Simón Royo Hernández
1.El eclipse del rentista
“El oro nunca me pareció tan precioso como se supone. Hay más: nunca me ha parecido muy cómodo: por sí mismo para nada sirve; para gozar de su posesión es preciso transformarlo; hay que comprar, regatear, verse engañado muchas veces, pagar bien para ser mal servido (…). Si por ventura hubiese tenido una renta suficiente para vivir cómodamente, de seguro que jamás hubiera tenido la menor sombra de avaricia; disiparía mi renta por entero sin que soñara en aumentarla: pero me tiene con temor mi situación precaria. Adoro la libertad y aborrezco la molestia, la fatiga y la sujeción. Mientras me queda algún dinero no he de temer por mi independencia y me dispensa de empeñarme en procurármelo nuevamente, necesidad que me pareció siempre horrible: así que, temeroso de verlo pronto agotado, lo sepulto. El oro que se tiene es instrumento de libertad; el que se busca lo es de servidumbre. He ahí por qué lo encierro y nada codicio, sin embargo. Mi desinterés, por tanto, no es sino pereza; el gusto de poseer no vale el trabajo de adquirir”. (J. J. Rousseau, Confesiones, Primera parte, Libro primero, Planeta, Barcelona, 1993, pp 38-39 & p 40).

Los nobles aristócratas antes de la era Moderna eran rentistas, no trabajaban, gobernaban y cobraban impuestos en sus feudos a los productores, siervos, artesanos y campesinos, privilegio que heredó la naciente burguesía de la era Moderna cuando los fue desplazando.
Si atendemos a los debates actuales entorno a si el proletariado puede ser tomado aún como el sujeto revolucionario por excelencia nos encontramos con el problema de considerar que el concepto de clases sociales no es estático sino dinámico y que quizá ha ido cambiando con el tiempo, tornándose diverso y complejo, si es que no desapareciendo en cierta medida.
Fue en el contexto posterior a la Revolución francesa (1789) y durante las sucesivas etapas de la Revolucíon industrial que surgió la idea de dos clases sociales antagónicas o colaborativas, según se considerase desde la ideología liberal o desde la socialista y anarquista, el proletariado y la burguesía, que emergerían como las dos agrupaciones humanas que darían cuenta de una división dual en el seno de toda sociedad moderna.
Con anterioridad al siglo XV, a lo largo de una muy larga Edad Media, unos seis siglos, el feudalismo generó unas sociedades jerarquizadas de manera estamental, por un lado, las clases dominantes fueron la nobleza y el clero, clases improductivas, que gobernaban, por otro lado, estaban las clases productivas, el pueblo llano, campesinos, artesanos y, en la base más baja, los siervos, que estaban atados a la tierra del señor feudal mediante el vasallaje. A eso habría que añadir a los esclavos, puesto que la práctica de la esclavitud permanecería hasta bien entrado el siglo XIX. A partir del siglo XVI empezará un cambio lento y progresivo y el sistema feudal comenzará a debilitarse debido al renacimiento de las ciudades, las crisis bajomedievales y el surgimiento del comercio y la banca.
De la servidumbre y la esclavitud, claramente estamentos de dominación, se fue pasando paulatinamente a un supuesto trabajador libre que libremente vendía su fuerza de trabajo como mercancía en un mundo cada vez más dividido en burgueses, los capitalistas dueños de los medios de producción que compraban fuerza de trabajo y los terratenientes que alquilaban las tierras. Para ello hicieron falta siglos de expropiación. La expropiación de la tierra y de los medios de vida de del pueblo constituyó el fundamento histórico indispensable para el nacimiento del modo de producción capitalista. Privado el pueblo de sus medios de vida el trabajador no quedó libre tras la revolución burguesa sino obligado a venderse si quería subsistir.
El relato liberal era muy otro, la economía burguesa explicaba el origen del capital como el fruto del ahorro de unos pocos frente a la holgazanería de otros y concebía al trabajador como quien libremente contrataba con el capitalista.
