtuvo la tarjeta de apátrida y finalmente se estableció en Mae Sot. Su hogar se convirtió gradualmente en un punto de encuentro para la comunidad revolucionaria en el exilio.
En 2025, Ko Htet y Su Yi abrieron una tienda de camisetas en Mae Sot llamada «Todos los colores son hermosos», un juego de palabras anarquista que hace alusión al eslogan «Todos los policías son bastardos» (ACAB). En el piso de arriba de la tienda se encuentra su taller de serigrafía, donde producen muchas de las camisetas que se venden allí. Uno de los diseños más populares dice en inglés «Nadie es ilegal». En una ciudad donde gran parte de la población vive en diversos grados de incertidumbre legal, llevar esa camiseta en público resulta sorprendentemente provocativo. Recientemente, Ko Htet me envió una foto de una tarjeta de registro de detención de inmigrantes que muestra a un detenido birmano con la misma camiseta «Nadie es ilegal».
En el quinto aniversario del golpe, invité a Ko Htet a reflexionar sobre la revolución desde una perspectiva anarquista: las tensiones entre su movimiento y las principales fuerzas revolucionarias representadas por Aung San Suu Kyi, y cómo las redes de izquierda de Birmania —formadas antes del golpe— han seguido organizándose y sobreviviendo a través del exilio.

I. Las calles
Tras el golpe de Estado de 2021, ¿cómo se movilizaron los anarquistas en Birmania dentro del movimiento antijunta? ¿Y cuáles fueron sus principales desacuerdos con los principales partidarios de Aung San Suu Kyi?
En vísperas del golpe ya circulaban rumores, pero casi nadie creía realmente que sucedería. La Constitución de 20083 había otorgado a los militares un enorme poder institucional, incluyendo un 25% de escaños en el parlamento. Con tales acuerdos, parecía innecesario que los militares tomaran el poder directamente. Sin embargo, el 1 de febrero de 2021 se produjo el golpe de Estado.
La mañana del golpe, conversé con compañeros que trabajaban en la Federación Panbirmana de Sindicatos Estudiantiles (ABFSU), una de las principales organizaciones estudiantiles de izquierda del país, y con miembros de nuestro grupo anarquista antifa sobre cómo movilizar a la gente para que saliera a las calles. Sin embargo, figuras importantes de la Liga Nacional para la Democracia (LND) que aún no habían sido arrestadas, junto con partidarios de [la política birmana] Aung San Suu Kyi, instaron a la población a no actuar de inmediato y a esperar setenta y dos horas. Difundían la creencia de que la ayuda internacional, e incluso una intervención basada en la Responsabilidad de Proteger (R2P)4 pronto llegaría, animando a la gente a quedarse en casa en lugar de salir a las calles a protestar.
Pero ese mismo día se cortó el internet. De repente, ni los militares ni la LND pudieron difundir eficazmente su propaganda. El movimiento en el que participaba tuvo dificultades para movilizar a la gente en las calles durante los primeros tres días. La comunicación entre nosotros era difícil y organizarnos en esas condiciones fue extremadamente complicado.
Las trabajadoras de la fábrica textil del conocido distrito industrial de Hlaingthaya, en Yangón, fueron de las primeras en salir a las calles a protestar, mientras que la ABFSU, ignorando los llamados de moderación de la dirección de la LND, comenzó a organizarse por su cuenta. Mientras tanto, la gente común comenzó a golpear cacerolas y sartenes desde sus balcones todas las noches en señal de protesta5.
El 6 de febrero fue un día señalado. Las trabajadoras textiles de Hlaingthaya volvieron a tomar las calles mientras los militares bloqueaban rápidamente las carreteras. Pero ese mismo día, comenzó una ola nacional de manifestaciones. Incluso personas habitualmente indiferentes con la política se unieron a las protestas masivas.
En ese momento, casi todos nos unimos bajo la misma consigna: oponernos al golpe y exigir la liberación de Aung San Suu Kyi. Incluso respondí a los llamados de la LND comprando ropa roja y usándola en las manifestaciones.
El 12 de febrero participé en la organización del Comité de Huelga General (CSG), creado para la lucha contra la dictadura desde el movimiento popular, integrado por miembros de un total de 25 grupos, entre ellos la ABFSU, organizaciones sindicales y partidos políticos. Las reivindicaciones principales del CSG eran la resistencia a la dictadura militar, la liberación de Aung San Suu Kyi y de todos los presos políticos y la abolición total de la Constitución de 2008. En aquel entonces, cualquier movilización política que no incluyera la exigencia de la liberación de Suu Kyi tenía dificultades para obtener apoyo público. Aun así, siempre insistimos en la liberación de todos los presos políticos, no solo la de ella.
Nuestro principal desacuerdo con la LND se refería a la Constitución de 2008. Los líderes de la LND y sus partidarios pretendían utilizarla como marco para contener a los militares y preservar el resultado electoral. Nosotros, en cambio, creíamos que esa era había terminado y que la propia Constitución debía ser abolida. La gente necesitaba unirse no solo para defender un resultado electoral, sino para desmantelar el papel estructural del ejército en el sistema político de Birmania.
En aquella época, las protestas eran casi diarias. El entusiasmo por resistir al régimen militar era abrumador. Independientemente de si la gente estaba totalmente de acuerdo con nuestras posturas políticas, una vez que se congregaba una multitud, seguían uniéndose más personas. Durante las manifestaciones, organizamos discursos y sesiones para levantar la moral, explicando por qué era necesario derogar la Constitución de 2008.
