La Anarquía y la Academia: ampliando a David Graeber

Simón Royo Hernández

“Cuanto tiempo pueda durar es otro tema; era una forma de libertad muy sutil, frágil. Muchos espacios como esos han sucumbido, tanto en Madagascar como en otros lugares. Otros perduran, y a cada momento nacen nuevos. El mundo contemporáneo está lleno de esos espacios anárquicos, y cuanto más éxito tienen, menos oímos hablar de ellos. Ni siquiera cuando se acaba violentamente con ellos nos llegan a los forasteros noticias de su existencia” (David Graeber, Fragmentos para una antropología anarquista, p.42).

“Dado que los anarquistas no persiguen la toma del poder en un territorio nacional, el proceso de sustitución de un sistema por otro no adoptará la forma de un cataclismo revolucionario repentino, como la toma de la Bastilla o el asalto al Palacio de Invierno, sino que será necesariamente gradual, la creación de formas alternativas de organización a escala mundial, de nuevas formas de comunicación, de nuevos modos de organizar la vida menos alienados que harán que los modos de vida actuales nos parezcan, finalmente, estúpidos e innecesarios” (David Graeber, Fragmentos para una antropología anarquista, p.51).

A principios de los años 90 del pasado siglo me encontraba cursando el cuarto o quinto curso de la Licenciatura de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid cuando un suceso conmocionó la vida académica y la rutina en la que nos encontrábamos. Alguien había realizado un panfleto y había dejado fotocopias de este por todas partes.

En ese entonces no había casi Internet y los ordenadores no eran todavía tan usados como ahora. El panfleto estaba escrito con una máquina de escribir, ni siquiera por ordenador y más se parecía a aquellos que circularon durante la revolución francesa en la época de la Ilustración, con los cuales se enfrentaba la burguesía en ascenso y el proletariado emergente al absolutismo, que a los que pueden verse y realizarse hoy, tan fácilmente, con ayuda de las nuevas tecnologías.

Se trataba de un papel con unas letras al frente y un dibujo detrás, que se encontraba disperso por todas partes en la Facultad de Filosofía.

Pude ver al decano, muy azorado, con una papelera en mano, recorriendo los pasillos, la biblioteca y la cafetería, para recoger en su canasto todos los papeles que podía. Me dio pena. Yo le estaba agradecido al decano ya que había traído a Pierre Aubenque –uno de los que más saben de Aristóteles en el mundo y un profesor excepcional que nos lo explicaba todo en castellano– a que nos diera unas charlas a la Universidad, así que, le ayudé a recoger algunos panfletos y tirarlos a su cesto. Pero volvían y volvían a aparecer.

Durante un tiempo se comentó en todos los rincones. Esther, que era la que iba de entendida en mi clase, me dijo que sabía quién lo había escrito, me explicó que se trataba de una guerra interdepartamental, una batalla en la que se enfrentaban dos grupos de presión, pero dijo que no quería dar nombres ni identificar a personas.

No me creí mucho sus explicaciones, aunque tenía fama de ser la que lo sabía todo respecto a las comidillas internas de la universidad.

Indagando por mi cuenta pude descubrir que el autor de la Carta a los profesores infames había plagiado. El panfleto era una mezcla del Manifiesto comunista y una copia, en buena parte literal, de una carta que aparecía en el libro La conjura de los necios, de la mano del inolvidable personaje: Ignatius Reilly.

Seguí preguntando e indagando, pero nunca di con el autor. Lo cierto es que al poco tiempo se pasó la novedad y las cosas volvieron a su cauce, pero según me llegó a decir una profesora, durante dos meses, en la sala de profesores, no se hablaba de otra cosa y, conociendo al personal, las teorías sobre la autoría y motivaciones, sobre las conspiraciones y quien había detrás de la fechoría, debieron ser abundantes.

Para más, luego salió una Carta al autor de la carta a los profesores infames, salida, a todas luces, de la mano de un profesor, lo cual fue rizar el rizo y dio lugar a nuevas interpretaciones y especulaciones.

Al cabo de un tiempo salieron imitadores, un cartel anónimo indicaba por los pasillos que: «el profesor Navarro Cordón ha prometido que, el año que viene, dará las clases en castellano». La cosa tenía su gracia porque era cierto que el profesor Navarro solía dar sus clases pronunciando dos palabras en alemán, una en griego y otra en francés por cada castellana que empleaba. Ese nuevo panfleto ya no tuvo mucha repercusión, pues ya nos habíamos agotado con el anterior.

Comparto entonces mi pequeño descubrimiento, esto es, que el autor se había basado en el subsiguiente párrafo de John Kennedy Toole, pero repito que nunca averigüé nada más y las diferentes teorías que escuché en su día ni me resultaron convincentes ni me permitieron identificar al autor, autora o autores, del panfleto.