Para que existiese el capitalismo, se necesitaban, por un lado, dinero y medios de producción, concentrados en pocas manos, por el otro, trabajadores supuestamente libres. El pueblo tuvo que ser despojado de sus propiedades comunales y de sus herramientas y al verse privados de cualquier forma de auto subsistencia, los seres humanos no tuvieron otra opción que vender su propia fuerza de trabajo a cambio de un salario para poder sobrevivir. El pilar de esta expropiación fue la privatización de la tierra rural. Los campesinos desahuciados emigraron masivamente a las ciudades, convirtiéndose en el contingente de proletarios que las nuevas fábricas necesitaban.
El liberalismo sitúa el derecho a la propiedad privada como uno de los pilares de la libertad individual y el desarrollo económico, legitima así la continuidad de la dominación, pues la propiedad irá pasando de las clases dominantes feudales, nobleza y clero, a la clase burguesa. Los aristócratas rentistas tuvieron que irse convirtiendo en industriales o vincularse con la burguesía para permanecer entre las clases altas de la sociedad.

En novelas como La Regenta de Clarín (1884-1885) o La Cartuja de Parma de Stendhal (1839) todavía puede verse en un buen retrato de la época a una nobleza y una burguesía que vivían de las rentas y que no trabajaban. Sus personajes son rentistas que tienen el ocio como signo de distinción. Los nobles tenían ocio, los eclesiásticos la devoción (devocio), eran ajenos a los negocios que detentaban seres humanos en principio despreciables para ellos por dedicarse al mercado y la compraventa. No trabajar fue lo que dividía el ocio del negocio (nec-otium1) y lo que marcaba la diferencia entre las clases bajas y la clase alta, con la excepción del gobierno, que desde luego era una actividad que recaía en manos de los nobles y se puede calificar como actividad laboral.
Un buen ejemplo de rentista decimonónico lo tenemos en el filósofo Arthur Schopenhauer, que vivía de la renta de una cuantiosa herencia familiar. Muy joven recibió la herencia de su padre, Heinrich Floris Schopenhauer, que fue un acaudalado comerciante de la ciudad de Danzig, pues tras su muerte, supuestamente por suicidio, en 1805, el negocio familiar se liquidó y a los 21 años Arthur Schopenhauer recibió aproximadamente 19.000 táleros como su parte de la herencia.2 No proclive a arriesgar Schopenhauer invirtió esa enorme suma en bonos del Estado y otros activos seguros que le garantizaron un rendimiento anual de cerca del 5%, con los que triplicaba lo que ganaba entonces anualmente un profesor de universidad, lo que le permitió tener para siempre una vida acomodada.
Al contrario que la mayoría de los filósofos de su época no dependía de un sueldo como profesor universitario ni de los derechos por la venta de sus libros, lo que le permitió pensar y escribir con absoluta libertad intelectual, si bien con sus publicaciones Schopenhauer no ganaba prácticamente nada de dinero. Su obra maestra, El mundo como voluntad y representación, vendió tan pocos ejemplares en su primera edición que gran parte de los libros terminaron siendo reciclados como papel de desecho. Intentó dar clases como profesor libre (Privatdozent) en la Universidad de Berlín, pero con arrogancia programó sus conferencias a la misma hora que las de Hegel, el filósofo más famoso del momento y al que odiaba considerándole un bufón y su filosofía palabrería; pero los alumnos prefirieron ir todos a Hegel y Schopenhauer se quedó sin audiencia, experiencia que determinaría su rápido abandonó de la docencia.
Schopenhauer llegó a costear algunas de sus publicaciones de su propio bolsillo y durante la mayor parte de su vida su obra fue ignorada por el ámbito académico y por el público general. El éxito y los derechos de autor le llegaron al final de su vida, tras la publicación de su última obra: Parerga y paralipómena, en 1851.
Gracias a su condición de rentista, Schopenhauer pudo permitirse el lujo de no trabajar, pasando sus días en Fráncfort, leyendo, escribiendo, tocando la flauta, paseando a su perro caniche y cenando en buenos restaurantes.
