Simón Royo Hernández
«Surgieron, como no podía ser de otro modo, en Grecia, al iniciarse el siglo IV a.C. Se dejaban crecer la barba, usaban alforja, un sencillo manto doblado y bastón. Vivían como mendigos, al aire libre, realizando en público las labores de Ceres y Afrodita». «Los dioses —decían ellos— no necesitan nada y los que son semejantes a los dioses necesitan lo menos posible». Se llamaban a sí mismos perros, su lema era transmutar los valores y a él se entregaron sin descanso; ninguna institución escapó a su crítica: familia, propiedad, religión, Estado… eran blancos de su mordacidad hiriente y corrosiva. Pocas veces se hallará en la historia del pensamiento doctrina que mantenga tal desprecio hacia los valores tradicionales y sustente una exigencia tan firme de libertad individual. Pero su mayor extravagancia, aquello en lo que fueron de verdad originales, fue tomarse en serio la moral, edificando una doctrina que cifra la felicidad en la autosuficiencia y antepone a cualquier otra cosa la libertad. Siendo característica definitoria del cinismo su odio por todo lo inútil, su doctrina es de una extraordinaria sencillez (lo que, sin duda, la perjudica a nuestros ojos, más todavía si consideramos cómo otras doctrinas aún más simples debieron de ser rodeadas de todo tipo de intríngulis y sutilezas antes de su universal reconocimiento) y el diagnóstico de los males humanos no puede ser más simple: se afanan los hombres en la realización de trabajos y proyectos inútiles que les dejan exhaustos y desencantados; la insaciabilidad, la desmesura del deseo, mediatizado y pervertido por la civilización, hace a los individuos infelices (lo malo de los deseos es que acaban por cumplirse y este cumplimiento lo es al precio de la infelicidad y la desgracia). Frente a esto se impone la vuelta a la naturaleza, es decir, a modos de vida más naturales y simples de los que una civilización demente nos ha apartado. El cínico es un marginal, un outsider. Se coloca fuera de la sociedad y la cultura y su conducta responde a un doble ideal de vida: de una parte, la autarquía, renuncia a cuanto de ajeno, de extraño, hay en el individuo, pues el objetivo es el hombre completo emancipado de lazos externos, que ha logrado, gracias a ese trabajo de depuración que recibe el nombre de ascesis, no necesitar para nada de su enemiga la civilización; de otra, la libertar de palabra, la franqueza con que oponerse y resistir a todo lo que nos disminuye o embrutece, a lo que nos niega el cumplimiento de la individualidad plenamente desarrollada, del espíritu libre1».
En una Contrahistoria de la Filosofía que quiera hacer valer lo an-arché o anárquico y libre sobre el arché o principio de dominación, las filosofías helenísticas vilipendiadas por la tradición, el cinismo, el escepticismo y el hedonismo, exceptuando un tanto al estoicismo, pueden ser reivindicadas desde el anarquismo filosófico contemporáneo como emergencias de lo anárquico.
Entre los Sistemas filosóficos creados a partir de Platón y Aristóteles, y los cristianizados por Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, auténticas catedrales góticas que subsumieron la Filosofía en la Metafísica, torres verticales jerárquicas fundamentadas piramidalmente a partir de un gobierno y una gobernanza, tenemos como antecedentes anárquicos a algunos presocráticos y a Sócrates, también a las filosofías helenísticas mentadas, todo ello, como decimos, como ejemplos de la irrupción de lo anárquico en la historia del pensamiento.
Hay en la Historia de la Filosofía una lucha soterrada de la anarquía por la libertad de pensamiento frente a los Sistemas Filosóficos que ha quedado oculta, que no se ve y no se estudia, un relato no dicho que el anarquismo en la actualidad tendría que sacar a la luz.
El filósofo Michel Foucault luchó para que el decir la verdad no fuese algo jerárquico, no estuviese nuestra veracidad en manos de directores espirituales, confesores, psiquiatras, psicoanalistas, jueces, torturadores o carceleros, gobernantes, en definitiva, que tuviesen que sonsacárnosla. De ahí que comenzase su lección sobre la libertad de palabra (parresia) citando el recomendable texto de Plutarco «Cómo distinguir a un adulador de un amigo».
Solamente entre amigos y compañeros, en condiciones de igualdad, surge con facilidad el hablar francamente, pues en una sociedad jerarquizada, que autoriza a unos pocos a decir una supuesta verdad que no es sino confirmación de la dominación vigente, solamente personajes anárquicos como los cínicos, se atreverán a decirle las verdades al tirano, denotando así un modo de vivir y de existir, un modo anti-sistema y anárquico. Pero decimos esto llevando a Foucault más allá de Foucault, inclinándole hacia el anárquico que habitaba en él, en pugna con el maoísta y el estructuralista, el historiador y el hijo de médico.