«El doctor Tale encendió un Benson and Hedges, mirando por la ventana de su despacho de la Facultad de Sociología. Al otro lado del campus a oscuras vio algunas luces de las clases nocturnas de otros edificios. Había estado toda la noche rebuscando en su escritorio sus notas sobre el monarca inglés de la leyenda, notas copiadas precipitadamente de un resumen de la historia inglesa de cien páginas, que una vez había leído en edición de bolsillo. La conferencia sería al día siguiente, y ya eran las ocho y media casi. El doctor Tale tenía fama como conferenciante por su ingenio ágil y sarcástico y por sus generalizaciones fácilmente digeribles, que le hacían popular entre las estudiantes y le ayudaban a ocultar su falta de conocimiento de casi todo en general y de la historia inglesa en particular. Pero hasta Tale se daba cuenta de que su fama de refinamiento y facundia no le salvarían de su incapacidad absoluta para recordar cualquier cosa relacionada con Lear y Arturo, aparte del hecho de que el primero tenía algunos hijos. Tale dejó el cigarrillo en el cenicero y empezó de nuevo por el último cajón. Al fondo de éste, había un montón de papeles viejos que no había examinado con excesivo detenimiento durante la primera inspección del escritorio. Colocando los papeles en el regazo, fue ojeándolos uno a uno y descubrió que, tal como había imaginado, casi todos eran ejercicios no devueltos que había acumulado a lo largo de un período de más de cinco años. Cuando se detuvo a examinar uno de ellos, sus ojos cayeron sobre una hoja arrugada y amarillenta de papel Gran jefe en la que había escrito, en rojo, lo siguiente: Su total ignorancia de lo que profesa enseñar merece pena de muerte. Dudo que sepa usted que a San Casiano de Imola le mataron sus propios alumnos atravesándole con sus estilos. Su muerte, un martirio perfectamente honorable, le convirtió en santo patrón de los profesores. Encomiéndese a él, tonto extraviado, pseudo pedante que se dedica a decir «¿Alguien para el tenis?» y a jugar al golf y a trasegar bebidas alcohólicas, pues necesita usted realmente un santo patrón. Aunque sus días están contados, no morirá usted como un mártir (pues no defiende usted ninguna causa santa), sino como el perfecto imbécil que en realidad es. EL ZORRO. Sobre la última línea de la página, había dibujada una espada. —¿Qué habrá sido de él? —se dijo Tale en voz alta» (John Kennedy Toole, La conjura de los necios).

Panfleto El gato de Chesshire [sic], encontrado en los años 90 del pasado siglo en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

David Graeber comienza uno de sus más famosos libros1 Fragmentos para una antropología anarquista, con el artículo: ¿Por qué hay tan pocos anarquistas en la academia?

Lo que sigue no es un comentario de esa obra, sino un diálogo con ella con la intención de expandir uno de sus puntos de vista, aquel en el que se manifestaba a favor de recopilar los fragmentos anarquistas de su disciplina, que vamos a ampliar, profundizar y generalizar en aras de fomentar una filosofía anarquista para el siglo XXI.

Si Graeber pudo llegar a realizar esa pregunta acerca de los pocos académicos anarquistas fue porque como bien indica: «hoy en día el anarquismo como filosofía política está en apogeo (…) el anarquismo ya ha ocupado sobradamente el lugar que el marxismo tenía en los movimientos sociales de los años sesenta» (p.9). Las preguntas pueden surgir cuando la atmósfera social las hace brotar y fue en ese momento en que un antropólogo se permitió ponerla sobre la mesa.

Nos hablaba entonces de la extensión de los «principios anarquistas» en los movimientos sociales, expresión que preferiríamos no emplear, ya que, anarquía, significa, esencialmente, sin principios. Los anarquistas no tienen principios, motivo de que despectivamente se les haya considerado amorales o refractarios a cualquier orden. Lejos está de la realidad está ese sempiterno infundio. Los anarquistas lo que tienen son reglas consensuadas y una ética acorde a esas reglas comunes de conducta, libremente elegidas. Ellos no imponen leyes, ni fundamentan principios, sino que acuerdan reglas, consensuan ideas regulativas de convivencia donde la libertad y la igualdad queden salvaguardadas en común y se evite toda implantación de poderes y jerarquías.

Con esa salvedad, la de impugnarle una palabra a Graeber, las reglas anarquistas que enumera como expandidas por los movimientos sociales contemporáneos son: «autonomía, asociación voluntaria, autoorganización, ayuda mutua, democracia directa» (p.9), conceptos anarquistas todos ellos.

David Harvey, catedrático de la CUNY.

Graeber argumenta, con acierto, que tal hecho no aparece reflejado en las universidades, que mientras hay miles de profesores marxistas en USA, apenas una docena como mucho se podrían considerar anarquistas.