Su filosofía es pesimista y aristocrática,3 como su persona, nos resulta aquí interesante ver lo que consideraba el filósofo Arthur Schopenhauer que era gobernar a los seres humanos:
“gobernar a los hombres, es decir, mantener la ley, el orden, la tranquilidad y la paz entre los muchos millones de individuos de un género en su mayoría ilimitadamente egoísta, injusto, inicuo, desleal, envidioso, malvado, además de muy limitado y obstinado, y proteger a los pocos a los que les ha tocado en suerte alguna posesión frente al sinnúmero de aquellos que no poseen más que sus fuerzas corporales.”4
Saltando aquí sobre su visión pesimista de la naturaleza humana, que no compartimos, queremos reseñar y que quede remarcado su reconocimiento de la existencia de unos pocos con posesiones a los que, los que gobiernan, protegen, frente a un sinnúmero de aquellos que solamente poseen su fuerza corporal.

Con el paso del feudalismo al capitalismo los burgueses añadirían progresivamente las tareas de gobierno en las que estarán cada vez más involucrados desplazando a la nobleza a las tareas de la industria y el comercio, del mercado y las empresas, de modo que el rentista, cada vez más a partir de entonces, tuvo que aliarse con ellos o ver disminuir su renta.
El interés había sido visto durante buena parte de la Edad Media como usura y despreciado por tanto como un medio maligno de lucrarse y robar tiempo, siendo bastante odiado el prestamista, pero a medida que los prestamos fueron adoptados por la banca y los gobiernos entre los siglos XVI y XVIII, dejaron de ser vistos como algo peyorativo y comenzaron a ser implantados como la mejor manera de endeudar al trabajador y otorgar rentas a los propietarios, como un mecanismo perfecto para ajustar el sistema capitalista, legitimado bajo el argumento liberal según el cual el prestamista corre riesgo al prestar capital y tiene un coste de oportunidad —beneficio que el prestamista pierde por no usar su propio dinero mientras esta prestado— luego merece un beneficio.
El burgués será entonces, finalmente, quien gobierne y quien posea la riqueza, desplazando del todo a la aristocracia, de manera que, al proteger la propiedad privada, lo que hará es, que se protegerá, sobre todo, a sí mismo, si bien entre los propios burgueses terminará habiendo cada vez más distancias y diferencias, no siendo lo mismo quien tiene una pequeña posesión que quienes detentan una multinacional y todos los intermedios. Tanto el proletariado como la burguesía se irán con el tiempo haciendo más y más diversos, hasta el punto de que hoy en día hay zonas de ambigüedad entre ambas clases, proletarios que se creen burgueses, burgueses que se creen proletarios, existiendo trabajos y patrimonios que ponen en cuestión la clara dicotomía decimonónica entre esas dos clases sociales.
Ahora bien, según el relato del liberalismo, el empresario industrial era también un trabajador que con su esfuerzo e inversiones se habría hecho rico dirigiendo la producción de mercancías y organizando el comercio, ofreciendo a los trabajadores carentes de medios de subsistencia los medios para su supervivencia, por lo cual lo presenta como un benefactor de la humanidad, no acepta el relato socialista o anarquista que le habla de explotación del trabajador.
Al legitimarse la explotación como libre contratación y compra de la fuerza de trabajo ajena bajo unas condiciones en las que unos detentaban los medios de producción y otros solamente su capacidad de trabajar, los burgueses, dejaron en la ambigüedad hasta nuestros días la injusticia del sistema capitalista, defendido desde entonces por ellos como si fuese el fruto de la abolición de los privilegios feudales para otorgar “la libertad” al pueblo, la muy limitada libertad de venderse en el mercado al mejor postor.
