A mediados de octubre de este año, miles de personas salieron a las calles en distintos lugares del Estado para exigir el acceso a una vivienda digna. Al día siguiente, distintos medios expresaron el miedo o la esperanza —según su orientación política— de que la movilización pudiera ser síntoma de que las condiciones que hace trece años propiciaron el 15M se estaban reproduciendo de nuevo. En el centro del análisis, como entonces, y aunque el problema de la vivienda afecta a amplios sectores sociales independientemente de la edad, se situó a la juventud.
Para la juventud, la vivienda alberga una promesa futura de vida digna que difícilmente se puede realizar en las condiciones actuales. Una vivienda nos protege de las inclemencias del tiempo, aunque lo cierto es que las consecuencias del cambio climático y de la crisis medioambiental se hacen cada vez más patentes en nuestro día a día, vivamos donde vivamos. Una vivienda nos ofrece no solo un techo, sino un suelo estable en el que plantar los pies ante la inestabilidad de un mercado laboral crecientemente precarizado en el que a duras penas logramos mantener el equilibrio. Una vivienda es el espacio en el que realizamos algunas de las actividades fundamentales para el sostenimiento de nuestras vidas, para las cuales el capitalismo nos quiere hace depender, cada vez en mayor medida, de servicios que nos vampirizan y que nos convierten ya no en sujetos consumistas, sino también en objetos de consumo de múltiples plataformas. Una vivienda puede ser ilusión de retorno a lo cotidiano al final de una jornada de trabajo o de llegada después de una travesía en la que nos hemos podido dejar la vida, pero no cura por sí misma las heridas que nos infligen esos viajes. Una vivienda puede ser un espacio de encuentro, pero las redes sociales, que fueron promesa de revolución democrática, funcionan hoy como un candado que cierra la puerta a los vínculos de carne y hueso. El capitalismo coloniza nuestras viviendas y nos obliga a pagar por ello precios desorbitados, muy por encima de lo que cuesta alquilarlas o comprarlas. Para que las cosas cambien no será suficiente con lograr el acceso a la estructura, deberemos recuperar una a una todas las estancias y volverlas nuestras.

El 15M, que tuvo entre sus raíces a una juventud sin futuro, nos dio herramientas y experiencias para pensar cómo podríamos hacerlo de manera colectiva. Si hoy se dieran las condiciones para un nuevo estallido social, y si este se produjera, ¿se orientarían nuestras reflexiones y nuestras acciones de forma similar o incluso más subversiva? Algunos indicios sugieren que no, que lo harían en una dirección mucho más oscura. Entre la juventud calan los discursos que están aupando a las extremas derechas en multitud de países. Las conductas machistas se generalizan de nuevo, y algunos jóvenes que se erigieron en estandartes políticos del feminismo han visto cómo el suelo se quebraba bajo sus pies ante la evidencia de su machismo. Los discursos racistas se propagan y con ello se intensifica la criminalización de las personas migrantes y la justificación de masacres como las que están ocurriendo en Gaza, en Líbano, y en tantos otros lugares. Se persiguen en las redes espejismos de dinero rápido en el contexto de un mercado laboral inundado de trabajos de mierda. Parecería que las cosas están cambiando, sí, pero la esperanza de que con ello avancemos en la construcción de un mundo mejor parece infundada. ¿Se enfrentan hoy los y las jóvenes a la constatación, y no ya al miedo, de que no vivirán mejor que sus padres y madres? Querríamos gritar que no, que sabremos dotarnos colectivamente de todo aquello que necesitaremos para que nuestra vida sea digna, y para disfrutarla de modo tal que todas las miserias y falsedades sobre las que se construyó esa vida buena que nos vendió el capitalismo en la segunda mitad del siglo XX queden definitivamente enterradas.

Para ello, quizá sea necesario dejar de hablar de la juventud. ¿Quién se puede arrogar la autoridad para hablar en nombre de la juventud, o para determinar su existencia como sujeto social o como objeto de análisis sociológico?
¿Qué juventud, en todo caso, de tantas como podría haber si quisiéramos definirlas? ¿No caen acaso nuestros diagnósticos sobre la juventud —también los de los párrafos anteriores— en los tópicos que la presentan como la responsable de la disolución del orden social, o que la cargan con la responsabilidad de llevar a cabo su transformación? ¿No obvian, en todo caso, que todas las generaciones presentes están íntimamente vinculadas entre sí, como lo están con las que han sido y con las que vendrán? Quizá debamos pensar, cada cual desde sus condiciones y aspiraciones vitales —que sin duda serán diferentes según la edad— en cómo labrar esos vínculos para que nos sostengan ante la perspectiva de un futuro que parece poco prometedor, pero que no está cerrado.
Redes Libertarias es, en sí misma, una revista joven que, en el año de singladura que marca la publicación de este segundo número, se ha esforzado por tender cabos a otros y otras —personas, colectivos, publicaciones—. La han enriquecido una multitud de experiencias generosas que se han volcado en la web, en nuestras páginas impresas y en los intercambios que hemos tenido a lo largo de estos meses. No podemos decir que el proyecto se haya consolidado porque seguimos, y seguiremos, dándole forma día a día con ellas y con todas aquellas experiencias con las que sigamos encontrando afinidades. Querríamos pensar que en ello hay promesa de juventud y semilla de un mejor futuro. Sea como sea, por el momento, os invitamos a seguir reflexionando con nosotras con los artículos que os presentamos en este nuevo número.
Hola, compañeros/as: Recogiendo la invitación que en algún momento me ha llegado, os envÃo un artÃculo en el que pretendo responder al debate que ha generado el lema «solo el pueblo salva al pueblo», tras su recuperación en los dÃas inmediatos a la DANA que hemos sufrido por estas tierras.Enhorabuena por el trabajo que estáis haciendo. Un abrazoAntonio Pérez Collado
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