Esa famosa afinidad del marxismo con la universidad proviene de que, como institución, la Academia, es jerárquica y está organizada, desde la Edad Media, a semejanza de la Iglesia y el Ejército, con sus escalafones. Esos grados que van desde los monaguillos a los Cardenales, desde los soldados a los Generales, llegando a los Papas y jefes de Estado: «Esto no encaja demasiado bien con trabajar en la universidad, quizá la única institución occidental, además de la iglesia católica y de la monarquía británica, que ha permanecido inalterable desde la Edad Media, promoviendo debates intelectuales en hoteles de lujo y pretendiendo incluso que todo ello fomenta la revolución» (p.13). La universidad se estratifica verticalmente comenzando con profesores precarios, ayudantes, esos que ganan una miseria, hasta pasar a ser profesores contratados, titulares y, finalmente, catedráticos.

Convertido en totalitario, el marxismo, pudo adaptarse bien al entorno universitario, pues reproduce una sociedad jerarquizada, la de los funcionarios. De modo que encaja en cualquier estructura de poder, como lo es, la tecno-feudalista universitaria del capitalismo tardío.

Aunque el anarquismo, como señala Graeber, se presenta historiográficamente, al igual que el marxismo, como la creación de algunos genios decimonónicos, Marx y Engels, por un lado, Kropotkin, Bakunin o Proudhon, por otro, sin embargo, esa homologación es falsa. El anarquismo no es personalista.

Los anarquistas decimonónicos «se refieren a formas de comportamiento humano que se consideraba habían formado parte de la humanidad desde sus inicios» (p.10). Sabedores de la etimología de la palabra que vertebraba sus ideas los anarquistas más reputados nunca se presentaron como creadores de una nueva doctrina, sino como quienes adoptaban una actitud, un tipo de comportamiento, tanto del presente como del pasado y del futuro, esto es, una conducta intemporal: la libre, igualitaria y justa.

Por eso Graeber resalta que mientras las corrientes o escuelas marxistas llevan el nombre de un jefe de Estado o de un intelectual, los marxistas, los leninistas, los maoístas, etc., esto es, se basan en autores, las corrientes anarquistas son anónimas. Lo son porque son consideradas un fruto colectivo, popular, como los movimientos anarcosindicalistas, anarco comunistas, insurreccionalistas, cooperativistas, individualistas, plataformistas, que no llevan el nombre de líder alguno.

Mientras que la Academia está formada jerárquicamente y sus estudios enfocados historiográficamente en torno a autores, el anarquismo, rehuyendo los escalafones y los líderes, se ha articulado en ausencia de éstos y ha laborado entorno a temas, no girando entorno a personajes.

Por eso, mientras que los debates académicos han acabado en lenguajes herméticos y cerrados hacia el exterior, el anarquismo, se ha expandido desde los movimientos sociales, llegando a impregnar a las universidades desde fuera hacia adentro, en los últimos tiempos.

La reticencia para reconocerlo sigue vigente y muchos académicos con ideas anarquistas se cuidan mucho de poner su prestigio en juego denominándose anarquistas, porque el anarquismo sigue socialmente despreciado, desprestigiado y ninguneado por los poderes dominantes.

Rasgo importante también por destacar es que el anarquismo se ha centrado en la práctica y no en la teoría, de modo que, además de que añadimos a lo expuesto por Graeber el que se mueva de afuera a adentro, desde los movimientos sociales a las universidades, y no al revés, es necesario indicar que no son unos líderes universitarios o intelectuales de grandes ideas quienes primero perfilan en sus despachos las teorías que luego se transponen en lo social, como los althusserianos o gramscianos, por ejemplo, sino que el hacer social precede cualquier hacer teórico.

Por eso nos dice Graeber:

«En resumen.1. El marxismo ha tendido a ser un discurso teórico o analítico sobre la estrategia revolucionaria. 2. El anarquismo ha tendido a ser un discurso ético sobre la práctica revolucionaria» (p.13).

Una distinta concepción de teoría y praxis separa al Anarquismo y a los estudios anarquistas, del marxismo, el liberalismo y cualesquiera áreas de estudio de lo sociocultural que se signifique políticamente.

Y añade: «Esto no quiere decir que los anarquistas deban estar contra la teoría. Después de todo, el anarquismo es en sí mismo una idea, aunque sea muy antigua» (p.14).

La Anarquía no es una teoría, cierto, sino la ontología política de la libertad, una onto-praxeología, de modo que por eso el anarquismo no necesita de una teoría, pero sí que tiene, explícita o implícitamente, una «base teórica» que se retrotrae hasta el ser y la naturaleza de las cosas, como señala el antropólogo.

Cuando Graeber indica que no necesita teoría sino una «base teórica» no se da cuenta de que ya la había mencionado con anterioridad: «anarquismo quiere decir, literalmente, sin gobernantes» (p.10). ¡Esa es su base teórica!

