Tomas Ibáñez
“Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo”
Audre Lorde, 1984
Admito que he dudado mucho en encabezar la presente reflexión con este título.
En primer lugar, porque casi desde sus inicios el feminismo ha sido plural y, bien criticarlo o bien elogiarlo de forma genérica resulta inadecuado, ya que oculta su riqueza constitutiva y una frondosa diversidad que no rehúye el roce polémico entre planteamientos contrarios. Aunque hablar del feminismo en singular no es del todo inusual, no superé mi duda hasta caer en la cuenta de que varios feminismos aflorarían inevitablemente a lo largo del texto.
En segundo lugar, también he dudado porque en una publicación como la presente cuestionar el feminismo puede sonar a una burda provocación.
Sin embargo, aquí la intención no es ni la de ignorar la complejidad de los múltiples feminismos, ni tampoco la de provocar, sino que la elección del título remite, por una parte, a la preocupación por no reproducir en nuestras luchas aquello mismo contra lo que nos enfrentamos y, por otra parte, a la convicción de que es imprescindible problematizar lo que se presenta como evidente e incuestionable. Y, es obvio, que en nuestros medios ser feminista, considerado genéricamente, se presenta hoy como una exigencia tan inequívoca que ni siquiera requiere la más mínima justificación.
Ahora bien, problematizar el feminismo requiere, como mínimo, indagar si este no constituye en realidad un arma de doble filo. Un arma dotada de un innegable componente emancipador, pero de la cual también se desprenden determinados efectos de dominación. Si eso fuese así, si el feminismo fuese un fenómeno ambivalente, dotado de dos caras opuestas, (y la orientación punitivista de algunas de sus corrientes así lo sugiere), no nos quedaría más remedio que valorar en qué grado conviene contribuir a su andadura. Esta eventual reserva atañe, claro está, al feminismo en tanto que corriente política transversal impulsada por un amplio espectro político que incluye una parte de las derechas, y no a nuestra irrenunciable implicación en la lucha para erradicar la dominación heteroandrocrática (perdón por emplear esta palabrota que reconozco no haber leído en ningún otro lugar, pero que va a ser recurrente en este escrito).
Cuestionar aspectos del feminismo y sugerir tentativamente la posibilidad de planteamientos distintos no implica infravalorar la importancia, tanto histórica como actual, de las múltiples luchas feministas y de sus logros para mejorar las condiciones de vida de las mujeres y contribuir a hacer menos intolerables las situaciones de las personas y comunidades habitualmente designadas mediante las siglas LGTBIQ+.
Tampoco significa infravalorar su papel en la modificación de un ámbito cultural repleto de estereotipos y de representaciones sociales prejuiciadas contra todo lo que se aleje del canon hegemónico impuesto por la heteroandrocracia. Sin duda, los movimientos feministas tienen el incuestionable mérito de haber modificado parcialmente el ámbito de la política e incidido en el propio tejido social posibilitando nuevos tipos de comportamientos menos discriminatorios y unas relaciones interpersonales más igualitarias.

No menos importante es el hecho de que su historial de luchas ha ido atesorando un cúmulo de experiencias, de formulaciones y reformulaciones, que tienen un enorme valor para cualquier otra rebelión contra el orden establecido, y tampoco hay que olvidar que algunas corrientes feministas sitúan el género como anclaje para el cuestionamiento de la actual institución de lo social y sus diferentes ejes de opresión y dominación más allá de la estricta problemática feminista.
Como dice Chiara Bottici en un magnífico libro[1], el mantenimiento de una posición específicamente feminista es necesario porque lo que Simone de Beauvoir definió como el segundo sexo sigue siendo el más oprimido, sea cual sea el ámbito, desde el laboral al cultural, que se quiera considerar, y porque tener cuerpo de mujer es tener un cuerpo sobreexpuesto a la violencia. Cosa que, por supuesto, también le ocurre a cualquier cuerpo, o forma de ser y de comportarse que presente diferencias materiales o simbólicas con lo que caracteriza al hombre blanco cisgénero y se exprese, por ejemplo, como transgénero, género no binario, o simplemente como género no exclusivamente heterosexual.
Para precisar el tipo de cuestionamiento del feminismo que planteo, conviene saber que tras batallar durante largos años contra la idea de un sujeto revolucionario hegemónico y de argumentar profusamente contra una lucha de carácter general y unitario centrada sobre el enemigo principal, no voy a ser yo quien cuestione ahora las luchas feministas aduciendo que debilitan la lucha de clases porque se focalizan básicamente sobre un aspecto parcial y particular como es el de las opresiones que resultan de la estructuración sexual y de género de la sociedad. Antes bien, si la dominación es poliédrica, también han de ser plurales y diversas las luchas para destruirla, acogiendo en su seno la enorme variedad de las resistencias que acompasan la multiplicidad de los dispositivos de opresión.
