Malestar y capitalismo. Una reflexión de Mark Fisher.

Nil Farré – CEAG. Revista do Centro de Estudos Anarcosindicais da Galiza1

El segundo evento público del CEAG, la jornada «Crítica del malestar», se organizó con la intención de abordar una de las experiencias que más impacto tiene en la vida cotidiana de la clase trabajadora actual: el malestar emocional. El presente texto pretende dar cuenta de mi intervención en dicho evento, una charla que titulé «Salud mental y capitalismo: una reflexión de Mark Fisher».

En este texto, recurriré al pensamiento de Mark Fisher para explorar la relación que existe entre el sistema socioeconómico en el que vivimos y el malestar psicológico. Para ello, presentaré en primer lugar el concepto de realismo capitalista antes de abordar los temas de la organización del trabajo y el estado de la cultura dentro del realismo capitalista, con un objetivo: ver cómo su estado actual influye en el deterioro de nuestro bienestar psicológico.

Introducción: el realismo capitalista

En 1979 Margaret Thatcher se convirtió en primera ministra del Reino Unido. Este acontecimiento marcó el inicio de dieciocho años consecutivos de gobiernos del Partido Conservador. Su proyecto político, con su ideología neoliberal, desmanteló las infraestructuras públicas, privatizó los servicios y atacó (y derrotó) a quienes intentaron impedirlo (sindicatos, grupos contraculturales, etc.). El mismo patrón seguirían la administración Reagan en Estados Unidos, el golpista Pinochet en Chile y otros muchos países en las últimas décadas. El mundo que crearon fue el del realismo capitalista.

La gran victoria del neoliberalismo con el nacimiento del realismo capitalista fue su capacidad para presentarse como el único sistema político viable. Para crear esta impresión, se implantó en el imaginario colectivo la imagen de un ser humano hiper individualista, cuyo bienestar depende únicamente de su propio esfuerzo personal. Las medidas contra el bienestar social se presentaron como la única alternativa a los totalitarismos clásicos y a la «amenaza» del comunismo. Así nos convencieron de que la sociedad actual, incluso con sus defectos, es la mejor en la que podemos vivir. De esta manera, lograron que el eslogan thatcherista «no hay alternativa» se convirtiera en realidad.

El término «realismo capitalista» apunta acertadamente a esta atmósfera social, política y cultural en la que se da por sentado que el neoliberalismo es la única alternativa viable. Pero hay que preguntarse: si la sociedad actual es la única posible, si no podemos escapar del realismo capitalista, ¿qué pasa con el futuro? Para Fisher, la característica fundamental del realismo capitalista es precisamente que, por su propia naturaleza, no nos permite imaginar el futuro. Todas las fuerzas que apuntan a la posibilidad de cambio, al futuro, se ven sofocadas y, en consecuencia, también lo está la posibilidad de imaginar un futuro alternativo al presente en el que vivimos. En palabras de Fisher, vivimos en un momento de incapacidad reflexiva en el que, citando a Fredric Jameson, «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo».

Esta cancelación del futuro (y del tiempo) está íntimamente ligada al malestar psicológico. Para explorar esta relación entre el realismo capitalista y el malestar, abordaremos en primer lugar la organización del trabajo posfordista y, en segundo lugar, el estado de la cultura contemporánea.

1. El trabajo: del fordismo al posfordismo

El trabajo asalariado ha sido uno de los pilares del capitalismo desde sus inicios, pero la forma en que se organiza este trabajo ha cambiado significativamente en las últimas décadas. Durante la década de 1970 podemos empezar a apreciar un cambio decisivo: el paso del fordismo al posfordismo.

El fordismo era la forma clásica de organizar el trabajo asalariado en el capitalismo. Se caracterizaba por el trabajo repetitivo, los horarios rígidos, la ubicación en un único lugar (principalmente la fábrica), el enfoque en la producción y la gran probabilidad de que se dedicara toda la vida a ello. Por el contrario, el trabajo posfordista es flexible, tanto en términos de horario como del lugar donde se realiza. Es un trabajo centrado en los servicios, en el que las tareas burocráticas cobran cada vez más importancia.

