Redes Libertarias
Mal que nos pese, porque provienen de personajes tan repugnantes como Marco Rubio, James D. Vance o el propio Donald Trump, y de sus acólitos tecnocapitalistas, resulta difícil no coincidir con sus declaraciones de que nos hallamos en la acelerada transición hacia una nueva época donde nada será igual a lo que hemos conocido. Por supuesto, cosa bien distinta es que ni por asomo compartamos su indecente satisfacción por el acontecer de esos nuevos tiempos que avanzan velozmente engullendo los vestigios de la época que declina.
A diferencia de los dilatados periodos que mediaron entre las anteriores revoluciones industriales, la tercera, iniciada en los años 1970 con la irrupción de la tecnología numérica, no habrá tardado ni cuatro décadas en ir dejando paso a su sucesora. Esta cuarta revolución consiste en la progresiva integración de las tecnologías digitales más avanzadas en todas las esferas de la sociedad, desde la economía hasta la política, pasando por la sanidad, la educación, e incidiendo en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. El complejo dispositivo formado por la IA, la robótica, la ingeniería genética, los objetos conectados, los satélites, las plataformas digitales, los ordenadores cuánticos etc., dibuja el escenario de un tecno-capitalismo con fortísimos tintes totalitarios.
En ese contexto se ha ido forjando, principalmente en EEUU, la ideología política acorde con el desarrollo de la nueva configuración del mundo. Si en el primer mandato de Trump fue la ideología nacional-populista representada por Steve Bannon la que trazó su hoja de ruta, en el segundo es la orientación neo-reaccionaria la que ha tomado el relevo.
Indagar esa ideología que renueva la corriente reaccionaria perteneciente a la variada gama de orientaciones derechistas, nos proporciona algunas de las claves para descifrar los resortes de la política trumpista, y para entender el rumbo que esa política, junto con el entramado tecno-capitalista, están imprimiendo al mundo.
La ideología neo-reaccionaria que se construye y expande por las redes en las primeras décadas del presente siglo antes de penetrar en las altas esferas políticas, se distancia de los neoliberalismos y se caracteriza como una corriente post-libertariana. Sus creadores y adalides son personajes como Curtis Yarvin, influyente entre las elites políticas estadounidenses, o como el tecno-capitalista multimillonario Peter Thiel, probablemente uno de los neo-reaccionarios más inteligentes, o los aceleracionistas Marc Andreessen y Nick Land, juntos a otros prohombres de las plataformas digitales y de la IA como son, por ejemplo, Elon Musk, Mark Zuckerberg y Sam Altman.
En el pensamiento neo-reaccionario figuran proposiciones tales como que existe una incompatibilidad entre la democracia al uso y el tecno-capitalismo, siendo preciso, por lo tanto, acabar con la democracia y sustituir la actual gubernamentalidad por un modelo post-democrático de tipo empresarial; o que hay que suprimir las reglamentaciones que constriñen las grandes plataformas digitales y que dificultan los avances tecnológicos, especialmente en el campo de la IA; o que se debe acabar con el progresismo fomentando una contracultura de derechas que anule la influencia de la izquierda cultural particularmente en las universidades; o que hay que arrinconar las ideas de justicia social desde una óptica descaradamente elitista que defiende la legitimidad y la bondad de las desigualdades y de la jerarquía, etc.

Aún estamos en una fase incipiente de la veloz construcción del nuevo mundo marcada por un alto grado de desconcertante incertidumbre debida a la misma rapidez de su desarrollo. Sin embargo, ya se manifiesta una reestructuración geopolítica presidida por la competición entre China y EEUU a fin, entre otras cosas, de asegurarse la disponibilidad de las materias primas requeridas por la industria digital, con un ojo puesto sobre el control del Ártico, y otro sobre los espacios siberianos. El actual proceso de redistribución de las grandes zonas de influencia evidencia el especial empeño de EEUU en restar importancia a una Europa que Trump está desmantelando porque, entre otras cosas, representa un estorbo para la expansión del modelo neo-reaccionario.
En ese marco se está produciendo un notable fortalecimiento del complejo industrial-militar, acompañado por la militarización de las mentes a fin de facilitar la aceptación de los sacrificios económicos que eso implica para las poblaciones.