Llamar a la anarquía sin decirlo como hace Foucault al hablar del gobierno de sí y de los otros resulta equívoco, debería denominarse a eso llamar al autogobierno de sí con los otros.
Foucault, como no ve que haya espacio sin poder, sin gobierno, no puede llegar a concebir el autogobierno de sí con los otros, se queda en un lugar cercano, pero aún dentro del marco del gobernar y del poder, un planteamiento que reduce el saber al poder. Su intención es minimizar el poder, pero no llega a considerar posible eliminarlo, es en eso un anarco-escéptico. Al fin y al cabo, al ejercer de maestro y profesor en las más altas instituciones académicas y universitarias, Foucault estuvo lejos de verse libre del marco estatal e institucional bajo el que se cobijaba, si bien, desde ese lugar realizó una crítica bastante cínica de la sociedad moderna en que vivía y que administraba su existencia. Logró llevar una vida filosófica a pesar de ser un eminente profesor, no gracias a ello.
El que le dice las verdades a la sociedad, esas que desenmascaran que su gobierno es tiránico, explotador, totalitario, que es dominación incluso y aunque se denomine democracia y diga seguir los derechos humanos, ese, corre un riesgo, porque está siendo an-arquico, está desenmascarando al poder, no solamente en su clara verdad de poder dictatorial, sino en sus mil caras ocultas de dominación con apariencia de libertad. Poniéndolo en evidencia, lo desnuda y queda a la vista.
De ahí que Foucault diga que es valiente o tiene coraje quien dice la verdad, aunque conciba ese decir de manera demasiado dialógica, como un diálogo entre dos, en lugar de concebirlo también como un diálogo consigo mismo, esto es, con la multitud que habita a cada cual, y luego también con los demás y la de los demás.
El riesgo de sufrir violencia por la franqueza tiene que ver con relaciones de fuerza asimétricas, pues decirle a un rey que es un tirano puede suponer la muerte, mientras que decirle una verdad incómoda a un amigo, esa que nadie que no es amigo se atreve a decirle, ciertamente puede acabar con la amistad, pero si la amistad está bien constituida, podrá también favorecerla, incrementarla y fortalecerla.
Decir la verdad al rey, al pueblo o al amigo, conlleva riesgos, pero el juego de la parresia solamente se libra sin riesgo, entre compañeros o amigos, en verdadera democracia, y yerra Foucault al considerar ese juego también como jerárquico, pues jamás un rey aceptará que se le ofenda con la verdad. Si reyes, políticos o empresarios, aceptan consejeros, seres que les digan la verdad y no sean solamente aduladores, tales consejeros serán como Platón lo fue del tirano de Siracusa, es decir, serán finalmente asesinados o vendidos como esclavos si no se vuelven serviles y aduladores.
Si para que se lleve a cabo ese juego es necesario que el que recibe la verdad dolorosa pueda aceptarla, solamente en condiciones de un poder simétrico, igualitario y, por tanto, en desactivación de la jerarquía y del gobierno, es decir, en democracia y anarquía, puede darse tal juego, a nuestro juicio.
Según Foucault, el poder usa la retórica y no tiene que creer siquiera en lo que pretende inculcar como verdad, el Poder dice una verdad —supuestamente positiva— como hacen los profetas, sabios, y profesores o técnicos de un saber, o dice una verdad —supuestamente negativa— como hacen, jueces, psiquiatras, sacerdotes y carceleros. Todos ellos dicen una verdad en función del arché, del principio, fundamento, mando, orden, jerarquía, en que se inscriben, dicen una verdad, no dicen la verdad.