Hoy en día podemos ver en la revista Forbes que se nos dice que el 67% de las mayores fortunas han sido creadas por el mérito propio, sin patrimonio inicial heredado, aunque en España solamente el 26% de los multimillonarios se habrían hecho a sí mismos ya que el 74% restante habrían heredado un gran patrimonio.5 Lógico que en China y Rusia solamente el 3% hayan partido con patrimonio, dado el socialismo pretérito de la URSS y el actual de China que abolieron la herencia. Podemos poner en duda esas cifras con otras sacadas de otras fuentes menos liberales, pero no es objeto del presente estudio entrar en una guerra de datos, puesto que las estadísticas en este caso y otros muchos no son sino el arte de mentir con cifras y así parecer muy científicos y exactos.
Lo que está claro es que el liberalismo dominante impulsa un relato meritocrático para su legitimación, omitiendo la diferencia entre quienes tienen el patrimonio y quienes no tienen nada más que su capacidad de trabajar, mientras que sus críticos señalan la falsedad del mérito y que sin la herencia no se perpetuaría la explotación.

Ya Platón en la antigüedad planteo un sistema de gobierno que consideraba ideal a alcanzar en su obra titulada en griego Politeia, cuya traducción por La República, induce a equívoco hoy en día. Platón presenta un sistema con tres clases sociales, campesinos y artesanos, guerreros y gobernantes, incluyendo la posibilidad de movilidad social según predominasen las virtudes que aplicaba a cada estamento: templanza, fortaleza y sabiduría, relacionadas con su división tripartita del alma humana.
Solamente el anarquismo propone una sociedad de vida buena y satisfactoria sin necesidad de explotar ni esclavizar a los demás.
Hay que destacar que según Platón en la clase baja y productora predominaba el alma concupiscible, los deseos y apetitos, de ahí que su virtud tenía que ser la del autocontrol y la aceptación del orden establecido por los gobernantes, mientras que entre los guerreros predominaría la valentía y entre los gobernantes la sabiduría. Durante más de dos mil años la idea de división en clases sociales propuesta por Platón influyó en quienes abogaban por ello, sin atender a que, en su utopía, el filósofo prescribía que los gobernantes tendrían que quedar excluidos de la posesión, de la propiedad privada.
Y Aristóteles por su parte nos decía:
“Hay que considerar embrutecedor todo trabajo, oficio y aprendizaje que deje incapacitado el cuerpo, el alma o la inteligencia de los hombres libres para dedicarse a las prácticas y ejercicio de la excelencia. Por eso llamamos viles a todo ese tipo de oficios que deforman el cuerpo y a las ocupaciones asalariadas, porque privan de ocio a la inteligencia y la degradan”.6 Añadiendo que: “los ciudadanos no deben llevar una forma de vida propia de obreros ni de comerciantes (…) pues se necesita tiempo libre para el nacimiento de la excelencia y para las actividades políticas (…) las propiedades deben recaer también en éstos; pues es necesario que tengan holgura económica los ciudadanos”.7 Las sociedades grecorromanas que dieron origen a la democracia, basadas en la esclavitud, bien sabían que la división en clases suponía dejar de un lado la vida buena y satisfactoria, de otro, una vida miserable de trabajo forzado, no quisieron llegar a forjar una sociedad en la que la vida buena y satisfactoria para unos pocos no fuese conseguida a costa de la explotación y la miseria de la mayoría.
Hoy la gente, el pueblo, los seres humanos en general quieren una vida buena, no una vida de miseria y explotación, pero el único modo que se les presenta para poder acceder a la vida buena es la de la explotación del prójimo, la depredación capitalista. Solamente el anarquismo propone una sociedad de vida buena y satisfactoria sin necesidad de explotar ni esclavizar a los demás.
El marxismo explicará la evolución de los sistemas de dominación a través del materialismo histórico, afirmando que las formas de opresión política y social dependen directamente de la estructura económica vigente en cada época.
Si atendemos a esa evolución histórica, el marxismo ofreció una discutida teoría sobre el desarrollo de los sistemas de dominación y las clases resultantes:
Partiendo de un comunismo originario o primitivo, luego vendían tres sistemas de dominación: el esclavismo, la servidumbre y el capitalismo, correspondientes a la antigüedad, la Edad Media y la Modernidad, creándose en cada uno de ellos antagonismos de clase hasta llegar a la supresión de tales antagonismos y la realización de un comunismo futuro tras pasar por el socialismo. Una visión hegeliana y evolucionista que si bien discutida ofrece el esquema según el cual en cada época de dominación ha habido una división en clases sociales, de modo que su supresión, la igualdad, habrá de ser tenida por marxistas y anarquistas como necesaria para la eliminación de la dominación de unos hombres por otros.
