Ed Simon / JSTOR Daily
Al acercarse el aniversario del viaje de Cristóbal Colón a América en 1492, un periódico opinó que, en lugar de ser un héroe, el navegante era “un pirata y aventurero”, a la vez que figura que inauguró la era de la “política colonial”. Por otro lado, lo consideró culpable de cometer una “serie de terribles masacres y usurpaciones contra los pueblos indígenas y los africanos”. Esta interpretación, si bien cuenta con el respaldo de una considerable cantidad de estudios históricos, es fuertemente cuestionada por líderes de algunas organizaciones italoamericanas, quienes ensalzan a Colón con orgullo. En consecuencia, en todo Estados Unidos, organizaciones italoamericanas y grupos conservadores han librado batallas legales contra la retirada de las estatuas de Colón o el cambio de nombre del día festivo a Día de los Pueblos Indígenas.
Basil M. Russo, presidente nacional de la organización Italian Sons and Daughters of America, ha escrito que “los desfiles y días dedicados a Colón fueron la forma en que los italianos en Estados Unidos expresaron su orgullo y su herencia”, mientras que la declaración oficial de la National Italian American Organization describe al explorador como el sujeto que emprendió un “valiente viaje”, y la Columbus Heritage Foundation afirma oponerse a “los ataques de odio contra las estatuas alimentados por narrativas engañosas y desinformadas”. Más recientemente, Donald Trump se sumó a estos debates, firmando una orden ejecutiva que declaraba a Colón el “héroe estadounidense original” y posteriormente exclamando: “¡Amamos a los italianos!”.
Lo que hace tan interesante el artículo periodístico, citado al principio de este escrito, es que estas críticas a Colón no se publicaron en 2026 ni aparecieron en The Nation ni en The Progressive. No, fueron escritas en 1892 y publicadas en el periódico italoamericano Il Grido degli Oppressi (El Grito de los Oprimidos).
Detrás de todos los estereotipos estadounidenses sobre los italoamericanos como personas aisladas, provincianas o conservadoras, existe una historia de radicalismo político que con demasiada frecuencia queda oculta.
(…) Pero hace apenas un siglo los italianos estaban asociados a pensadores radicales como el poeta y periodista Pietro Gori, el teórico Giuseppe Ciancabilla, el revolucionario Errico Malatesta, el abogado Francesco Merlino, el político Vito Marcantonio y el activista laboral Luigi Antonini. Paul Avrich señala en Sacco and Vanzetti: The Anarchist Background que los italianos “constituían uno de los grupos étnicos más grandes y militantes que conformaban el movimiento anarquista inmigrante”, mientras que Paul C. Mishler y William Mello, en la revista International Labor and Working-Class History, describen un “mundo perdido” del radicalismo italoamericano, a menudo oscurecido por imágenes posteriores de su conservadurismo.
(…) El anarquismo arraiga en Italia en las empobrecidas regiones del sur, el Mezzogiorno, la región —que incluye Nápoles, Calabria y Sicilia— fue también la patria de muchos de los inmigrantes italianos que llegaron a Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX.
“La historia ha ofrecido pocos escenarios más propicios para el radicalismo que el sur de Italia”, escribe Gerald Meyer en la revista Science & Society, describiendo una región que era prácticamente feudal y que no participó por igual de los beneficios económicos del risorgimento del siglo XIX, origen de la unificación política de la península italiana, pero que benefició desproporcionadamente al norte industrializado, cuyos habitantes, a su vez, desdeñaban a sus compatriotas del sur. Meyer escribe que este era un lugar “donde las arraigadas estructuras socioeconómicas feudales” llevaron a los italianos a “abrazar el anarquismo”, y especialmente a los teóricos rusos Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, ambos recibidos con entusiasmo en el Mezzogiorno. Carlo Tresca, el teórico y activista anarquista estadounidense de origen italiano, que no solo combatió a los simpatizantes del fascismo en la comunidad inmigrante, sino también la infiltración de la mafia en los sindicatos. Observó con perspicacia que, para muchos italianos, “no hacía falta leer a Karl Marx para convencerse de que la sociedad, tal como estaba, debía cambiar”. (…) La cultura del sur de Italia era un terreno tan fértil para el pensamiento anarquista como la ceniza volcánica que rodea el Vesubio, donde un pueblo rural, marginado y oprimido, visto como diferente dentro de su propio estado, imaginaba posibilidades políticas alternativas.
