La estética que nos nubla

‘La bola negra’ es un artefacto cultural bien pensado pero que apela a las emociones sin pasar por la razón, donde la Guerra Civil es un mero marco estético y se sobreexplota la figura de Lorca.

Ángela Vicario – Pikara Magazine

Todo el mundo estaba profundamente conmocionado. Unas y otros alababan la que decían que era la película del año. Al salir de la sala un grupo de chicas decía que había agotado sus clínex. Yo, que soy de lágrima fácil, apenas había usado uno o dos de mis pañuelos. ¿Qué era lo que no había terminado de comprender de La bola negra?

Hablando con las amistades que me acompañaban llegamos a una conclusión: el fondo no está a nivel de la forma. La bola negra es un filme pensado para ganar premios y los ganará porque ha utilizado brillantemente una serie de herramientas que aprietan los botones indicados en la psique de audiencia y jurado. No soy ilusa: toda película es un artefacto cultural, y como objeto que existe en un contexto capitalista, aúna lo que el autor quería contar, lo que el presupuesto permite hacer al equipo, y lo que ha sido necesario incluir para ser vendible en el mercado. Las condiciones materiales en las que se hace un producto artístico no me pasan desapercibidas. Y a los Javis tampoco. Por eso, además de una calidad técnica impecable, La bola negra incluye un guion que en todo momento apela a las emociones sin pasar por la razón, la aparición estelar de Federico García Lorca, representación cisgay con dos protagonistas canónicos y frases cortas pero grandilocuentes perfectas para explotar en redes sociales.

Pero bajo todo el artificio inteligentemente coreografiado yacen tres grandes problemáticas: la utilización de la Guerra Civil como mero marco estético para el argumento, la sobreexplotación de la figura lorquiana y un mensaje final peligroso tanto para mantener viva una memoria histórica basada en el estudio riguroso del pasado como para la comunidad queer.

Los Javis han llevado a más de tres millones de personas al año 1937

El contexto histórico al que nos lleva La bola negra es uno que todas creemos conocer, pero cuya memoria está mediatizada por 40 años de borrado dictatorial y otras cuatro décadas de amnesia patrocinada por el Estado. Nuestro recuerdo de la Guerra Civil no es nuestro: ha sido construido por la memoria familiar, las políticas que nos han permitido o nos han negado el acceso a su conocimiento y, sobre todo, por el cine, que una de las formas que más fija en la colectividad el relato sobre el golpe de Estado y la guerra (sea o no cierto).

Los Javis han llevado a más de tres millones de personas al año 1937, pero nos han mantenido en todo momento alejadas de la realidad violenta de aquella época y tras ver la película no recordamos el horror de la guerra ni de los 40 años de represión porque nos han reconducido hacia unas emociones centradas en el romance y disociadas del evento que precedió a la dictadura franquista. Cuando se representa un conflicto cuyo trauma aún persiste en la sociedad existe una responsabilidad a la hora de construir el relato sobre el pasado que los Javis han dejado de lado. Han escogido pintar la Guerra Civil de la misma forma tibia que han funcionado las políticas del olvido del Estado español, comenzando por la ley de amnistía de 1977. Somos el segundo país del mundo con más fosas comunes sin excavar (estamos justo detrás de Camboya), pero la guerra en La bola negra nos cuenta una historia de amor trágica ambientada en un enfrentamiento bélico cargado de tanta indefinición que incluso los propios protagonistas se presentan alejados emocional e ideológicamente del mismo al construir un entorno —el hospital— en el que el tiempo se ha detenido. En él, Sebastián (Guitarricadelafuente) se encuentra ideológicamente al margen del fascismo que enarbola el bando en el que lucha, mientras que Rafael (Miguel Bernardeu) solamente busca la preservación de la obra de su enamorado. No hay una pertenencia a la colectividad, y la estética y las emociones se privilegian por encima del relato.

El fascismo triunfó y lo sabemos bien después de décadas luchando para localizar y abrir fosas comunes

Esto llega a su máxima expresión con la utilización de la figura de Lorca en el filme, el caballo de batalla de la representación del martirio republicano de la Guerra Civil. El tráiler de La bola negra comienza con la voz en off del actor que interpreta a Federico García Lorca, Alberto Cortés – “Este país tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos, hay que arañar la tierra para que salgan”–, pero el drama del anonimato y la angustia de lo que jamás podrá recuperarse a la que nos remite esa frase desaparecen desde el momento en el que los personajes elegidos para la película tienen historias ampliamente documentadas. Tanto en la pequeña como en la gran pantalla.

Lorca es una figura que, unida al descubrimiento de su obra perdida al final de la película, se utiliza para transmitir uno de los dos mensajes principales del filme: el fascismo no ganó del todo, porque la obra del dramaturgo fue preservada y ahora puede salir a la luz manteniendo viva su memoria. Es exactamente lo mismo que la serie El ministerio del tiempo ponía en boca de Federico García Lorca en su capítulo La leyenda del tiempo, en abril de 2015: “Entonces… he ganado yo. Ellos no”.

Pero el fascismo triunfó, y desde la disciplina histórica y los movimientos ciudadanos por la preservación de la memoria lo sabemos bien después de décadas luchando para localizar y abrir fosas comunes y de esfuerzos para reconstruir los hechos de una época en la que la destrucción de archivos fue sistemática.

Los Javis nos dejan claro que permanecer en el armario es la muerte del alma

Hay un último mensaje que se desprende de la película: elegir la bola negra es elegir la muerte. Los Javis nos dejan claro que permanecer en el armario es la muerte del alma. Y todo esto nos lo dicen a través de un personaje que decide seguir oculto el mismo día que estalla la Guerra Civil. Hace tiempo que la comunidad queer lucha contra la idea de la obligatoriedad de la salida del armario: cuando exponerse puede suponer un peligro para la integridad física, la ocultación es supervivencia. ¿Alguien en su sano juicio saldría del armario el día del estallido de la guerra? ¿Podemos culpar a quien oculta su sentir marginal toda una vida para protegerse?

Sacar la Guerra Civil a la palestra e incorporar como elemento central de la película una historia de amor homosexual en este momento histórico que vivimos es fundamental, y gracias a eso los Javis han llevado una realidad desconocida y más humana a muchas personas que nunca habían estado expuestas a ella. Sin embargo, no podemos olvidar que La bola negra es un filme pensado y producido desde el privilegio social, cultural y económico de dos hombres blancos cisgais que pueden permitirse decirte que es imperativo que salgas del armario, que los únicos fascistas de verdad eran los hombres hetero(agresivos) y que Lorca no fue asesinado del todo porque aún conocemos su obra.

Que la estética y la emoción no nuble la razón: podemos agotar nuestros pañuelos en el cine sin renunciar a un análisis crítico (y criticón) de una película que, si bien absolutamente relevante para nuestro presente, esconde un discurso escrito con un privilegio que, desde mi habitación de piso sin calefacción, desde mi identidad queer, desde mi historia familiar de exilio y pobreza, no puedo compartir.


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