La dimensión utópica

Miquel Amorós
Anarquista a secas

Artículo publicado en Redes Libertarias núm. 5 (primavera 2026)

Se dice que los libertarios viven en un mundo de sueños sobre el porvenir, y que no ven las cosas presentes. Tal vez las vemos demasiado, y con sus verdaderos colores, y es por eso que llevamos el hacha en medio de este bosque de prejuicios autoritarios que nos obcecan.
Piotr Kropotkin

1. El sueño de una sociedad armónica

La utopía es una manera específica de imaginar la actividad social opuesta a la realidad vigente y, por eso, radicalmente crítica. No solamente se trata de una visión feliz propia de un modo de vida dichoso presentado como ideal. Utópico, decía Herbert Marcuse, «es todo aquello que el poder de las sociedades imperantes prohíbe salir a la luz». Karl Mannheim, en su influyente trabajo Ideología y Utopía, consideraba utopista todo pensamiento que cuestionaba el orden establecido e incitaba a la revuelta. Así pues, solo se designarían como «utopías aquellas orientaciones que trascienden la realidad cuando, al pasar al plano de la práctica, tiendan a destruir, ya sea parcial o completamente, el orden de cosas existente en determinada época». En las utopías se manifestarían las aspiraciones, los ideales y los sistemas de valores de los grandes movimientos sociales; son, pues, visiones globales del mundo, coherentes y estructuradas, y representan las necesidades profundas de una época. A partir de 1750, cuando se publica El Año 2440. Un sueño como no ha habido otro, del ilustrado pendenciero Louis Sébastien Mercier, las utopías dejaron de ser no lugares, imaginarios imposibles, puesto que ocurrían, solo que en siglos venideros. En ese sentido nosotros preferimos hablar de ideal, o simplemente de «idea» tal como hacían los anarquistas españoles. Y añadimos que, cuando las condiciones subjetivas y objetivas de realización de una sociedad libre no son halagüeñas, cuando las fuerzas materiales e intelectuales capaces de lograr un cambio social profundo no están presentes en magnitud suficiente, cuando ningún proyecto revolucionario creíble es inmediatamente realizable, la negación radical de lo existente adquiere connotaciones utópicas. La dimensión utópica o romántica del pensamiento crítico —el susodicho ideal, la anarquía— salva a los rebeldes del derrotismo, trasladando el deseo de una vida sin constricciones al terreno de la imaginación y del sueño, en espera del momento favorable para su realización. El clima utópico libera de la desmotivación, puesto que mantiene el anhelo de una sociedad perfecta y pone en marcha las voluntades de cambio. En el caso libertario, más que en ningún otro, la utopía no es entonces más que un artilugio propagandístico para mostrar expectativas de una futura emancipación con las que movilizar a las masas dolientes. Lejos de ser una evasión desde la historia hacia la fantasía, «es la verdad del mañana», en palabras de Victor Hugo, algo al alcance, pura anticipación. La utopía libertaria, en su afán por demostrar la aptitud de los hombres y mujeres de hoy para vivir racionalmente en comunidad, sin leyes ni reglamentos, sin jefes ni propiedades, forma parte del combate social: refleja las aspiraciones igualitarias y fraternales de las facciones más radicales de las clases oprimidas. Es como ideal realizable, un programa.