Si bien el mundo hacia el cual nos están arrastrando resulta aterrador, no lo es mucho menos el mundo actual, devastado por más de sesenta conflictos bélicos entre los cuales figuran por supuesto la guerra en Ucrania, el genocidio israelí en Palestina, así como la reciente guerra de grandes proporciones contra Irán, pero también las masacres y los masivos desplazamiento de poblaciones en Sudán con 150.000 muertos y 12 millones de desplazados, así como una larga lista que abarca, entre otros escenarios, Birmania, Etiopía, República Democrática del Congo, y amplias zonas del Sahel.
A lo cual se suman las extensas bolsas de pobreza extrema esparcidas por el mundo, pero especialmente aguda en África subsahariana donde se concentra más de la mitad del colectivo mundial que la padece.
Los conflictos bélicos y las enormes bolsas de pobreza son la principal fuente de los grandes flujos migratorios tan cruelmente tratados por las autoridades de las zonas hacia las cuales se dirigen. No es preciso mirar hacia Mineápolis para evidenciar esa crueldad, basta con observar lo que ocurre en la Italia de Meloni, o en la frontera española de Melilla, o en los CIE’s de España, o en las rutas marítimas por las que cruzan las pateras en dirección a Europa y especialmente a España. En ellas murieron el año pasado más de 3.000 personas sin que eso haya provocado una reacción humanitaria a la medida de tal desastre. La principal preocupación consiste en tratar de impedir esos flujos migratorios en lugar de poner los medios para que transcurran con mayor seguridad, y para eliminar las causas que los provocan.
Pese a la apabullante capacidad que tienen los gobiernos de aplastar por la fuerza cualquier levantamiento popular, estos no dejan de acontecer en todas las regiones del mundo; hay que seguir ondeando las banderas de la rebeldía y de las resistencias
Si nos ceñimos a España, resulta que la población inmigrada no llega ni al 15% de la población total, y constituye una aportación que aminora los efectos indeseables del envejecimiento de la población autóctona y la falta de mano de obra en determinados sectores. Sin embargo, las condiciones de precariedad en la que viven las personas inmigradas, sobre todo durante los primeros años de su llegada, y las trabas puestas a su integración hacen que su imagen esté negativamente connotada provocando reacciones xenófobas que, además de agravar su situación, alimentan el auge de las formaciones de extrema derecha. Por ello resulta tan importante volcarnos en la solidaridad con esa población y luchar contra el racismo, al mismo tiempo que denunciamos el trato dispensado a las personas migrantes en su intento de llegar a los lugares hacia los cuales se dirigen.

Ahora bien, no todo es desolador en el actual panorama. Porque, pese a la apabullante capacidad que tienen los gobiernos de aplastar por la fuerza cualquier levantamiento popular, estos no dejan de acontecer con obstinada regularidad en todas las regiones del mundo.
Sin retrotraernos a los numerosos levantamiento de la primavera árabe iniciados en Túnez hace 16 años, o a los movimientos similares al del 15M, tales como Occupy Wall Street entre otros, o a la primera movilización de Hong Kong, cabe reseñar en los albores y primeros años de la presente década los chalecos amarillos en Francia, el estallido social en Chile, o las protestas aún más recientes en Tailandia, Nepal, Indonesia, Filipinas, Bielorrusia, Eslovenia, Marruecos, Bulgaria, etc.
Es claro que pese a la brutalidad de la represión aún es posible plantar cara colectivamente y de forma masiva a las exacciones del poder. Nos queda por lo tanto seguir resistiendo con determinación, desde la absoluta certeza de que nada está estrictamente predeterminado ni es ineluctable. El futuro es tanto más propenso a experimentar imprevisibles y radicales bifurcaciones cuanto mayor es su grado de complejidad, y es precisamente ese incremento de complejidad el que está propiciando el veloz desarrollo del tecno-capitalismo.
Así que, ante las miserias actuales, entre las cuales no podemos olvidar la lacra del patriarcalismo, y frente al horrendo mundo que nos están preparando, es preciso hacer acopio de intensos y esperanzados ánimos para seguir ondeando las múltiples y desafiantes banderas de la rebeldía y de las resistencias.
Descubre más desde Redes Libertarias
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.