¿Qué es la historia para ti, Agustín?
La historia no es un relato neutral ni un depósito de fechas muertas: es un campo de batalla. Y como tal, está atravesada por intereses, silencios y tergiversaciones. Quien pretende aproximarse a ella con honestidad no puede hacerlo desde la cómoda distancia del erudito que clasifica documentos, sino desde la conciencia crítica de que cada archivo es también una trinchera.
En los últimos años se ha intensificado una operación de maquillaje del pasado, especialmente en lo que respecta a las experiencias revolucionarias del siglo XX. Se vacían de contenido, se reducen a anécdotas pintorescas o, peor aún, se integran en el relato oficial como meros episodios inevitables de un progreso que siempre desemboca en el Estado y el mercado. Este proceso no es inocente: responde a la necesidad de desactivar cualquier memoria que pueda cuestionar el orden existente.
Tomemos como ejemplo la revolución social. No como concepto abstracto, sino como práctica concreta, vivida en las calles, en los talleres, en las colectividades. Allí donde los trabajadores dejaron de obedecer, donde la propiedad privada fue abolida de facto y donde la vida cotidiana se reorganizó sobre nuevas bases, surgió algo que desborda las categorías habituales de la política institucional. Eso es precisamente lo que resulta intolerable para la historiografía dominante: la evidencia de que la sociedad puede organizarse sin jerarquías impuestas.
Sin embargo, esta memoria persiste, fragmentaria pero obstinada. Aparece en los testimonios olvidados, en los periódicos clandestinos, en las actas de asambleas que nunca debieron sobrevivir. Es una memoria incómoda, porque no ofrece soluciones fáciles ni héroes inmaculados. Está llena de contradicciones, de derrotas, de errores. Pero es, precisamente por eso, profundamente humana.
El problema no es que la historia sea compleja, sino que se la quiera simplificar hasta hacerla irreconocible. Frente a esa tendencia, la tarea del historiador crítico no es embellecer ni condenar, sino comprender. Comprender implica restituir los conflictos, dar voz a los vencidos y resistirse a la tentación de cerrar el pasado con interpretaciones definitivas.
En última instancia, lo que está en juego no es solo la interpretación de lo que ocurrió, sino la posibilidad misma de pensar alternativas. Si aceptamos una historia domesticada, también aceptamos un presente sin fisuras y un futuro clausurado. Por el contrario, si recuperamos la dimensión conflictiva del pasado, abrimos la puerta a imaginar —y quizás a construir— otras formas de vida.
Porque la historia, cuando se la arranca de las manos del poder, deja de ser un museo y se convierte en una herramienta. Y toda herramienta, en manos adecuadas, puede servir para algo más que contemplar: puede servir para transformar.

Agustín, ¿nos puedes comentar qué te ha llevado a escribir sobre los días de julio, de 1936, que sigues con tanta minuciosidad?
La juventud actual conoce mejor la Guerra civil de Estados Unidos que la Guerra civil española, films norteamericanos mediante y miseria pedagógica española constatada. El peso de la industria cultural anglosajona es absolutamente asfixiante. El catalán no solo es minoritario, sino que empieza a ser exótico. Y el castellano es cada vez más marginal y lleno de vocabulario y giros ingleses. Por eso mismo, cuando se habla de Confederación entienden que se habla de los Estados esclavistas del Sur y no del sindicato anarcosindicalista.
Mi objetivo es siempre el de arrebatar la historia a la incultura del olvido, la falsificación política o el academicismo universitario, porque sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existiría teoría revolucionaria.
Y las jornadas revolucionarias del 19 y 20 de julio de 1936 son absolutamente desconocidas, pese a que fueron el inicio de una de las revoluciones sociales más profundas de la historia, pese a que fueron el inicio de la Guerra civil española.
Por otra parte, para mí, ha sido una auténtica gozada estudiar y explicar cómo los trabajadores cenetistas, organizados en los comités de defensa de la CNT desde 1931, fueron capaces de organizarse y practicar tácticas de guerrilla urbana, hasta convertirse en un ejército proletario capaz de derrotar al ejército español.
Tal minuciosidad que es del día a día y dentro del día siguiendo geográficamente los diferentes lugares de los primeros días de guerra…
Conocer la batalla de Barcelona, cómo los comités de defensa de la CNT derrotaron a un ejército profesional, experimentado y embrutecido en las guerras africanas, es una gozada y además un manual de guerrilla urbana, con tácticas absolutamente novedosas y en ocasiones absolutamente geniales: las bobinas de papel usadas como barricadas móviles, las bombas lanzadas con hondas, los camiones lanzados a toda velocidad sobre la línea de ametralladoras que protegían la artillería, la aviación ametrallando o bombardeando los cuarteles allí donde lo pedía la CNT, etcétera.
Como gritó Juan García Oliver en la toma de la barricada de la Brecha de San Pablo, hay que gritar con él: “¡sí que se puede con el ejército!”.
Gritarlo en voz alta es gratificante y liberador: probadlo. Por eso escribí la batalla de Barcelona con esa minuciosidad y detallismo: fue liberador y me hizo feliz; lo disfruté. El proletariado barcelonés derroto al ejército y al fascismo. Y leer cómo lo hizo es muy gratificante y pedagógico. No fue una insurrección espontánea, sino muy bien preparada durante años por los comités de defensa de la CNT, creados en abril de 1931.
Insurrección muy eficiente, hasta el punto que el grupo Nosotros tuvo una intensa relación personal con los oficiales de aviación del Prat, con quienes compartieron paella el domingo anterior al 19 de julio.
El Comité Revolucionario, que dirigió la insurrección del 19 y 20 de julio de 1936 en Barcelona, estaba formado por Josep Asens, Santillán, Francisco Ascaso, Juan García Oliver y Buenaventura Durruti. Y cuando ese Comité Revolucionario llamaba directamente (sin intermediación alguna de la Generalidad) a la Aviación del Prat para que bombardease el cuartel de los Docks o el de San Andrés, respetando la santabárbara, los oficiales del Prat obedecían. Es necesario repetir una y otra vez que no fue una insurrección espontánea, sino muy bien preparada, porque la espontaneidad tiene sus límites y normalmente conduce al fracaso.
Tras la victoria insurreccional del 19 y 20 julio de 1936, ¿cómo era la situación revolucionaria en Barcelona?; ¿esta iba marcada por lo que se les marcó desde el alzamiento de los sublevados militares que se querían llevar a la República del Frente Popular por delante y a cualquier “conato” revolucionario librepensador?
Durante todo un mes, desde el 21 de julio (de 1936) hasta el 21 de agosto, “los notables” anarcosindicalistas divagaron sobre el dilema de acabar con el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), sin entrar en el gobierno de la Generalidad, o conservarlo.
La situación revolucionaria se caracterizaba por la transformación de los comités de defensa en comités revolucionarios de barrio y locales, que tendían a sustituir al Estado, gestionando y asumiendo todas sus funciones. Al mismo tiempo, se producía un amplio y profundo proceso de metódica expropiación de las fábricas por los sindicatos de industria, que desarrollaron una de las revoluciones sociales y económicas más profundas de la historia, muy mal analizada y peor explicada hasta hoy.
Pero los comités superiores cenetistas, organizados en un elitista, ejecutivo y autoritario Comité de comités, no lideraron y coordinaron esa revolución de la militancia de base en la calle y las fábricas, sino que se convirtieron en una organización antifascista más, aliada al resto de partidos antifascistas, desde estalinistas y poumistas a republicanos y gobierno de la Generalidad, que interiorizaron una ideología de unidad antifascista, sin más objetivo que la victoria en la guerra contra el fascismo, aunque ello supusiera la renuncia a cualquier objetivo revolucionario y a los propios principios ácratas.