Según el liberalismo triunfante no hay antagonismo de clase sino complementación, los proletarios y los burgueses trabajan ambos en el desarrollo y el progreso, de ahí que la Ilustración sea la ideología burguesa por excelencia desde el siglo XVIII. El capitalismo se presenta como un sistema racional y justo en el cual, como supuestamente hay movilidad social según el mérito y las cualidades de cada individuo, sobresaliendo las virtudes del ahorro y la inversión, cada cual puede ocupar cualquier lugar dentro de la sociedad. Según el liberalismo la propiedad privada y el libre mercado permiten la iniciativa personal, la innovación y la asignación eficiente de recursos para generar prosperidad.
2.La clase ociosa y su emulación social

En su Teoría de la clase ociosa (Theory of Leisure Class, 1899), Thorstein Veblen presentó a la alta burguesía estadounidense como una nueva aristocracia formada en su mayoría por herederos rentistas que no producen. La significación de su estatus social todavía venía caracterizada por no trabajar y por la exhibición de riqueza mediante un consumo ostentoso de lujo y actividades ociosas para demostrar su superioridad. Para Veblen la clase burguesa era parasitaria, no producía, pero se beneficiaba de la producción y de la explotación, generando sin embargo en las masas la envidia y numerosos intentos de emulación.
El burgués podía permitirse un despilfarro ostentoso para ganar crédito social, los inmuebles, el lujo, el arte o los sirvientes, eran los indicadores de su superioridad social. Veblen aprendió de la antropología que gastar dinero de forma destructiva o inútil era la mejor manera de ganar reputación social, si bien las consecuencias del “potlatch” en la sociedad capitalista serían muy diferentes del reparto mediante regalos que constituía esa práctica en las culturas ancestrales que estudiaban los antropólogos.
“El consumo ostensible de bienes valiosos es un medio de aumentar la reputación del caballero ocioso. Al acumularse en sus manos la riqueza su propio esfuerzo no bastaría para poner de relieve por este método su opulencia. Recurre, por tanto, a la ayuda de amigos y competidores ofreciéndoles regalos valiosos, fiestas y diversiones caras. Los regalos y las fiestas tuvieron probablemente un origen distinto de la ostentación ingenua, pero adquirieron muy pronto utilidad para este propósito y han conservado este carácter hasta el presente; de tal modo, que su utilidad a este respecto ha sido durante mucho tiempo la base en que se apoyan tales usos. Las diversiones costosas, tales como el potlatch y el baile están especialmente adaptadas para servir a este fin”.8
Como hicieron Marx y Engels, Veblen tuvo muy en cuenta la obra La sociedad primitiva (Ancient Society, 1877), donde Lewis Henry Morgan, propuso la influyente y hoy superada “teoría de la evolución cultural unilineal”, según la cual, todas las sociedades humanas atraviesan de forma obligatoria por tres grandes estadios de desarrollo: Salvajismo, Barbarie y Civilización, también fue quien primeramente habló de “propiedad comunal primitiva” o comunismo primitivo.
Veblen sigue a Morgan excepto en que entenderá la civilización como la mayor expresión de la barbarie, es decir, como la culminación de tal modo depredador de considerar la vida y la existencia en común, que no desaparecería, sino que se transformaría perviviendo en la sociedad industrial moderna.
Estudiando de manera evolucionista las sociedades y culturas Veblen habla en su obra cumbre de “comunidades de salvajes primitivos en las que no hay jerarquía de clases económicas (…). Lo que sí es de notar es que esta clase de comunidades parece incluir los grupos más pacíficos de hombres primitivos —acaso todos los grupos característicos pacíficos—. El rasgo común más notable de los miembros de tales comunidades es una cierta ineficacia amable cuando se enfrentan con la fuerza o con el fraude”.9 La clase ociosa surgiría gradualmente de la transición de tales grupos salvajismo primitivo hacia el estadio de la barbarie.