Pero puesto que Foucault admite que la posibilidad de decir la verdad como parresia no pertenece a ningún gremio y difiere de la retórica, parece admitir que pertenece a todos los seres humanos, entonces, por eso mismo, tendría que haber llegado a la conclusión de que ese habría de ser un decir anárquico, corolario al que su obsesión por ver dominación en todas partes no le permitió llegar. Así es como se le aparecen los cínicos como los parrhesiastas por excelencia de la antigüedad y no las demás escuelas helenísticas, aunque de ese proceder anárquico también pueda vislumbrarse algo entre los hedonistas, y menos o nada entre los estoicos. El filósofo cínico, como el anárquico, es popular, no elitista, no se dirige, como Platón y los sofistas para educarlos, a los hijos de las clases sociales más elevadas de la ciudad, sino a todo el mundo, incluyendo a los más pobres y humildes, a los trabajadores o los esclavos, pero también, enfrentadamente, a reyes y príncipes, a todos sin distinción de clase. La instrucción cínica y anárquica, se diferencia de las enseñanzas de clase, en que es intelectual y moral, no teórica, como la del Sócrates enseñando-dialogando con un esclavo, o interrogando a artesanos y agricultores, aunque Platón lo pinte más bien rodeado de pijos, como era su caso.
El cínico llega más allá incluso que la ironía socrática y la valentía política, nos dice Foucault, pues: «El coraje cínico de la verdad consiste en lograr que los individuos condenen, rechacen, menosprecien, insulten la manifestación misma de lo que admiten o pretenden admitir en el plano de los principios. Se trata de hacer frente a su ira presentándoles la imagen de aquello que, a la vez, ellos admiten y valoran como idea y rechazan y desprecian en su vida misma2».
En el plano de los principios (archai) están todavía los filósofos que no son capaces de reconocer que la filosofía misma es anárquica, toda su deconstrucción de los principios de la racionalidad universal, toda su crítica de la colonización, del etnocentrismo, su feminismo, su ecologismo, se quedan cortos porque hay todavía pilares jerárquicos que no son capaces de demoler, puesto que su demolición les afectaría a ellos mismos demasiado. Resulta muy difícil que alguien comprenda cabalmente algo del todo si esa comprensión implica una pérdida de su posición social y su poder adquisitivo. De ese modo, los filósofos actuales se resisten a reconocer que en la Universidad ni se enseña ni se practica la filosofía, que no enseñan filosofía alguna, sino que enseñan las doctrinas pretéritas historiográfica y filológicamente para tener de ese modo una forma de remuneración y subsistencia. No pueden soportar el escándalo cínico de alterar la moneda, netamente anárquico, no arriesgan su vida y posición para decir la verdad.

La vida libre como condición de libertad de palabra y acción afecta a todo el mundo, incluidos los filósofos, que, al ir aceptando principios, la fueron suprimiendo. Al querer recuperar esa vida libre los filósofos pasaron a deconstruir los principios en que se habían encerrado, pero en el momento de llegar a arriesgar demasiado, les entra miedo y se frenan, porque ven consecuencias para con ellos mismos y sus vidas que en lugar de ganancias, interpretan como pérdidas.
Cuando la filosofía dejó de ser una forma de vida y se convirtió en una profesión quedaron solamente la ciencia y religión, que se perfilaron como los saberes que mostraban la verdadera vida: una vida determinada, jerarquizada, sojuzgada, administrada, que decía a cada cual, cuál era su lugar en ella. Ciencia y religión quedaron como los lugares donde emergían los principios rectores que gobiernan el mundo, incluida la vida de todos y de todas. El arché triunfaba sobre el an-arché. «Confiscación del problema de la verdadera vida por la institución religiosa. Anulación del problema de la verdadera vida en la institución científica3». Foucault ve con razón a Montaigne o a Spinoza como excepciones, pero es que ninguno de ellos era profesor.
El olvido de la filosofía como forma de vida hace que ésta ya no pueda validarse ni manifestarse más que como saber científico sometido a principios. Si se torna anárquica, recupera mediante un proceso de deconstrucción de sí misma, la situación de libertad de vida y pensamiento originaria, la anarquía que la subyace.
El enigmático anti-principio cínico de alterar la moneda, falsificar moneda, cambiar el valor de la moneda, significa el derrumbe del chantaje de los garbanzos, la pérdida del miedo a quedarse sin comer si no se siguen las normas y no se obedece a los que mandan, no aceptar el principio del dinero y del poder es condición de posibilidad de cualquier libertad, incluida la de expresión, para un decir la verdad, ya sea la del filósofo o la del periodista, la del historiador o la del artista. Como Wittgenstein, Buda o Kropotkin, cínicos como Crates, abandonaron sus muchas riquezas para poder llevar una vida libre, aunque ello no signifique que haya que ser pobre y mendigo para poder ser libre, sino que se tiene que estar liberado de las ataduras que la riqueza representa.
Si el representante mitológico de los cínicos fue Heracles, Hércules, eso significa que hay que tener una fortaleza sobrehumana y heroica para realizar los trabajos de desprendimiento de las ataduras que implica la vida en libertad, se tiene que luchar contra una docena de monstruos y vencer. El cambio de valor de la moneda, que el dinero ya no tenga valor, su reevaluación y falsificación, implican que no importa la riqueza o la posición social si se logra la libertad.

