La deserción, un gran NO para ir de la guerra a la revolución

Pelao Carvallo

Antimilitarista y luchador libertario por los Derechos Humanos. Integra la Red Antimilitarista de América Latina y el Caribe (Ramalc) y la Internacional de Resistentes a la Guerra/War Resister’s International (IRG/WRI). Comunicador y escritor. Esta es una versión ampliada del artículo “La deserción: de la guerra a la revolución”, publicado en la edición digital de Redes Libertarias1

Artículo publicado en Redes Libertarias núm. 5 (primavera 2026)

El esfuerzo histórico de todo militarismo y autoritarismo ha sido construir ejércitos cuyos integrantes no tengan el rechazo, lógico, cultural, social y hasta biológico a matar. Para ello junto a las básicas excusas ideológicas y morales, así como las económicas (matar por la patria, matar por el bien, matar por el botín) se ha sumado una renovada pedagogía del matar, tanto en lo formativo militar (entrenamientos, servicio militar), como en el entretenimiento: juegos de guerra, de tiroteos y balas que inundan los mercados de aplicaciones y descargas son una muestra de esta sofisticación del adoctrinamiento y entrenamiento en la capacidad de asesinar sin remordimientos, sobre todo sin remordimientos preventivos. Una parte de la cultura, cada vez mayor, hace del matar un asunto hasta divertido y del morir un tema menor, irrelevante, sin importancia.

El despliegue kitsch y pop del matar en todo lo audiovisual es parte constitutiva del esfuerzo cultural por romper las barreras emocionales que nos impiden el asesinato, barreras que son anteriores y resultan el soporte de muchas culturas. El cine, de manera sostenida, ha venido perdiendo cierto falso pudor y toda performance crítica para convertir el asesinato en un espectáculo, un baile, una coreografía deseable y estética. No vivimos este desapego a la vida casualmente, hay de fondo una estrategia para que cada vez sea más fácil tener soldados dispuestos a matar incluso antes de ser soldados.

La banalidad del asesinato es la pedagogía actual del militarismo rampante; la muerte ha sido desplazada de su centralidad cultural en tanto ese desplazamiento es un requisito para romper las comunidades y ensalzar, en cambio, lo individual. Un genocidio acá, otro allá, es el pan nuestro de cada día. No importan, en tanto suceden en otro lado, en otros territorios; lo que importa es que demuestran la eficacia de ciertas maneras y políticas contra el impulso y el hacer comunitario, que son la base para el desarrollo de vidas, una construcción de sociedades que tengan como eje la vida y no la muerte.

Los pueblos, las comunidades, han tenido siempre un freno a la escalada militarista y autoritaria: la deserción. Desertan los pueblos huyendo de donde sufren el mal, desertan los soldados de la batalla, desertan quienes trabajan de la sobreexplotación. Desertamos hasta que la deserción se convierte en revolución. Toda revolución ha sido una deserción. El gran NO. Revisemos todas las revoluciones que han dejado huella en la historia. Todas ellas, en su punto culminante, alientan un gran NO que es la deserción. Sin ese gran NO, por más que se le llame revolución, deja de serlo. Desconfiemos, por ello, en llamar revolución a aquellas que no tienen el componente pronunciado de la deserción. Veamos también las revoluciones fracasadas (que son mayoría): en ellas la deserción fue frenada.

Deserción como dejar de colaborar, dejar de obedecer, dejar de cumplir, dejar de lado el contrato, la participación, pero también como huida, escape, renuncia y alejamiento de aquello que es el mal en ese momento social e histórico. El gran propósito institucional de todo Estado, autoritario o no, es frenar anticipadamente la deserción, hacer que la conformidad sea incluso alegre.

Para frenar la guerra, todas las guerras, no solo es necesario inculcarnos el desapego a las armas y lo que ellas implican: con más ímpetu debemos inculcarnos la capacidad, el derecho y la eficacia de decir NO y desertar. Desertar de la industria de las armas y de la apología del asesinato, que es lo mismo que la apología del genocidio, porque un genocidio es el asesinato industrial y masivo. Decir NO y desertar desde la comunidad en la que estamos y la comunidad que somos, que quieren romper todo autoritarismo y militarismo; por ello el liberalismo, con su énfasis en el individualismo capitalista, siempre ha sido otro autoritarismo que requiere de ejércitos y policías para mantener un consenso obligatorio. Frente a la guerra, comunidad. Contra la guerra, deserción. Nos toca entonces reconstruir y construir comunidades e impulsar las deserciones. Ni un cuerpo para los ejércitos, ni un arma para los pueblos.