Su obra comienza y termina hablando de esa especie de comunismo primitivo en el salvajismo tenido como primer y originario modo de convivencia humana:
“Las condiciones en que vivían los hombres en las etapas más primitivas de la vida en común, a las que se puede denominar propiamente humanas parecen haber sido de tipo pacífico; y el carácter —el temperamento y la actitud espiritual de los hombres en esas condiciones de medio e instituciones primitivos— parece haber sido de tipo pacífico y no agresivo, por no decir indolente. Para la finalidad inmediata que aquí nos ocupa, ese estadio cultural pacífico puede ser considerado como el punto que señala la fase inicial del desarrollo social”.10
En el estadio inicial de la humanidad no existe una jerarquía de clases económicas ni propiedad privada. Las relaciones entre los seres humanos de la comunidad salvaje se basan en la ayuda mutua para la supervivencia del grupo y la emulación se da respecto a la utilidad social.

Otros pensadores e historiadores hablaron del comunismo primitivo, además de Marx y Engels, en su obra monumental The Story of Civilization específicamente en el primer volumen, Our Oriental Heritage (1935), el historiador y filósofo estadounidense Will Durant —que en 1911, cuando tenía 26 años, se había convertido en el primer maestro de la escuela libertaria Ferrer Modern School— examinó las formas de vida de las sociedades primitivas y describió cómo funcionaban sin propiedad privada y mediante la cooperación. Durante cifraba en el invento de la agricultura el comienzo de la desigualdad social.
Pero según Veblen a ese estadio inicial comunista seguirá un estadio bárbaro depredador ya con el surgimiento de la guerra, la caza mayor y la apropiación de recursos, dentro de la prehistoria, seguido de un estadio bárbaro cuasi pacífico donde se observa una paz formal y un orden legal más estructurado, pero donde persiste y aumenta el antagonismo de clases y la coacción. Ese será el que evolucionará a su vez de la esclavitud a la servidumbre. Y así hasta llegar al estadio industrial moderno, en el cual, la lucha por sobrevivir de los estadios bárbaros anteriores se transformará en una pugna por la reputación pecuniaria y donde la clase ociosa ya no demostrará su poder mediante el ocio físico ostensible sino a través del consumo conspicuo.
Veblen señala que hay una evolución de las sociedades bárbaras depredadoras hacia una etapa industrial pacífica pero fuertemente estratificada donde la depredación toma otras formas más sutiles, pero no menos dañinas y extensas. A grandes rasgos, entonces, vemos que Veblen dividía la historia social entre un salvajismo primitivo comunista y una serie de estadios de barbarie y depredación subsiguientes.
Estamos ante un autor que vio con nitidez la manera mezquina como el afán de lucro hace comportarse a los seres humanos, lo cierto es que a su manera fue un ser de un talante aristocrático, puesto que durante siete años tras doctorarse en filosofía vivió a expensas de su familia, pudientes granjeros de Minnesota, dedicándose a leer y escribir.
Luego estudiará también economía y trabajará como profesor en diversas universidades, dado que, de carácter extravagante, chocaba con las instituciones donde se encontraba y paso por varias de ellas. Pero porque para Thorstein Veblen una cosa son los estudios como adorno de la clase ociosa y otra aquel que estudia y trabaja a cambio de un salario para producir intelectualmente algo como lo que él hizo, considerando por ello que profesores y científicos, aunque no hicieran un trabajo manual, no eran clase ociosa, un asunto que clarifica en el último capítulo de su obra que lleva por título: “El saber superior como expresión de la cultura pecuniaria”.
En 1900, Veblen fue ascendido a profesor asistente, aunque su salario siguió siendo muy bajo, prácticamente en las distintas universidades donde trabajó, hasta que luego obtuvo cierta fama y llegó a cofundar y trabajar en la New School of Social Research de Nueva York, ya en 1919, donde en un futuro trabajará Hannah Arendt (1967-75) que sería la que trajo a esa institución a Reiner Schürmann (1975-1993).