Hubo, pues, una divergencia, antítesis, contradicción y separación real entre la política de unidad antifascista del Comité de comités y la revolución social y económica protagonizada por los comités revolucionarios de barrio (o locales) y los sindicatos.
El antagonismo, que algunos historiadores llegan a calificar erróneamente de situación de doble poder, no se daba entre el gobierno de la Generalidad y el CCMA, sino entre los comités revolucionarios (que encarnaban la autonomía proletaria y estaban aplicando un programa de metódica expropiación de la burguesía) y el CCMA (órgano de colaboración de clases y de unidad antifascista).
Ese antagonismo de clase entre CCMA y comités revolucionarios de julio de 1936 derivó en el seno de la Organización en una oposición que, en diciembre de 1936, enfrentó al Comité de comités con los comités de barrio barceloneses, cuando estos se negaron a entregar sus armas para enviarlas al frente, argumentando que esas armas eran la única garantía de la revolución en curso, y que si se necesitaban armas para el frente, ahí, en la retaguardia barcelonesa, tenían acuartelados y armados a los guardias de asalto y a la guardia civil. Que los comités revolucionarios de barrio jamás entregarían las armas conquistadas al ejército en las luchas callejeras.
Cuando las insurrecciones mueren, surgen inmediatamente sus enterradores. La insurrección de julio, protagonizada por unos comités de defensa transformados en el transcurso de la insurrección victoriosa en comités revolucionarios, fue apropiada por el Comité de comités, en aras de proteger a toda costa una sagrada unidad antifascista de la CNT con los estalinistas, ERC, POUM y el gobierno de la Generalidad.
Unidad sagrada antifascista considerada como el único instrumento capaz de ganar la guerra al fascismo. El Comité de comités renunció a cualquier perspectiva revolucionaria para no poner en peligro esa prioritaria unidad antifascista, y eso suponía, a corto plazo, el enfrentamiento y la liquidación de los comités revolucionarios por el Comité de comités. La lucha de clases se daba también en el seno de la propia Organización.
¿Cuál es la situación del proletariado barcelonés antes del golpe militar y fascista del 18 de julio de 1936?
El 14 de abril de 1931 se proclamó la República. Solo once días después un Pleno de Locales y Regionales de la CNT, reunido en Madrid, decidió crear los comités de defensa de la CNT.

¿Por qué tal urgencia? En una república constituyente, no existían más derechos que aquellos que se ejercían en la calle o en las fábricas porque podían defenderse de la represión policial o patronal en la práctica cotidiana. En Barcelona no se había disuelto el somatén. Así, pues, no existían más libertades o derechos que los que se imponían por la fuerza. Tras un periodo insurreccional en el que se produjeron en Cataluña las insurrecciones de enero de 1932, enero de 1933 y diciembre de 1933 se llegó al octubre asturiano sin posibilidad de secundar nada (fuera de Asturias) porque los comités estaban agotados, con miles de presos y sin armas. En octubre de 1934 se produjo un golpe de timón en la táctica de los comités de defensa, abandonándose la loca vía insurreccional de proclamar el comunismo libertario en cualquier aldea, criticada por los treintistas, para prepararse rigurosamente como un ejército del proletariado, ducho en tácticas de guerrilla urbana, bien instruido para vencer a un ejército profesional como el español, embrutecido en las guerras coloniales africanas.
El 19 de julio de 1936, la guarnición militar de Barcelona contaba con unos seis mil hombres, frente a los casi dos mil de la guardia de asalto y los doscientos “mossos d’esquadra”. La guardia civil, que nadie sabía con certeza por el lado que se decantaría, contaba con unos tres mil. La CNT-FAI disponía de unos veinte mil militantes, organizados en comités de defensa de barriada, dispuestos a empuñar las armas. Se comprometía, en la comisión de enlace de la CNT con la Generalidad y los militares leales, a parar a los golpistas con sólo mil militantes armados. Pero las negociaciones de la CNT con Escofet, comisario de orden público, y con España, consejero de Gobernación, fueron infructuosas.
La noche del 17 de julio el cenetista Juan Yagüe, secretario del sindicato del transporte marítimo, organizó el asalto a los pañoles de los buques atracados en el puerto, consiguiendo unos 150 fusiles; a los que el 18 se sumó lo conseguido de armerías, serenos y vigilantes de la ciudad. Este pequeño arsenal, guardado en el sindicato del transporte, en las Ramblas, provocó un enfrentamiento con la comisaría de orden público, que lo reclamaba. Se corría el peligro de un enfrentamiento armado con la guardia de asalto, y los propios militantes cenetistas llegaron a amenazar a los, en su opinión, demasiado conciliadores Durruti y García Oliver. El incidente se zanjó con la entrega a Guarner, mano derecha de Escofet, de algunos viejos fusiles inservibles, que evitaron una ruptura entre republicanos y anarquistas en vísperas del golpe militar. El gobierno de la Generalidad temía más una insurrección cenetista que un golpe de estado militar y fascista.
Los anarcosindicalistas decidieron no declarar la huelga general y dejar que los soldados sublevados salieran a la calle sin hostigarlos, hasta que estuviesen muy alejados de sus cuarteles. Las sirenas de las fábricas de Pueblo Nuevo anunciarían el inicio de la insurrección obrera, y el ulular de estas se iría extendiendo por los barrios obreros y el puerto, como anuncio sonoro del comienzo de la insurrección obrera.
Los Comités de Defensa de las barridas barcelonesas acordaron dotarse de una amplia autonomía y capacidad de decisión propias, siempre encuadrada en el plan general, diseñado y coordinado por el Comité de Defensa Local [de Barcelona]. De esta manera, sin perder mucho tiempo, el Comité de Defensa Local se reunía a diario con sus delegados de barriada.
Esos comités de defensa de barrio estaban coordinados y centralizados por un Comité Revolucionario, constituido por Josep Asens, secretario de la Federación Local de Sindicas Únicos de Barcelona. Santillán (por la FAI) y tres miembros de Grupo Nosotros: Durruti, Francisco Ascaso y Juan García Oliver, que había establecido un plan general de combate y una táctica a seguir.
La metodología de trabajo de Ocho días de julio es cronológica con un apoyo de saber dónde y de qué manera estaban situados los cuarteles y las barricadas que intentaban cerrar el camino a que los que apoyaban la sublevación llegasen a los principales puntos estratégicos y tuviesen, manteniendo, comunicaciones…
¿Por qué; qué te lleva a esto?
Los anarcosindicalistas decidieron no declarar la huelga general y dejar que los soldados sublevados salieran a la calle sin hostigarlos. JGO sostenía que no debían asaltar los cuarteles porque allí la tropa se haría fuerte y tenía acceso a una munición abundante, en cambio la dotación de munición de un soldado en la calle se limitaba a cuarenta o cincuenta balas. Sería mucho más fácil derrotar a los sublevados fuera de sus cuarteles,
Desde las tres de la madrugada una creciente multitud reclamaba armas en la Consejería de Gobernación, en Plaza Palacio. No había armas para el pueblo, porque el gobierno de la Generalidad temía más una revolución obrera que el alzamiento militar contra la República. Juan García Oliver, desde el balcón de Gobernación, dijo a los militantes cenetistas que se pusieran en contacto con los comités de defensa de sus respectivas barriadas, o marcharan a los cuarteles de San Andrés en espera de la oportunidad de apoderarse del armamento allí depositado.
A las cuatro y cuarto de la madrugada las tropas del Bruc en Pedralbes, habían salido a la calle, dirigiéndose por Diagonal hacia el centro de la ciudad.