La trampa discursiva de la autodefensa de los pueblos, entendida como violencia armada, con armas provenientes de la industria bélica, es la trampa de la costumbre construida por el paradigma de dominación-violencia que vivimos en los tiempos
actuales y que conocemos por su nombre publicitario: Poder. El Poder, es decir, la dominación-violencia que es el sistema mundo que vivimos, nos da como solución a los problemas del Poder esa misma violencia que la constituye como una vía aceptable y deseable de solución, que, de manera incauta y acrítica, aceptamos para terminar fortaleciendo el paradigma. Es como querer acabar con la policía creando una policía para llevarla a prisión. Inocentemente pensamos una revolución con armas y explosiones, contaminados nuestros sueños con el imperio de las soluciones autoritarias del paradigma de dominación-violencia en el que se nos educa. Y, por ello, no es casual que, mientras tanto, ocultamos el centro y fondo de toda revolución: la deserción, el abandono, la dejación.

Para frenar estas guerras que sufrimos hemos de perder la ingenuidad y la estupidez: desconfiar del camino fácil de la violencia armada en tanto que trampa. Por contraparte, impulsar nuestras capacidades de decir NO desde lo comunitario, nuestras capacidades de evasión y no-colaboración comunitarias, incluso aunque tengamos que rehacer o hacer esas comunidades, porque siempre tenemos la capacidad de hacer comunidad, pasando de lo virtual a lo social.

Carecemos, por diversas razones, de las capacidades revolucionarias de la deserción. Y nos sobra, por el contrario, un exceso de respeto por compromisos históricos que siempre se han manifestado en contra de los pueblos. Así, el llamado antiimperialismo ha sido un mecanismo de compromiso político para sostener dictaduras contrarrevolucionarias como la de Maduro en Venezuela. No sólo no hemos visto la gran deserción de los pueblos venezolanos que abandonaron esa dictadura convirtiendo su migración masiva en una denuncia en forma y fondo, sino que, en contraposición, hay sectores que se dicen rebeldes y revolucionarios, pero a los que les sobra la mirada colonialista y cortoplacista, condescendiente con la propaganda «socialista» de esa dictadura, por vaya a saber uno qué tipo de conveniencias. Hemos tenido, donde debió haber apoyo a la resistencia, descrédito de las luchas populares antidictatoriales; donde debió haber denuncia de las violaciones a los derechos humanos, excusas para el desempeño de la represión «socialista bolivariana»; donde debió haber solidaridad con las y los luchadores sociales perseguidos, acoso en redes sociales y amplificación de las mentiras del oficialismo dictatorial; donde debimos tener un discurso coherentemente antiimperialista (contra todos los imperialismos de todos los tamaños), justificaciones, excusas y manipulaciones para sostener la propaganda autoritaria. Peor aún, vimos sectores antimilitaristas del «primer mundo» sosteniendo una dictadura militar solo porque esta crecía en el «tercer mundo», como si esa diferencia geoeconómica hiciera bueno lo que en sus Estados considerarían malo.

Redundantemente, la gestión dictatorial de la deserción masiva mediante la migración, esa biopolítica y economía del «mejor que se vayan, así hay menos que controlar y de paso nos proveen de divisas», esa migración que desde los sectores libertarios del primer mundo fue escasamente cuestionada. Cualquier alusión al tema era y es respondido con ecos del gobierno madurista, que ocultaba su rol en la emigración masiva de venezolanas y venezolanos.

Un apoyo sostenido a la resistencia social contra la dictadura madurista, a las comunidades en lucha, a las y a los defensores de derechos humanos, a quienes denunciaban y daban testimonio, a quienes huían de la cárcel, el encierro y la censura, a quienes escapaban del robo del futuro a cambio de un presente de miserias, ese apoyo constante, sostenido y sin peros, habría dado un espacio a los sectores revolucionarios antiautoritarios en la discursividad migrante venezolana y, sobre todo, ayudado a potenciar un actor social con peso en Venezuela, distinto del madurismo sometido y de una oposición electoral dormida y también dependiente, un actor que representaría una alternativa a tener en cuenta y que hubiese servido de freno a las aventuras militares corsarias del imperio grande de este lado del mundo. Todo eso es mera especulación porque esos apoyos fueron tímidos y marginales en el mundo libertario y lo que hubo en exceso fue una comprensión excesiva de los cómos y de los porqués de la dictadura madurista, y solo porque sostenía un discurso aparentemente «de izquierdas».