El 3 de marzo, durante una protesta organizada por el Comité de Huelga General, más de trescientas personas fueron arrestadas. Posteriormente, algunos grupos comenzaron a fabricar artefactos explosivos rudimentarios y bombas de ruido para contrarrestar la represión policial y militar en las calles. Al mismo tiempo, la LND y sus partidarios comenzaron a acusarnos de recurrir a la violencia. Argumentaron que, una vez que las protestas se tornaran violentas, la imagen de la revolución ante la comunidad internacional se vería afectada.
En redes sociales, simpatizantes de la LND también tildaron al Comité de Huelga General de comunista o izquierdista. Debido a décadas de propaganda estatal que presentaba al comunismo como una amenaza nacional, tales acusaciones generaron sospechas y hostilidad hacia nosotros entre la población.


Tras la sangrienta represión militar del 27 de marzo, las protestas pacíficas con muchos participantes se volvieron casi imposibles; numerosas personas se refugiaron en la selva para iniciar la resistencia armada. Pero algunos optaron por quedarse y continuar la lucha en las zonas urbanas. ¿Podría describir cómo fue ese período?
El 27 de marzo fue el Día de las Fuerzas Armadas de Birmania, conocido localmente como el Día del Tatmadaw. Ese día, volvieron a estallar grandes protestas contra el golpe en importantes ciudades como Yangón y Mandalay, en las que también participamos. El ejército respondió con fuerza brutal, asesinando a cientos de manifestantes en todo el país.
Es importante comprender el significado histórico de esa fecha. El 27 de marzo se conocía antiguamente como el Día de la Resistencia Antifascista (ဖက်ဆစ်တော်လှန်ရေးနေ့) y no pasó a llamarse Día del Tatmadaw hasta 1955. Originalmente, conmemoraba el nacimiento del mismo ejército que posteriormente dio el golpe de Estado: el 27 de marzo de 1945. El general Aung San lideró a las fuerzas birmanas en un levantamiento contra la ocupación fascista japonesa. Tras la independencia de Birmania en 1948, la Liga Popular Antifascista de Aung San se convirtió en la fuerza política gobernante.
Es así como el 27 de marzo de 2021 la gente salió a las calles para protestar contra el golpe de Estado perpetrado por ese ejército, reivindicando y redefiniendo el significado del día mediante la resistencia. La masacre que siguió demostró una vez más que la fuerza que antes se consideraba antifascista se había vuelto fascista. Tras la represión, muchos comenzamos a referirnos deliberadamente al 27 de marzo como el Día Antifascista.
Otro día que hemos intentado recuperar es el Día de los Mártires, el 19 de julio, que conmemora el asesinato del general Aung San. En las narrativas oficiales, solo las figuras de la etnia bamar son reconocidas como mártires. A los líderes de grupos étnicos minoritarios que murieron en conflictos con el Estado central rara vez, o nunca, se les concede ese estatus.
Tras la represión del 27 de marzo, se hizo cada vez más difícil organizar manifestaciones pacíficas en las ciudades. Muchos de mis camaradas se marcharon a la selva para recibir entrenamiento militar con organizaciones armadas étnicas. Algunos fueron al estado de Kachin, en la frontera entre China y Birmania, y al estado de Rakáin, fronterizo con Bangladesh, para entrenarse con el Ejército de Independencia de Kachin (KIA) y el Ejército de Arakan (AA), mientras que otros se dirigieron a la región fronteriza del estado de Karen para unirse al Ejército de Liberación Nacional de Karen (KNLA).
Más tarde, algunos de los que regresaron de esas zonas nos contaron que cuando los recién llegados llegaban a los campos, a menudo eran recibidos con una pregunta sencilla a modo de prueba: “¿Te unes a la revolución para liberar al pueblo o sólo para liberar a Aung San Suu Kyi?”.
En cuanto a mí, decidí quedarme en Yangón. A partir de entonces, junto con otros compañeros, comenzamos a organizar huelgas relámpago: manifestaciones breves y de rápida concurrencia que se dispersaban antes de que las fuerzas de seguridad pudieran responder. Muchos jóvenes se unieron con entusiasmo a estas acciones, lo que permitió que la resistencia en la ciudad continuara, incluso en condiciones cada vez más peligrosas.

¿Cómo cambiaron las estrategias de quienes se quedaron en Yangon en comparación con la fase anterior de resistencia?
Las huelgas relámpago continuaron en Yangón hasta finales de 2021. Durante este período, nuestras demandas ya no se limitaban a oponernos al régimen militar o a exigir la liberación de Aung San Suu Kyi; comenzamos a usar las protestas para comunicar mensajes políticos más amplios y plantear temas que nos importaban.
Como se mencionó anteriormente, trabajamos para reinterpretar conmemoraciones históricas como el Día Antifascista y el Día de los Mártires. También impulsamos debates sobre cuestiones de género dentro de la revolución, el impacto de los proyectos mineros y la confiscación de tierras, las relaciones étnicas y la necesidad de enfrentar el arraigado chovinismo bamar. Con motivo de los aniversarios del genocidio rohinyá, organizamos acciones en barrios musulmanes que unieron la solidaridad con los rohinyá con luchas globales más amplias, incluyendo movimientos de solidaridad con Palestina.

La gente salió a las calles con pancartas expresando su arrepentimiento por el papel que los miembros de la mayoría étnica habían desempeñado, directa o indirectamente, en la persecución de los rohinyá. En retrospectiva, es evidente que, si bien muchos expresaron sinceramente su arrepentimiento, otros utilizaron estos gestos como tácticas para la movilización antigolpista; en el fondo, muchos aún mantenían opiniones nacionalistas bamar.