«… una de las grandes aportaciones de diversas corrientes feministas ha sido la de poner de manifiesto otros mecanismos de dominación que, o bien acompañan la dominación heteroandrocrática, o bien se esconden tras ella… »
Sin duda, una de las grandes aportaciones de diversas corrientes feministas ha sido la de poner de manifiesto otros mecanismos de dominación que, o bien acompañan la dominación heteroandrocrática, o bien se esconden tras ella. La razón estriba en que ocupar el polo dominado femenino permite percibir aspectos de la dominación que se sustraen a la mirada de quienes no ocupan esa específica posición subordinada y así poder combatirlos, abriendo cauces para nuevas prácticas de lucha y para nuevas posibilidades de existencia libre.
De forma más general, la percepción que tienen de la dominación quienes la padecen directamente desvela unos aspectos que permanecen invisibles desde cualquier otra posición, y eso es así en cualquier ámbito que se quiera contemplar, desde la opresión de corte racista hasta la opresión de tipo laboral. Los planteamientos relativos al carácter interseccional de las opresiones y de las dominaciones ilustran en parte lo que pretendo decir aquí.
Si algo es innegable es que vivimos en una heteroandrocracia. Es decir, en un régimen social, cultural y político caracterizado por crear una disimetría de poder que sitúa lo heteromasculino cisgénero en uno de los polos dominantes de la sociedad, con todos los efectos de dominación que se desprenden de dicha disimetría. Ese hecho es suficiente para justificar que cualquier lucha que pretenda oponerse a la dominación debe incluir necesariamente como uno de sus principales elementos el desmantelamiento de la heteroandrocracia.
Es obvio que las luchas feministas contribuyen en su conjunto a dicho desmantelamiento, y no se trata, por lo tanto, de descalificarlas, sino de inscribirnos en su mismo talante emancipador, pero intentando evitar determinados efectos perversos. Es decir, unos efectos que van en dirección opuesta a lo que pretenden quienes los producen, y que en este caso consisten en potenciar paradójicamente los dispositivos de opresión y de dominación propios de la heteroandrocracia.
Por ejemplo, el feminismo de la igualdad que lucha para empoderar (¡horrible término!) a las mujeres en el sentido de que accedan a una mayor cuota de poder, no cuestiona en absoluto el hecho de que la diferenciación sexual y de género engendre efectos de dominación, tan solo cuestiona que sea el hombre quien ocupe el polo dominante. Con lo cual se refuerza involuntariamente el principio mismo sobre el cual se asienta la heteroandrocracia, a saber, una distribución del poder en función de una variable sexogenérica, y solo se cuestiona la forma que toma esa distribución.
Por supuesto, no se trata de dejar de denunciar el sesgo heteroandrocrático en la distribución del poder, ni de dejar de luchar para minorar ese sesgo, sino de enmarcar esas luchas en el rechazo a que la variable sexogenérica intervenga en la distribución del poder.
O, siguiendo con otro ejemplo, el feminismo esencialista que pretende rescatar o liberar lo femenino que existiría por debajo de la forma que la heteroandrocracia le ha imprimido, oculta que lo femenino no es lo que ha sido constreñido por la heteroandrocracia y que hay que rescatar, tampoco es lo que le ha opuesto resistencia y se definiría pues por esa oposición. Tanto lo femenino como la resistencia que ejerce no son lo otro de la heteroandrocracia, sino que llevan, inscrita en su ser, la marca de lo que los ha constituido.
De hecho, la lucha que plantea el feminismo de corte esencialista es una lucha contra el sometimiento y la opresión de la mujer, obviando que no hay una identidad femenina preconstituida, sino que esta ya ha sido conformada por la heteroandrocracia. Eso significa que carece de sentido pretender rescatar la identidad femenina, puesto que la feminidad es, ella misma, una emanación de la heteroandrocracia. El feminismo que la reivindica contribuye con ello a reforzar la heteroandrocracia que la ha creado.