Según Foucault eso sucede después de seguir el precepto délfico socrático, también cínico, el de: conócete a ti mismo, esto es, tras un periodo de autoconocimiento. Con ello «se sustituye la falsa moneda de la opinión que uno tiene de sí mismo y que los otros tienen de uno por una verdadera moneda que es la del conocimiento de sí. (…) Diógenes pudo reconocerse y ser reconocido por los otros como superior al propio Alejandro. (…) Encontramos, desde luego, una serie de interpretaciones de este principio, esencialmente en torno a la cuestión de que nomisma es la moneda, pero también el nomos: la ley, la costumbre. El principio de alterar el nomisma es también el de cambiar la costumbre, romper con ella, infringir las reglas, los hábitos, las convenciones y las leyes4».
Nos engañamos, sin embargo, si seguimos llamando principios a las reglas de conducta de los cínicos, es mejor denominarlas reglas, como las que se ponen a un juego, que pueden ser transformadas y cambiadas junto al juego mismo, en el espacio de juego de la libertad y la igualdad, espacio anárquico, caben muchas reglas, pero ningún principio, porque las primeras son egalibertarias mientras que el segundo implica la permanencia de un fundamento que implica una jerarquía. Las reglas se diferencian de las leyes y costumbres en que no se basan en ningún principio, fundamento, base piramidal, en que son horizontales y no verticales.

Los filósofos cínicos son llamados perros, la propia etimología de la palabra a la conjunción de ambos términos remite. Pero para darle un sentido positivo que contrarreste su acepción peyorativa habrá que considerar a los perros como mejores que los hombres. Si la naturaleza y la animalidad son esenciales en el cinismo, los cínicos son como perros porque son animales domesticados, puesto que habitan en una ciudad y viven en sociedad, mantienen cierto salvajismo, pero no llegan a ser lobos, motivo de que Diógenes arrojase su cuenco con furia al ver que un niño, al beber agua fresca de un manantial haciendo cóncavas sus manos, le habría superado en el no necesitar de nada y vivir lo más posible conforme a la naturaleza.
La palabra cínico ha venido a significar, en nuestros días, precisamente, lo contrario de los que significaba antaño, pues si en la antigüedad implicaba la conformidad entre lo que se decía y cómo se vivía, entre un pensar y su obrar, en la actualidad se usa para designar a quienes, como los políticos, dicen que no hay que robar mientras están robando, se usa para definir a quien mantiene una impostura y es falso y contrario a la verdad. Resulta curioso cómo se ha desvirtuado el sentido original de palabras que han representado una firme oposición al poder en todos los tiempos, anarquía es una de ellas también, muestra de que ni siquiera el lenguaje está a salvo de la tergiversación por parte de los saqueadores de toda época y lugar.
El cínico anárquico de la antigüedad ladra y enseña los dientes a quienes pretenden que abandone del todo su salvajismo, es el guardián de la verdad y el crítico de la impostura, reconociendo a quien es bueno y distinguiéndolo de quien es malo, solamente con el olfato. Ya Platón y antes Heráclito habrían dicho cada uno en una ocasión que los perros son filósofos, porque en cierto modo conocen y discriminan.