A mediados de abril, se formó el Gobierno de Unidad Nacional (GNU) en el exilio, y varios líderes de movimientos de base se incorporaron a su estructura. Sin embargo, muchas de sus estrategias y decisiones nos resultaron difíciles de comprender. Mientras los jóvenes aún arriesgaban sus vidas organizando protestas repentinas en las calles, el GNU comenzó a convocar «huelgas silenciosas», pidiendo a la gente que se quedara en casa y paralizara la actividad económica en lugar de protestar públicamente.
Al mismo tiempo, los cortes de internet continuaron, dificultando cada vez más la comunicación. En respuesta, lanzamos el proyecto Boletín Molotov en abril. Nuestro equipo editorial estaba compuesto exclusivamente por izquierdistas y el periódico se publicaba semanalmente.
Imprimimos y distribuimos ejemplares físicos en Yangón. El primer número, publicado en abril, tuvo una acogida inesperadamente positiva: distribuimos allí unos 5000 ejemplares impresos. Ese mismo mes, las autoridades lo declararon publicación ilegal. Irónicamente, en el ambiente de la época, esto solo contribuyó a su popularidad.
Como era difícil llegar físicamente a otras regiones, subimos el PDF del periódico en línea para que personas de diferentes zonas pudieran descargarlo y distribuirlo. Cada número tuvo un promedio de entre 30.000 y 50.000 descargas.
Algunos de los que fueron a la selva a entrenarse regresaron a las ciudades después de solo uno o dos meses, y la resistencia armada comenzó a surgir en las zonas urbanas. ¿Podrías hablarnos de ese período?
Alrededor de mayo, algunos de los que habían ido a la selva para recibir entrenamiento militar comenzaron a regresar a las grandes ciudades. Trajeron armas y comenzaron a realizar operaciones de guerrilla urbana. Las armas comenzaron a circular en Yangón y, a partir de entonces, muchos jóvenes se unieron a protestas relámpago durante el día y participaron en acciones guerrilleras por la noche.
En agosto, los militares allanaron un apartamento en la calle 44 de Yangón, que servía de base a un grupo de jóvenes activistas. Poco antes del allanamiento, estos jóvenes habían colocado una bomba debajo de una pancarta contra la Junta; cuando la policía acudió a retirarla, el artefacto explotó. Más tarde, supimos cómo se había descubierto la ubicación del apartamento. Un taxista que colaboraba habitualmente con el grupo fue arrestado por los militares. Él mismo había apoyado activamente las actividades contra la junta tras el golpe y era alguien de nuestra confianza. Bajo un brutal interrogatorio, se vio obligado a revelar la ubicación de la casa de seguridad en la calle 44.
El día del asalto, cinco personas saltaron de la azotea en un intento desesperado por escapar del arresto. Dos murieron instantáneamente al impactar contra el suelo, mientras que otras tres resultaron gravemente heridas y fueron trasladadas al hospital. Dentro del apartamento, tres personas más fueron capturadas con vida. Los supervivientes fueron posteriormente acusados de fabricación y posesión ilegal de explosivos y enviados a prisión, en la que dos de ellos murieron.
Solo una persona logró escapar ese día. Se ocultó durante doce horas bajo un pequeño refugio en la azotea, sin apenas atreverse a moverse mientras los soldados registraban el edificio. Al amparo de la oscuridad, finalmente logró escabullirse y posteriormente cruzó la frontera ilegalmente hacia Mae Sot.

En el invierno de 2023 un niño enfermó de una enfermedad que debería haber sido tratable, pero sin la documentación de identificación adecuada no recibió atención médica en Tailandia. Finalmente falleció en Mae Sot. Ayudé a organizar su funeral, y lo que empezó como una despedida pronto se convirtió en una protesta.
Tras la redada de la Calle 44 en Yangón, más jóvenes, impulsados por la indignación, se unieron a la lucha armada. Llamaron a su grupo «Grupo Guerrillero Urbano de la Calle 44», y la venganza se convirtió en la principal motivación de sus acciones.
Personalmente, siempre me sentí en conflicto con estas operaciones. Nunca apunté a nadie. Pero como me preocupaban esos camaradas —la mayoría de la generación Z—, a menudo ayudaba de otras maneras, vigilando o llevándolos de ida y vuelta a las operaciones. Poco a poco, me fui involucrando. Para mí, matar a alguien, o incluso ver a alguien morir delante de mí, es extremadamente difícil de soportar. Es una línea que emocionalmente nunca he podido cruzar.
Durante una de las operaciones, vi cómo disparaban a una mujer militar. Se desplomó justo delante de mí. Durante los dos años siguientes, no dejó de aparecer en mis pesadillas.
Un día de 2023, recibí una llamada del perfil de un desconocido en Facebook Messenger. Al contestar, resultó ser uno de los compañeros de la Calle 44 que habían sido arrestados. Había tenido acceso a un teléfono brevemente mientras lo llevaban al juzgado y aprovechó la oportunidad para llamarme. Me dijo que la mujer que creíamos que había sido asesinada estaba viva y que ahora estaba testificando en su contra en el juzgado. No creo que esperara mi reacción. Al saber que había sobrevivido, sentí un enorme alivio.
Durante ese primer año después del golpe, ¿cómo describiría la relación entre los movimientos de izquierda y la revolución antigolpista más amplia?
Durante el primer año tras el golpe, la organización de la izquierda estaba muy estructurada. La revolución permitió que nuestras redes se expandieran rápidamente. Muchos jóvenes que antes eran apolíticos o se mantenían deliberadamente alejados de la política se radicalizaron, mientras que quienes ya compartían valores similares finalmente pudieron reencontrarse.
