¿Más sonrisas, más dinero? La política de visibilizar las tareas domésticas 

Haduhi Szukis  

El libro de Louise Toupin, Salario para el Trabajo Doméstico: Historia de un Movimiento Feminista Internacional, 1972-1977, es, a la vez, una investigación y una provocación, una invitación a reingresar en un campo de lucha cuyas coordenadas resultan sorprendentemente contemporáneas. Lo que Toupin reconstruye no es simplemente una campaña organizada en torno a una demanda polémica, sino un experimento político que buscaba recomponer los términos mismos a través de los cuales se entienden el trabajo, el valor y la subjetividad. En este sentido, el libro opera en un registro a la vez historiográfico y estratégico: no se preocupa solo por lo que sucedió, sino también por lo que aún es posible. En el centro de esta reconstrucción se encuentra un gesto engañosamente simple: tomar en serio la proposición de que el trabajo doméstico —durante mucho tiempo descartado como natural, privado o prepolítico— es, de hecho, un «trabajo multifacético, invisible y no reconocido» indispensable para la acumulación capitalista. Desde este punto de partida, la corriente de Salario para el Trabajo Doméstico se despliega menos como una campaña centrada en un solo tema que como un prisma conceptual. Como subraya Toupin, el trabajo doméstico no remunerado se convierte en una forma de ver, en un método para “reensamblar” las experiencias fragmentadas de las mujeres en un análisis coherente del poder. El hogar ya no está al margen de la economía; es uno de sus motores ocultos.

Louise Toupin

Lo que resulta sorprendente al leer a Toupin hoy en día es cuán radical sigue siendo este replanteamiento. En un momento en que el lenguaje del cuidado se ha recuperado parcialmente en el discurso político y la práctica gerencial, la insistencia en que el trabajo reproductivo no solo está infravalorado, sino que es estructuralmente necesario —y sistemáticamente devaluado— conserva una fuerza disruptiva. La demanda de salarios, en este contexto, no se reduce a una reivindicación reformista de remuneración. Más bien, funciona como una palanca política, una forma de desnaturalizar la división sexual del trabajo y exponer las relaciones sociales que la sustentan. Como argumentó Mariarosa Dalla Costa, el salario es un punto de visibilidad, un medio para obligar a reconocer aquello de lo que depende el capital pero que se niega a admitir. Toupin presta especial atención a la heterogeneidad intelectual que animó esta perspectiva. La corriente del Salario para el Trabajo Doméstico no surgió de la nada; se forjó a través de una serie de encuentros y tensiones entre diferentes corrientes del pensamiento feminista y marxista. Figuras como Selma James y Silvia Federici reelaboraron las categorías marxistas de manera que desestabilizaron las ideas ortodoxas sobre la producción y la clase social. Frente a una tradición que situaba el valor principalmente en el trabajo asalariado, insistieron en la centralidad de la reproducción: el trabajo diario y generacional de producir la propia fuerza de trabajo. Al hacerlo, no se limitaron a extender el marxismo, sino que lo transformaron, introduciendo lo que Toupin describe como una «feliz conexión» entre el análisis anticapitalista y el antipatriarcal.

Esta conexión se articula quizás con mayor claridad a través del concepto de fábrica social, que Toupin analiza en diversos textos y prácticas. Si bien el término se asocia a menudo con el operaísmo italiano, su aplicación en Salario para el Trabajo Doméstico es menos doctrinal que experiencial. La fábrica ya no se limita al lugar de trabajo; se extiende al hogar, la escuela, el hospital, la comunidad. El trabajo de las mujeres en las familias se convierte en el eje que permite el funcionamiento de todo el sistema. Esta ampliación del marco analítico no es meramente teórica. Tiene implicaciones prácticas para la organización de la lucha: si la explotación se extiende por todo el ámbito social, la resistencia también debe hacerlo. En este punto, la atención que Toupin presta a las formas organizativas del movimiento resulta particularmente valiosa. El Colectivo Feminista Internacional emerge como una red, más que como una estructura centralizada, que conecta a grupos de Europa y Norteamérica, a la vez que permite la variación local. El repertorio de acciones es, en consecuencia, diverso: organización en locales comerciales, conferencias, panfletos, canciones, ocupaciones e intervenciones directas en las comunidades. Lo que se hace visible es un movimiento que es a la vez intelectualmente sofisticado y materialmente arraigado, capaz de moverse entre la elaboración teórica y la lucha cotidiana.