La falta de pudor o de vergüenza con la que despectivamente se les caracteriza, antes que ser un aspecto negativo según la sociedad y los detractores de su forma de vida, resulta un aspecto positivo desde el punto de vista anárquico. Los cínicos no se avergüenzan si van desnudos, si no esconden nada, no les avergüenza el sexo o de si dicen y manifiestan, con franqueza, lo que otros callan, nada sano y verdadero quieren ocultar por motivo de costumbres, leyes o usos sociales. A ellos les repugnan tanto los adornos y vestimentas como a los puritanos de todos los tiempos repugna y escandaliza la desnudez. El naturismo actual es de origen cínico, aunque ya todos los griegos de la antigüedad practicaban la gimnasia, como la propia etimología de la palabra griega de que procede significa, desnudos (gymnós).
Como un perro, un cínico puede vivir en entornos salvajes, en la naturaleza, como perro callejero o vagabundo y mendigo en la ciudad o como perro doméstico de una casa o un palacio, lo cual, le es indiferente, si le venden como esclavo exclama: «Yo sé gobernar. ¿Quién quiere comprar un amo?». Sin necesidades que le aten, lleva una vida verdadera de autogobierno, independiente, soberana, luego es capaz de no avergonzarse de nada ni sentirse culpable por nada.
La vida soberana, autárquica, al estar satisfecha, al regocijarse en sí misma, es un bienestar que se abre a la relación libre e igual con los otros, está lista para la ayuda mutua entre amigos y compañeros, vida ejemplar también para los demás. El resultado paradójico es que el cínico, al reinar sobre sí mismo es rey, antes que los aristócratas.
Necesita poco un cínico, eso ha hecho que se confunda esa propuesta de existencia auténtica con una auto-imposición de la pobreza. Lo mismo ocurre con el anarquista, pues incluso Ursula K. Le Guin en su novela de ciencia ficción Los desposeídos, al imaginar un planeta futuro anarquista, lo imagina en la pobreza, con recursos escasos. El anárquico, como el cínico antiguo, puede vivir en la pobreza o en la riqueza, en toneles o en palacios. Como sabe que la moneda es falsa, el dinero, no le importa, pero eso no quiere decir que escoja la pobreza, sino que está dispuesto a afrontarla antes que venderse al mejor postor.
Otra cosa entonces será la de imaginar una comunidad en la que convivan los anárquicos que la prolongación de las consecuencias negativas de no aceptar el chantaje de la sociedad capitalista, ese otro mundo posible habrá de ser un mundo en el cual quienes lo conforman tienen muchas capacidades y pocas necesidades, de ahí que una comuna anarquista en un planeta de ciencia ficción, como utopía posible anticipada, bien pudiera situarse en la abundancia de los excedentes y no en la carencia de las necesidades.
No estamos de acuerdo con Foucault y otros autores, por tanto, en que la pobreza sea esencial en el cínico, lo es el despojamiento de todo lo superfluo, y, ciertamente, el dinero lo es. Por ese motivo en cínico Crates repartió su fortuna. Pero entre necesitar poco y ser un necesitado hay un abismo infinito, el que separa al que carece de muchas necesidades del más necesitado, al independiente del más dependiente. Fácil resulta confundir entonces a Diógenes con un pobre, aunque, en cierto sentido, fuese más rico y más rey que Alejandro Magno. La correlación entre la vida pobre del cínico y vida humillada, en fealdad, sucia, degradada y desgraciada, solamente resulta de los parámetros de la ciudad, de la aceptación implícita de la moneda como valor de cambio. El cínico no acepta la pobreza, la esclavitud, la mala reputación y la mendicidad, como ideales de su existencia, simplemente, si se ve abocado a ello, no le importa, porque está por encima de esos parámetros. Ya hemos dicho que no se parece a nuestros indigentes modernos sino, más bien, a los punkies de los años 1970, eran más como una tribu urbana que como un estigma sociológico.

Nosotros diríamos hoy entonces a ese respecto que el cínico es uno de los primeros en pasar del homo sapiens al anarcántropus mediante una ecosofía que le reintegra en la naturaleza.
El gesto cínico fue interpretado ya en su tiempo, como un retorno a la naturaleza, aunque hoy lo veamos nosotros como superación de lo humano, de ahí que se le asociase con los perros, con unos seres a medio camino entre lo salvaje y lo civilizado, lo indómito y lo domesticado.
Los socráticos al disociar cuerpo y alma, pretendiendo cuidar de lo segundo ante la degradación de lo primero, inventaron con Platón la metafísica, luego la teología cristiana lo heredó, su otro mundo era trascendente, mientras que, los cínicos, sin abandonar la inmanencia, sin creer en el alma, no duplicaron fantásticamente el mundo, sino que rechazaron la sociedad para tratar de vivir ahondando en sus cuerpos conforme a la naturaleza, reivindicando su animalidad. Foucault es consciente de ello: «en el ascetismo cristiano hay, por supuesto, una relación con el otro mundo, y no con el mundo otro5». El otro mundo posible de los cínicos es un mundo otro al vigente y no ningún más allá.