Tanto las calles como el espacio público se convirtieron en lugares donde diferentes fuerzas políticas competían por la hegemonía dentro del movimiento. En aquel entonces, una de las consignas del Comité de Huelga General fue «Desarraigar al ejército fascista», y se difundió rápidamente y se popularizó ampliamente. Otra consigna que la gente adoptó fue «No tenemos nada que perder salvo nuestras cadenas». Incluso imprimí estas consignas en camisetas, y fueron recibidas con entusiasmo por los manifestantes.
El lenguaje izquierdista comenzó a penetrar visiblemente en el espacio revolucionario. Cada vez más personas utilizaban el vocabulario de la lucha izquierdista y el antifascismo en las protestas callejeras. A través del Boletín Molotov, intentamos ofrecer un contexto histórico, explicando el verdadero significado del fascismo y los movimientos antifascistas, para que estas consignas no se quedaran en meras expresiones emocionales, sino que formaran parte de una conciencia política más profunda.
La comunidad izquierdista también creó canciones de protesta antifascistas para recordar que, históricamente, muchas fuerzas que alguna vez afirmaron combatir el fascismo acabaron por volverse opresoras. Y ese no era el camino que queríamos seguir. Por ejemplo, cuando Aung San Suu Kyi se presentó junto a los militares en la Corte Internacional de Justicia, defendiendo a Birmania contra las acusaciones de genocidio, muchos lo interpretamos como su complicidad con el fascismo6.
II. Movimientos de izquierda
Durante sus años de formación, ¿cómo podía la gente acceder a las ideas izquierdistas o anarquistas en Birmania?
Las fuerzas de izquierda en Birmania han existido durante mucho tiempo bajo una fuerte represión. Cuando era adolescente, era extremadamente difícil encontrar libros sobre los movimientos estudiantiles contemporáneos. Solo había unos pocos libros que cubrían la historia de Birmania tras la independencia. En cambio, abundaban las obras sobre la monarquía y el período colonial británico. En la educación oficial, el nacionalismo anticolonial dominaba la narrativa histórica, mientras que los debates sobre los movimientos de resistencia y las luchas sociales tras la independencia solían eliminarse por completo.
La mayoría de los escritos sobre la resistencia post-independencia o el pensamiento político alternativo se publicaron en el extranjero tras diferentes oleadas de exilios Que esos libros circularan por el país era difícil y a veces peligroso.
Antes de 2007, el acceso a internet en Birmania era muy limitado. Para escuchar perspectivas distintas a la propaganda oficial, dependíamos en gran medida de emisiones de radio extranjeras como la BBC o Radio Free Asia. En aquel entonces, circulaba propaganda y materiales literarios del Partido Comunista Birmano, junto con una publicación llamada Revolución (အရေးတော်ပုံ), a la que ocasionalmente podíamos acceder en línea. También podíamos encontrar material relacionado con la Federación Panbirmana de Sindicatos de Estudiantes (ABFSU). Sin embargo, es importante recordar que, en aquella época, escuchar las llamadas «emisoras de radio enemigas» o leer publicaciones prohibidas podía conllevar graves sanciones, incluyendo la prisión.
La ABFSU ha sido la red estudiantil de izquierda más importante de Birmania. Se fundó en 1936, cuando Birmania aún se encontraba bajo el dominio colonial británico, y posteriormente desempeñó un papel crucial tanto en la lucha por la independencia como en reiterados movimientos antimilitaristas.
Tras el golpe militar de 1962, las protestas estudiantiles fueron brutalmente reprimidas y el régimen hizo estallar el histórico edificio del sindicato estudiantil de la Universidad de Rangún. Sin embargo, la resistencia estudiantil no desapareció. Nuevas oleadas de protestas estudiantiles estallaron en 1974, 1975 y 1976. Posteriormente, durante el levantamiento nacional prodemocracia de 1988 —el llamado Movimiento 8888—, las banderas de la ABFSU volvieron a las calles y se convirtieron de nuevo en un símbolo de resistencia contra el régimen militar. Más tarde, las autoridades militares tildaron con frecuencia a la organización de comunista o fuerza subversiva. Durante mis estudios universitarios ayudé a fundar una filial de la ABFSU en mi campus.
Al mismo tiempo, la maquinaria propagandística militar retrató constantemente al Partido Comunista Birmano como una de las principales fuentes de inestabilidad y división nacional. Irónicamente, tras la toma del poder del general Ne Win en 1962 y el establecimiento de una dictadura militar que duró décadas, el único partido político legal permitido por el régimen —el Partido del Programa Socialista de Birmania (BSPP)— afirmó ser socialista, promoviendo lo que denominó la «Vía Birmana al Socialismo», que en la práctica implicaba aislamiento económico, control centralizado y un régimen autoritario.
Años de declive económico y estancamiento social bajo este sistema llevaron a muchas personas a asociar la pobreza y la represión directamente con el socialismo. Como resultado, términos como «comunismo», «socialismo» e incluso «izquierdista» quedaron profundamente estigmatizados en el discurso público. Para muchos, estas palabras evocaban miedo o desconfianza. Debido a esta experiencia histórica, movilizar a la gente en torno a las ideas de izquierda siempre ha sido extremadamente difícil en Birmania.
¿Cuándo y cómo empezasteis a organizar acciones de manera anarquista?
A finales de 2013 y principios de 2014, comenzamos a formar grupos de lectura anarquistas y a construir redes de acción. Era un momento político muy particular. El régimen militar formal había terminado en 2012, pero Aung San Suu Kyi aún no había asumido el cargo; esos años se describieron ampliamente como un período de transición. El ejército logró lo que llamó una transición democrática; algunos presos políticos fueron liberados y actividades previamente prohibidas, como las reuniones públicas y la publicación, volvieron a ser parcialmente legales. Comenzaron a surgir organizaciones de la sociedad civil y, por un momento, pareció que el país regresaba a la normalidad.