La migración a Estados Unidos no mermó el entusiasmo de muchos italianos por el anarquismo. Marcella Bencivenni, en su libro Italian Immigrant Radical Culture: The Idealism of the Sovversivi in the United States, 1890-1940, escribe que “miles de trabajadores inmigrantes italianos se radicalizaron por su experiencia en Estados Unidos, en particular por su exposición a la discriminación étnica y la explotación económica”, de modo que, si bien pudieron haber traído consigo a Bakunin, su radicalismo también “se basaba en la naturaleza y las condiciones específicas de la inmigración italiana”. Señala que, entre los inmigrantes del sur de Italia, la gran mayoría eran trabajadores manuales no cualificados, y solo el 0,5% fueron clasificados como profesionales, mientras que el 83,9% eran contadini, campesinos con pocas tierras que generalmente vivían en pequeños pueblos en condiciones sociales y económicas premodernas. Además, el discurso racial estadounidense categorizaba a los italianos del sur como distintos de sus compatriotas del norte, a menudo de piel más clara, y los funcionarios de inmigración estadounidenses utilizaban la denominación “italiano del sur” como una designación en sí misma. Con frecuencia, los medios de comunicación y los políticos nativistas mantenían que “los italianos del sur eran por naturaleza emotivos, sanguinarios, traicioneros y vengativos”. Los italianos no solo fueron explotados económicamente en el Nuevo Mundo, si no que fueron utilizados inicialmente como rompehuelgas contra los sindicatos que no les permitían afiliarse, a la par que fueron blanco de violencia racista, como el infame linchamiento masivo de once sicilianos en Nueva Orleans en 1891, el mayor suceso de este tipo en la historia de Estados Unidos.

Debido a que los inmigrantes italianos llegaron sin haber sido moldeados por el orden racial angloamericano, muchos, inicialmente, se solidarizaron con los afroamericanos. En el Sur, los italianos eran empleados frecuentemente en trabajos manuales junto a trabajadores negros, y en el Norte, los barrios italianos y negros —a menudo los más pobres— solían ser colindantes. Como escribe Rudolph Vecoli en Italian Americana, “los empleadores y los líderes sindicales se referían a ellos como ‘mano de obra negra’”. “A diferencia de los socialistas estadounidenses”, escribe Bencivenni, “que prácticamente ignoraban la difícil situación de los negros, los radicales italianos publicaron en sus periódicos informes detallados de algunos de los linchamientos más brutales en la historia del Sur de Estados Unidos, atacando abiertamente al gobierno estadounidense por negar a los afroamericanos la igualdad de derechos, la protección legal y la dignidad humana”.
Pero más tarde, sucesos como el asesinato de un hombre negro llamado Michael Griffith a manos de adolescentes italianos en el barrio de Howard Beach, en Queens, en 1986, y solo tres años después, el asesinato de Yusef Hawkins en Brooklyn, junto con las protestas que siguieron, pusieron de relieve la tensión racial y la violencia que a menudo definieron la relación a finales del siglo XX entre italoamericanos. y afroamericanos, como aparee en el clásico de Spike Lee de 1989, Haz lo correcto. Sin embargo, solo una generación antes, la prensa radical italiana abogó repetida y vehementemente por la justicia racial, hasta que “tomaron conciencia del terrible precio que se pagaba por ser ‘negro’ [por lo que] se apresuraron a distanciarse de los afroamericanos y a querer ser aceptados como blancos”, como escribe Vecoli.
Este proceso se asemeja al experimentado por los inmigrantes irlandeses y judíos, entre otros, formaron parte del fenómeno de la “integración cultural”, como lo describió el historiador Noel Ignatiev, aunque para los italianos se desarrolló de forma más gradual. Como escribe Meyer, “mucho después de que el anarquismo hubiera disminuido entre otras comunidades étnicas, la dureza de la vida de los italianos del sur en un mundo nuevo y la hostil acogida de la sociedad de acogida recrearon un entorno social que perpetuó la política radical”, mientras que Bencivenni afirma que muchos dentro de la comunidad persiguieron la “creación de una nueva sociedad anárquica con una pasión y un vigor que se mantuvieron intactos durante más de cincuenta años”.