Como un perro, el fino olfato del cínico detecta a la legua esa impostura metafísica, distingue al amigo del enemigo, el bien del mal, los esclavos de los libres, la terrenal y real de lo celeste o imaginario, es el perro guardián que vigila a la sociedad y ladra y gruñe ante sus falsedades y ante las obligaciones innecesarias que ella impone.

La película Dogman (2023) dirigida por Luc Bresson comienza con una cita de Lamartine: «Siempre que hay un desafortunado, Dios le envía un perro». En ella se nos presenta la historia de Douglas, que, de niño, fue maltratado por un padre y un hermano violentos, que lo arrojan a una jaula donde convive con los perros, también maltratados, durante años, hasta que logra escapar con los perros.
En un momento dado el hermano maltratador, tan beato como sádico y agresivo, pone una pancarta en la jaula en la que ha escrito: «In the Name of God», la cual, leída por el encerrado al revés desde dentro de la jaula que comparte con los perros, reza: «Dog / emaN».

En lugar de atacarle, al ser encerrado con ellos, los perros protegen a Douglas y son durante mucho tiempo su única compañía. Logrará escapar con los perros, como hemos señalado y acabará llevando una vida al margen de la sociedad, siempre acompañado con sus fieles amigos que le ayudan y le protegen. Bien adiestrados los perros acaban robando joyas en casas lujosas para que Douglas pueda subsistir y darles cobijo.

También aficionado a disfrazarse, después de haber pasado el protagonista por un centro de acogida donde aprende teatro, consigue un trabajo de cantante travestido, pero al enfrentarse a unos criminales que amedrentaban a la gente, se desencadena una batalla entre perros y humanos, que culmina con su detención por la policía.
Cuando finalmente es capturado por las autoridades, el protagonista humano, dialogando con una psiquiatra de la policía, nos ofrecerá a través de tal diálogo, la siguiente comparación entre los perros y los humanos:
«Psy: ¿Dirías que amas más a los perros que a los seres humanos?
Doug: ¡Por supuesto! Cuanto más conozco a los hombres más amo a los perros.
Psy: ¿Qué cualidades poseen que los humanos no tienen?
Doug: Tienen belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, valentía sin pereza y todas las virtudes de los humanos sin ninguno de sus vicios. Hasta donde sé solo tienen un defecto.
Psy: ¿Cuál es?
Doug: Confían en los humanos».
Ahora se puede comprender mejor lo que para nosotros significa la asociación de los cínicos con los perros, para los ciudadanos bien pensantes un insulto, para nosotros un elogio.

La filmografía contemporánea no ha dejado de ilustrar este punto tanto a través del filme anteriormente mencionado, como de la película del director chino Guan Hu: Black Dog (2024), en la cual, un motociclista exconvicto trama amistad con un fiero perro negro en un desierto chino en donde la emigración a las ciudades dejó perros abandonados y que se prepara para los juegos Olímpicos de 2008 en Beijing erradicando a las manadas de perros salvajes el lugar.
Hay perros policía, desde luego, aquellos a los que han adiestrado para servir al poder, pero por naturaleza el perro es un animal de manada, que se une a quienes le tratan bien y en varias manifestaciones contra el poder varios perros se hicieron famosos por unirse a los manifestantes, eminentemente tres de ellos, Laukanikos en las protestas de Grecia, Rucio Capucha y Negro matapacos en las protestas de Chile, tres perros anárquicos que se sumaron a los manifestantes frente a los policías antidisturbios que venían a golpearles. Si a los cínicos llamaron perros fue por ese instinto de rebeldía contra el poder y sus agentes agresores, la horda anarquista se asemeja a una congregación de cínicos dispuestos a enfrentarse al poder establecido.

