La neurodiversidad más allá del modelo social

Pablo — Freedom

La liberación neurodivergente significa cambiar las bases, desmantelar un sistema que hizo que nuestra exclusión no sólo fuera posible sino rentable.

El discurso social sobre la discapacidad cambió en algo importante: el problema no somos nosotros, sino el mundo en el que nos vemos obligados a desenvolvernos. Para las personas neurodivergentes, esto fue trascendente. Sobrecarga sensorial, normas de comunicación rígidas, lugares de trabajo diseñados para un tipo de mente, no son hechos naturales, son decisiones. Alguien construyó este mundo, y no lo construyó para nosotros.

Pero, habiendo llegado hasta ese reconocimiento, ¿por qué, décadas después las barreras persisten?

No es un descuido: es la lógica del sistema funcionando exactamente como está previsto.

En el capitalismo, tu valor es tu productividad. No tu humanidad, o tu creatividad, o lo que aportas a quienes te rodean; es tu producción, tu velocidad, tu capacidad de generar ganancias para otros.

El «trabajador normal» no es un promedio humano neutro. Es un parámetro definido por las exigencias de un sistema impulsado por el lucro. Y los rasgos neurodivergentes (diferentes maneras de comunicarse, de procesar la información sensorial y de gestionar la función ejecutiva) entran en conflicto con ese parámetro cuando ralentizan el proceso o cuesta dinero adaptarlo.

Por eso los ajustes razonables no solo parecen caridad: son caridad. Existen a discreción de quienes, en última instancia, no responden ante nosotros, sino ante el resultado final.

Exclusión prediseñada

Cuando aumenta la presión y se analizan los costos, esos ajustes desaparecen silenciosamente. Siempre fueron condicionales. Siempre estuvimos a prueba.

El problema no son los malos empleadores. Es el sistema quien hace que incluso los buenos empleadores prioricen las ganancias sobre las personas.

Se habla del alto desempleo entre las personas neurodivergentes como un fracaso de la inclusión. Como si el sistema pretendiera incluirnos y simplemente se equivocará.

No se equivocó. El capitalismo depende de un excedente de población, personas desempleadas o subempleadas, disponibles cuando se les necesita, desechables cuando no. Esto potencia el trabajo obediente y nos recuerda que somos reemplazables.

Quienes no nos ajustamos fácilmente a los requisitos estandarizados de productividad nos vemos empujados desproporcionadamente a ese excedente. No solo por el estigma (aunque el estigma es real), sino por el cálculo: incluirnos adecuadamente cuesta más que excluirnos.

Las campañas de concienciación no cambian ese cálculo. Tampoco lo hacen las declaraciones en pro de la diversidad ni los compromisos en favor de la inclusión. Mientras las ganancias determinen quién participa, muchos de nosotros siempre seremos tratados como si causáramos más problemas de los que valemos.

Algunas voces desde la política de discapacidad han argumentado que, en una sociedad verdaderamente igualitaria, la discapacidad simplemente desaparecería, que es un constructo, una etiqueta consecuencia de sistemas opresivos. Eso es pensar en un futuro lejano que no nos ayuda en el presente.

Las diferencias neurológicas y sensoriales son reales. Forman parte de la biología humana. Reconocerlas no significa volver al modelo médico que nos trataba como individuos defectuosos que necesitaban reparación. Es ser honestos sobre cómo se manifiesta realmente la diversidad humana.

La pregunta no es si existe la diferencia, sino cómo responde la sociedad a ella. Un mundo organizado en torno al lucro responde a la diferencia con sospecha, con un análisis de coste-beneficio y con la pregunta: ¿podemos extraer lo suficiente de esta persona para que valga la pena incluirla?

Un mundo organizado en torno a las necesidades humanas plantearía algo completamente distinto: ¿qué necesitan las personas y cómo nos aseguramos de que todos lo tengan? La diferencia no tendría por qué justificarse, simplemente formaría parte de lo que significa ser humano.

La reforma no nos salvará

El modelo social ha logrado avances reales: legislación, adaptaciones, concienciación. Estos avances son importantes para la gente y no deberíamos defender lo contrario.

Pero las reformas son frágiles. Cuando los presupuestos se reducen o se recortan los servicios, cuando los vientos políticos cambian, se revierten los derechos.

Todo lo ganado dentro de este sistema puede ser arrebatado por el mismo sistema, porque nada de ello toca la vedad subyacente: que nuestra supervivencia depende de nuestra utilidad económica para los demás, y eso nos hace estar permanentemente sujetos a su juicio sobre nuestro valor.

Mientras eso sea así, seremos evaluados, considerados deficientes y se nos acomodará condicionalmente o no se nos excluirá. El diagnóstico se convierte en un proceso burocrático para determinar la elegibilidad. La inclusión se convierte en una actuación. Y seguimos suplicando, pidiendo permiso para existir en los términos que otros imponen.

Nos han descartado, nos han diagnosticado erróneamente, nos han manipulado para que dudemos de nosotros mismos, nos han expulsado de los lugares de trabajo y de los movimientos políticos que deberían haber sido nuestros. Y, aun así, aquí. Seguimos trabajando. Seguimos organizándonos.

Y esto ocurre no es porque el sistema funcione para nosotros, sino a pesar de que no lo hace.

La liberación neurodivergente implica cambiar los cimientos, desmantelar un sistema que hizo nuestra exclusión no solo posible, sino también rentable. Cuando la sociedad se organiza en torno a lo que la gente realmente necesita, en lugar de la generación de ganancias, la diversidad humana ya no tiene que demostrar su utilidad económica para pertenecer.

Los torpes, los callados, los que necesitan más tiempo, un entorno diferente o instrucciones claras, no somos una ocurrencia. No somos un costo que se pueda minimizar. Somos parte de la diversidad humana en torno a la cual debe construirse cualquier sociedad decente, no a pesar de ella.

El modelo social nos dijo que se construyeron las barreras. Y tenía razón. Ahora debemos ser honestos sobre por qué siguen en pie y qué se necesita realmente para derribarlas.


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