Al mismo tiempo, Aung San Suu Kyi viajó por todo el país promoviendo una estrategia de no violencia y cambio electoral. Animó a la gente a transformar Birmania mediante el voto, pero no apoyó las protestas sobre el terreno. Mientras tanto, participamos en la organización de protestas contra la confiscación de tierras que afectaba a los agricultores, los derechos laborales de los trabajadores y, posteriormente, el movimiento estudiantil contra la Ley Nacional de Educación del gobierno de Thein Sein.

En 2014, creamos un grupo llamado Anonymous Burma y comenzamos a realizar acciones bajo ese nombre. Incluso en esa época, organizar protestas callejeras abiertas seguía siendo difícil y arriesgado. Así que usamos máscaras, quemamos carteles parlamentarios en el centro de las ciudades y encendimos fuegos artificiales para llamar la atención. Algunos empezaron a llamarnos la versión birmana de «Antifa» y personas con ideas políticas similares nos contactaron para unirse.
Zin Lynn, quien fuera un legendario activista de izquierdas y ahora preso político, también formó parte de nuestro grupo Anonymous Burma. Fue una figura destacada dentro de ABFSU y autor de numerosas canciones revolucionarias, incluyendo el himno de ABFSU. Introdujo a generaciones de jóvenes manifestantes a las canciones revolucionarias clásicas, traduciendo al birmano Bella Ciao. Tras la violenta represión de marzo de 2021, se fue a la selva para recibir entrenamiento militar, regresó posteriormente a Yangón para participar en acciones de guerrilla urbana y fue arrestado en septiembre de ese año. Sigue en prisión.
Fue también durante este periodo en Yangón que empezamos a colaborar con Food Not Bombs Burma. Kyaw Kyaw, vocalista de la banda punk Rebel Riot, había empezado a organizar actividades de Food Not Bombs en Yangón a principios de la década de 2010, y muchas de sus canciones políticas nos influyeron profundamente. A partir de entonces, Food Not Bombs, Anonymous Burma y ABFSU colaboraron a menudo en protestas y en la organización política y social.
En 2015, Birmania celebró sus primeras elecciones de la era de transición y mucha gente común se sentía esperanzada sobre el futuro del país. Pero nuestras actividades de resistencia continuaron. Ese año, organizamos lo que se conoció como la «Larga Marcha», convocando a los estudiantes a marchar de Mandalay a Yangón en protesta contra la recién promulgada Ley Nacional de Educación, que centraliza el control sobre las universidades y aumenta el control estatal —e indirectamente militar— sobre la educación. Miles de estudiantes caminaron 600 km desde Mandalay, a los que el el gobierno reprimió brutalmente en Letpadan, una ciudad al norte de Yangón.
Con las elecciones a la vuelta de la esquina, los partidarios de Aung San Suu Kyi y de la LND se mostraron hostiles hacia nuestro movimiento. Creían que nuestras protestas perjudicarían las elecciones y perturbarían la transición democrática. En su opinión, estábamos causando problemas en un momento político crítico.
Parece que, frente al enemigo común del régimen militar, la relación entre los izquierdistas birmanos y Aung San Suu Kyi fue a menudo ambigua: a veces cooperativa, a veces competitiva.
De hecho, nunca he votado por la Liga Nacional para la Democracia. En 2015, no voté. Tampoco voté en las elecciones de 2020. En aquel entonces, sectores de la izquierda iniciaron un movimiento de «No Voto». La única vez que voté en Birmania fue durante el referéndum constitucional de 2008, y voté en contra de la Constitución.
En realidad, antes de que Aung San Suu Kyi llegara al poder, gran parte de la izquierda birmana la apoyaba. Desde las elecciones de 1990, la ABFSU había apoyado firmemente a la LND. De adolescente, también participé en campañas juveniles que exigían su liberación del arresto domiciliario.
Sin embargo, tras su liberación en 2010, pronto nos dimos cuenta de que no podíamos estar de acuerdo con muchas de sus políticas y agendas políticas. Por ejemplo, si bien exigimos la abolición total de la Constitución de 2008, ella optó por aceptar su marco y participar en las elecciones dentro de sus límites. Mientras tanto, muchos proyectos mineros a gran escala continuaron bajo su administración, incluyendo la controvertida mina de cobre de Letpadaung, donde participamos en protestas contra los daños ambientales y las expropiaciones forzosas de tierras. Muchos de estos proyectos se habían firmado originalmente durante el régimen militar con empresas extranjeras, incluidas empresas chinas. En lugar de detenerlos, su gobierno respondió con dureza a la resistencia local.
Lo mismo ocurrió con proyectos como la presa Myitsone, respaldada por China, en el estado de Kachin, donde también se reprimieron las protestas. Su administración promovió el desarrollo económico y la inversión extranjera, pero el resultado fue a menudo la confiscación de tierras y el desplazamiento de comunidades locales.
La quiebra definitiva llegó con el genocidio rohinyá en 2017. Cuando acudió a la Corte Internacional de Justicia, algunos aún esperábamos que expusiera los crímenes del ejército. En cambio, defendió públicamente al ejército. Poco después, simpatizantes de la LND colocaron carteles por todo el país que mostraban a Aung San Suu Kyi junto a líderes militares, con el lema: «Apoyamos a Aung San Suu Kyi».
Para muchos de nosotros, de izquierdas, ése fue el momento de la ruptura definitiva.