2. Luces de utopía

El anarquismo es una concepción del mundo enraizada en las tradiciones sociales y políticas radicales de la cultura universal, particularmente las que postulaban la soberanía popular ejercida directamente y rechazaban cualquier tipo de opresión. Críticas contra la autoridad y toda forma de poder separado encontraremos en filósofos griegos y chinos, personajes singulares como Rabelais o La Boétie, pensadores ilustrados y socialistas decimonónicos. Asimismo, facciones extremas por la libertad y la igualdad se harán presentes en los motines, revueltas y revoluciones a lo largo de la historia. No obstante, el anarquismo, tal como lo concebimos ahora, no adquirirá un cuerpo de doctrina mínimamente coherente hasta la amalgama de la crítica social antiautoritaria con el federalismo y la lucha de clases, producida en el seno de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). Al rehusar la acción política dentro de las instituciones burguesas y propugnar la abolición del capitalismo y del Estado como objetivo inmediato, el anarquismo se situaba en el terreno de la cruda realidad. Ahora bien, en el plano teórico quedaban por explicar las líneas generales constitutivas de la sociedad resultante del combate revolucionario entre clases, elementos fundamentales para la destrucción ideológica de las quimeras capitalistas. El internacionalista y amigo de Bakunin, James Guillaume, fue consciente de esa necesidad al exponer, en un artículo titulado «La Comuna Social» y publicado en 1871, lo que sería «una comuna inmediatamente después de la revolución social, durante la época de transición en la que será necesario hacer socialismo con los hombres y los medios de hoy». Con este primer paso quedaba pendiente «trazar un cuadro de la sociedad tal como aparecería en el porvenir moviéndose anárquicamente la libertad individual en la comunidad social y produciendo la armonía», algo que Joseph Déjacque había tratado de hacer en 1858 con la redacción de su Humanisferio, la primera utopía netamente anarquista. En fin, faltaba el bosquejo de una sociedad emancipada que podía funcionar, basada en la armonía de intereses y la participación libre en los deberes comunes, sin dioses ni amos; una sociedad producto final del proceso revolucionario. Faltaba pues la formulación probable del ideal libertario, aunque fuera en clave de ficción. En consecuencia, el anarquismo se orientaba hacia la utopía antiburguesa. En completa oposición al marxismo, el anarquismo postulaba que la conducta humana era determinada más por el ideal que por la necesidad histórica, a definir por expertos en la materia. Salvo las excepciones pasadistas a tener en cuenta, por lo general, el mañana pesaba más que el ayer.

3. Utopía, felicidad y razón

La represión de la Comuna y de otros intentos revolucionarios, junto con la subsiguiente persecución de la Internacional en los países latinos y la desmovilización de las masas oprimidas, determinaron la división del movimiento anarquista en torno a temas como la organización, la violencia, la legalidad, el comunismo o la mismísima civilización. En el Congreso Internacional de Londres (1881) una mayoría se decantó por los grupos de afinidad efímeros y la propaganda por el hecho. Las contradicciones entre medios y fines, entre luchas cotidianas y objetivos finales, entre pragmatismo y utopía, ocasionaron violentos debates y clamorosas excomuniones. El grado de divergencias fue tan alto que generó una avalancha de publicaciones referentes a la anarquía y el comunismo libertario, la tendencia mayoritaria. Prestigiosos autores como Errico Malatesta, Élisée Reclus, Piotr Kropotkin, Jean Grave, Charles Malato, Sébastien Faure, Anselmo Lorenzo y otros, atacaron el tema de la constitución de una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales desde la política, la ciencia moderna, el derecho, la labor pedagógica, la filosofía y cualquier otro ángulo, demostrando el contenido racional, progresista y perfectamente factible del modelo social por el que abogaban. En su folleto de 1895, «La Anarquía», Reclus rechazaba el calificativo de «utópico»: «El sueño de la libertad mundial ha dejado de ser una pura utopía filosófica y literaria, como era para aquellos fundadores de ciudades del Sol o de nuevas Jerusalenes; se ha convertido en el fin práctico, activamente buscado por multitudes de hombres unidos que colaboran resueltamente en el nacimiento de una sociedad en la que ya no habrá amos, ni vigilantes oficiales de la moral pública, ni carceleros, ni verdugos, ni ricos ni pobres, sino tan sólo hermanos…». En el mismo sentido se pronunciaría más tarde Anselmo Lorenzo: «Somos anarquistas, pero no utopistas […] desechamos aquellos futurismos imaginativos que quieren dar a la sociedad del porvenir cierta semejanza con los edenes celestiales de las religiones» (Acracia, 1908). Kropotkin, en La Conquista del Pan y en diversos artículos de la Nineteen Century había intentado demostrar que los materiales y las ideas necesarias para edificar la anarquía ya se encontraban en la sociedad actual, y pensaba que «en el fondo la palabra utopía sólo debiera aplicarse a las concepciones de la sociedad basadas únicamente sobre lo que el escritor considera ‘deseable’ desde el punto de vista teórico, nunca habría que aplicarla a las concepciones basadas sobre la observación de lo que ya se está desarrollando en la sociedad. En ese caso, salimos de la previsión utopista para entrar en la ciencia…». Estaba claro que los escritores anarquistas tachaban de utopías en sentido peyorativo, exclusivamente las ensoñaciones de paraísos exuberantes y edades de oro futuristas, pero, en tanto que atentos lectores de Fourier, no desdeñaban el recurso a fórmulas literarias que rayaban con los edenes.

