Un gallego anarquista con un periplo vital de película

Gabriela Cladera

Si leyeras la vida del gallego José María Montero sin saber que existió, pensarías que es un personaje que ha escapado de las páginas de un libro de Jack London, porque su historia tiene todos los ribetes de las leyendas o de las ficciones .

Montero nació en una parroquia gallega, San Salvador de Cecebre, en 1897 en una familia de labriegos muy humildes que habían tenido catorce hijos, de los cuales solo seis llegaron a la adultez.

Apenas alcanzó a aprender los rudimentos de la lectura y la escritura tuvo que sumarse al trabajo familiar. En aquella Galicia de principios del siglo XX, ganarse el pan era una lucha cotidiana. A los dieciocho, le tocó el servicio militar en la Marina, como artillero.

El mar, la puerta que cruzaron tantos gallegos en busca de la ventura que le negaba el terruño. La inmensidad del Atlántico lo confrontó con la vulnerabilidad humana. Entendió en la práctica que en mar abierto, a pesar de las jerarquías, la vida dependía de la hermandad tejida en el aislamiento y la convivencia forzada, la solidaridad era pues la base de la supervivencia.

Con veintiuno años se marchó a Cuba. Trabajó un par de meses en un café de La Habana hasta que el encuentro fortuito con un conocido de su pueblo, tripulante de un barco que unía Cuba y New York, lo entusiasmó y le facilitó embarcar rumbo al Norte como polizón. Camuflado como fogonero del barco, evadió los controles migratorios de la isla de Ellis.

En 1920 Montero empieza otro capítulo de su vida en la “Gran Manzana”. Trabaja unos meses como ascensorista, vuelve al mar con la compañía Savannah que transportaba mercancías y pasajeros entre el N y S del país. En un último embarcó, pudo visitar Japón.

En una mala racha laboral, armó con un compañero un dúo musical cantando en las calles a la gorra. Cambió con frecuencia de empleo y locación hasta ingresar a los talleres de la General Motors. A la par, practicaba boxeo amateur hasta que en una pelea le quebraron la mandíbula

Siete años después de su partida y con unos dólares en el bolsillo, regresó a su aldea. Cecebre es muy pequeño para un joven que ha visto ya tanto mundo, tras dejar algunos ahorros a sus padres, vuelve a la aventura, el destino: Argentina.

Con su antecedente laboral en General Motors, consiguió entrar a trabajar a la filial local.

Hasta entonces era un hombre amante de la vida errante que defendía la libertad y la solidaridad con convicción, pero de un modo intuitivo, ajeno a las teorías. En Buenos Aires comienza su compromiso político. Es elegido con cuatro compañeros delegados de la fábrica, razón suficiente para que fueran despedidos.

El sindicato de Chauffeurs, afiliado a la FORA decidió la huelga: 1600 obreros paralizan la planta. La lucha contra la patronal no escatimó la acción directa: se lanzó en paralelo un boicot contra la firma, persuadiendo a la opinión pública para que no comprara sus autos, en tanto que incendios “espontáneos” nunca aclarados destruían coches en estacionamientos.

Los ejecutivos de la empresa aceptaron finalmente la reincorporación de los despedidos y el pago de los salarios de la larga huelga. El acuerdo se firmó en los talleres del diario anarquista La Protesta. Una gran victoria obrera y un cambio copernicano en la vida de Montero.

Con el cobro de los haberes adeudados, pensó en liberarse de los patrones y compró un taxi. La realidad era que la oferta de taxis superaba la demanda, y según relata Abad de Santillán en sus memorias, a sugerencia suya, Montero y otros compañeros adaptaron los chasis para llevar en recorridos fijos un número mayor de pasajeros: nacieron así los “colectivos” en Buenos Aires.

Con 32 años se casó con Elena Fernández, hija de gallegos, cumpliendo la costumbre de los inmigrantes del matrimonio endogámico. Podría pensarse que le había llegado la hora de estabilizarse, pero al país arribaba la hora de la espada: el gobierno pro-fascista del General Uriburu surgido de un golpe de estado (6 de septiembre de 1930).

En diciembre Montero y cuatro compañeros se hallaban distribuyendo volantes en forma clandestina, (el “Verbo prohibido”), en consonancia con la última asamblea de la FORA que había votado plantar cara a la dictadura con huelga general. Sorprendidos por la policía quemando el coche de un esquirol que no se había adherido a la huelga, resistieron el arresto y finalmente tres de ellos fueron detenidos. Tres gallegos: Florindo Gayoso, José Ares y el propio Montero.

Con la ley marcial en rigor, un tribunal militar decidió la pena de muerte para los tres chóferes. Conocida la noticia, se desató una febril campaña de las organizaciones obreras y de la prensa, sobre todo del diario Crítica que había celebrado inicialmente el golpe. No fue menor la intervención de la esposa de su director, Salvadora Medina Onrubia que contactó a la mujer de Uriburu.

Cuando los tres condenados ya se hallaban en capilla, (como detalle, habían rechazado el auxilio religioso), llegó la orden de la conmutación de pena. Tocaron entonces dos largos años en la temida cárcel del fin del mundo: el penal de Ushuaia.

Indultado, en 1935 fue deportado a España. Ocasión para visitar a la familia y luego regresar al Sur, bajo identidad falsa conseguida gracias a los compañeros de la CNT de A Coruña.

Para agregar una página a una trayectoria vital “tan tranquila”, en 1937 viajó de polizón rumbo a España. Trabajó inicialmente en actividades burocráticas de la CNT, y luego se sumó a la lucha, bajo las órdenes del comandante Francisco Galán.

En febrero del 39 salió rumbo al exilio. Cómo miles, pasó por diversos campos de concentración hasta que le llegó dinero producto de una colecta de la FORA. Así pudo exiliarse en México. Allí sí encontró sosiego, pese a sus fallidos emprendimientos comerciales y a divorciarse de su esposa que se había trasladado para reunirse con él.

José María Montero, al final de su vida, retornó a Galicia, a la vida en la aldea. El viaje había llegado a su fin, murió en 1981.

Bibliografía

  • Medina Onrubia, Salvadora, Mil claveles colorados, Marea Editorial, 2019
  • Ortiz, Miguel A., El verbo prohibido. Memorias de un condenado a muerte, Buenos Aires, Gráfica Córdoba, 1974
  • Hemeroteca: Crónica

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