El campo de fútbol del Júpiter de la calle Lope de Vega fue utilizado como punto de encuentro desde el que iniciar la insurrección obrera contra el alzamiento militar. Antonio Ortiz y Ricardo Sanz montaron una ametralladora en la parte trasera de la plataforma de madera del camión que abría la marcha. Las sirenas de las fábricas de Pueblo Nuevo comenzaron a ulular, extendiendo su alarma a otros barrios y a los barcos amarrados en el puerto. Los dos camiones, bandera rojinegra desplegada, seguidos de centenares de hombres armados marcharon al sindicato de la construcción en la calle Mercaders, y luego a los sindicatos metalúrgico y del transporte en Las Ramblas.

Los comités de defensa que disponían de una amplísima autonomía de acción, fueron dirigidos y coordinados por el Comité de Defensa Revolucionaria, formado por Josep Asens, secretario de la Federación Local de Sindicatos de Barcelona, Santillán por la FAI y tres miembros del grupo Nosotros (Francisco Ascaso, Buenaventura Durruti y Juan García Oliver).
La táctica de los militares consistía en que las tropas que salían de los cuartes situados en la periferia barcelonesa llegaran al centro de la ciudad y enlazaran con Capitanía-Atarazanas, o tomaran los centros neurálgicos de teléfonos, telégrafos, correo o emisoras de radio, Jefatura de Policía y Palau de la Generalidad.
Las tres vías a controlar eran Paralelo, Ramblas y Vía Layetana.
Hizo falta no poca cooperación entre anarquistas, poumistas y en el arranque de la sublevación militar —aunque luego cada uno va tomando su camino— comunistas, “gent d’esquerra”, ¿qué nos puedes explicar? aunque mayoritariamente fueron los anarquistas porque era, simplemente, mayoritarias y muy fuertes y presentes sus bases…
Los milicianos de los comités de defensa eran unos veinte mil, repartidos en toda la ciudad. El POUM contó en plaza de Cataluña con unos cien militantes armados. No había comparación posible entre la fuerza de la CNT y la INTERVENCION TESTIMONIAL y minoritaria del POUM.
La inmensa mayoría de militantes de ERC se quedó en su casa porque eran gente de orden y para combatir ya disponían del mando de la guardia de asalto. Los cuatro pequeños partidos socialistas que el 24 se unificaron para fundar el PSUC pusieron en práctica la consigna de salvar cuadros y sólo intervinieron los más destacados hombres de acción, de forma testimonial.
Así, pues, fueron los comités de defensa de la CNT y la guardia de asalto quienes intervinieron en la derrota del ejército. La guardia civil siempre fue sospechosa de simpatizar con los golpistas y, de hecho, algunos efectivos se pasaron al enemigo en cuanto pudieron. Sólo la fuerza decisiva de los veinte mil milicianos de los comités de defensa impidió que la guardia civil no se decantara en favor de los sublevados. Por otra parte, la guardia de asalto, formada por profesionales, pero de una edad cercana a la cuarentena y muchos de ellos padres de familia, sólo arriesgaron lo imprescindible, rehusando en ocasiones el combate. Los comités de defensa fueron decisivos y arrastraron, con su ejemplo, a otras fuerzas, como los de asalto y la guardia civil.
La CNT y la FAI ¿se temían el alzamiento militar?
Todo el mundo sabía con certeza, desde meses antes, que se estaba preparando un golpe de estado militar. Y desde las elecciones de febrero de 1936 se sabía que ese golpe era inminente.
La Ponencia del CNCD, de octubre de 1934, supuso una nueva organización y orientación de los cuadros de defensa, que asumían tácitamente las viejas críticas a la “gimnasia” insurreccional de Alexander Shapiro (1933) y de los treintistas (1931).
En Cataluña, la aplicación práctica de esa nueva estructura de los comités de defensa fue objeto de una ponencia, presentada por los grupos anarquistas Indomables, Nervio, Nosotros, Tierra Libre y Germen, en el Pleno de la Federación de Grupos Anarquista de Barcelona, que se reunió en enero de 1935. La ponencia presentaba la fundación, en Barcelona, del Comité Local de Preparación Revolucionaria.
El preámbulo de la ponencia caracterizaba el momento histórico como “un período de inmensas perspectivas revolucionarias a causa sobre todo de la incapacidad manifiesta del capitalismo y del Estado para dar soluciones de equidad a los problemas económicos, sociales y morales, planteados de una manera apremiante”. Se constataba el fracaso político internacional desde el fin de la Gran Guerra: “Más de tres lustros de esfuerzo permanente de los dirigentes de la vida económica y otros tantos ensayos de múltiples formas de Estado, sin excluir la llamada dictadura del proletariado, no han producido un mínimo de equilibrio tolerable por las grandes masas, sino que han aumentado el malestar general y nos han llevado al borde de la ruina fisiológica y al umbral de la nueva hecatombe guerrera”. Frente a un panorama histórico, realmente desolador; el auge del fascismo en Italia, del nazismo en Alemania, del estalinismo en la Unión Soviética, de la depresión económica con un paro masivo y permanente en Estados Unidos y Europa; la ponencia oponía la esperanza del proletariado revolucionario: “En la quiebra universal de las ideas, partidos, sistemas, sólo queda en pie el proletariado revolucionario con su programa de reorganización de las bases de trabajo, de la realidad económica y social y de la solidaridad”. El optimismo de los redactores de la ponencia veía, en España, al movimiento obrero, lo bastante fuerte y capaz “de librar la batalla definitiva al viejo edificio de la moral, de la economía y de la política capitalistas”.
En la definición, que los ponentes daban de la revolución, se apreciaba una profunda crítica a la pueril táctica, ya abandonada en octubre de 1934, de la gimnasia revolucionaria y de la improvisación: “La revolución social no puede ser interpretada como un golpe de audacia, al estilo de los golpes de Estado del jacobinismo, sino que será consecuencia y resultado del desenlace de una guerra civil inevitable y de duración imposible de prever”. No sólo se vislumbraba con sorprendente claridad la Guerra civil, a dieciocho meses vista, y su inmensa crueldad, sino que se insistía en la necesidad de anticiparse ya, organizando la nueva estructura de los cuadros de defensa: “Si el golpe de Estado exige en los tiempos modernos una gran preparación técnica e insurreccional, elementos y hombres perfectamente adiestrados para el fin perseguido, una guerra civil requerirá con mucha más razón un aparato de combate que no puede improvisarse al calor del mero entusiasmo, sino estructurarse y articularse con la mayor cantidad posible de previsiones y efectivos”.
Se verificaba la abundancia de hombres disponibles, pero también su falta de organización “para una lucha sostenida contra las fuerzas enemigas”. Era, pues, necesario acelerar su instrucción. “A ese propósito responde la presente estructuración del Comité Local de preparación revolucionaria que proponemos”. Ese comité estaría formado por cuatro miembros: dos serían nombrados por la Federación Local de la CNT y otros dos por la Federación Local de Grupos Anarquistas. Estos cuatro organizarían además una comisión auxiliar. La misión principal de ese Comité local de preparación revolucionaria era “el estudio de los medios y métodos de lucha, de la táctica a emplear y la articulación de las fuerzas orgánicas insurreccionales”. Se distinguía claramente entre los viejos cuadros de choque, anteriores a octubre de 1934, y los nuevos cuadros de defensa: “Así como hasta aquí los comités de defensa han sido sobre todo organizaciones de grupos de choque, deben ser en lo sucesivo organismos capaces de estudiar las realidades de la lucha moderna”.