Esas concesiones se dieron pese a las voces venezolanas que nos advertían de esa progresión dictatorial militarista (nada discreta, por otra parte) desde hace tiempo y desde diversos enfoques tales como el feminista, el de los derechos humanos, el antimilitarista. No se escuchó lo suficiente ni se actuó lo suficiente, y eso, en parte, ha posibilitado un escenario donde operó la táctica militar e imperial del 3 de enero de este año 2026: un escenario limitado en actores y voces, para conveniencia de los poderes en pugna (siempre en pugna contra los pueblos, no lo olvidemos).

La vida social e histórica que realmente vivimos permite la reflexión y el posterior análisis, así como la rectificación y la enmienda de nuestros haceres. Venezuela es uno de esos asuntos en los que hay que poner énfasis en la reflexión y el análisis crítico de las ausencias de solidaridad, apoyo mutuo y coherencia en la radicalidad. Tenemos que enfrentar el nuevo momento desde la plena solidaridad con los pueblos en lucha y los pueblos que sufren en Venezuela (y el mundo), desde el apoyo mutuo en la deserción de lo que nos oprime, sobre todo cuando esa deserción toma la forma de migración. Nos debemos a la coherencia con nuestras radicalidades: ser antimilitaristas de todos los militarismos, no solo de los evidentes y pretenciosos, sino también de aquellos con barnices románticos y discursos cercanos; ser anticolonialistas frente a todos los colonialismos, especialmente del que ejercemos; ser antiimperialistas de todos los imperialismos, grandes y pequeños, mundiales, regionales, intraestatales; ser anticapitalistas de todos los capitalismos y no frenar ante aquellos que se muestran más alternativos o estatistas. Nos debemos a la coherencia.

La experiencia latinoamericana de las últimas décadas nos muestra las posibilidades de la deserción como acción política colectiva que coloca temas que de otro modo pueden ser interesadamente obviados. Las caravanas migrantes que cruzaron toda Centroamérica, Mesoamérica y México para llegar (o no) a Estados Unidos y Canadá, fueron una huida social de las limitaciones económicas y, por tanto, políticas, que los autoritarismos locales (con elecciones y democracia o sin ellas) les imponían. No se trataba de caminar hacia el sueño americano, sino de huir de la múltiple opresión local. Sudamérica, con menos visibilidad y más rutas, vivió también caravanas migrantes que cruzaron cordilleras y selvas para escapar de las diversas expulsiones de las que eran objeto mediante medidas económicas que respondían a estrategias biopolíticas: la expulsión con retórica socialista alimentaba a las expansiones capitalistas en la región que requieren mano de obra desprotegida, no sindicalizada, expuesta, y, así, hasta que los capitalismos locales requieran reforzar la criminalización migrante como punta de lanza para quitar derechos a los trabajadores y las trabajadoras locales, al mismo tiempo que refuerzan el papel del militarismo en la gestión represiva de las fronteras y los conflictos sociales.

l paradigma de dominación-violencia, que nos toca soportar, trabaja permanente por llevarnos de lo comunitario, en lo que nacemos, a lo indi-vidual, en lo que morimos. Frenar esa traición a nuestras vidas es indispensable en la construcción de un mundo distinto a este. Durruti decía «lleva-mos un mundo nuevo en nuestros corazones»…, listo para crecer cuando desertemos del actual.

Bibliografía

Carvallo, Pelao. (2021) “La influencia anarquista en el proceso constituyente en Chile: un análisis con ojos ácratas”. CLACSO. Disponible en https://www.clacso.org/la-influencia-anarquista-en-constituyente-en-chile-analisis-con-ojos-acratas/
Carvallo, Pelao (2020). “Anarquismo en tiempos de Punkdemia”. CLACSO. Disponible en https://www.clacso.org/anarquismo-en-tiempos-de-punkdemia/
Makaran, Gaya y Brancaleone Cassio (2024). Alebrijes Anárquicos. Anarquismo, Praxis Anticolonial y autonomía en América Latina. Bajo Tierra Ediciones; Editorial Eleuterio; Editorial UFFS. La versión digital está disponible en https://www.uffs.edu.br/uffs/conteudo/editora/2866-Alebrijes_Anarquicos_Anarquismo,_praxis_anticolonial_y_autonomia_en_America_Latina_-_PDF.pdf


  1. https://redeslibertarias.com/2025/11/14/la-desercion-de-la-guerra-a-la-revolucion/ ↩︎

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