III. El ocaso de la revolución
El 7 de octubre de 2023, los principales «círculos revolucionarios», incluyendo figuras vinculadas al NUG y muchos representantes de la mayoría bamar, expresaron abiertamente posiciones proisraelíes. Hacia finales de 2025, cuando la ABFSU emitió una declaración condenando lo que describió como imperialismo estadounidense tras la intervención estadounidense en Venezuela y el arresto de Maduro, desencadenó una intensa reacción en Birmania, donde muchos acusaron a la ABFSU de ser comunista. En su opinión, ¿cuándo empezó la izquierda a perder su poder de movilización?
Durante el primer año tras el golpe, izquierdistas y anarquistas finalmente encontramos un campo de batalla donde podíamos desempeñar un papel real. En aquel entonces, aún contábamos con un fuerte poder de movilización y logramos llevar muchos temas de izquierda al debate público. Incluso en 2022, muchas actividades continuaron, aunque cada vez más clandestinas. Pero a medida que la energía revolucionaria inicial comenzó a desvanecerse, los propios movimientos de izquierda también comenzaron a debilitarse.
Para 2023 y 2024 la Revolución de Primavera había entrado en un período de decadencia. El ejército siguió avanzando y consolidando el control, mientras que las fuerzas del bando revolucionario se fragmentaron y desorganizaron cada vez más. Algunos líderes revolucionarios hicieron comentarios homófobos abiertamente, y surgieron denuncias de violencia sexual y de género sistemáticas en ciertas llamadas «zonas liberadas». Sin embargo, bajo el lema de la revolución, estos problemas a menudo se minimizaron u ocultaron deliberadamente, porque muchos temían que las críticas internas debilitaran la resistencia contra la Junta.
Muchos camaradas con los que luché ahora están armados. Han pasado cinco años. Ya no son los mismos. El arma se ha convertido en su forma de poder.
Esos jóvenes se unieron a la resistencia armada por la ira y el odio hacia el régimen militar. Pero a medida que la guerra se prolongaba, los problemas dentro del propio Gobierno de Unidad Nacional se hicieron más visibles y muchos combatientes comenzaron a sentirse desilusionados. Habían tomado las armas para resistir la opresión y pasaron a descubrir que también existían estructuras de poder y jerarquía dentro del campo revolucionario; la dirección del NUG no parecía diferente de la Junta a la que se oponía.
Como resultado de todo esto, cada vez más combatientes decidieron abandonar la selva. Debido a las restricciones de documentación y movilidad, muchos no podían viajar lejos y un número significativo terminó en pueblos fronterizos como Mae Sot.

Durante la fase inicial de la revolución, en el Boletín Molotov insistimos repetidamente en que la resistencia armada debe guiarse por valores políticos; de lo contrario, la lucha podría degenerar en un caudillismo fragmentado. Pero, en realidad, la mayoría de las unidades de las Fuerzas de Defensa del Pueblo actuales no tienen una orientación política; su única postura política unificadora es la oposición a la Junta Militar. De igual manera, cualquier grupo armado étnico que combata al ejército se considera automáticamente una fuerza política legítima, a menudo sin mayor escrutinio.
Sin embargo, muchos de estos grupos armados siguen organizados principalmente según criterios étnicos, y sus comunidades políticas se construyen en torno a la identidad étnica. Esto corre el riesgo de reproducir nuevas formas de etnonacionalismo en lugar de superarlas. Incluso grupos considerados hoy en día entre los más progresistas, como el BPLA (Ejército de Liberación Popular Bamar), aún operan en cierta medida dentro de este marco. La diferencia radica en que están más familiarizados con los discursos progresistas e intentan regular su conducta a través de dichos valores, razón por la cual aún se les considera uno de los pocos grupos armados que se involucran seriamente en cuestiones políticas.
Ahora, cinco años después del golpe, los militares han comenzado a organizar lo que muchos observadores llaman una farsa electoral. ¿Cómo interpreta este momento?
Muchas personas que dejaron sus trabajos como parte del Movimiento de Desobediencia Civil (MDC) se han visto obligadas a regresar a los mismos sistemas a los que una vez se resistieron, simplemente para sobrevivir. Otras han buscado asilo en terceros países [después de Tailandia]. Los movimientos de boicot que comenzaron en 2021 se han vuelto cada vez más difíciles de sostener. El ejército comprende muy bien esta realidad, y es precisamente en estas condiciones que ha llevado adelante lo que muchos ven como otra elección orquestada.
Algunas fuerzas políticas que se mantuvieron al margen de la LND durante los primeros días del levantamiento, como el Partido Popular, participan ahora en este proceso electoral ampliamente criticado. Al mismo tiempo, los candidatos a las elecciones hablan cada vez más de «alto el fuego» y «paz», un lenguaje casi inimaginable hace apenas unos años, cuando aún existía el impulso revolucionario.
Creo que una razón importante por la que hemos llegado a este punto es que el Gobierno de Unidad Nacional (GNU) impuso su liderazgo en lo que inicialmente fue un levantamiento espontáneo liderado por jóvenes, especialmente manifestantes de la Generación Z. Poco después del inicio de las protestas, surgió el GNU, y la mayoría de sus ministros provenían de la generación marcada por el levantamiento de 1988 y el movimiento estudiantil de 1996. Al mismo tiempo, algunos líderes del movimiento con gran influencia entre los jóvenes se incorporaron a la estructura, a menudo como figuras, para que sus liderazgos no parecieran completamente desconectados de la generación más joven.