La preparación revolucionaria para una larga guerra civil exigía nuevos desafíos, impensables en la vieja táctica de los grupos de choque: “Dado que no es posible disponer de antemano de los stocks de armas necesarios para una lucha sostenida, es preciso que el Comité de preparación estudie el modo de transformar en determinadas zonas estratégicas las industrias […], en industrias proveedoras de material de combate para la revolución”. Ahí estuvo el origen de la comisión de industrias de guerra, constituida el 7 de agosto de 1936, que en Cataluña levantó de la nada más absoluta una potente industria bélica gracias al esfuerzo de los trabajadores, coordinados por los cenetistas Eugenio Vallejo Isla, metalúrgico; Manuel Martí Pallarés, del sindicato de Químicas, y Mariano Martín Izquierdo; aunque más tarde el éxito se lo apuntaron los políticos burgueses (Josep Tarradellas), que si bien contribuyeron a su éxito, éste “pertenece íntegramente a los trabajadores de las fábricas, y a los técnicos, a los delegados responsables que la CNT ha puesto desde el comienzo de la guerra en los cargos de dirección”.
Los comités regionales de la CNT debían ser los coordinadores de esos comités locales de preparación revolucionaria. Estos podían reunirse en Plenos especiales para el intercambio de iniciativas, informaciones y experiencias. A nivel nacional se preveía celebrar reuniones de los delegados regionales.
Ese comité de preparación no debía tener nunca la iniciativa revolucionaria “que habrá de partir siempre de las organizaciones confederal y específica, siendo ellas las que han de fijar el momento oportuno y asumir la dirección del movimiento”. La financiación debía correr a cargo de los sindicatos de la CNT y de los grupos anarquistas, sin “fijar de antemano una contribución general obligatoria”. En cuanto a la “formación de los cuadros de lucha, en las ciudades los grupos insurreccionales serán formados a base de barriadas, en núcleos de número ilimitado, pero igualmente entrarán a formar parte de los cuadros insurreccionales los grupos de afinidad que deseen mantener su conexión como tales, pero sometiéndose al control del comité de preparación”.
Tanto la ponencia del CNCD, de octubre de 1934, como la de los grupos anarquistas de Barcelona, de enero de 1935, insistían en una nueva estructura de los cuadros de defensa, desechando su vieja consideración de simples grupos de choque, para transformarlos en cuadros de defensa de preparación revolucionaria rigurosa, enfrentados a los problemas de información, armamento, táctica e investigación previos a una larga guerra civil. De los grupos de choque, anteriores a 1934, se había pasado a los cuadros de información y combate, células del futuro ejército revolucionario.

En el primer semestre de 1936 los miembros del Grupo Nosotros, en las reuniones y debates con otros grupos anarquistas, eran insultados con la etiqueta de anarcobolcheviques, porque se atrevían a plantear cuestiones tabúes: la cuestión del poder y la de un ejército del proletariado. En el Congreso de Zaragoza, Cipriano Mera le espetó cómicamente a García Oliver de qué color quería los entorchados: curiosamente quien sólo unos meses después llevó entorchados fue el propio Mera… porque las revoluciones aceleran los tiempos y las situaciones.
En aquellos días también hubo ejecuciones, persecuciones religiosas y violencia revolucionaria en la retaguardia. ¿Cómo interpretas esa violencia dentro del contexto de julio de 1936?
Todas las organizaciones antifascistas, incluidos gobierno de la Generalidad y comités superiores cenetistas, confundían y mezclaban astutamente la delincuencia con la violencia revolucionaria de los comités de barrio y de los sindicatos, que confiscaban, colectivizaban o controlaban fábricas, talleres y tierras de cultivo, que ejecutaban fascistas, pistoleros, derechistas, militares y curas; que incautaban torres, coches, viviendas de lujo, cuarteles, iglesias, conventos, hospitales, hospicios, cuarteles, factorías, industrias, empresas, propiedades abandonadas por facciosos huidos, etcétera.
El proceso revolucionario, para muchos, había ido demasiado lejos. El primer paso para controlarlo consistía en detenerlo y que no avanzara más. Luego llegaría la hora de reconquistar el terreno perdido. Por esta razón había aparecido el nuevo concepto de “orden revolucionario”, que no significaba otra cosa que impedir profundizar la revolución y considerar las “conquistas revolucionarias” de Julio de 1936 como un nuevo orden, ya acabado, que era necesario defender frente a los incontrolados/revolucionarios, frente al desorden y la delincuencia arbitrarios, frente a la burguesía expropiada y frente al fascismo. Los mejores militantes anarcosindicalistas habían abandonado Barcelona, enrolados en milicias antifascistas, que definieron el frente de Aragón contra el fascismo y los militares sublevados contra su pueblo. Mientras tanto, guardias de asalto y guardias civiles, estaban a salvo, acuartelados cómodamente. Esos cuerpos represivos y antiobreros no habían sido disueltos, en espera de constituirse en el brazo armado de la contrarrevolución.
El éxito del vocablo “incontrolado” radicaba precisamente en esa ambigüedad, que abarcaba y mezclaba dos significados distintos: criminal y revolucionario, de forma lo bastante discreta y velada como para ser aceptada por los propios comités de barrio, locales o sindicales, contra los que iba dirigida; y de forma suficientemente clara y precisa como para ser empuñada por los comités superiores, los partidos burgueses, el estalinismo y el gobierno contra los revolucionarios, convertidos con el infamante calificativo de “incontrolados” en cabeza de turco, diana de todos los dardos y objetivo prioritario que abatir.
La necesaria e ineludible represión de la caótica y oportunista criminalidad se convertía en excelente excusa para frenar y controlar de paso a los revolucionarios expropiadores.
De este modo, se decantaba y desvelaba también la auténtica naturaleza del Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), como organismo de colaboración de clases que asumía el programa antifascista, renunciaba a la revolución social y preparaba la participación de los anarcosindicalistas en un gobierno frentepopulista. El CCMA no era un gobierno revolucionario, sino el primer eslabón para la formación de un nuevo gobierno de la Generalidad, en el que participarían todas las organizaciones sindicales y políticas, obreras y burguesas, además de los representantes del gobierno, con el objetivo final, consciente o no, de restaurar todos los poderes y estructuras del Estado burgués.
Cada momento histórico establecía el órgano adecuado para controlar y encauzar la “revolución de julio” y preparar, en el futuro, la reconstrucción del Estado. Lo mismo sucedía con las Patrullas de Control. Acuarteladas las fuerzas de Orden Público “de verdad”, esto es, la Guardia Civil y la de Asalto, era necesaria una policía “revolucionaria”, que protegiera ese nuevo orden “revolucionario”, capaz de reprimir la delincuencia arbitraria, pero también de “contener” a los comités de barrio y sindicales, con todas las contradicciones que se quiera, originadas por esa situación inestable de los comités superiores, dirigentes de una organización de ideología antiestatal, que participaban en las tares gubernamentales y de reconstrucción del Estado capitalista.
Los movimientos revolucionarios, a lo largo de la historia, nunca han sido puros y perfectos, sino heterogéneos y contradictorios, ingenuos y avanzados, irritantes y ciegos, sorprendentes y clarividentes, todo ello al mismo tiempo.
Nueve semanas después de su creación el CCMA era disuelto el 1 de octubre de 1936, aunque la CNT ya había dado su acuerdo desde mucho antes, en un plenario reunido el 17 de agosto de 1936.
A finales de octubre de 1936 el balance del CCMA era terrible: se paraban las espontáneas y metódicas expropiaciones obreras de fábricas y propiedades de la burguesía, que pasaban a ser controladas y deformadas por un decreto de colectivizaciones y control obrero, cuyas disposiciones y desarrollo efectuó Tarradellas, mediante 58 decretos financieros y tributarios…
El miércoles 16 de junio de 1937, policías llegados a Barcelona desde Madrid detuvieron al CC del POUM, partido ilegalizado ese mismo día bajo la fantástica acusación de formar parte de una red de espionaje fascista.