El anarquismo fue, sin duda, una poderosa fuerza organizativa en las comunidades italianas y una fuerza influyente en la política obrera. Meyer describe cómo “fue en las Pequeñas Italias donde el anarquismo floreció brevemente… un vasto archipiélago de enclaves densamente poblados y proletarizados… cuyos residentes eran casi en su totalidad obreros, que sufrían burla y discriminación”. Se trató de una serie de movimientos complejos y a menudo contradictorios, con facciones que frecuentemente se peleaban (aunque dejaban de lado sus diferencias para luchar contra los Camisas Negras fascistas). Sin embargo, organizaron una amplia infraestructura cultural que incluía no solo células radicales, sino también orquestas folclóricas, compañías de teatro y, sobre todo, periódicos.
Bencivenni enumera grupos con sede en Nueva York que incluían al grupo Bresci, el Gruppo Socialista-Anarchico Rivoluzionario, el Club Indipendente Bassa Citta, el Circolo Libertaria, La Nuova Civilta, el Circolo di Studi Sociali y el Club Avanti Risveglio, con organizaciones anarquistas presentes en “todos los principales barrios italianos de la ciudad, así como al otro lado del río Hudson en Paterson, Orange Valley, West Hoboken y Newark”, así como en los centros industriales del Medio Oeste y en las ciudades carboníferas y siderúrgicas. Además, enumera colectivos como I Nuovi Viventi en Spring Valley, Illinois; I Liberi de Nueva Bretaña, Connecticut; Grupo Autónomo de East Boston; Demolición de Latrobe, Pensilvania; Grupo Liberta de Needham, Massachusetts; y Risveglio de Ybor City, Florida, “por nombrar algunos”. Resulta irónico que, a pesar del estereotipo, que la gran mayoría de los italoamericanos no tengan ninguna conexión personal o familiar con el crimen organizado; sin embargo, muchos estadounidenses de segunda y tercera generación de ascendencia italiana probablemente tengan alguna conexión familiar con el anarquismo.

Los periódicos fueron fundamentales para forjar y extender el anarquismo. Se publicaron más de doscientos periódicos anarquistas durante los períodos de mayor inmigración italiana, y continuaron incluso después de que la Ley Reed-Johnson de 1924 detuviera, prácticamente, la inmigración del sur de Europa durante cuatro décadas. La prensa radical italiana, explica Bencivenni, “representaba el principal medio de comunicación para cientos de camaradas italianos en todo Estados Unidos y al otro lado del Atlántico, proporcionando una red transnacional esencial de contactos e información regular”. Publicaciones periódicas como el Il Grido della Folla e Il Proletario o Alba Nuova que buscaba “despertar las mentes de los trabajadores y promover la conciencia de sus derechos”, como escribieron sus editores en 1921. La publicación tenía 6.000 suscriptores y una tirada de 20.000 ejemplares. Los diarios antifascistas Il Nuovo Mondo y La Stampa Libera tenían 25.000 y 35.000 suscriptores respectivamente, y Bencivenni escribe que “la audiencia real de los periódicos radicales probablemente era considerablemente mayor”, ya que los ejemplares se compartían entre hogares empobrecidos y se leían en voz alta en las fábricas, de modo que “incluso los trabajadores analfabetos eran receptores de la propaganda política y de las ideas radicales”.
Los efectos de estas publicaciones no fueron meramente teóricos, ya que los anarquistas italianos ejercieron una poderosa influencia en las huelgas obreras. Con un marcado carácter italiano, L’Unità del Popolo no citaba a Marx o a Bakunin, sino a Garibaldi: “¡Uníos, oh pueblo, uníos, y seréis libres!”, la prensa radical italiana se consideraba representante de un pueblo oprimido que veía la solidaridad con otros pueblos oprimidos la herramienta fundamental para la liberación individual y colectiva. “Durante este período, los trabajadores inmigrantes italianos fueron los más concienciados y los anarquistas italianos proporcionaron el liderazgo”, explica Meyer, especialmente durante las huelgas generales de Lawrence, Massachusetts, en 1912 y Paterson, Nueva Jersey, en 1913, “dos de los levantamientos obreros más espectaculares de la historia estadounidense”.