Lo an-arché, el principio de no tener principios, el rechazo de los fundamentos, gobiernos y jerarquías, una actitud, elegir vivir sin gobernantes, constituye un comportamiento humano ancestral y es la base práctica para entresacar la base teórica del anarquismo.

Así, la base teórica podría decirse que surge de la praxis, porque la base teórica del anarquismo está en las prácticas de libertad pretéritas, pasadas y futuras, esto es, acciones intemporales, las que se han practicado entre los seres humanos, las que se practican y las que se promueven y vislumbran para el mañana.

Graeber emplea una analogía para resaltar que la teoría anarquista surge de modo semejante a cómo surge el consenso asambleario anarquista, habla entonces de la democracia asamblearia como germen de las teorías anarquistas. Y, ciertamente, es en ese estrato que se gestan ideas anarquistas compartidas por los seres humanos, pero nosotros nos retrotraemos a nivel originario, ontológico, a la anarquía de los seres en general, desde muy antes de los humanos, desde la naturaleza inanimada hasta el animal y la primitiva cultural.

La base teórica del anarquismo se manifiesta desde la ontología anárquica a distintos niveles de emergencia, simultáneamente, que se consideran horizontales, luego el consenso asambleario se daría ya en la autoorganización de la naturaleza de las cosas. La base teórica que Graeber echaba en falta en el anarquismo ya se está reformulando y no es otra que la ontología anárquica.

Marcel Mauss

Sin gobernantes equivale también a sin profesores, de modo que las instituciones de enseñanza no son adecuadas para el anarquismo. Hemos avanzado desde que el texto de Graeber, nos instaba a tomar la antropología como un terreno propicio para que el anarquismo tuviese presencia en las universidades, contando con precedentes como Marcel Mauss y A. R. Radcliffe-Brown, entre los más afines al anarquismo, o Pierre Clastres, ya anarquista, hasta expandirlo a todas las disciplinas y áreas de estudio de la humanidad:

«Antes de Mauss se asumía de forma universal que las economías sin dinero o sin mercado operaban por medio del trueque; intentaban emular el comportamiento del mercado (adquirir bienes y servicios útiles al menor coste posible, hacerse ricos si era posible…), pero todavía no habían desarrollado fórmulas sofisticadas para lograrlo. Mauss demostró que en realidad se trataba de «economías basadas en el don». No se basaban en el cálculo, sino en el rechazo del cálculo; estaban fundamentadas en un sistema ético que rechazaba conscientemente la mayoría de lo que llamaríamos los principios básicos de la economía. No era cuestión de que todavía no hubieran aprendido a buscar el beneficio a partir de medios más eficientes, en realidad habrían considerado que basar una transacción económica, por lo menos las que se realizaban con aquellos a quienes no se tenía por enemigos, en la búsqueda de beneficios era algo profundamente ofensivo» (p.31-32).

Ampliando la perspectiva de Graeber, diremos, que la base teórica del anarquismo se encuentra, no solamente en esos pueblos ancestrales que estudia la antropología y que forjaron «una teoría del contrapoder revolucionario», «un aparato de contrapoder» (p.41), evitando se erigieran estructuras de desigualdad mediante procedimientos de oposición al surgimiento de todo dominio, sino, esencialmente, originariamente, en la filosofía anárquica, en la que rechaza todos los principios, cualquier jerarquía y dominio, desde donde irradia y emerge en todas las demás áreas que estudian la realidad y a los seres humanos, incluida la antropología.

Eso sería así dado que la filosofía, lejos de ser la madre de las ciencias, es transversal a todos los estudios humanos, dado que no es más que los estudios más generales y abstractos que luego se terminan determinando en sucesivas áreas y espacios mayormente acotados.

De ese modo podemos ver en la filosofía anarquista, en la ontología anárquica, la base general abstracta, la conceptualización del pensamiento an-arché, anárquico, como modelo transversal en horizontal a todos los discursos de las diferentes ramas del saber, sean antropológicos, económicos, científicos, artísticos o de cualquier índole.

También hay que ampliar la postura de Graeber respecto a lo que denomina vanguardismo, que tiende sorprendentemente a rechazar en su escrito, y, más bien, decir, que la creatividad y las aportaciones nuevas son lo más importante, que son más importantes que el mantenimiento y la difusión de lo ya conocido. De modo que el anarquismo tendría más afinidad con la innovación que con la repetición, con la vanguardia que con el mantenimiento de lo ya sabido.

En las universidades, legiones de profesores enseñan lo ya conocido y muy pocos se aventuran a realizar una obra creativa y original que aporte algo a su campo de estudio. Esto es así porque la Institución universitaria es jerárquica, monolítica y tecno feudal, enseña exclusivamente lo que tiene que saberse para mantener el sistema vigente y solamente admite la innovación si va encaminada a la productividad capitalista.