Se iniciaba una brutal represión contra el POUM y los sectores revolucionarios de la CNT, que además demonizaba y difamaba el carácter y naturaleza de los incontrolados/revolucionarios. Era la primera vez en la historia en la que se planteaba una campaña de falacias, infamias y calumnias como sustitución de la realidad social e histórica. Represión y escarnio, sin límites, para los vencidos de mayo. Los poumistas eran acusados de ser trotskistas/fascistas, los altos cargos cenetistas en Orden público, o en la antigua Oficina Jurídica, eran ultrajados, desprestigiados y deformados hasta el absurdo, convirtiéndolos en monstruosos asesinos y ávidos ladrones, aislándolos del contexto histórico, social y revolucionario en el que habían surgido. Los represaliados dejaban de ser quintacolumnistas y enemigos emboscados en la retaguardia, en una situación de guerra civil, provocada por el alzamiento de militares, curas y fascistas contra un gobierno democrático y legítimo, para convertirse en angelitos incólumes e inocentes, injustamente agredidos, que hacía abstracción del golpe de estado y de la guerra en curso de un pueblo contra el ejército profesional, la Iglesia y la burguesía.
Era una extravagante, grotesca y curiosa maniobra, pero muy efectiva, que ocultaba el papel de estalinistas y republicanos en las mismas tareas represivas que los anarquistas. Absurda y arbitrariamente se concentraban y personalizaban todas las “barbaridades”, acciones represivas y decisiones “de gobierno y orden público”, tomadas durante el período revolucionario en Barcelona, en unos cuantos nombres estigmatizados y demonizados: Manuel Escorza, Dionisio Eroles, Aurelio Fernández, José Asens, Eduardo Barriobero, Justo Bueno, Antonio Ordaz. Al mismo tiempo, en cada localidad surgía el nombre del incontrolado/revolucionario de turno: Antonio Martín, el «Cojo de Málaga”, en Puigcerdá”, Lino y “sus muchachos” en Sabadell, Pedro Alcocer y “sus chiquillos” en Tarrasa, Aubí “el Gordo” en Badalona, Marín en Molins, Pascual Fresquet y su autobús de la muerte en Falset, y un largo etcétera en toda Cataluña.
La operación de persecución, deshonra, eliminación, distorsión y criminalización de algunos de los responsables cenetistas, completa y gratuitamente degradante, vil, abstracta, ideológica e irracional, disfrazó la situación revolucionaria, comenzada en julio de 1936 por el triunfo sobre el golpe militar-fascista, y el consiguiente vacío de poder, como una epidemia de monstruosos asesinos en serie, vampiros ávidos de sangre e impunes ladrones, todos exclusivamente anarquistas, provocada por un extraño virus: la legalidad republicana y la selectiva represión gubernamental y estalinista. Lo curioso y grave es que esa campaña publicitaria y esa cadena de infamias caló tan hondo que llegó a sustituir la propia realidad, y aún hoy impregna las narraciones históricas académicas como un dogma indiscutible. No en vano Orwell extrajo las características esenciales del Gran Hermano de sus vivencias barcelonesas.
¿Qué teoría de teorías defiendes en este libro porque se escribe mucho sobre y con “Los amigos de Durruti” apagando no pocos incendios y frenando el golpe o el triunfo del mismo en Barcelona?
Yo no defiendo ni dejo de defender nada ni a nadie. Y mi opinión personal no importa, ni debería importarle a nadie. Como historiador me limito a señalar y explicar que dijeron determinados individuos o grupos en unas circunstancias históricas dadas, que intento contextualizar y comprender. Lo que hago es rescatar y explicar qué dijeron la Agrupación de los Amigos de Durruti, el grupo de afinidad que publicó el periódico anarquista clandestino Alerta, qué hizo Merino del sindicato de la construcción, etcétera.
Así, pues, no defiendo ninguna teoría de teorías, sino que sencillamente explico el concepto de Junta Revolucionaria que propusieron los Amigos d Durruti.
Las principales aportaciones teóricas de la Agrupación al pensamiento anarquista pueden resumirse en estos puntos:
1.- La necesidad de un programa revolucionario, claro y preciso, defendido por los fusiles. Todo el poder económico es gestionado por los sindicatos.
2.- Las revoluciones son totalitarias o fracasan. Totalitaria significa que abarca todos los campos: político, social, económico, cultural. Y también señala la necesaria represión violenta de la contrarrevolución burguesa y la necesidad de una dirección revolucionaria.
3.- La sustitución del gobierno de la Generalidad por una Junta Revolucionaria, que es entendida como un organismo revolucionario unitario de la clase obrera, opuesto a la colaboración de clases, sin participación de la burguesía ni de los estalinistas, y al margen de las estructuras estatales, que tiene por objetivo la coordinación de los comités revolucionarios de barriada.
El tradicional apoliticismo anarquista hizo que la CNT careciera de una teoría de la revolución. Sin teoría no hay revolución, y no tomar el poder significó dejarlo en manos del Estado capitalista. Para la Agrupación, el CCMA fue un órgano de colaboración de clases, y sólo sirvió para apuntalar y fortalecer al Estado burgués, que no se quiso ni se supo destruir. De ahí la necesidad, propugnada por Los Amigos de Durruti, de constituir una Junta Revolucionaria, capaz de coordinar, centralizar y fortalecer el poder de los múltiples comités obreros, locales, de defensa, de empresa, milicianos, etcétera, que fueron los únicos detentadores del poder entre el 19 de julio y el 26 de setiembre. Un poder atomizado en múltiples comités, que detentaban localmente todo el poder, pero que al no federarse, centralizarse y fortalecerse entre sí, fueron canalizados, debilitados y transformados por el CCMA en ayuntamientos frentepopulistas, direcciones de empresas sindicalizadas y batallones de un ejército republicano. Sin la destrucción total del Estado capitalista, las jornadas revolucionarias de julio del 36 no podían dar paso a una nueva estructura de poder obrero. La degeneración y el fracaso final del proceso revolucionario eran inevitables. Sin embargo el enfrentamiento, entre el anarquismo de Estado y reformista de la CNT-FAI y el anarquismo revolucionario de Los Amigos de Durruti, no fue lo bastante preciso y contundente como para provocar una escisión que clarificara las posiciones antagónicas de ambos.
Así, pues, cabe retener estas conclusiones:
1.- En julio de 1936, la cuestión esencial no era la toma del poder (por una minoría de dirigentes anarquistas), sino la de coordinar, impulsar y profundizar la destrucción del Estado por los comités.
Los comités revolucionarios de barriada (y algunos de los comités locales) no hacían o dejaban de hacer la revolución: eran la revolución social.
La destrucción del Estado por los comités revolucionarios era una tarea muy concreta y real, en la que esos comités asumían todas las tareas que el Estado desempeñaba antes de julio de 1936. Y ESA ES LA GRAN LECCIÓN DE LA REVOLUCIÓN DEL 36: LA NECESIDAD DE DESTRUIR EL ESTADO.
2.- Durante la guerra civil, el proyecto político del anarquismo de Estado, constituido como un partido antifascista más, utilizando métodos de colaboración de clases y de participación gubernamental, organizado burocráticamente con el objetivo principal de ganar la guerra al fascismo, fracasó estrepitosamente en todos los terrenos; pero el movimiento social del anarquismo revolucionario, organizado en comités revolucionarios de barrio, locales, de control obrero, de defensa, etcétera, constituyó los embriones de un poder obrero que alcanzó cotas de gestión económica, de iniciativas populares revolucionarias y de autonomía proletaria, que aún hoy iluminan y anuncian un futuro radicalmente diferente a la barbarie capitalista, el horror fascista o la esclavitud estalinista.