Toupin no elude las tensiones internas ni las críticas externas que moldearon la trayectoria de Salario para el Trabajo Doméstico. De hecho, uno de los puntos fuertes del libro es su minuciosa reconstrucción de los debates que rodearon la demanda de un salario. Para muchas mujeres dentro del movimiento feminista, la propuesta parecía un paso atrás, una capitulación ante las mismas estructuras que pretendía cuestionar. Exigir un salario por el trabajo doméstico, argumentaban las críticas, corría el riesgo de reforzar el confinamiento de las mujeres al hogar, en lugar de desafiar la división sexual del trabajo. La alternativa preferida, en muchos casos, era la socialización del trabajo doméstico: la ampliación de los servicios públicos que liberarían a las mujeres de sus cargas no remuneradas. El análisis que Toupin hace de este debate es matizado y generoso. Demuestra que el desacuerdo no se debía simplemente a un malentendido, sino que reflejaba diferentes orientaciones estratégicas dentro del feminismo. Mientras que el movimiento Salario para el Trabajo Doméstico hacía hincapié en la imposibilidad de socializar plenamente el trabajo reproductivo —dadas sus dimensiones afectivas y relacionales—, otras corrientes priorizaban la integración en el trabajo remunerado y la transformación de las instituciones públicas. El resultado es un movimiento que se enfrenta a los límites de sus propias categorías, intentando articular una política acorde con la complejidad de la vida de las mujeres.

En todo caso, el libro sugiere que la controversia en torno a los salarios por el trabajo doméstico fue precisamente lo que lo hizo tan productivo. La demanda funcionó como una especie de provocación conceptual, obligando a las feministas a afrontar cuestiones que no podían resolverse fácilmente. ¿Qué se considera trabajo? ¿Dónde tiene lugar la explotación? ¿Cómo se entrelazan el género, la clase y la raza en la organización del trabajo? Estas no son preguntas que admitan respuestas sencillas, y Toupin resiste la tentación de imponer una coherencia retrospectiva a un movimiento que, según su propia descripción, era internamente diverso y a menudo contradictorio. Esta diversidad es particularmente evidente en la forma en que el movimiento abordó las cuestiones de sexualidad y raza. Toupin destaca el papel de grupos como Salario para Lesbianas, que insistían en la especificidad de la experiencia lésbica dentro del marco más amplio del trabajo reproductivo. Aquí, el análisis se extiende más allá de la división del trabajo en sentido estricto para abarcar la regulación de la sexualidad como una forma de disciplina. La heterosexualidad misma se convierte en una condición de trabajo, un mecanismo a través del cual se organiza y controla el trabajo de las mujeres. De manera similar, las contribuciones de feministas negras como Wilmette Brown ponen de relieve las dimensiones racializadas del trabajo doméstico, haciendo hincapié en las diferentes formas en que se experimenta y se resiste la explotación.

En este sentido, el relato de Toupin puede interpretarse como una temprana formulación de lo que posteriormente se teorizaría como interseccionalidad. La perspectiva del Salario para el Trabajo Doméstico no se limita a añadir raza y sexualidad a un análisis preexistente de género y clase; reconfigura todo el marco, destacando la interdependencia de las diferentes formas de dominación. El resultado es una política más compleja y exigente, que requiere formas de solidaridad capaces de integrar la diferencia sin borrarla. Sin embargo, a pesar de su riqueza conceptual, el movimiento no logró una amplia aceptación dentro del movimiento feminista. Como señala Toupin, si bien muchos grupos se involucraron con el análisis, pocos estuvieron dispuestos a movilizarse en torno a la demanda de salarios. Las razones de esta reticencia son múltiples, pero convergen en una preocupación común: el temor a que la demanda afianzara, en lugar de desmantelar, las jerarquías existentes. En retrospectiva, este momento se presenta como un punto de inflexión, que marca el final de una fase particular de la segunda ola del feminismo y el surgimiento de nuevas prioridades y estrategias.