En la enseñanza primaria y secundaria, establos de niños y adolescentes, son los colegios verdaderos trituradoras de profesores, algunos sobreviven a horarios excesivos con demasiados alumnos, pero un buen número se deprimen y desesperan.

En tales atmósferas una enseñanza anarquista no puede prosperar, ya que se impide que la gente piense por sí misma y se fomenta la adaptación, la conformidad, la aceptación de lo establecido. Solamente desde ese estrecho marco se anima a colaborar con el mantenimiento del régimen de vida capitalista que rige la sociedad, frustrándose toda alternativa. La escuela no enseña a pensar, enseña a conocer lo ya sabido. No siendo lo mismo pensar que conocer, la universidad no piensa y la ciencia, barbariza, está dirigida por la barbarie capitalista, a la que llaman: progreso.

Sigamos ampliando la perspectiva de David Graeber: «Como ya he señalado, en realidad no existe una antropología anarquista. solo hay fragmentos» (p.49). Al darle mayor alcance a su idea y expandirla tendremos que reformularla del siguiente modo: No existe una filosofía anarquista en la Historia de la Filosofía, sino solamente fragmentos. Una Historia de la Filosofía anárquica estará formada por Fragmentos de filosofía anarquista tomados de un buen número de entre los grandes filósofos que han existido a lo largo del tiempo.

Diremos entonces que una Historia de la Filosofía Anárquica que recoja todos los fragmentos anárquicos que resten en ella, servirá de base o modelo, para que en el resto de las disciplinas concretas de estudio de lo humano puedan, a su vez, los investigadores de tales áreas, recoger todos los fragmentos anarquistas que se encuentren en su seno.

Por poner solamente dos ejemplos, no puede dudarse de que, en biología, con la teoría de la simbiosis y la corrección del evolucionismo darwiniano, o en la matemática y la física, con la teoría del caos y la mecánica cuántica, tras la teoría de la relatividad, se han generado fragmentos de biología y física anarquistas, que deben y pueden ser incluidos en el anarquismo en general como bases científicas del mismo. Las acciones revolucionarias, que rechazan el poder y la dominación reconstituyendo un espacio liberado, también se dan en las revoluciones científicas, no solamente en las políticas y sociales, más bien, vemos que se producen en todas las áreas simultáneamente, siempre que no se trate, como quiso Thomas Kuhn, de reemplazar unos principios por otros. Disciplinas que liberan de los principios se enfrentan a disciplinas que imponen nuevos principios.

Los muros que hay que derribar en el mundo del conocimiento son los muros académicos, los que imponen principios y jerarquías, las universidades, cerradas sobre sí mismas, orientadas al mantenimiento de lo establecido y a la producción de bienes y servicios en condiciones capitalistas de explotación y sumisión.

Las universidades han de ser abiertas y libres, sin exámenes ni jerarquías, lugares donde se aprenda en común para el bien común, orientadas hacia que la expansión del conocimiento signifique expansión de la libertad y no perfeccionamiento de la sumisión y de la esclavitud. Graber se dedicó a derribar muros de pensamiento mostrando que la variedad de sociedades humanas fue hace mucho y podría ser en el futuro mucho mayor que lo que conocemos como homogéneo y globalizado, abundando las sociedades igualitarias que se organizaban previniéndose contra el surgimiento de poderes de sujeción y sumisión.

Toda la pedagogía libertaria para niños que ha sido abundante y se ha desarrollado mucho tendría que aplicarse a universidades abiertas para los adultos, centros de estudio en los que los profesores y los alumnos estuviesen en condiciones de igualdad, aprendiendo en común.

El libertario no enseña desde un pulpito, como un cura enseña la biblia, sino que enseña como Sócrates, indicando que no sabe nada, que no es por tanto más que nadie, sino que ayuda a los demás a saber por sí mismos. El saber es común y compartido, forma parte de una inteligencia general de la que podemos todos participar y no una mercancía en venta.

En toda enseñanza universitaria de filosofía lo que en realidad se hace es enseñar Historia de la Filosofía Occidental, con el fin de apuntalar la superioridad del dominio del mundo por Occidente La filosofía académica es mayoritariamente estéril y etnocéntrica porque está volcada totalmente sobre la erudición hermenéutica, secularización de la exegesis bíblica. Se dedica, por tanto, principalmente, a tomar a los grandes autores de la Historia de la Filosofía Occidental como si fuesen la escritura revelada, la verdad, a glosarlos e interpretarlos, de modo que si la Biblia genera: cristianos, protestantes, ortodoxos, la Filosofía genera: kantianos, nietzscheanos, marxistas, hegelianos, etcétera, que tomen al filósofo que prefieren como a Dios y a su escritura como revelación de la verdad. Con ello aspiran a convertirse en sus sacerdotes, obispos o cardenales, profesores de diverso rango.

Una muestra sería, por ejemplo, un reciente debate entre una defensora de un Spinoza reaccionario frente al defensor de otro Spinoza progresista. Dos spinozistas discuten.