Y aunque ese anarquismo revolucionario sucumbió finalmente a la represión coordinada y cómplice del Estado, de la burguesía, de los estalinistas y de los comités superiores, nos legó el ejemplo, la reflexión y el combate de algunas minorías, como Los Amigos de Durruti, las JJLL de Cataluña y determinados grupos anarquistas de la Federación Local de Barcelona, que nos permiten teorizar hoy sus experiencias, aprender de sus errores y reivindicar su lucha y su historia.
A la vez y fruto de ello se lanzan a formar columnas para ayudar a otras zonas del Estado como Zaragoza, sin ir más lejos…
El 24 de julio por la mañana sale hacia Zaragoza la columna Durruti por carretera y por la tarde la columna Ortiz por ferrocarril a Caspe. La presencia de esos milicianos armados hizo posible la experiencia revolucionaria y las colectivizaciones campesinas del Aragón republicano.
La vida diaria, el día a día, de Barcelona se vio de repente interrumpido y en unos barrios más que otros, ¿verdad? Háblanos de esos barrios “más movidos” y de los que pudieron vivir aquellos días con “relativa tranquilidad”…
Los combatientes en la calle, en el desarrollo mismo del combate, y mientas iban aplastando al ejército, empezaron a ser llamados y a llamarse a sí mismos “los milicianos”. En muchos barrios obreros apareció una sensación inédita de poder popular. En cada barrio surgió un comité revolucionario y un comité de abastos. Las iglesias fueron quemadas y/o ocupadas, los curas perseguidos por la facilidad de diferenciarlos y por la complicidad de la Iglesia con el golpe militar y fascista. Muchos empresarios no regresaron a sus casas y se escondieron o huyeron, porque trabajadores armados habían ido a buscarlos a su domicilio. Las fábricas fueron expropiadas, ocupadas y gestionadas sindicalmente, en asambleas convocadas con tal fin. El Sindicato Metalúrgico inició la transformación de varias grandes empresas en industrias de guerra. Los comités de defensa se transformaron en comités revolucionarios de barrio y en unidades de voluntarios para luchar contra el fascismo en Aragón. Numerosos vecinos participaron por primera vez en tareas de organización colectiva… La guardia civil y la guardia de asalto desaparecieron de la calle, aunque acuartelados con sus armas, y fueron substituidos por patrullas de control.
Mientras los trabajadores en las barriadas, llenas de barricadas, estaban convencidos que vivían y hacían la revolución en su vida cotidiana, los comités superiores pactaban con partidos estalinistas y burgueses, o con el gobierno de la Generalidad y hablaban de unidad antifascista como único medio de ganar la guerra.
Se hizo realidad una de las experiencias de autoorganización y autogestión obrera más importante, profunda y extensa de la historia del movimiento obrero.
¿Cómo teorizar esa experiencia revolucionaria individual, aun corriendo el riesgo de repetir conceptos?: Definimos como situación revolucionaria la existente en Barcelona del 19 de julio al 26 de setiembre de 1936, caracterizada por la expropiación generalizada de la burguesía y la apropiación sindical de las empresas, complementada por la formación de milicias de obreros revolucionarios, que marcharon a Aragón para enfrentarse al fascismo, que organizaron Patrullas de Control como policía revolucionaria encargada de instaurar y proteger el nuevo orden revolucionario impuesto por los comités de barrio y locales, que además tendían a sustituir al Estado en todas sus funciones.
Pero esa situación revolucionaria no llegó a convertirse en una revolución proletaria, porque no existió ninguna organización con una estrategia y voluntad política que se propusiera destruir el Estado; no hubo ningún grupo ni organismo que propugnara y favoreciera la coordinación, extensión y profundización del poder de esos comités revolucionarios, potenciales órganos de poder obrero. Nadie propuso ni siquiera la destitución del vigente gobierno de la Generalidad. Companys era presidente de la Generalidad el 16 de julio, y lo continuaba siendo el 26 de julio, como si no hubiera pasado nada. La CNT optó por una política de unidad antifascista como único instrumento válido para ganar la guerra al fascismo. El Comité de comités, constituido como vanguardia dirigente de la CNT, renunció a la guerra de clases y optó decididamente por la colaboración de clases, asumiendo todas las consecuencias.
Concluimos, pues, que el 21 de julio de 1936 al movimiento anarcosindicalista le falló una teoría revolucionaria, capaz de enfrentarse a la cuestión del poder político. También le faltó una vanguardia revolucionaria (no sustitutiva de la clase) capaz de coordinar, extender, gestionar, fortalecer y profundizar el poder potencial de esos comités revolucionarios, que estaban protagonizando en Cataluña una revolución social y económica muy profunda y extensa. Los Amigos de Durruti en el verano de 1937 opusieron la Junta Revolucionaria (vanguardia revolucionaria no sustitutiva) al Comité de comités (vanguardia antifascista y colaboracionista).
O la revolución destruye al Estado o el Estado aplasta a los revolucionarios.
Esta insurrección militar por parte de los alzados tuvo sus nombres y protagonistas; pero por parte de los que la pararon, también…explícanos.
Entiendo tu pregunta, pero voy a desplazar la respuesta al enfrentamiento realmente existente el día 26 de julio de 1936, octavo día de la revolución, cuando se aprobó la participación definitiva de la CNT en el CCMA, porque me parece más pedagógico y las cosas no eran blanco o negro.

Voy a poner un solo ejemplo, escogiendo solo un par de nombres: los de Joan García Oliver y Lluís Companys, que cabe situar ya en el mismo campo republicano y antifascista, pero cuando el proletariado barcelonés, armado con los treinta mil fusiles tomados en el cuartel de San Andrés, en realidad estaban aún en las antípodas de la guerra de clases, en las antípodas de ambos jefes carismáticos, enfrentados a su vez entre ellos.
El domingo 26 de julio, domingo, en la Casa CNT-FAI en un Pleno Regional de Locales y Comarcales de Sindicatos, convocado por el Comité Regional, se puso a debate la colaboración provisional de la CNT en el CCMA. Se ratificó el colaboracionismo. El acuerdo sobre el análisis de la situación revolucionaria existente se cerraba mediante una decisión que había alcanzado la “unanimidad absoluta”, definida como la “misma posición”, esto es, la que ya había aceptado provisionalmente la delegación cenetista que había parlamentado con Companys, la ya aprobada por el Pleno Regional del día 21, la del Pleno conjunto CNT-FAI del día 23. ¿Qué posición?: “no hay más enemigo para el pueblo, que el fascismo sublevado”, y por lo tanto ni el gobierno burgués de la Generalidad ni el republicano eran un enemigo a batir, sino un aliado. La renuncia revolucionaria era ya absoluta: “Que nadie vaya más allá. Que nadie tergiverse la actuación a seguir”. Se apelaba a la obligación moral de aceptar las decisiones generales y se hacía una profesión de fe antifascista: “Hoy por hoy, contra el fascismo, sólo contra el fascismo que domina media España”.
Los acuerdos se publicaron en un BANDO que destacaba la fortísima identificación del fascismo español con la Iglesia católica y el autoritarismo organizativo confederal, de carácter piramidal, que no toleraba oposición alguna a la decisión adoptada de colaborar con el resto de fuerzas antifascistas.
El comunicado final del Pleno Regional terminaba con una orden tajante e indiscutible de aceptación y sumisión al CCMA: “hay un COMITÉ DE MILICIAS ANTIFASCISTAS Y UN APÉNDICE SUYO DENOMINADO COMISIÓN DE ABASTOS. Todos tenemos el deber de acatar sus consignas, forma de regular las cosas en todos los órdenes.”.