La primera de las dos razones por las que este cambio fue posible fue la evolución de las tecnologías de la comunicación. La evolución sin precedentes de las tecnologías de la información y la comunicación en las últimas décadas ha cambiado la dimensión espacio-temporal del trabajo. Estos avances han cambiado radicalmente nuestra forma de relacionarnos con el trabajo: ya no es necesario estar en el lugar de trabajo o durante el horario laboral para estar «trabajando». En cualquier momento y en cualquier lugar, podemos volver a conectarnos con el trabajo, ya sea a través de un correo electrónico, una llamada telefónica o un mensaje de WhatsApp.

Lo que se logró con esto fue flexibilizar las horas de trabajo y hacer que la vida cotidiana fuera menos rutinaria, lo que nos lleva a la segunda de las razones por las que se produjo el cambio del fordismo al posfordismo: los deseos de la propia clase trabajadora. Algunas de las demandas y deseos de la clase trabajadora durante el siglo pasado iban en contra de la monotonía, la repetitividad y la regulación del trabajo. Es por esta razón, nos dice Fisher, que la nueva forma de organizar el trabajo no se impuso únicamente por la violencia, sino que respondió a los deseos de flexibilidad y libertad de la clase trabajadora.

En el momento histórico de la década de 1980, el neoliberalismo fue capaz de canalizar los deseos de los trabajadores en su propio beneficio. La consecuencia es que el trabajo en el realismo capitalista se nos presenta como un ejercicio libre en el que tendremos la oportunidad de acabar trabajando en muchas cosas diferentes a lo largo de nuestra vida. Además, gracias a la flexibilidad que nos proporcionan las tecnologías de la información y la comunicación, ahora tenemos más espacio e independencia para organizarnos como mejor nos parezca. Ya no hay lugar para la rutina y el aburrimiento.

Esto es, obviamente, la apariencia. La realidad es que la organización posfordista del trabajo nos ha traído puestos de trabajo precarios omnipresentes e interminables: sin límites espaciales ni temporales. Además, la supuesta autonomía en la organización del propio trabajo va acompañada de cargas burocráticas cada vez mayores. Estas cargas burocráticas añadidas no solo suponen una división del trabajo, ya que a menudo nos vemos obligados a dedicarles más tiempo que a nuestro trabajo real, sino que en muchos casos se convierten en lo contrario de la autonomía, en forma de responsabilidad constante.

Como consecuencia de esta nueva forma de relacionarnos con nuestro trabajo, hemos pasado de días organizados temporalmente por la intercalación o alternancia del tiempo de trabajo con el tiempo de ocio a días y semanas en los que esta diferenciación no existe. Así, el tiempo se homogeneiza y pierde su estructura. El tiempo de trabajo es omnipresente, con la consiguiente pérdida de tiempo de ocio. Mientras llevemos nuestro teléfono encima, estamos trabajando. Todo nuestro tiempo está subordinado al trabajo, a lo productivo, al capital.

Las consecuencias de esta forma de organizar el trabajo en nuestra psique son inevitables. Es por ello que tenemos una sensación constante de urgencia y ansiedad en la que parece que no podemos seguir el ritmo y nos vemos obligados a «aprovechar el tiempo», incluso cuando estamos disfrutando de lo que debería ser tiempo libre. Otra de las consecuencias más evidentes de esta nueva organización del trabajo es que nos resulta muy difícil estar verdaderamente presentes y centrar nuestra atención en el momento concreto. Hoy en día, muchas personas sufren este tipo de problema. Y es que, sistemáticamente, se nos pide que fragmentemos y dividamos nuestra atención para satisfacer todas las exigencias que nos imponen el trabajo y el capital.

Una vez consideradas las cuestiones del trabajo, su nueva forma de organización y los efectos que esto tiene en nuestra experiencia del tiempo y nuestro bienestar, pasamos ahora a la otra parte del realismo capitalista que nos interesa para pensar el malestar: el estado de la cultura hoy.

2. La cultura

Paralelamente al proceso de reorganización del trabajo, la cultura también ha experimentado un cambio importante en las últimas décadas. En Realismo capitalista, Fisher explica que, a finales del siglo XX, la contracultura gozaba de buena salud, los artistas eran innovadores y sus obras rebosaban creatividad. Esto significaba que la cultura miraba hacia adelante, articulando el momento presente y construyendo el futuro. Hoy, sin embargo, nos encontramos en un momento completamente diferente.