Empieza Diana Sperling criticando a Diego Tatian, que luego contestará2. La primera publica en la revista Seúl, que es según su propia Web «una revista (…) en favor de la democracia liberal y la economía de mercado». De modo que hay progres y neoliberales disputando por hacerse con Spinoza, apelando al Spinoza original. Pero nunca se llegará al Spinoza originario y original, cuestión de historicidad, esa que hace que otras épocas sean inaccesibles y solo abordables desde la nuestra. Visto así, quienes mejor lo han hecho con Spinoza son los Tony Negri y los Gilles Deleuze criticados por Sperling, pues se trata de tomar de Spinoza lo que pueda servir a nuestro propio pensamiento y sacar de él, lo que se pueda según la propia ideología y lo que uno piense.

Eso, en caso de que uno piense. Porque los exegetas que toman a Spinoza por un Dios y sus textos por Biblia no piensan, simplemente conforman Iglesias de signo steperliniano o progresista, sectas que se odian a muerte y para las que Spinoza será su dios bifronte.

Diferente resulta a nuestro juicio las afinidades de Spinoza con el anarquismo estudiadas por Daniel Colson3, estudios que no pugnan por el «verdadero» Spinoza, que no buscan restituir ningún Spinoza originario, puro, prístino, como los cristianos a menudo quieren hacer con Jesús de Nazaret, sino que se dedicó a recoger sus fragmentos anárquicos y mostrar sus afinidades con el anarquismo y los anarquistas.

Lo mismo se puede decir de otros personajes de la filosofía y de otros en otras áreas de los estudios de lo humano. El modo de aprovecharlos no es rindiéndoles culto, sino aprovechando lo que han pensado y que no pueda ser útil para pensar nosotros mismos algo, como hicieron ellos. Nos interesa entonces el Spinoza anarquista, no el progresista ni el reaccionario, pues múltiple fue ese señor y varias tendencias hubo en su obra, aunque en su conjunto pudiera ser definido como republicano.

El proceder hermenéutico, la mera exégesis, evidentemente, no es pensar, sino conocer, leer a un autor y, dándole por completo la razón, luchar con sus argumentos contra los de otros autores, por eso se compartimenta la universidad en sectas o Iglesias.

De ese modo puede un profesor llegar a catedrático sin nunca haber pensado nada por sí mismo, sin ser capaz de tener idea alguna ni generar o inventarse ninguna cosa. Las universidades de filosofía subsisten y apuntalan el sistema tecno feudal en el que se desenvuelven rindiendo un culto politeísta a diferentes pensadores, sin que generen pensamiento ellas mismas, la filología bíblica medieval precedió durante mil años a la filología moderna llamada científica, pero su funcionamiento y estructura son idénticos.

Se supone que los conocimientos de historia de la filosofía pueden ser provechosos y una propedéutica adecuada para quien quiera hacer Filosofía. Lo que ocurre es que, aunque fuese condición necesaria no sería condición suficiente.

Los estudios de historia de la filosofía pueden ayudar a quien quiera pensar un asunto de esos que la filosofía piensa. Pero en las universidades no sé enseña a hacer Filosofía, sino que, bajo la excusa de que primero hay que conocer toda la historia de la filosofía, el hacer Filosofía, se deja para después. Una vez que se haya conocido y se sepa todo lo que han dicho los filósofos a lo largo de los siglos sobre la diversidad de problemas y temas que han tratado, se podrá, supuestamente, pasar a hacer filosofía uno mismo. El camino desde el monaguillo al sacerdote, desde el obispo al cardenal, promete a los consagrados al estudio que llegará un día en que pasen a ser santos y se les rinda devoción.

Pero resulta que ese paso o salto del saber al hacer no se da nunca o casi nunca. Pasan la mayoría sus vidas sabiendo lo que dijeron Kant, Deleuze o Nietzsche, al dedillo, lo comentan y lo interpretan, y si se les pregunta algo sobre ellos, se lo saben muy bien y de manera muy asombrosa, entonces se les aplaude. Pero ¿qué pasa si se les pregunta sobre un tema y no sobre un autor?, pues que recitan lo que sobre el tema ha dicho Descartes o Merleau Ponty, Platón o Spinoza. ¡Muy bien! ¡Enhorabuena! Eso denota un conocimiento notable y loable, quizá hasta encomiable y útil. Pero ¡ay!, si le preguntamos al catedrático de filosofía lo que tiene él que decir sobre algo sin que nos cuente lo que han dicho otros, ¡puf!, nos encontraremos que o evita hacerlo o enmudece, farfulla, titubea, finalmente vuelve sobre lo que dijo fulano y mengano, sobre eso que saben todos los que han estudiado a fulano o mengano y con quienes se tira años y años discutiendo si su interpretación coincide con la de los demás, pero nada sabe decir él.