El Bando era además el acta de nacimiento del CC de Abastos, que junto al CCMA y el Consejo de Economía constituyeron los tres pilares sobre los que se sostenía la revolución de julio.
El CCMA se reunió por la tarde-noche del día 26 para crear un organigrama y estructurarse en diversos departamentos: Guerra, Milicias de Barcelona, Milicias comarcales, Comisión de Abastos, Propaganda, Autorizaciones y permisos, Patrullas de Control, Sanidad de Guerra, Transportes y Subsidios.
García Oliver se encargó del departamento de Guerra. Abad de Santillán estaba al cuidado del abastecimiento de las milicias, ayudado por Miret y Pons. Aurelio Fernández fue nombrado jefe del Departamento de Investigación, o lo que es lo mismo, en el auténtico jefe de la policía revolucionaria, con el auxilio de José Asens y Tomás Fábregas (Acció Catalana), que dirigían las Patrullas de Control. Josep Tarradellas se encargó del decisivo departamento de Economía e industrias de guerra. Como asesores militares fueron nombrados los hermanos Guarner, Díaz Sandino y Pérez Farrás.
La preponderancia de García Oliver y sus choques con el gobierno de la Generalidad fueron constantes hasta la disolución del CCMA, aunque disminuyeron en intensidad, importancia e interés a medida que pasaban las semanas, tanto por el progresivo distanciamiento del Comité Regional respecto a García Oliver, como por la ineficacia del CCMA y la muy temprana decisión secreta de la CNT de disolverlo. El enfrentamiento más grave fue sin duda el veto de García Oliver al gobierno Casanovas, propuesto por Companys el 31 de julio de 1936, en el que daba entrada a dos consejeros (ministros) del PSUC: Joan Comorera y Rafael Vidiella, y uno de Unió de Rabassaires: Josep Calvet. El ultimátum de García Oliver, que incluía la amenaza de suprimir la Generalidad, porque veía en el nuevo gobierno un ataque a la existencia del CCMA, terminó con la rectificación de Companys, que modificó el gobierno (ya sólo con republicanos) sólo unos días después de haber publicado el decreto de su constitución.
Tal era la relación de fuerzas existente: García Oliver hizo rectificar a Companys la formación del gobierno, en solo una semana, amenazando con disolver la Generalidad, si Companys no cedía.
Sin embargo, el aparato estatal de la burguesía no sólo no había sido destruido, sino que, además, estaba siendo apuntalado y fortalecido por los comités superiores cenetistas. Por otra parte, el acuartelamiento armado de los guardias de asalto y de los guardias civiles era una formidable base para una contrarrevolución que ya se había puesto en marcha. Mayo de 1937 se había iniciado ya en julio de 1936.
No podía haber otro poder proletario que el ya existente en los barrios barceloneses y algunas localidades catalanas de los comités revolucionarios y los sindicatos expropiadores, coordinado, fortalecido, profundizado y extendido al resto de Cataluña: era autónomo y antagónico al poder estatal. Sin embargo, ninguna organización planteó esa alternativa revolucionaria. Ningún partido ni sindicato planteó la única cuestión importante y fundamental en ese momento: la cuestión del poder.
En tales circunstancias, la situación revolucionaria derivó rápidamente hacia una agresiva irrupción contrarrevolucionaria que desembocó finalmente en las Jornadas de mayo de 1937, que fue la necesaria derrota política que necesitaba el antifascismo para terminar con una amenaza revolucionaria que había durado diez meses.

Las izquierdas, entre ellos, nunca mejor dicho tuvieron que exhibir y no poco de “mano izquierda”, ¿no?
En primer lugar, para ser rigurosos y entender de qué estamos hablando habría que diferenciar y definir entre izquierda del capital y derecha del capital. Tanto en los años treinta como hoy la izquierda y la derecha son yunque y martillo, que se complementan para golpear y aplastar al proletariado. Izquierda y derecha del capital se complementan para salvaguardar el capitalismo. Los anarquistas no debe situarse en la izquierda del capital, sino al margen del capital, porque son su alternativa revolucionaria,
Dicho esto, cabría hablar del papel jugado por los leninistas en la insurrección del 19 de julio:
Los leninistas del PSUC, constituido el 23 de julio de 1936 por la unificación de cuatro pequeños partidos socialistas y comunistas, encabezó la contrarrevolución estalinista, caracterizada por la defensa de un Estado burgués fuerte, capaz de crear un ejército tradicional, apto para ganar la guerra al fascismo. Negaban la existencia de revolución alguna en Cataluña. Los leninistas del POUM, tras la derrota del golpe militar y fascista propusieron un programa de rebaja de alquileres, aumento de salarios y otras reivindicaciones inmediatas menores, en lugar de plantear la única cuestión importante, decisiva y urgente: la del poder. El leninismo, en la Cataluña de 1936, naufragó, sin pena ni gloria, entre el estalinismo contrarrevolucionario y el inmediatismo más miope e inútil.
Lo triste, por no decir lo siguiente u otro calificativo, es que antes de un año se produjesen los “hechos de mayo del 37”, coméntanos por favor…
La historiografía académica, ya sea estalinista, socialdemócrata o nacionalista, intenta poner de moda una interesada interpretación de mayo del 37, consistente en lamentarse dela crisis y ruptura fratricida del antifascismo.
No pueden entenderse los Hechos de Mayo de 1937 si no se comprende que los trabajadores revolucionarios de Barcelona no luchaban por una República burguesa o por un Estado democrático. Los comités revolucionarios de barrio, surgidos de la victoria de los comités de defensa sobre el ejército sublevado y el golpe de estado fascista, luchaban por la revolución social y por un mundo nuevo, en una guerra de clases. Combatían por la destrucción del Estado, sustituyéndolo en todas sus funciones, expropiando fábricas y propiedades de la burguesía, levantando un ejército miliciano de voluntarios, asumiendo la gestión política, social y económica de una ciudad de más de un millón de habitantes. Y eso la poshistoria nacionalista, socialdemócrata, fascista, reformista, izquierdista, derechista o estalinista no puede asimilarlo, ni contemplarlo.
Desde esta sencilla premisa: la de que los comités de barrio combatían por la revolución, llegamos a estas inevitables reflexiones:
A. En julio de 1936, la cuestión esencial no era la toma del poder por una minoría de dirigentes anarquistas, sino la de coordinar, impulsar y profundizar la destrucción del Estado por los comités.
Los comités revolucionarios de barriada (y algunos de los comités locales) no hacían o dejaban de hacer la revolución: eran la revolución social.
La destrucción del Estado por los comités revolucionarios era una tarea muy concreta y real, en la que esos comités asumían todas las tareas que el Estado desempeñaba antes de julio de 1936.Y esa es la gran lección de la revolución de 1936: la necesidad primordial de destruir el Estado.
B. Durante la guerra civil, el proyecto político del anarquismo de Estado, constituido como un partido antifascista más, utilizando métodos de colaboración de clases y de participación gubernamental, organizado burocráticamente con el objetivo principal de ganar la guerra al fascismo, fracasó estrepitosamente en todos los terrenos; pero el movimiento social del anarquismo revolucionario, organizado en comités revolucionariosde barrio, locales, de control obrero, de defensa, etcétera, constituyó los embriones de un poder obreroquealcanzó cotas de gestión económica, de iniciativas populares revolucionarias y de autonomía proletaria, que aún hoy iluminan y anuncian un futuro radicalmente diferente a la barbarie capitalista, el horror fascista o la esclavitud estalinista.