Por ejemplo, el NUG enfatiza en lo que denomina política representativa: garantizar que las mujeres representen aproximadamente la mitad de los puestos de liderazgo o que se incluya a diferentes grupos étnicos. Sin embargo, esto no conlleva necesariamente que esas representantes se opongan al patriarcado ni que los representantes étnicos luchen genuinamente por los derechos colectivos de sus comunidades. A menudo, dicha representación sirve más como una muestra de diversidad.
La gente aún odia a la Junta Militar, pero también está cansada de la propia Revolución de Primavera. Muchos que una vez se dedicaron por completo a la resistencia están volviendo poco a poco a la vida normal, desgastados por la realidad. Lo siento personalmente. Durante el primer año después del golpe pude dedicarme por completo a la revolución. Ahora, como muchos otros, también lucho por sobrevivir.
Desde mi perspectiva, la Revolución de Primavera ya ha fracasado. Es muy difícil decirlo abiertamente y, después de tanto sacrificio, mucha gente no puede aceptarlo. Pero no creo que podamos seguir viviendo con la ilusión de que la victoria está a la vuelta de la esquina. Si algún día queremos volver a ganar, el único camino a seguir quizás sea volver a la educación política, organizar a la juventud y recuperar el terreno de la ideología y los valores.
Al mismo tiempo, debo añadir que mi experiencia y mi valoración de la revolución no representan a todos los combatientes de la resistencia izquierdista en Birmania. Los camaradas que se adentraron en la selva para recibir entrenamiento militar y continúan luchando en territorios armados étnicos o en regiones como Sagaing, en el centro de Birmania, viven la revolución de forma muy diferente.
Más recientemente, en noviembre de 2025, se formó la Alianza de la Revolución de Primavera. Muchos grupos armados se unieron a esta alianza y se distanciaron del liderazgo del Gobierno de Unidad Nacional. Se comprometieron a guiarse por principios progresistas compartidos. Para muchos, esta alianza aún representa una esperanza de unidad dentro de la resistencia.
IV. Exilio
Por un lado, parece que el impulso revolucionario se está desvaneciendo. Por otro lado, aquí en Tailandia, parece que dentro de la comunidad birmana en el exilio la «revolución» se ha convertido en una industria impulsada por las ONG. ¿Cómo ve esto?
De hecho, esta tendencia no comenzó después de la Revolución de Primavera. Sus raíces se remontan al período anterior de la transición democrática.
Tras la llegada al poder de Aung San Suu Kyi en 2015, Birmania experimentó un período de relativa apertura. Para muchos, fue la primera vez que sintieron que Birmania se reconectaba con el resto del mundo. Fue también durante esos años que un gran número de ONG occidentales entraron en Birmania, aportando una financiación sustancial a la sociedad civil.
Muchos antiguos activistas de base comenzaron a fundar sus propias ONG y se integraron en este nuevo ecosistema institucional. Las agendas solían estar condicionadas por los donantes y los activistas trabajaban cada vez más según las prioridades de financiación. El activismo se convirtió gradualmente en una profesión.
Entre 2015 y 2020 se observó claramente que muchos proyectos y programas de la sociedad civil se basaban en agendas externas, a veces poco alineadas con las necesidades reales de las comunidades locales. Durante este proceso, fue doloroso observar cómo algunos activistas, antes llenos de energía y convicción, fueron gradualmente absorbidos, y en ocasiones corrompidos, por el sistema de ONG.
Ahora, cinco años después del golpe, asistimos al surgimiento de otra generación de supuestos activistas de ONG. Algunos aprovechan la revolución y el sufrimiento del pueblo para forjar carreras personales: obtienen becas en el extranjero, se integran en redes internacionales de ONG y se convierten en portavoces de la lucha democrática de Birmania. Sin embargo, en realidad, muchos de ellos están cada vez más alejados de lo que ocurre en la práctica.
Por mi parte, siempre he seguido una lógica diferente. Mantengo mi propio pequeño negocio para poder mantenerme de forma independiente mientras participo en movimientos sociales. Ya sea durante el período de transición o ahora, mis compañeros y yo hemos seguido organizándonos según principios anarquistas, recurriendo al crowdfunding y la ayuda mutua en lugar de redactar presupuestos, solicitar subvenciones o presentar informes de proyectos para mantener nuestro trabajo en marcha.
¿Podrías describir cómo estás involucrado en la organización social ahora, en el exilio?
En esta etapa, la mayor parte de mi trabajo se centra en la organización dentro de la comunidad exiliada. Llegué a Mae Sot a finales de 2021. A partir de entonces, dejé de trabajar con el Comité de Huelga General y me dediqué a la organización comunitaria local.
Mae Sot alberga una numerosa población en tránsito. Muchos son jóvenes; otros muchos otros son familias que huyeron con sus hijos. Un buen número de ellos participaron en el Movimiento de Desobediencia Civil y, tras dejar sus trabajos, fueron incluidos en la lista negra de las autoridades militares. Incapaces de salir de Birmania legalmente, terminaron atrapados en esta ciudad fronteriza, viviendo una especie de temporalidad. Mae Sot también es un lugar de descanso y abastecimiento para muchos combatientes de las Fuerzas Populares de Defensa (FDP). Algunos siguen activos en la resistencia en la selva y solo vienen aquí ocasionalmente a descansar. Otros han abandonado el campo de batalla por heridas o desilusión y tratan de sobrevivir, por ahora, aquí.
Algunas de estas personas podrían eventualmente reasentarse en terceros países, pero creo que muchas de ellas cuentan con regresar a Birmania. Por ahora, casi todos aquí viven en un estado de suspensión, sin trabajo estable ni un hogar real. Sin embargo, muchos revolucionarios ya no ven a estas personas desplazadas como parte de la revolución. Poco a poco, me di cuenta de que es precisamente ahí donde debemos trabajar, organizando a quienes están varados en estos espacios fronterizos.