Entonces se queda uno sin saber lo que el catedrático piensa o ha pensado sobre el tema por sí mismo, sospechando que nada ha pensado y que no piensa, que no es capaz porque se limita y se ha limitado, solamente, a conocer y glosar, a interpretar.

Sabemos que la mayoría de los filósofos han tenido una gran erudición filosófica, citando a predecesores, pero resulta preferible para demostrar que se piensa algo por uno mismo eliminar esas muletas y hacer como Wittgenstein cuando dijo en 1918, en el prólogo a su Tractatus: «no cito tampoco ninguna fuente, porque me es indiferente, si lo que yo he pensado lo ha pensado otro antes que yo». Motivo de que se le tenga como uno de los filósofos más originales de todos los tiempos.

Por eso sugerimos que la Filosofía tendría que enseñarse como se enseña Arte en las facultades de Bellas Artes, las menos sojuzgadas, podría decirse.

Pediríamos que se enseñe igual a como allí donde no se le pide al estudiante que se sepa la Historia del Arte, sino, que se le pide, además, afortunadamente todavía, que haga Arte. Solamente haciendo se aprende a hacer.

Pongamos, nuevamente, un ejemplo. Respecto a la academia filosófica, en su reconversión anarquista, habría que proceder del siguiente modo: 1. informar al estudiante sobre el Poema del Ser de Parménides, luego de informado, 2. al estudiante de Filosofía, no se le examinará sobre el pensamiento de Parménides y que sepa quién era, eso lo puede mirar por su cuenta, sino que se le pedirá que lo imite, que trate de hacer filosofía y redacte, por tanto, su propio Poema sobre el Ser. 3. El profesor tendrá el modelo Parménides para corregir los poemas de sus alumnos y a su vez, podrá realizar el mismo ejercicio para aprender a hacer filosofía él también, como uno más, y mostrar a sus alumnos, si de verdad es capaz, cómo se hace. El anarquismo no enseña qué se ha hecho sino cómo hacer.

No tendría que estar la facultad de filosofía entre las ciencias y dentro de estas en la de Historia, pues saber mucha historia de la filosofía habilita para hacer historiografía filosófica, filología y no Filosofía. A pensar se aprende pensando, no copiando y glosando lo que han pensado otros.

Hay que desertar de la Academia ahora existente y tratar de hacer aquella disciplina que nos motive y nos guste de otro modo:

«La teoría del éxodo propone que la forma más efectiva de oponerse al capitalismo y al Estado liberal no es a través de la confrontación directa sino de lo que Paolo Virno ha llama do una retirada emprendedora, una defección de masa protagonizada por quienes desean crear nuevas formas de comunidad, solo hace falta repasar un poco la historia para darse cuenta de que los movimientos de resistencia popular más exitosos han adoptado precisamente esta forma. Su objetivo no ha sido la toma del poder (lo que normalmente conduce a la muerte o a convertirse a menudo en una variante si cabe más monstruosa de aquello que se pretendía combatir), sino una u otra estrategia para situarse fuera de su alcance, emigrando, desertando, creando nuevas comunidades» (p.70).

Desde el anarquismo, siendo lo primero la praxis, primero está el hacer. Aprender es aprender a hacer. Pero un hacer de otra manera, evitando las jerarquías, fomentando la creatividad y desertando del poder. Luego ya vendrán, si es que vienen, los que hagan teorías, porque se empieza haciendo lo pequeño hasta realizar lo grande. Utopías piratas denomina Graeber a la unión de desertores de diversos ámbitos y culturas tras una fuga o evasión de un sistema de dominación u otro. En lugar de la confrontación directa con un poder petrificado, congelado, osificado, la retirada, hacer caso omiso, como si no existiera, para ganar la fluidez de las formas igualitarias y no jerarquizadas de aprender y de hacer.

Igualmente ocurre con la Filología que enseñan Historia de la Literatura y anima a leer mucho pero nunca se les pide a los alumnos que escriban.

De ese modo las universidades de humanidades producen profesores, no escritores ni filósofos, futuros profesores que adoctrinen a niños y jóvenes, a los nuevos habitantes de las ciudades que tienen que pasar a ser adoctrinados.

Conocer no es pensar. Cada vez más al conocimiento se puede acceder mediante la Wikipedia o preguntando a una Inteligencia Artificial. Los profesores están destinados a desaparecer substituidos por robots, como los taxistas por los coches autónomos, luego habrá que idear nuevas formas de enseñanza que no sean jerárquicas y que en lugar de a conocer estén enfocadas y dirigidas al hacer y al pensar.

