Pan y circo

Charo Arroyo

No voy a entrar en críticas a quienes han celebrado como suyo el éxito de 26 jugadores y no sé el número de miembros del equipo técnico de la selección española.

Pero, increíblemente, el fútbol y el deporte, en general, alimenta ese sentimiento gregario de tomar como propio el logro conseguido por otro con su sudor y sus capacidades.

Debo reconocer la envidia que provoca ver a la muchedumbre salir a sufrir durante horas el calor y el cansancio para aclamar a unos héroes que no tienen ninguna relación con aquellas masas que los aclaman cuando no sale ni la mitad a la calle cuando sus propios derechos están en juego.

Y vamos a profundizar sobre el fútbol. ¿Es deporte lo que se produce en un campeonato mundial que parece una máquina de hacer dinero? Desde el mundo libertario se promueve el cuidado del cuerpo, el mantener con salud nuestro organismo. Y una de las maneras de conseguirlo es con la actividad deportiva. Porque un cuerpo sano también ayuda a tener una cabeza activa y lúcida para desarrollar un pensamiento crítico y propio.

Y ahí entro en la pérdida del sentido real de la actividad física. ¿En qué momento el ser humano necesitó competir sobre quién corría más rápido, quién saltaba más alto y era más hábil con pies y manos? Podríamos decir que esto es un reflejo de la sociedad capitalista. Pero las Olimpiadas se iniciaron en una Atenas que ya rivalizaba en guerras de conquista de los pueblos cercanos. Al igual, los pueblos mayas tenían un juego en el que competían en juegos similares al fútbol, baloncesto o una mezcla de los dos. Por lo que no sé si la competitividad va inherente al ser humano o es producto de una sociedad que en su evolución se convierte en un “el hombre es un lobo para el hombre” que pensaba Thomas Hobbes. Algo en lo que desde mi pensamiento libertario me niego a admitir. Aun siendo consciente de que el mundo moderno no hace sino refrendar esta teoría creo que hay evidencias suficientes para considerar como decía Rousseau: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe” y que como pensaba Kropotkin estamos diseñados para prestarnos apoyo mutuo y es el sueño de muchas lograr esa sociedad donde no haya privilegios y no haya núcleos de poder que nos reprima el instinto de vida comunitaria.

Pero volviendo a nuestros días, ¿la sociedad española se siente representada por unos chicos en pantalón corto pegando patadas a un balón? Parece que sí. Pero, por suerte, al día siguiente cada quién realizó las tareas propias para que la vida siga funcionando porque por mucho que la selección española de fútbol, que a quien representa es a la Federación española de fútbol (entidad privada de “utilidad pública” con unos presupuestos millonarios), haya ganado una competición profesional a la gente de a pie de este Estado la vida no le cambia nada.

Así que no sé si realmente sirve el título de este artículo. Porque ni nos ha dado pan, porque ni han dado día libre en el trabajo, y el circo podemos considerar que fue el espectáculo de Trump queriendo estar en medio de la foto de los campeones no sé si por su egocentrismo o por su incultura pero ahí estaba pegado a los chicos sudorosos sonriendo como si la copa fuera para él.

Esta sociedad actual está delineada por líneas que son fronteras que dividen a los países y con ellos a los pueblos. Si no es suficiente la división por idiomas y religiones también tenemos que separarnos por camisetas. Pero además tenemos fronteras que además se defienden como si de un tesoro fuera el territorio que abarcan esas fronteras.

Ahora acabamos de vivir lo que se ha denominado “avalancha” de personas entrando desde Marruecos a Ceuta. Y, claro, nos sentimos invadidos. Pero no se plantea quien así piensa el porqué de esa migración. Esto ya sería entrar en una reflexión más seria que la de reírnos del patriotismo de camiseta y balón. Por cierto, algunos de los chavales que han entrado a nado a Ceuta llevaban la camiseta de España, ¡la campeona del mundo!

Pero lo único cierto es que los pueblos se enfrentan ya no solo por el pan sino por un triunfo del que realmente solo comparten la alegría.


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