Para visualizar el cambio que se ha producido, Fisher propone un experimento mental. Imaginemos que podemos viajar al pasado, por ejemplo, a los años ochenta, y que en ese viaje nos llevamos una de las canciones más escuchadas de este año. ¿Qué pensaría la gente del pasado? Pues bien, según Fisher, se sorprenderían de lo poco que ha cambiado la música en cuarenta años y de que, a pesar de los años de diferencia, la canción que traemos del futuro sea tan similar a las que escuchan en su día a día. Si, por el contrario, hiciéramos el mismo experimento, pero viajando de los años ochenta a los sesenta, el resultado sería muy diferente. La gente del pasado se sorprendería con la música de los ochenta, diría que nunca había escuchado nada parecido e incluso llegaría a afirmar que no era música, ya que les resultaría muy extraña.

Este experimento nos muestra algo que podemos apreciar intuitivamente en nuestra vida cotidiana: la cultura actual está dominada por refritos y remakes, un retorno a modas pasadas o, en otras palabras, está impregnada de nostalgia. En última instancia, parece que en el clima cultural actual no se puede crear nada nuevo.

Toda esta situación hace que lo que podríamos llamar «tiempo cultural» pierda su carácter lineal. Algo muy similar está ocurriendo con lo que hemos comentado en la sección anterior del artículo: al carecer de productos culturales novedosos, el tiempo cultural deja de avanzar y la cultura se ralentiza. La cultura se repliega sobre sí misma, haciendo indistinguibles nuestro pasado, presente y futuro culturales. El presente ya no es un momento fugaz que conecta el pasado con el futuro, sino más bien un todo monótono y uniforme en el que estamos atrapados.

Junto a esta ralentización cultural, nuestro momento cultural se caracteriza por el consumo vertiginoso de contenidos. La sensación de aburrimiento y hastío que debería evocar el estado actual de la cultura se aborda rápidamente con una cascada de imágenes e información con solo pulsar un botón en nuestros teléfonos. Gracias al consumo frenético de contenidos en línea, podemos escapar de la sensación de tedio, pero a costa de entrar en un estado de aceleración. Así, nos encontramos en una tensión constante entre el aburrimiento y la hiperestimulación.

Ahora que hemos abordado los dos pilares fundamentales del realismo capitalista, el trabajo y la cultura, así como la forma en que modifican nuestra vida cotidiana y nuestra experiencia del tiempo, es hora de profundizar en la cuestión del malestar.

3. Malestar

En la obra de Mark Fisher, la cuestión del malestar en el realismo capitalista está impregnada de la idea de la «privatización del estrés». Fisher utiliza este concepto para analizar cómo se está construyendo una idea actual del malestar que no se corresponde con sus características reales. En esta concepción neoliberal del malestar, el sufrimiento psicológico tiene su origen exclusivamente en nuestra neurobiología o en nuestra historia personal. Por lo tanto, la fuente del malestar siempre está dentro de nosotros, en nuestra individualidad. Y, paralelamente, se nos hace responsables de «superarlo», ya sea mediante tratamiento farmacológico o terapia.

Este movimiento que reposiciona el origen del malestar en el individuo es lo que Fisher denomina la privatización del estrés. En el neoliberalismo, el estrés comienza y termina en la esfera privada. De esta manera, lo que se está haciendo es despolitizarlo y borrar cualquier tipo de conexión entre nuestro sufrimiento y la sociedad en la que vivimos. Superar el dolor queda en nuestras manos. Convertirnos en personas «mejores» y más «capaces» es nuestra responsabilidad.

Del mismo modo, una tarea fundamental en el pensamiento de Fisher es repensar la relación entre el malestar y el realismo capitalista, repolitizando el sufrimiento y abordándolo como una cuestión esencial para la izquierda contemporánea. Tomando el relevo, exploraremos ahora cómo la sociedad capitalista exacerba y crea sufrimiento dentro de la clase trabajadora moderna.

En la sección sobre la organización del trabajo, discutimos las condiciones que caracterizan el trabajo en el realismo capitalista, específicamente su omnipresencia y precariedad. Por un lado, la omnipresencia del trabajo significa que todo nuestro tiempo tiene que ser tiempo productivo. Incluso en el tiempo libre tenemos que desarrollar nuestras carreras, monetizar nuestros pasatiempos. De lo contrario, estamos perdiendo el tiempo… Si no eres un tiburón, lo que tenemos aquí es el caldo de cultivo perfecto para la depresión. Por otro lado, la precariedad de nuestros puestos de trabajo significa que vivimos en un estado constante de ansiedad por el peligro muy real de que, al menor desliz, nos muestren la puerta.