4. La Edad de Oro está en el futuro

En 1878, Giovanni Rossi publicó en Italia la novela Una Comuna Socialista cuyas críticas a las instituciones, a la familia y a la religión le valieron la cárcel. Intentaba demostrar cómo podía transformarse un pueblo miserable en una comunidad ejemplar sin recurrir a la autoridad, a la propiedad y la ley, todo gracias al trabajo organizado, la instrucción integral y la convivencia íntima. El internacionalista Andrea Costa en 1880 envió a la imprenta un relato corto titulado «El Sueño», donde él mismo despertaba años después en su ciudad natal, completamente transformada gracias a una «gran revolución internacional». El recurso del sueño patentado por Tomás Moro será nuevamente utilizado en la famosa utopía autoritaria de Bellamy, Mirando hacia atrás. El Año 2000, y en su reverso, Noticias de Ninguna Parte, de William Morris, la novela utópica más influyente de la época. Morris no era anarquista, aunque sí amigo de Kropotkin y, dado el contenido, su utopía bien puede calificarse de libertaria. También Ricardo Flores Magón escribirá El Sueño de Pedro. El viaje iniciático es un recurso empleado por las primeras utopías libertarias españolas. En ¡Pensativo!, Juan Serrano Oteiza narra la visita a un pueblo reorganizado en libertad gracias a los certeros consejos de un hombre instruido. Como cabía esperar de un autor partidario de la legalidad, la organización de masas y la educación integral, el cambio transcurre pacíficamente, sin embargo, en La Nueva Utopía de Ricardo Mella (1890), es «producto de una profunda conmoción social». Otros relatos sitúan sus comunidades utópicas en el Polo Norte (Louise Michel en su novela El Mundo Nuevo) o en las intrincadas selvas del Brasil (Vicente Carreras en el cuento «Acraciópolis») pero es más socorrido el típico naufragio frente a una isla como sucede en el relato catalán de Josep Llunas, «Amoria», en la fantasía comunista Tierra Libre, de Jean Grave, o en Los Pacíficos, del individualista Han Ryner. El Congreso Internacional de Ámsterdam, celebrado en 1907, puso de relieve la preponderancia en el medio libertario de las tácticas sindicalistas, que afectaron a las utopías. El ejemplo más claro lo constituye la novela de Émile Pouget y Émile Pataud Cómo Haremos la Revolución, primera utopía sindicalista, editada en 1909 con un prólogo de Kropotkin que invitaba a reflexionar sobre los grandes problemas con los que habrían de enfrentarse los revolucionarios. No obstante, el grueso de las utopías siguió tanto la estela del individualismo, más preocupado por cambiar al individuo, abolir el matrimonio y retornar a la tierra, como la del comunismo anárquico, más interesado en la supresión del dinero y de la «toma del montón», sin faltar los creyentes en la espontaneidad extrema, que veían en la elaboración de cualquier plan una muestra insufrible de autoritarismo. Destacaron, aparte de las de Grave y Ryner, arriba mencionadas, las que Juan Falconet, alias «Pierre Quiroule», publicó en Argentina: Sobre la Ruta de la Anarquía, una vuelta violenta a la naturaleza, y La Ciudad Anarquista Americana, con una crítica urbanista que no leíamos desde las Noticias de Morris. El mensaje de Quiroule advertía contra la conservación de las formas de producción existentes y las aglomeraciones urbanas que les eran consustanciales: «No debemos imaginar bajo ningún concepto una nueva sociedad vaciada sobre el molde de la sociedad actual. Todo lo que existe debe ser sustituido por algo más racional y conforme con las verdaderas necesidades y aspiraciones humanas […] El ideal anarquista consiste en agrupaciones reducidas de seres racionales que buscan en la asociación con sus semejantes el medio de obtener el máximo de bienestar con el mínimo esfuerzo individual y una libertad amplia sin restricciones».