Por lo tanto, no se trata de otorgar mayor poder a las mujeres, como lo reivindican ciertas corrientes del feminismo de la igualdad, ni a las personas LGTBIQ+ ( aunque bienvenida sea toda lucha que contribuya a reducir las desigualdades), y tampoco se trata de liberar y valorizar la feminidad, como lo pretenden ciertas corrientes del feminismo de la identidad, sino que se trata de restar poder a la heteroandrocracia y de desmantelar la construcción del sujeto como mujer mediante unos procesos de subjetivación articulados por la propia heteroandrocracia para crear la feminidad al mismo tiempo que la masculinidad.
Es cierto que todas las luchas feministas socavan el poder del hombre heterocisgénero, sin embargo, al centrarse sobre la problemática de la emancipación de las mujeres y de los colectivos que son marginales respecto a lo heteronormativo, buena parte de esas luchas ayudan a que cierto tipo de poder se dirima precisamente en el ámbito de la conformación sexual y de la construcción de género.
Por lo tanto, el combate contra la subyugación de las mujeres y de las personas desplazadas o relegadas a habitar las zonas marginales de la sociedad y lo social, debería presentarse esencialmente como una lucha de resistencia, no como una lucha de liberación. Se trata de destruir la heteroandrocracia, no de liberar o de rescatar lo femenino, como lo plantea el feminismo de la diferencia y, ni siquiera, se trata de liberar cualquier otra entidad que haya sido oprimida por la heteroandrocracia, porque eso que se pretendería rescatar ya constituye uno de sus productos. La diana hacia la que deberían disparar las luchas contra la dominación y la opresión son las prácticas de subjetivación construidas y puestas en obra por la heteroandrocracia y que, a la vez, la refuerzan.
Ahora bien, además de establecer un determinado polo dominante, y de crear la forma mujer como forma subalterna del sistema binario sexogenérico, la heteroandrocracia también postula la imperiosa necesidad de que exista efectivamente un polo dominante en la esfera sexogenérica y, es sobre la exigencia de una ineludible estructuración jerárquica de esa esfera que se forma y se eleva la dominación heteroandrocrática. Una dominación que, además de una desigualdad generalizada y sistémica, también da pie y disfraza como legítima, una determinada división social del trabajo acompañada de importantes desigualdades tanto en términos retributivos como competenciales.
Combatir la heteroandrocracia, es decir, el sistema social en el cual el poder es atribuido al hombre, normativamente homologado como tal en un sistema sexual binario pasa, por lo tanto, por luchar contra el propio hecho de que cierto tipo de poder esté vinculado a la esfera de los cuerpos sexuados y que esa esfera se caracterice, además, por tener una estructura jerárquica.
«… una lucha antiheteroandrocrática también pasa, como bien lo han visto desde hace tiempo ciertas corrientes del movimiento feminista, por deshacer la masculinidad para despojarla de sus componentes de dominación… »
Ahora bien, la heteroandrocracia formatea tanto lo femenino como lo masculino, y no se limita a dotar este segundo elemento con rasgos y conductas supremacistas que dañan a la mujer y a quienes se diferencian de él, sino que también lo daña a él mismo por el hecho de moldearlo con parámetros que coartan su autonomía y que regulan imperativamente su forma de ser. Por consiguiente, una lucha antiheteroandrocrática también pasa, como bien lo han visto desde hace tiempo ciertas corrientes del movimiento feminista, por deshacer la masculinidad para despojarla de sus componentes de dominación, y para desmantelar en definitiva la propia identidad masculina vehiculada por las culturas actualmente hegemónicas.
La sugerencia de poner el énfasis sobre aquello contra lo cual se lucha, es decir, de enfatizar en mayor grado la resistencia contra la heteroandrocracia, en lugar de hacer una referencia explícita al feminismo, ayudaría quizás, entre otras cosas, a cuestionar una esencialización de lo femenino que solo contribuye a fortalecer lo que pretende combatir, por mucho que ciertos sectores del feminismo argumenten que potenciar la identidad femenina resulta beneficioso para su lucha.Así mismo, la formulación de la lucha en esos términos podría contribuir a dejar en un segundo plano las diferencias entre las diversas corrientes feministas y facilitar su confluencia en una contienda común contra el mismo enemigo: la heteroandrocracia.
Llegados a este punto pienso que queda claro el sinsentido de contraponer la lucha contra el capitalismo y la lucha contra la heteroandrocracia. El capitalismo se beneficia notablemente de la estructura jerárquica creada por la heteroandocracia explotando más intensamente la parte de la población situada en rangos subalternos (sueldos más bajos, trabajos no retribuidos, mayor precarización de los puestos de trabajo, etc.). Es lógico por lo tanto que, en retorno, el capitalismo defienda y potencie la heteroandrocracia.
