Viki Criado
Hoy, 3 de julio de 2026, sentimos el peso de 90 años y de mil derrotas. Pero la esperanza libertaria nunca fue ingenua: es terca como nosotras.
Recordar no basta: hay que comprender para vencer.
Cada julio volvemos a la misma escena: ofrendas florales, nombres en una placa, discursos sobre “los que nos precedieron”. Es de justicia. La «memoria histórica» es el primer acto de dignidad contra el olvido impuesto.
Pero seamos honestas ¿De qué sirve recordar si no entendemos por qué pasó, qué lógicas lo permitieron y cómo esas mismas lógicas siguen vivas hoy?
Conciencia histórica vs. memoria histórica.
Aquí nace la fractura que nos interesa. La memoria histórica recuerda. La conciencia histórica comprende y actúa. Confundirlas nos deja atrapadas en el homenaje. Diferenciarlas nos da herramientas para la lucha.
Son dos verbos, dos caminos…
La “memoria histórica”. Responde a la pregunta ¿Qué pasó? Recopila hechos, nombra víctimas, reconstruye fechas. Su verbo es recordar. Su gesto es reparar. Su espacio natural es el monumento, el archivo, el testimonio. Sin memoria no hay verdad. Sin verdad no hay reparación posible.
La “conciencia histórica” hace otra pregunta más incómoda ¿Por qué pasó?
Analiza procesos, desmonta estructuras, rastrea causas económicas, sociales y culturales. Su verbo es comprender. Su gesto es relacionar. Su espacio es la asamblea, el sindicato, la calle. Sin conciencia, la memoria se vuelve un museo que no muerde.
En el contexto del 90 aniversario de la Revolución Social de 1936, memoria es decir que hubo colectividades en Aragón, que Mujeres Libres alfabetizó a miles de obreras, que la CNT-AIT tenía un millón de afiliados. Ponemos cara a Durruti, a Lucía Sánchez Saornil. Nos emocionamos. Es legítimo y necesario.
Conciencia de la Revolución del 36 es preguntarnos por qué una clase obrera sin universidades pudo tomar fábricas y hacerlas producir. Qué contradicciones internas facilitaron que el Estado republicano y el estalinismo aplastaran la Revolución. Qué papel jugó la Iglesia como estructura de poder, no solo de fe. Por qué el grito de “Ni dios, ni amo” no derribó al amo que muchas tenían en la fábrica y en casa. Y, sobre todo, qué de todo aquello sigue operando en 2026.
Hay trampa en la memoria sin conciencia…
El poder aprendió hace tiempo a gestionar la memoria. Te deja la placa si no tocas la propiedad. Te subvenciona el documental si no organizas el sindicato. Te permite llorar a los abuelos fusilados siempre que los nietos y las nietas no hagan huelga. La memoria sin conciencia es folclore. Es turismo de la derrota. Es rentable porque no cuestiona el presente. Lava la culpa del sistema sin cambiar sus cimientos.
Walter Benjamin lo advirtió: “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo ‘como verdaderamente fue’. Significa adueñarse de un recuerdo que relampaguea en un instante de peligro”. Ese instante de peligro es hoy. Y adueñarse del recuerdo exige consciencia, no solo emoción.
La conciencia histórica es peligrosa para el poder porque traza líneas rectas. Dice: el fascismo de 1936 se alimentó de miseria, de miedo y de la división de los de abajo. El neofascismo de 2026 se alimenta de lo mismo, con otro marketing. Nos dice que la patronal que reventó las colectividades es la misma lógica que hoy explota en las empresas multinacionales y niega los convenios. Nos dice que el patriarcado que silenció a las compañeras en las asambleas del 36 es el que hoy nos pregunta si “vamos a hablar solo de nuestro libro”.
Tener conciencia histórica de la Revolución Social no es recitar de memoria el decreto de colectivizaciones. Es entender que la emancipación de la mente, de los cuerpos y del trabajo sigue siendo la tarea central.
Ayer se peleó por el pan y el trabajo, por alquileres que no asfixien y por no morir en un trabajo de mierda. Ayer se abrieron ateneos para que la obrera pudiera pensar sin amos. Hoy defendemos una educación que no adoctrine para el mercado. Ayer se crearon escuelas, se defendió el amor libre y el control del propio cuerpo. Hoy se defiende el derecho a decidir sin tutelas y decir bien alto que todas existimos.
La consciencia nos dice que no son luchas distintas. Son la misma lucha con diferentes formas. Quien tuvo conciencia de clase en 1936 colectivizó las fábricas. Quien tenga conciencia de clase en 2026 tomará la palabra, organizará su bloque de vecinas y no pedirá permiso para existir.
Por eso la Revolución Social no fue un hecho cerrado. Fue una hipótesis ¿Se puede vivir sin amos? Esa hipótesis sigue abierta. Y nosotras, 90 años después, somos las encargadas de responderla.
Las compañeras libertarias del 36 no nos legaron un pasado para admirarlo. Nos legaron una herramienta para usar: la idea de que la libertad se conquista con organización, con solidaridad y con la certeza de que ningún poder es eterno si los de abajo dicen basta.
Salud, memoria y consciencia.
“Consciencia histórica” no es recordar que en 1936 hubo barricadas; es entender por qué el pueblo las levantó, qué poderes las tumbaron y cuáles de aquellos engranajes siguen girando hoy en los alquileres, en los curros y en los parlamentos. Es dejar de mirar el pasado como una foto de víctimas para usarlo como un plano de batalla. Nos señala dónde están los muros del poder, dónde fallamos nosotras y dónde hay que golpear ahora. La memoria llora a los muertos, la consciencia arma a los vivos para que no haya más muertos.
Somos herencia “No vamos a empezar la Revolución. Vamos a continuarla”.
Tantas no fracasaron. Abrieron brecha. Mujeres Libres duró tres años y cambió la vida de miles. Las colectividades cayeron, pero demostraron que se puede producir sin patrón. Nosotras no partimos de la nada, partimos de sus hombros. Nuestra tarea no es “cambiar el mundo” solas. Es dar el siguiente paso.
Lucía Sánchez Saornil dijo: “El problema no es que no podamos. El problema es que nos han enseñado que no podemos”.
El sistema te quiere pequeña y sola. Te dice “mira cuántas fracasaron” para que no lo intentes. La consciencia es descubrir esa mentira. Ellas no fracasaron: las aplastaron junto muchos. Pero dejaron grietas. Y por las grietas entra la luz.
No nos mires a nosotras. Mira lo que dejamos hecho. Y atrévete tú. Esta frase no es nuestra, ni de ahora, es de las compañeras del textil del 36. Sabían que podían perder. Aun así cosieron monos, ocuparon fábricas y enseñaron a leer. Cambiaron su mundo: el taller, el barrio, la vida de la de al lado. El mundo grande se cambia sumando mil mundos pequeños que no se rinden.
Si ellas, con hambre y con fusiles en contra, se atrevieron a soñar un mundo sin amos…
¿Cómo no vamos a atrevernos nosotras, que tenemos su memoria y nuestra rabia?
No tenemos que cambiar el mundo entero mañana. Tenemos que conseguir que, al acabar las jornadas que hoy comienzan, algunas jóvenes de entre el público piensen “yo también puedo tomar la palabra”. Eso ya es ganar.
Las nuevas generaciones de luchadoras no nos juzgaran por no ser heroínas, nos juzgaran por haber aflojado.
Somos herencia viva y la estamos traspasando a otras en este mismo instante.
¡Que comiencen las jornadas! ¡Que continúe la lucha!
¡Salud y Anarquía!

Descubre más desde Redes Libertarias
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.