5. La utopía concreta

No acertaríamos a esbozar un cuadro completo si dejáramos de lado los intentos de realizar la utopía dentro de la sociedad clasista tal como proponía la corriente experimental. Incluimos en ellos no solo las tentativas de segregación completa de la civilización capitalista, sino los proyectos de ciudad jardín teorizados por Ebenezer Howard, los talleres cooperativos, los créditos sin interés o los esbozos de intercambio equitativo. Sus partidarios pensaban que se podía empezar a cambiar la sociedad sin esperar a coyunturas favorables, es decir, anticipando a escala menor el modelo de sociedad deseable. Se trataba de demostrar mediante «utopías concretas» que otra manera de vivir era posible en cualquier momento, o sea, que el ideal anárquico era directamente viable. Desde este punto de vista, las experiencias comunales podían ser las mejores herramientas para la transformación social. En América pululaban ese tipo de ensayos, con mejor o peor fortuna. Reclus en El Hombre y la Tierra se refería a «un trabajo de experiencias directas que se manifiesta mediante la fundación de colonias libertarias y comunistas: se trata de pequeñas tentativas que uno puede comparar con los experimentos de laboratorio que llevan a cabo químicos e ingenieros. Estos ensayos de comunas modelo presentan todas el defecto capital de ser construidas al margen de las condiciones ordinarias de la vida, es decir, lejos de las ciudades donde se mezclan los hombres, donde surgen las ideas, donde se renuevan los intelectos. Y, sin embargo, pueden citarse muchas de tales empresas que han tenido un éxito pleno». Kropotkin mantuvo correspondencia con unos seguidores que habían fundado una colonia en Escocia, en la que lamentaba ver a los amigos sustraerse a la obra de la propaganda y de la emancipación definitiva para entregarse enteramente a ensayos quizás fallidos que podían llevar a una desilusión completa. Aun así, daba consejos prácticos para debutar con éxito en la empresa y soslayar los peligros habituales que acechaban a las comunas. El anarquismo experimental, eminentemente presentista, en cambio, se apoyaba en un redescubrimiento del pasado. El referente más directo eran las comunidades de aldea medievales, fenómeno histórico resaltado por Reclus, Kropotkin y Rossi. La experiencia más famosa de «socialismo práctico» fue, sin duda, «La Cecilia», colonia fundada en 1890 por Giovanni Rossi en Brasil, exitosa en lo material, pero frustrada en el propósito convivencial del amor libre. Ya en vísperas de la Revolución Alemana, Gustav Landauer apostó por el experimento cooperativo como táctica revolucionaria: la revolución debía mostrar un lado constructivo, ofrecer contra-modelos socialistas. En fin, en un lado o en otro, los tanteos comunitarios nunca dejaron de producirse y en 1932 el individualista Émile Armand lo hizo constar en un libro titulado explícitamente Formas de Vida en Común.