No hay una relación de tipo causa/efecto entre esos dos fenómenos, sin embargo, la relación que mantienen entre ellos es tan estrecha que la lucha contra la heteroandrocracia queda mermada si no es simultáneamente una lucha contra el capitalismo, y eso es algo que parte del movimiento feminista no ha entendido, de la misma forma que parte de los movimientos anticapitalistas no han entendido que la lucha contra el capitalismo requiere, sí o sí, una lucha contra la heteroandrocracia.
Para finalizar esta reflexión, insegura de sí misma, y que no tiene otra pretensión que la de incitar a seguir pensando la cuestión de las luchas contra la heteroandrocracia, agrego dos últimos y breves apuntes sobre el heteropatriarcado y el anarcafeminismo.

En cuanto al heteropatriarcado, es obvio que sigue estando presente en muchas sociedades, incluida la nuestra, y que es preciso combatirlo. Sin embargo, resulta que la heteroandrocracia lo incluye, aunque lo desborde e, incluso, esta puede crecer mientras que el primero disminuye, como muy bien lo explica, por ejemplo, Chiara Bottici[2]. La lucha contra la heteroandrocracia debe adoptar una perspectiva más amplia que la del combate contra el patriarcado, y dejar de centrarse sobre él, aunque sin dejar de atacarlo. Ir a las raíces del heteropatriarcado para destruirlo requiere adentrarse en la textura de la heteroandrocracia que lo nutre y que debe ser erradicada. Porque, aunque la cuestión del orden de los factores queda abierta y es legítimo pensar que el heteropatriarcalismo es primero y da origen a la heteroandrocracia, personalmente me inclino por el orden inverso situando la heteroandrocracia como origen y como condición de posibilidad del heteropatriarcado.
Recordemos, por fin, que en algunos de sus escritos Emma Goldman se mostraba crítica con el uso de la etiqueta feminismo por considerar que todos los dispositivos de opresión conforman un mismo entramado de dominación contra el cual hay que luchar de forma global. Intuyo que hubiera simpatizado en mayor grado con formulaciones en términos de anarcafeminismo en la medida en la que este representa un feminismo sin arkhé. Un feminismo que aboga por un mundo sin jerarquías ni gobernantes, y que llama a combatir todos los dispositivos de opresión, pero desde unas prácticas que atacan directamente la heteroandrocracia considerada como un elemento clave en el entramado global de los dispositivos de dominación. Sin sombra de duda, la opción anarcafeminista es la corriente feminista que me parece hoy por hoy la más acertada.
Ya para concluir, quisiera recordar que una de las grandes aportaciones del feminismo ha consistido en enfatizar la evidencia, ya demostrada en el ámbito de la lingüística, de que nuestro lenguaje lleva incorporado los principios de la heteroandrocracia y que, luchar contra ella, requiere que actuemos sobre el lenguaje para transformarlo y para vaciarlo de unas características que acompañan y que fortalecen la dominación heteroandrocrática.
Sin embargo, aunque debemos felicitarnos por esa actuación sobre el lenguaje promovida desde el feminismo, también conviene señalar su insuficiencia ya que lo que nuestro lenguaje lleva incorporado, mucho más profundamente que el propio sesgo heteroandrocrático, es una estructura de pensamiento y una matriz conductual regidas ambas por el principio del arkhé, y sus efectos de poder sobre nuestra forma de ser, nuestra visión del mundo, y sobre la organización social[3] .
Con miras al desarrollo de auténticas prácticas de libertad la imprescindible lucha contra la heteroandrocracia se queda corta si no persigue también la erradicación de la impronta del arkhé en nuestro lenguaje, en nuestro pensamiento y en nuestro modo de ser, pero eso, claro, es materia para otra reflexión que, a mi entender, el movimiento libertario debería acometer sin demora.
[1] Bottici, Chiara (2021). Anarcafeminismo. Barcelona: NED, 2022.
[2] Bottici, Chiara (2021). Manifiesto anarca feminista. Barcelona. NED 2021
[3] Schürmann, Reiner (1982). Le principe d’anarchie. Heidegger et la question de l’agir. París: Éditions du Seuil. Schürmann, Reiner (1986). Se constituer soi-même comme sujet anarchique. Zúrich: Diaphanes, 2021.
Interesante aportación con la que coincido en su mayor parte, y que me descubre cuestiones sobre las que no había reparado como esa heteroandrocraciaanterior al heteropatriarcado y este como consecuencia de la otra…
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