En su obra posterior The Higher Learning in America (1918), Veblen, se anticipará a la actualidad pues cuestiona la influencia del modelo empresarial en la gestión de las universidades estadounidenses de entonces, modelo hasta hoy globalizado.

Según Veblen la “clase ociosa” se define por la aberración hacia el trabajo productivo, pues trabajar manualmente, fue y es, un signo de inferioridad social. El estatus se gana demostrando que se tiene tanto dinero que se puede perder el tiempo de forma “honorable” (ocio puro, deportes caros, modales complejos). El aristócrata, heredero que no produce y que explota a los demás y el burgués que lo emula y reemplaza son parasitarios, frenan el progreso técnico y la eficiencia. Lo que no sabía Veblen es que los trabajadores improductivos se iban a multiplicar exponencialmente en las épocas que siguieron a su obra. Las clases bajas, los proletarios, el lumpen, el precariado, los migrantes pobres, etc., no buscan derrocar a la clase ociosa, sino imitarla, toda la sociedad vive en una carrera constante por parecer más rica de lo que es, lo que genera un desperdicio sistemático de recursos.
Continuará …
- Véase nuestro texto: Simón Royo, La sociedad capitalista como negación del ocio: historia de una paradoja actual, LOGOS, Anales del Seminario de Metafísica. Vol. 35 (2002), pp 193-222. https://revistas.ucm.es/index.php/ASEM/en/article/view/ASEM0202110193A/16358 ↩︎
- En el año 1800, un obrero cualificado en Prusia ganaba alrededor de 144 táleros al año. Por lo tanto, 19.000 táleros no eran un simple ahorro, sino una auténtica fortuna equivalente a más de 130 años de salario de un trabajador de la época. Calcular el valor actual de una moneda histórica es complejo debido al cambio radical en el coste de la vida, pero una aproximación sería la de 3.800.000 euros. Si hoy en día invirtiésemos 3.800.000 euros en bonos del Estado español, ganaríamos aproximadamente entre 114.000 y 133.000 euros brutos anuales, dependiendo de la rentabilidad o tipo de interés de la subasta en el momento de la compra. O sea que Schopenhauer es como si hoy dispusiese libremente de 6.000 euros al mes. [Mucho más ganarían los rentistas que invirtiesen actualmente esa suma en inmuebles que luego alquilar a precios abusivos]. ↩︎
- “Las más altas aspiraciones del espíritu humano nunca son compatibles con el lucro”, dice en: Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipomena I. Sobre la filosofía de universidad, Ed. Trotta, Madrid, 2009, p 183. ↩︎
- Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipomena I. Sobre la filosofía de universidad, Ed. Trotta, Madrid, 2009, p 157. ↩︎
- https://www.idealista.com/news/finanzas/economia/2025/07/11/852779-la-mayoria-de-multimillonarios-del-mundo-no-nacieron-ricos-salvo-en-espana-el-74-lo-es ↩︎
- Aristóteles, Política, Libro VIII, cap. 2, 1337b. ↩︎
- Aristóteles, Política, Libro VII, cap. 9, 1328b. ↩︎
- Thorstein Veblen, Teoría de la clase ociosa, FCE, México, 2005, pp 81-82. Seguramente Veblen no llegó a leer el Ensayo sobre el don de Marcel Mauss, que emplazaría la práctica del potlatch de las culturas primitivas dentro de la órbita de la redistribución y la generosidad, o quizá pudo leerlo poco antes de su muerte, puesto que ese ensayo se publicó por primera vez en 1925 en la revista francesa L’Année Sociologique y Thorstein Veblen murió en 1929. ↩︎
- Thorstein Veblen, Teoría de la clase ociosa, FCE, México, 2005, p 15. ↩︎
- Thorstein Veblen, Teoría de la clase ociosa, FCE, México, 2005, p 225. ↩︎
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