Lo más llamativo, sin embargo, es la observación de Toupin de que la cuestión del salario para el trabajo doméstico ha desaparecido en gran medida de los debates contemporáneos. A pesar de la intensidad de las discusiones que alguna vez suscitó, apenas ha dejado huella en la actualidad. Esta ausencia no es simplemente una cuestión de olvido histórico; refleja un cambio más amplio en el panorama de la política feminista, que se aleja de las cuestiones de reproducción social y se centra en otras preocupaciones. Y, sin embargo, como sugiere Toupin, las condiciones que dieron origen al movimiento Salario para el Trabajo Doméstico no han desaparecido. De hecho, se han intensificado, ya que la reestructuración global del trabajo ha ampliado la esfera del trabajo no remunerado y precario. En este contexto, la insistencia del libro en la continua relevancia de la perspectiva del Salario para el Trabajo Doméstico se percibe menos como un gesto nostálgico que como una intervención necesaria. La globalización del trabajo de cuidados, la persistencia de las desigualdades de género tanto en el trabajo remunerado como en el no remunerado, la erosión de los sistemas de bienestar social, todos estos acontecimientos apuntan a la centralidad perdurable de la reproducción en la organización del capitalismo. Retomar los análisis desarrollados en la década de 1970 no es volver a una época pasada, sino recuperar herramientas que aún pueden ser útiles para comprender el presente.

Si existe alguna limitación en el enfoque de Toupin, reside en las inevitables restricciones del género histórico. Como ella misma reconoce, se trata de un «esbozo histórico», moldeado por las fuentes disponibles y los marcos interpretativos a través de los cuales se leen. En ocasiones, la narración corre el riesgo de estabilizar lo que en la práctica fue un movimiento fluido y controvertido, suavizando las tensiones que lo hicieron dinámico. La ausencia de un análisis más profundo de la genealogía intelectual de conceptos clave —como la relación entre la fábrica social y sus orígenes en el operaísmo— también deja ciertas cuestiones sin explorar. Sin embargo, estas limitaciones no son meras deficiencias; forman parte de lo que hace que el libro sea productivo. Al destacar el carácter parcial y provisional de su propio relato, Salarios para el trabajo doméstico invita a los lectores a continuar el trabajo que inicia. No ofrece una historia definitiva, sino una serie de puntos de partida: un mapa de un terreno que permanece abierto a una mayor exploración.

Tras leer a Toupin, perdura la sensación de algo inacabado. El movimiento Salario para el Trabajo Doméstico no resolvió las cuestiones que planteaba, sino que las amplificó. Reveló hasta qué punto el capitalismo depende de formas de trabajo que, al mismo tiempo, oculta, y desafió a las feministas a desarrollar estrategias capaces de abordar esta contradicción. Que estos desafíos sigan vigentes es quizás el argumento más sólido a favor de la relevancia del libro. Leer Salario para el Trabajo Doméstico hoy en día nos recuerda que los límites de lo político no son fijos ni dados. Son producto de la lucha, de los intentos por nombrar y cuestionar las formas de poder que dan forma a nuestras vidas. Al recuperar la historia de un movimiento que buscaba expandir esos límites, Toupin ofrece no solo una valiosa contribución a la historiografía feminista, sino también un recurso para pensar —y actuar— de manera diferente.

Puedes bajarte gratuitamente el libroSalario para el Trabajo Doméstico. Comité de Nueva York 1972-1977: Historia, teoría y documentos, editado por Silvia Federici y Arlen Austin, y publicado en español Traficantes de sueños AQUÍ  

  


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