Por otro lado, los anarquistas italianos, muchos de ellos huyendo del régimen de Mussolini, también fueron fundamentales para la construcción del movimiento antifascista en Estados Unidos, mientras Roma intentaba penetrar ideológicamente en las comunidades inmigrantes. Philip V. Cannistraro, en el Journal of American Ethnic History, describe cómo la resistencia a la dictadura de Mussolini durante la década de 1920 fue liderada por un pequeño grupo de sindicalistas, militantes obreros emigrados y socialistas, como Luigi Antonini, secretario del Sindicato Internacional de Trabajadoras de la Confección, quien desempeñó un papel clave en los primeros años del movimiento antifascista italoamericano. Y no debemos olvidar que más de trescientos italoamericanos lucharon en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española. Giuseppe Dalleo, voluntario italoamericano de la causa antifascista, declaró: “Lucharemos hasta la última gota de sangre para demostrar al mundo que los verdaderos hijos de Italia han contribuido a la lucha por la libertad”. Los italoamericanos sirvieron tanto en el Batallón Garibald como en la Brigada Abraham Lincoln. Fraser Ottanelli, en un artículo para el Journal of American Ethnic History, sostiene que estos voluntarios, ya fuera bajo la bandera tricolor o la estadounidense, “desafiaron la imagen ‘oficial’ de los italianos como militaristas, agresivos e imperialistas”, dando lugar a una “definición alternativa de la italianidad” basada en una “tradición igualitaria y en la lucha por la libertad universal”.
La persecución de los anarquistas italianos, por ser anarquistas e italianos, definió el primer Red Scare (Miedo a los Rojos) en los años posteriores a la Revolución Bolchevique. Las tristemente célebres Redadas Palmer, que recibieron su nombre del Fiscal General de los Estados Unidos, se cebaron principalmente en los anarquistas italianos y judíos, desnaturalizándolos y deportándolos, a menudo con las justificaciones más espurias. Pero si hay un acontecimiento que resuena en la trágica historia del anarquismo italoamericano, es el arresto, el juicio y la ejecución de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti (…).
“Nada simbolizó mejor la merma del anarquismo italoamericano que el juicio y la ejecución de Sacco y Vanzetti”, escribe Michael Miller Topp en Those Without a Country: The Political Culture of Italian American Syndicalists , pues “quedó demostrado lo peligroso —y mortal— que se había vuelto ser un inmigrante anarquista en Estados Unidos”. (…) El día de su ejecución, veinte mil manifestantes se congregaron en Boston Common. Las últimas palabras de Sacco fueron “¡Viva la anarquía!”, seguidas de “Adiós, madre”. Cincuenta años después, el gobernador de Massachusetts, Michael Dukakis, reconocería formalmente que habían sido tratados injustamente.

Tras los sucesos de Sacco y Vanzetti, muchos italoamericanos se inclinaron hacia el centro y luego hacia la derecha (…). Si bien este fenómeno es evidente en prácticamente todos inmigrantes en Estados Unidos a lo largo de su historia, a los italoamericanos se les ha definido por su conservadurismo, aunque su pasado lo desmienta. Gran parte de los estereotipos sobre los italianos giran, como era de esperar, en torno a la mafia (…). En Little Italy, Nueva York, ahora más una atracción turística que un barrio italoamericano, los vendedores de camisetas ofrecen artículos con imágenes de Al Capone o John Gotti, pero ¿qué pasaría si en su lugar estuvieran estampadas con imágenes de Carlo Tresca, Nicola Sacco, Bartolomeo Vanzetti o Luigi Galleani? “Todo debe pertenecer a todos”, tronó Galleani, imaginando un mundo sin “rey, sin gobiernos, sin amos”, una visión que inspiró a sus seguidores y, durante un tiempo, infundió temor en los corazones de los poderosos.
Recursos
The Lost World of Italian-American Radicalism: Labor, Politics, and Culture, Paul C. Mishler, William Mello. International Labor and Working-Class History, No. 53, Patronage, Paternalism, and Company Welfare (Spring, 1998), pp. 198-200
Italian Anarchism in America: Its Accomplishments, Its Limitations, Meyer, Gerald. Science & Society, Vol. 79, No. 2, Special Issue: RED ON BLACK: Marxist Encounters with Anarchism (APRIL 2015), pp. 176-195
“Are Italian Americans Just White Folks?”, Rudolph Vecoli. Italian Americana, Vol. 13, No. 2 (Summer 1995), pp. 149-161
Luigi Antonini and the Italian Anti-Fascist Movement in the United States, 1940-1943, Philip V. Cannistraro. Journal of American Ethnic History, Vol. 5, No. 1 (Fall, 1985), pp. 21-40
Anti-Fascism and the Shaping of National and Ethnic Identity: Italian American Volunteers in the Spanish Civil War, Fraser Ottanelli. Journal of American Ethnic History, Vol. 27, No. 1 (Fall, 2007), pp. 9-31
Nota del editor: la imagen principal muestra a Carlo Tresca, junto a trabajadores en Lawrence, Massachusetts, alrededor de 1920.
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