Acaba de salir el último número de la publicación El Sol Ácrata

Redes Libertarias

Entresacamos su editorial.

El ascenso de José Antonio Kast a la presidencia de Chile no es un simple cambio de gobierno. No es una alternancia electoral dentro de la democracia. Es la señal de que el régimen neoliberal chileno entra en una nueva fase de endurecimiento.

El fascismo no llegó a Chile marchando con uniformes ni levantando banderas en las calles. Llegó como suele hacerlo en el siglo XXI: sentado en las instituciones, hablando el lenguaje de la seguridad, del orden y de la reconstrucción nacional. Esto no ocurre por accidente. El fascismo aparece cuando el sistema económico pierde legitimidad y las élites necesitan restaurar el control social. Ese es el Chile en el que llega Kast. No el país del optimismo neoliberal de los años noventa ni el “jaguar de América Latina” que durante décadas vendieron las élites. Llega a un país fracturado y agotado por un modelo que prometió prosperidad mientras concentraba la riqueza. El Chile que recibe a Kast es un país endeudado. Un país donde millones sobreviven pagando créditos para estudiar, vivir o enfermarse. Un país donde trabajar ya no garantiza vivir. Las pensiones condenan a la pobreza. El costo de la vida aumenta mientras los salarios apenas alcanzan. Y cuando un país llega a ese punto, la rabia estalla. El Estallido Social de 2019 fue la mayor crisis política del modelo neoliberal desde su instalación durante la dictadura. Millones de personas salieron a las calles y cuestionaron el orden económico y político que gobernó Chile durante décadas. Durante semanas el país entero tembló. El mito de la estabilidad chilena se derrumbó frente a los ojos del mundo. Pero el régimen no cayó. El poder reaccionó como siempre lo hace cuando su dominio es desafiado: primero con represión, luego con una salida institucional destinada a contener la revuelta. El proceso constitucional fue presentado como transformación. Pero terminó funcionando como un mecanismo para enfriar la movilización sin alterar las estructuras profundas del modelo.

El resultado fue una sociedad que continúa viviendo bajo las mismas condiciones de precariedad, pero ahora con una frustración política mucho más profunda. Ese es el país en el que Kast llega al gobierno: un país donde el malestar social persiste, pero donde el cansancio, la desconfianza y el miedo comenzaron a ocupar el espacio que antes ocupaba la esperanza de cambio.

Es en ese terreno donde crecen los proyectos autoritarios. El fascismo no surge solo del odio. Surge del miedo de las élites a perder el control cuando el consenso que sostenía el sistema comienza a resquebrajarse. Cuando las instituciones pierden legitimidad y la crisis social se profundiza, el poder empieza a hablar el lenguaje del orden, la seguridad y la disciplina. Kast encarna precisamente esa respuesta. Su discurso no habla de desigualdad estructural ni del fracaso del sistema de pensiones. No habla del endeudamiento que domina la vida cotidiana de millones de personas. Habla de seguridad, de orden y de restaurar la autoridad del Estado. Ese lenguaje no es nuevo. Es el lenguaje que históricamente aparece cuando el sistema necesita defenderse. Sus primeras decisiones como presidente muestran con claridad hacia dónde se dirige su gobierno. Apenas seis días después de asumir el cargo presentó el llamado Plan de Reconstrucción Nacional, un paquete económico que promete crecimiento, empleo y estabilidad. Pero detrás de ese discurso aparece algo conocido: la profundización del mismo modelo neoliberal que produjo la crisis social del país. Reducción de impuestos para las empresas, subsidios estatales para abaratar costos laborales, eliminación de regulaciones para acelerar proyectos de inversión e incentivos fiscales para reactivar el mercado inmobiliario.

La receta es conocida. Es la misma lógica que ha gobernado la economía chilena durante más de cuarenta años: crecimiento basado en la expansión del capital privado con la promesa de que sus beneficios terminarán llegando algún día al resto de la sociedad. El problema es que ese “algún día” nunca llegó. La desigualdad sigue ahí. La precariedad sigue ahí. El endeudamiento sigue ahí. El conflicto social que estalló en 2019 sigue latente bajo la superficie.

Lo que cambia ahora es la forma de administrar ese conflicto. Cuando el consenso neoliberal deja de ser suficiente para sostener la estabilidad política, el sistema comienza a endurecerse. El lenguaje del crecimiento económico se mezcla con el del orden y la seguridad. La promesa de prosperidad se combina con la expansión del control social. Eso es lo que estamos viendo hoy. Kast no inaugura un nuevo sistema político. Representa la fase autoritaria de un modelo económico que intenta sobrevivir a su propia crisis.

Por eso este momento exige claridad. El fascismo no entra a una sociedad anunciándose como fascismo. Entra prometiendo estabilidad, seguridad y orden frente al caos. Pero su función siempre ha sido la misma: proteger un sistema económico que ya no puede sostenerse únicamente mediante el consenso. Chile entra ahora en un nuevo ciclo político. Un ciclo donde el poder intentará restaurar el control social mientras el malestar que sacudió al país hace pocos años sigue sin encontrar una salida real.

La pregunta ya no es si el conflicto social volverá. La pregunta es cuándo. Y también qué haremos nosotros. El antifascismo no nace en los parlamentos ni en los discursos institucionales. Nace en la sociedad organizada: en los barrios, en los territorios y en los espacios donde la gente vuelve a reconocerse como fuerza colectiva.

Porque todo sistema de dominación depende, en última instancia, de la obediencia de quienes lo sostienen.

Y esa obediencia nunca está garantizada.

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