Esta experiencia ansiosa, se podría decir acelerada, coexiste con la realidad de los trabajos repetitivos y aburridos de los que el neoliberalismo había prometido liberarnos. No solo no lo ha conseguido, sino que ahora tenemos una carga cada vez mayor de burocracia y «metajobs» en nuestra vida cotidiana. Así, el trabajo en el realismo capitalista nos lleva simultáneamente a un estado de ansiedad y aceleración, pero también a uno de aburrimiento y tedio.

Esta doble experiencia de ansiedad y aburrimiento es similar a la que se vincula con el consumo cultural. Este se presenta como un estímulo interesante, ajeno a la monotonía de la vida cotidiana. Pero dada la situación de la cultura explicada anteriormente, los productos culturales han perdido hace tiempo ese elemento estimulante y se han convertido más bien en un sedante para la ansiedad de la vida cotidiana.

Para eliminar esa ansiedad, muchos de nosotros recurrimos a formas culturales de comida rápida, rápidas y fáciles de consumir, servidas a la carta en plataformas de contenido. Estas plataformas, además, buscan atraparnos en la inmediatez con contenidos cada vez más masticados y fragmentados. El resultado es una actividad que intenta ser relajante, pero acaba siendo aburrida y que, en la búsqueda de algo genuinamente interesante o estimulante, termina en frenesí y sobreestimulación. Como dijimos antes, ansiedad y aburrimiento.

Además de las experiencias que acabamos de describir, en Realismo capitalista Fisher también habla de la dislexia, el trastorno por déficit de atención y sus encuentros con ellos como profesor de secundaria. Considera que, si se consideran enfermedades, son enfermedades propias del realismo capitalista. La dislexia sería una nueva forma de lexia, una post-lexia, adaptada a un mundo hiperconectado en el que el procesamiento de torrentes de imágenes sustituye a la lectura y las palabras. Por otro lado, el déficit de atención sería el resultado de la exigencia del capital de fragmentar nuestra atención en espacios, tiempos y contenidos diferentes pero simultáneos. Para el capitalismo, cualquier tiempo dedicado a varias actividades a la vez es tiempo bien empleado, tiempo aprovechado al máximo, ya sea escribir un correo electrónico en el tren de camino al trabajo o tener una serie de fondo mientras jugamos a videojuegos.

Por último, debemos abordar el malestar que Fisher considera más estrechamente vinculado al realismo capitalista: la depresión. Fisher conceptualiza la depresión como un estado que quienes la padecen perciben como necesario e interminable. En otras palabras, la depresión es un estado permanente e interminable, sin posibilidad de un futuro diferente… igual que el realismo capitalista. Así, para Mark Fisher, además de quienes han sido diagnosticados con depresión, todos vivimos en un entorno social depresivo: el del realismo capitalista. Todos vivimos en un estado de aburrimiento y ansiedad, sin perspectivas de futuro, rodeados de una cultura repetitiva y aburrida, y en trabajos precarios y opresivos.

Conclusión

Aunque el diagnóstico de Fisher pueda parecer todo menos esperanzador, es importante destacar que, para él, el primer paso para cambiar nuestra situación es recuperar el carácter político y social del malestar. Además, Fisher nos recuerda que es vital que las organizaciones de izquierda tomen conciencia y asuman la responsabilidad de los problemas inherentes a la sociedad actual, como el malestar, la pérdida de autonomía temporal, etc. Es precisamente por esta razón que eventos como la «Crítica del malestar» representan pequeños pasos adelante. La crítica del malestar debe ser un ejercicio continuo y manifestarse en acciones concretas —como sesiones de formación, la creación de grupos de apoyo, nuevas organizaciones de izquierda— con el fin de cambiar realidades más amplias y abstractas, como el propio realismo capitalista.

  1. Este artículo se ha publicado originalmente en el nº1 de la Revista del CEAG (Centro de Estudos Anarcosindicais da Galiza). Publicada en gallego, deseamos y esperamos que a este primer número le sigan muchos otros, a la par que aconsejamos su lectura. ↩︎

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