Si no existen instituciones académicas libres donde se enseñe a pensar es porque al poder no le interesa que se piense, sino que le interesa que se rinda culto a lo ya pensado y entre ello, a lo que legitima y apuntala el sistema de dominación vigente. Cuando se dice en sociedad que si se quita la enseñanza de la filosofía en secundaria se quita a los jóvenes la oportunidad de adquirir un pensamiento crítico se está mintiendo, tales aseveraciones proceden de un gremio de profesores que defiende su salario y que, por ese sueldo, a lo sumo, conseguirán que uno entre cincuenta, de entre el ganado hacinado en el establo que llaman escuela, termine con algo así como un poco de conocimiento crítico, de ningún modo pensamiento.

En cada área de pensamiento humano, en todo quehacer con el conocimiento común compartido de la humanidad, los nuevos académicos anarquistas, como lo fue David Graeber, han empezado a rebuscar los fragmentos anarquistas que les permitirán en el futuro tanto pensar, por sí mismos, como ayudar realmente a otros, a los estudiantes anárquicos, a que piensen, sí, a partir del conocimiento compartido, pero también a partir del nuevo saber emergente que generen en común, un saber libre, común e igualitario.

«Desde el momento en que dejemos de insistir en ver todas las formas de acción solo por su función en la reproducción de formas de desigualdad total cada vez mayores, seremos también capaces de ver relaciones sociales anarquistas y formas no alienadas de acción a nuestro alrededor. Y esto es muy importante porque nos demuestra que el anarquismo siempre ha sido una de las bases principales de la interacción humana. Nos autoorganizamos y ayudamos mutuamente todo el tiempo. Siempre lo hemos hecho. También participamos en la creatividad artística, lo que a mi entender podría significar, en un examen más detallado, que la mayoría de las formas menos alienadas de experiencia comprenden normalmente un elemento que cualquier marxista definiría como fetichismo. Y todavía es más urgente desarrollar dicha teoría si reconocemos (como he dicho a menudo) que los momentos revolucionarios siempre implican una alianza tácita entre los menos alienados y los más oprimidos» (p.86).

Si la anarquía nos ofrece un saber, el anarquista, desde esa matriz o desde cualquier punto, ampliando el saber anárquico, sea cual sea su área de estudio y la institución donde pueda encontrarse, como hizo Graeber con la antropología, podrá hacer anarquismo, esto es, llevar la anarquía a la realidad tanto en la academia como en la sociedad y el mundo que le rodea. Quizá la Academia no tenga remedio y no haya reforma posible que la torne igualitaria y creativa, no jerárquica y popular. Lo que Graeber indica hicieron los movimientos antiglobalización es algo que se podría aplicar a las universidades: “En lugar de un nuevo gobierno, crearon una amplia red de instituciones alternativas” (p.94). Organizarse de otra manera demostrando que la organización jerárquica y repetitiva para la reproducción social de los esclavos es innecesaria.

¡No, David!, no es que no haya anarquistas en la Academia, sino que no se les deja existir allí. Los hay, pero los acaban matando.

Del mismo modo que la escuela va minando y matando la curiosidad y el buen instinto creativo del niño, cuando llega a la juventud, las universidades se ocupan de tratar de asesinar el resto de anarquía que hubiese podido salvar cada joven. De ahí que en pocos sobreviva la voluntad de pensar libremente tras tantos años de educación obligatoria, repetitiva y jerarquizada.

Pero la anarquía inserta en el corazón de un niño o un joven es difícil de matar, suele sobrevivir a muchos malos tratos y, a lo largo de los años, resistir y luchar por emerger, puede llegar a no dejarse someter a los dictados de una gobernanza e incluso entonces, manifestarse, cada vez más patentemente, desde la juventud a la vejez.

Reverso del panfleto

  1. Todas las citas, que van en el cuerpo del texto, pertenecen al libro: Graeber, David (2011). Fragmentos de antropología anarquista. Virus Editorial. https://viruseditorial.net/libreria/fragmentos-de-antropologia-anarquista-2/. ↩︎
  2. Sperling, Diana (08/02/2026). Spinoza no dijo eso. Seúl. https://seul.ar/spinoza-progresismo/. Tatían, Diego (15/02/2026). La malversación. Spinoza y la deriva criminal del Estado de Israel. El Cohete a la Luna. https://www.elcohetealaluna.com/la-malversacion/ ↩︎
  3. Daniel Colson (otoño 2007). Lecturas anarquistas de Spinoza. Journal of French Philosophy, Volume 17, Confederación Sindical Solidaridad Obrera. https://www.solidaridadobrera.org/ateneo_nacho/libros/Daniel%20Colson%20-%20Lecturas%20anarquistas%20de%20Spinoza.pdf
    «el anarquismo no le opone ninguna moral, ni unos principios morales, sino una ética, en el sentido de Spinoza. Una ética que es ante todo una etiología, una lógica de los comportamientos y de los afectos, un sentido práctico, que proviene de las cosas, los acontecimientos y las situaciones», Daniel Colson, en: https://redeslibertarias.com/2026/01/28/daniel-colson-el-anarquismo-es-extremadamente-realista/ ↩︎

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