6. El final de la utopía

Cuando las posibilidades revolucionarias de una época se materializan, la utopía pierde su razón de ser. La realidad la superará tanto en la esperanza como en la decepción. La Revolución rusa en sus comienzos produjo diversos experimentos, así como varias utopías, siendo una de las primeras la de los hermanos Gordin, Por qué o Cómo un Campesino Alcanzó el País de la Anarquía. Probablemente inspiró el Viaje de mi Hermano Aleksei al País de la Utopía Campesina, ficción contraria al desarrollo industrial impulsado por los bolcheviques, lo que en tiempos de Stalin le valió a su autor Alexander Chayanov ser acusado de conspirador y fusilado. La degeneración de la Re-volución en un infierno estatal produjo la primera distopía, Nosotros, una antiutopía que su artífice Evgueni Zamiatin no llegó a titular, y que no adquirió popularidad hasta su publicación en Francia en 1929. A lo largo del periodo de entreguerras se escribieron utopías libertarias bastante optimistas, como Mi Comunismo. La Felicidad Universal, de Sébastien Faure, afirmación absoluta del individuo por encima de cualquier obligación contrato, compartiéndolo todo de buena gana con la comunidad, contrapunto apropiado de la ideología socialista autoritaria. También se redactaron otras de corte naturista. Albano Rosell en En el País de Macrobia, lugar citado por Herodoto, describe una arcadia rural donde la disputa originaria entre el individuo y la sociedad (y entre civilización y naturaleza) ha sido saldada. Una sociedad de vegetarianos buenos por naturaleza se libran a sus instintos primitivos con los mejores resultados. Rosell seguía la línea trazada por los naturianos, de Henri Zisly, corriente que aún produjo la novela Los Náufragos, de Adrián del Valle y en la década de los veinte dejó una impronta permanente en los anarquistas españoles. El Humanisferio de Déjacque fue traducido al español. En la década siguiente, o más concretamente, duran-te el periodo previo a la Revolución Española, la dimensión utópica desembocaba abruptamente en la realidad: las condiciones para la materialización de la utopía se aproximaban y el anarquismo se volvía más mesiánico. Había llegado la hora de la verdad y los proletarios se preparaban para lanzarse a la calle y obtener una victoria que nadie les puede arrebatar. Cuando se cree estar ante las puertas de la anarquía importan más las fuerzas constructivas que aseguren el nuevo orden revolucionario, y estas se van precisando en folletos clarificadores. En consecuencia, Higinio Noja Ruiz se ocupará en conjunto de la nueva organización social; Pierre Besnard, de la función de los sindicatos y del uso adecuado de las capacidades técnicas; Federico Urales, de los municipios libres; Isaac Puente, de la estructuración del comunismo libertario; Bruno Lladó, de la base y medio del mismo; Rafael Ordóñez, de las relaciones amorosas en la sociedad comunista, etc. Apenas un autor, Alfonso Martínez Rizo, osó escribir utopías. En 1933 publicó 1945. El Advenimiento del Comunismo Libertario, año soñado en que el feliz acontecimiento resultó salir de una revolución sin apenas violencia, gracias a una larga y eficaz preparación sindical. El desenlace catastrófico de la guerra civil española, la desbandada del movimiento libertario internacional ante el totalitarismo y la Segunda Guerra Mundial apagaron los fuegos utópicos. En lo sucesivo, ese tipo de literatura perderá todos sus lectores. La fe en el avance del espíritu rebelde, en el creciente aliento de la libertad, o la confianza en el próximo desencadenamiento de las fuerzas sociales, ya no se correspondían con un mundo de ideales derrotados, con la imaginación sepultada e inclinado a lo inmediato. La distopía de George Orwell, 1984, que gira en torno al control total de la mente humana por un Estado totalitario en manos de un partido único, podría ser el réquiem más adecuado de la muerte de la utopía. Sin embargo, Maria Luisa Berneri, de la que nunca lamentaremos lo suficiente su temprana muerte, optó por escribir un Viaje a través de utopía, pensando que en una época sin esperanzas «constituiría un saludable ejercicio volver la mirada hacia quienes soñaron utopías y rechazaron todo lo que no satisficiera su ideal de perfección».

7. La utopía denostada

El descrédito del capitalismo de Estado de raíz estalinista, los efectos catastróficos de la ciencia y la tecnología al servicio de la industria y el poder, junto con la implosión terminal del capitalismo globalizado, han deslegitimado totalmente tanto las doctrinas comunistoides, como las ideologías ciudadanistas y neoliberales, dando lugar a un mundo más propio de las distopías. Fin de la idea de progreso: el futuro será peor. Los distopistas de hoy —si es que existen— parecen ser los realistas más clarividentes. La extinción de la dimensión utópica indica, sin duda, el extravío del pensamiento anarquista ante la pésima actuación de sus representantes oficiales durante la Revolución española, desorientación expandida ante el nuevo orden de cosas, complejo y difícilmente desentrañable. La misma idea de revolución social, descartada en el periodo del exilio por los García Pradas, Santillán, Horacio Prieto, Fidel Miró, Souchy, Leval, Rüdiger, Rocker, etc., parece haber sido desechada en una parte del medio libertario en provecho de callejones identitarios sin salida. Malos son los tiempos para la lírica milenarista, puesto que poco se puede hacer ante el gigantesco rearme de los Estados y sus enormes capacidades represivas, pero la historia se ha cerrado en falso. Como dijo Jerôme Baschet a propósito del movimiento zapatista: «Es hora de reabrir el futuro… el impulso utópico es indispensable». Cabe esperar que la progresiva descomposición del orden y el retroceso de los aparatos de control dejen atrás espacios desregulados donde la necesidad obligue a una autoorganización social equilibrada con la naturaleza y al margen del espectáculo maniqueo de la política y del mercado global. Esa fractura en la continuidad temporal puede devenir instante utópico y paralizar la marcha hacia la catástrofe. En determinadas condiciones de abandono —en un instante como el mencionado— la crisis puede afrontarse desarrollando espacios autónomos, es decir, independientes y autogobernados, donde se puedan disolver la economía y la política como actividades separadas o, dicho de otra manera, reimplantando en ellos el valor de uso, la plaza pública y la democracia directa de las asambleas de base y los consejos, algo que la autoridad triunfante creía haber superado para siempre con sus inapelables victorias.


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