Así que fundé lo que llamamos el «Hogar Mae Sot», usándolo como plataforma para organizar actividades cotidianas (partidos de fútbol, proyecciones de películas, grupos de lectura) para reunir a personas de orígenes muy diversos: trabajadores migrantes, combatientes de la resistencia exiliados, bamar, karen y miembros de comunidades musulmanas. En estas reuniones, hablamos sobre antifascismo, cuestiones de género y relaciones étnicas.

Al mismo tiempo, junto con otros camaradas, fundamos Food Not Bombs Mae Sot. Cocinamos para los refugiados birmanos desplazados, pero no de forma caritativa ni desde arriba. En cambio, queremos transmitir ideas de ayuda mutua y solidaridad. Algunas personas que participan en la resistencia armada se burlan o incluso nos atacan, diciendo que ahora es la hora de las armas y que Food Not Bombs suena a activismo contra la guerra. Pero, en realidad, ya organizábamos actividades de Food Not Bombs en Yangón a principios de la década de 2010, mucho antes del golpe. Hoy luchamos contra el ejército para que algún día podamos volver a vivir en paz, no para que la sociedad permanezca permanentemente militarizada.
En el trabajo de Mae Sot Home, el fútbol se ha convertido en una de nuestras herramientas organizativas más importantes, en parte por razones de seguridad. Mucha gente aquí carece de estatus legal y las reuniones públicas suelen ser un tema ambiguo. En una ocasión, intentamos organizar un concierto y nos denunciaron a las autoridades, lo que nos obligó a cambiar de sede a última hora. Sin embargo, los partidos de fútbol son más fáciles de celebrar, ya que el deporte tiene una amplia aceptación y popularidad. Y lo que es más importante, el fútbol prácticamente no tiene barreras de entrada, y los trabajadores migrantes birmanos en Mae Sot ya tienen una sólida cultura futbolística. Se convierte en una forma sencilla de conectar a jóvenes exiliados con trabajadores migrantes. También organizamos equipos femeninos y partidos juveniles, y durante estos eventos, abordamos temas como la violencia doméstica, la igualdad de género y el antifascismo.
Algunas personas que emigraron aquí antes del golpe se sentían inicialmente distantes del movimiento revolucionario; pero al jugar al fútbol juntos, gradualmente comenzaron a conversar y a comprender las dificultades a las que se enfrentan otras personas. Al mismo tiempo, algunos jóvenes que llegaron después del golpe, especialmente los de las grandes ciudades, a veces se enfrascan en su identidad de «exiliados revolucionarios» y menosprecian a quienes llegaron antes, a menudo trabajadores migrantes o considerándolos comerciantes musulmanes transfronterizos, poco progresistas. Pero, en realidad, el racismo y el chovinismo bamar también existen dentro del propio movimiento revolucionario. En lugar de trazar constantemente líneas divisorias entre amigos y enemigos, creo que es más importante dejar espacio para que la gente se encuentre y cambie.
El sistema educativo de Birmania ha formado generaciones moldeadas por el prejuicio nacionalista. Ahora, tras las rupturas causadas por el golpe de Estado, la revolución y el exilio, quizá finalmente tengamos la oportunidad de recuperar a algunos de ellos.
- Muchos anarquistas birmanos usan el término inglés «Burma» en lugar de «Myanmar» debido a la asociación de este último con el régimen militar gobernante desde su adopción oficial en 1989. Otros izquierdistas birmanos prefieren «Myanmar» a pesar de esta asociación, porque «Burma» (también preferido por la liberal Liga Nacional para la Democracia) está más estrechamente vinculado a la mayoría bamar, así como al colonialismo británico. Los términos son idénticos en birmano; las diferentes grafías en inglés representan las pronunciaciones literarias y coloquiales. Ambos términos derivan del término bamar para su propio grupo étnico. ↩︎
- El Movimiento de Desobediencia Civil (MDC) de Birmania, lanzado tras el golpe de Estado de febrero de 2021, es un movimiento de resistencia no violenta con el que funcionarios públicos y trabajadores se declararon en huelga y se negaron a cooperar con la Junta, convirtiéndose en una fuerza central de la Revolución de Primavera a pesar de la severa represión. ↩︎
- La Constitución de 2008, redactada bajo el régimen militar y aprobada en un controvertido referéndum poco después del ciclón Nargis, es ampliamente considerada por las fuerzas de oposición como una herramienta para preservar el control militar. Reserva el 25% de los escaños parlamentarios para los militares, otorgándoles poder de veto sobre las enmiendas constitucionales. ↩︎
- La Responsabilidad de Proteger (R2P) es una norma internacional respaldada por las Naciones Unidas y adoptada en 2005, diseñada para prevenir el genocidio, los crímenes de guerra, la limpieza étnica y los crímenes de lesa humanidad. Establece que la soberanía implica responsabilidad, y que, si un Estado no protege a su población, la comunidad internacional debe intervenir por medios diplomáticos o, en última instancia, militares. ↩︎
- La práctica de golpear ollas y sartenes desde los balcones al anochecer proviene de una creencia tradicional birmana de que hacer ruidos fuertes al anochecer ahuyenta a los malos espíritus. ↩︎
- En diciembre de 2019, la entonces Consejera de Estado Aung San Suu Kyi compareció ante la Corte Internacional de Justicia en La Haya para defender a Birmania de las acusaciones de que los militares habían cometido genocidio contra los musulmanes Rohingya. ↩︎
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