Dice Foucault que la forma de vida cínica: «es la continuación, pero también la inversión escandalosa, violenta, polémica de la vida recta, la vida que obedece a la ley (al nomos)6». Lo es, pero también es la vida que anuncia otras reglas que pueden surgir del autogobierno de si con los otros, las de una comunidad anárquica o una manada de perro-lobos sin jerarquía para seguir con la metáfora canina.
Si no se sigue la ley de la ciudad, sino que se respetan las reglas de la naturaleza, como hacían los cínicos, ocurre que: «En la vida cínica no puede aceptarse ninguna convención, ninguna prescripción humana, si no se ajustan exactamente a lo que se encuentra en la naturaleza, y sólo en la naturaleza. De tal modo, los cínicos rechazan desde ya, el matrimonio, rechazan la familia y practican o pretenden practicar la unión libre7». Como todos los anarquistas que han hablado del amor libre, los cínicos, rechazaban todas las formas de unión, eclesiástica o civil, administradas por la religión o por la burocracia social de la ciudad.
Los cínicos no se dirigen solamente a los griegos sino a toda la humanidad, su apuesta la hace por sí mismo y por y para todos los demás, sin distinción de clase o etnia. Tan fuertes y autosuficientes como Hércules los cínicos luchan por un mundo sin monstruos para todos, no para ningún reducido grupo ni para una secta o Iglesia, como los activistas de otros movimientos filosóficos o políticos.
Foucault ve en los cínicos una universal «forma de lo que podríamos llamar la vida militante, la vida de combate y de lucha contra uno mismo y por uno mismo, contra los otros y por los otros (…) la idea del luchador, que está siempre en la brecha, no guarda nada para sí y, al contrario, sufre su propia miseria para mayor bien de todos: me parece, en suma, que todo esto está bastante cerca de la noción mucho más moderna de militancia. (…). Una forma particular: un militarismo abierto, universal, agresivo, un militantismo en el mundo, contra el mundo8». Ahora se dice más activista para separarse del vocabulario militar, la cual, tampoco es una buena palabra.
El filósofo francés presta demasiada atención a la caracterización de los cínicos dada por el estoico Epicteto, que les recrimina pretender que uno se hace cínico por elección sin atender a los dioses, poniendo en duda que alguien «se autoinstituye cínico9». Uno se autoinstituye cínico o anárquico al adoptar una forma de vida cínica o anárquica, no necesita ninguna sanción divina pues no es ninguna misión divina. El ateísmo anárquico de los cínicos contrasta con el teísmo de otras sectas antiguas hasta hacerlos únicos en la elección de vida sin sanción divina. Nadie les tenía que dar el carné de militantes.

La ascesis, la práctica, una serie de ejercicios, es cierto que aparece en todas las filosofías helenísticas como vía para autoinstituirse como cínico, epicúreo, estoico, escéptico, luego aparecerá en el cristianismo y sus órdenes, pero lo característico del cínico es que rechaza toda sanción divina, en que es materialista y ateo, siendo el único al que al final se le podría aplicar completamente la divisa de tratar de vivir sin Dios ni sin Amo. A diferencia del estoico los cínicos no aceptan todos los golpes del destino, se distancian de la sociedad para no ser golpeados por ella, aceptando que se les golpee e insulte por ello, pero invirtiendo la situación para así devolver el golpe.
La resistencia cínica no es la estoica, aunque sean ambas muy fuertes. La cínica se autoexcluye de la política puesto que su quehacer compete a la libertad o servidumbre de toda la humanidad y no a las de Roma o de Grecia. El recurso de mezclar cinismo y estoicismo para explicar al primero es lo que permite a Foucault ligarlo a una continuidad posterior del cristianismo, ciertamente presente en los ascetas y místicos posteriores, siempre que sean más bien heréticos y, con ello, cercanos al ateísmo panteísta, al Deus sive Natura de Spinoza, para el cual la tierra es sagrada porque es común y es de todos los seres que la habitan por igual.
- Rafael Sartorio Los cínicos. Editorial Alhambra. Madrid 1986, Presentación, pp.7-8. ↩︎
- Michel Foucault El coraje de la verdad. Clase del 14 de marzo de 1984. Primera hora. ↩︎
- Michel Foucault El coraje de la verdad. Clase del 14 de marzo de 1984. Primera hora. ↩︎
- Michel Foucault El coraje de la verdad. Clase del 14 de marzo de 1984. Primera hora. ↩︎
- Michel Foucault El coraje de la verdad. Clase del 28 de marzo de 1984. Primera hora. ↩︎
- Michel Foucault El coraje de la verdad. Clase del 14 de marzo de 1984. Primera hora. ↩︎
- Michel Foucault El coraje de la verdad. Clase del 14 de marzo de 1984. Segunda hora. ↩︎
- Michel Foucault El coraje de la verdad. Clase del 21 de marzo de 1984. Primera hora. ↩︎
- Michel Foucault El coraje de la verdad. Clase del 21 de marzo de 1984. Segunda hora. ↩︎
2 comentarios en “Historia de la filosofía anárquica 3. Foucault y la parresia. El Cinismo antiguo y la Anarquía. Segunda parte.”