Conclusiones: Por primera vez en la historia, se dio el caso de una insurrección iniciada y sostenida contra la voluntad de los líderes a que perteneció la inmensa mayoría de los insurrectos. Pero, aunque una insurrección puede improvisarse, una victoria no (Escorza); y aún menos cuando todas las organizaciones obreras antifascistas se mostraron hostiles al proletariado revolucionario: desde la UGT hasta los comités superiores de la CNT.
Los comités superiores llegaron a jugar con dos barajas, permitiendo la formación de un Comité Revolucionario secreto de la CNT (Merino), al mismo tiempo que se formaba una delegación (Santillán) para negociar en el Palacio de la Generalidad. Pero muy pronto abandonaron la carta insurreccional por los ases del alto al fuego, que aseguraban su futuro de burócratas.
Sólo dos pequeñas organizaciones, la Agrupación de los Amigos de Durruti y la Sección Bolchevique-Leninista de España, intentaron evitar la derrota y dar a la insurrección unos objetivos precisos. El proletariado revolucionario barcelonés, esencialmente anarquista, luchó por la revolución, incluso contra sus organizaciones y contra sus líderes, en una batalla que ya había perdido en julio de 1936, en el preciso momento en que dejó en pie el aparato estatal.
Pero hay batallas perdidas que han de librarse en beneficio de las generaciones futuras, sin más objetivo que el de dejar constancia de quién es quién, advertir el lado de la barricada en que se encuentra, señalar dónde están las fronteras de clase y cuál es el camino a seguir y los errores a evitar.
Los anexos, con textos inéditos, de García Oliver, ¿qué supone para tu investigación y narración?
Hay tres textos inéditos de Juan García Oliver. Lo más interesante es el relato personal de su intervención en las jornadas de lucha callejera del 19 y 20 de julio. Ese relato le fue encargado y pagado por el novelista Luís Romero, que lo utilizó en su novela Tres días de Julio. JGO no uso nunca ese texto en sus memorias, porque se sentía obligado a respetar su venta al novelista. Es una suerte, para todos, la recuperación de ese testimonio personal de JGO.
Otro texto importante es la narración que García Oliver hace de la entrevista cenetista con Companys el 20 de julio de 1936.
García Oliver era de “Los amigos de Durruti” el que más era “amigo” de “poner negro sobre blanco”, ¿verdad?;¿le gustaba documentar los pasos de la revolución y del ideario anarquista para dejar huella, aprender y a posteriori mejorar o poder hacerlo?
Agustín ¿qué detalles capitales de aquellos días hay que retener y que, a veces, nos pasan un poco desapercebidos…?
El 21 de julio de 1936 en la famosa asamblea reunida en el Salón Rojo de la Casa CNT-FAI se votó entre una dictadura anarquista o el colaboracionismo con el resto de organizaciones antifascistas y el Gobierno de la Generalidad. Ganó la posición favorable al colaboracionismo de la CNT para reconstruir el aparato estatal. Sin embargo, nadie planteó la alternativa revolucionaria de destruir el Estado y sustituirlo por los comités revolucionarios, que en la calle imponían una de las experiencias de autoorganización y autogestión más profundas y extensas en la historia del movimiento obrero internacional, con unos sindicatos que expropiaban sistemáticamente fábricas y propiedades de la burguesía y de la Iglesia, formaban las milicias de trabajadores voluntarios, que definieron en Aragón el frente de combate contra el fascismo, y gestionaron una ciudad de más de un millón de habitantes. Todo esto sin consignas de sus dirigentes, gracias a 70 años de experiencias prácticas y de educación libertaria. Pero esa alternativa revolucionaria, ese poder real ya existente de los comités revolucionarios y los sindicatos cenetistas ni siquiera fue planteada en la asamblea del 21 de julio de 1936. Falló una teoría libertaría sobre el poder y la destrucción del Estado. Faltó una vanguardia que no sustituya a la clase obrera, pero que la defienda de vanguardias leninistas y sustitutorias.
Quizás ha llegado el momento de comprenderlo y de teorizar esa experiencia histórica. El 21 de julio se planteó la cuestión del poder y no se supo qué hacer.
En lugar de coordinar y extender el poder, ya existente, de los comités revolucionaros y de los sindicatos, los comités superiores cenetistas optaron por colaborar con el Gobierno de la Generalidad y el resto de organizaciones antifascistas, ¡para reconstruir el Estado!
Después de tantos años investigando aquellos acontecimientos, ¿qué es lo que más te sigue impresionando o emocionando de julio de 1936?

Lo que más me sigue impresionando es la capacidad de autoorganización del proletariado barcelonés. No hablo de una abstracción ideológica, sino de algo muy concreto: miles de trabajadores que, en cuestión de horas, fueron capaces de derrotar a un ejército profesional y, al mismo tiempo, empezar a reorganizar la vida social, económica y militar de toda una ciudad.
Eso no surgió de la nada ni fue fruto de una supuesta “espontaneidad milagrosa”. Detrás había años de preparación de los comités de defensa, una cultura obrera muy sólida y una experiencia acumulada de lucha, solidaridad y organización. Cuando el Estado se derrumbó en las calles de Barcelona, esos comités asumieron funciones reales de poder: abastecimiento, patrullas, defensa, transportes, expropiaciones, coordinación de fábricas y formación de milicias.
Aún hoy resulta extraordinario comprobar cómo aquella revolución fue capaz de funcionar desde abajo, sin esperar órdenes de ningún ministerio ni de ningún partido dirigente. Los trabajadores no aguardaron instrucciones: actuaron. Y actuaron con una rapidez y una inteligencia táctica admirables.
Pero al mismo tiempo también me sigue impresionando —y entristeciendo— la rapidez con que aquella potencia revolucionaria fue desviada hacia la colaboración antifascista y la reconstrucción del aparato estatal. En muy pocos días coexistieron dos dinámicas opuestas: por un lado, la revolución social protagonizada por los comités y sindicatos; por otro, la voluntad de reconstruir un poder estatal capaz de controlar y limitar esa misma revolución.
Quizás por eso julio de 1936 sigue siendo una experiencia histórica tan rica y tan incómoda. Porque demuestra, simultáneamente, la enorme capacidad creadora de la clase trabajadora y también los límites de una revolución que no resolvió la cuestión del poder.
Y, sin embargo, pese a la derrota posterior, hay algo profundamente emocionante en aquellos días: durante unas jornadas decisivas, miles de personas corrientes sintieron que podían cambiar el mundo y actuaron en consecuencia. Esa memoria sigue viva porque no pertenece solo al pasado, sino también a todas las preguntas que el presente todavía no ha sabido responder.
¿Quieres añadir algo?
Julio de 1936 demuestra que las revoluciones no son utopías inalcanzables: se producen cuando una clase social organizada decide intervenir directamente en la historia. La de 1936 fue una revolución derrotada. Los jalones de derrotas son promesa de victoria. Hoy, como ayer, no hay más alternativa que revolución o barbarie. Basta con conectar la tele o la radio para comprobar que la barbarie ya está aquí, y se llama Gaza o Minneapolis y se llama también economía global de guerra.
El terror y la muerte como única perspectiva de futuro.
Ya he dicho al inicio de esta entrevista que considero la historia como una herramienta, una herramienta que debe servirnos para cambiar el mundo: debemos aprender de las revoluciones rusas de 1905 y 1917, de la revolución alemana de 1918-1919, de la revolución española de 1936-1937, así como de todas las experiencias del proletariado internacional. Revolución o barbarie es hoy vida o muerte. Lo que está en juego es la continuidad de la especie humana y la posibilidad de su desaparición a manos de un capitalismo salvaje y enloquecido, obsoleto y criminal.
Agustín Guillamón, junio 2026
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