Donatella Di Cesare
Herder editorial, Barcelona 2025
Tomás Ibáñez
Reseña publicada en Redes Libertarias núm. 5 (primavera 2026)
Cada año, en medio de los contados libros que destacan por su elevado interés y su importante calado intelectual, se encuentra a veces alguno que marca de forma nítida un antes y un después. Este es el caso del que Donatella Di Cesare acaba de publicar acerca de la ocultada relación entre la democracia y la anarquía. Me atrevo a afirmar que este libro se constituirá, si es que no lo ha hecho ya, en un texto de referencia tanto en el área de la filosofía política como en el ámbito del pensamiento anarquista.
La autora, catedrática de filosofía teorética en la Universidad de Roma La Sapienza, goza de un importante reconocimiento internacional por la originalidad, la seriedad y la audacia de unas investigaciones que no requieren solamente del saber filosófico, sino también de las herramientas de la historiografía, del corpus de las ciencias políticas, del pensamiento crítico más actual, y también del difícil arte de razonar libremente pero con acierto, sin olvidar, además, la necesaria entereza moral para arriesgarse a salir de las convenciones establecidas y de los caminos trillados.
Por lo que se refiere a la cuestión de la democracia, lo cierto es que resulta casi imposible evadirse de los caminos trillados, porque desde los tiempos de la Grecia clásica estos han sido tan repetidamente trazados y recorridos por la historiografía oficial que han acabado por perfilarse como los únicos posibles. Se ha constituido, de esa forma, un auténtico archivo, en el sentido Foucaultiano del concepto, es decir, un dispositivo que prefija lo que se puede saber y lo que se puede decir acerca de una determinada cuestión, la democracia en este caso, ordenando los documentos y regulando tanto su formación como su selección.
Lo que dicho archivo atestigua, sin dar pie a contestación posible, es que la democracia proviene de un remoto momento fundacional donde se manifiesta su esencia, y experimenta a partir de entonces una evolución prácticamente lineal hasta culminar en su expresión más conseguida y exitosa en la época moderna.

Para escapar de las evidencias atestadas y atesoradas en el archivo de la democracia es preciso proceder a una suerte de arqueología filosófica que consiste, en palabras de Donatella Di Cesare, “en excavar en las profundidades de la historia monumental entre grietas y fisuras” para acotar las modalidades dispersas y diversas del continuado surgimiento de la democracia en ausencia de cualquier fundamento prexistente a su propio desarrollo. Eso conduce a apartarse de la búsqueda del origen de los fenómenos históricos, tales como la democracia en este caso, para dilucidar más bien su punto de surgimiento, en tanto que esta es un fenómeno transitorio, fugaz, y disruptivo.
Se trata, pues, de hurgar con paciencia y destreza en el archivo de la democracia para sortear las trampas sembradas por la historiografía dominante que tienen el efecto de impedir que se vislumbre el carácter disruptivo y subversivo de la democracia, y conseguir que esta solo se perciba como una determinada modalidad de gobierno asentada en cierto tipo de instituciones y materializada en la forma de una Constitución.
Lo que esa arqueología hace aparecer entonces es que, lejos de emanar de un determinado momento fundacional, la democracia es más bien un continuado proceso movido por las repetidas rebeliones del pueblo contra su permanente sometimiento. Y lo que también se muestra es, por una parte, que la democracia tiene un ineludible carácter anárquico que no se deja petrificar en la forma de una Constitución, y, por otra parte, que esa intima vinculación entre democracia y anarquía ha sido sistemáticamente ocultada durante siglos.
La deconstrucción del archivo de la democracia emprendida por Donatella Di Cesare revela otras ocultaciones, tales como, por ejemplo, la del papel desempeñado por las mujeres en el proceso de articulación de la democracia. En efecto, la insistente repetición, consignada en el archivo en forma de incuestionable evidencia, de que las mujeres, al igual que los esclavos, estaban excluidas del ágora democrática ateniense, cosa que era cierta, ha servido, a modo de sinécdoque, para vaciar el surgimiento de la democracia de cualquier influencia femenina y ocultar el hecho de que las luchas de las mujeres fueron unos de los elementos que posibilitaron la formación de la democracia. Contra esa exclusión Donatella Di Cesare nos remite a los mitos remotos, y a los recuerdos de la época arcaica que Esquilo convoca en su celebre tragedia Las suplicantes. En ella, el dramaturgo griego narra el acontecimiento protagonizado por las Danaides cuando esas extranjeras huidas de la dominación masculina piden asilo en la ciudad de Argos y fuerzan la toma en consideración de sus demandas, pese a ser mujeres y a ser extranjeras.
Donatella Di Cesare no solo apoya su investigación sobre un profundo conocimiento de los grandes filósofos de la antigüedad, sino que acude a pensadores tan actuales como Claude Lefort y su concepto de democracia salvaje, o de Miguel Abensour y su cuasianárquica democracia insurgente, o a las obras de Cornelius Castoriadis, Giorgio Agamben, Michel Foucault y, por supuesto Reiner Schürmann, por citar unos pocos autores.
Se puede estar de acuerdo eventualmente con que la democracia es el poder del pueblo, pero con la doble salvedad de entender, por una parte, que el pueblo no tiene como tal una identidad preexistente, sino que se recompone continuamente y se autoconstituye en cada enfrentamiento social donde consigue que aflore su protagonismo. Y la de reconocer, por otra parte, que el poder no tiene por qué ser concebido como un fenómeno homogéneo y unidimensional. Es, precisamente contra el poder soberano como el pueblo irrumpe en la escena política, la democracia emerge cuando el poder que pone en acción el pueblo no es un poder soberano, sino que es un poder destituyente de la soberanía.
En esa línea, es interesante que, entre los diversos episodios relatados para dar cuenta del insoslayable vínculo entre la democracia y el conflicto, la autora traiga a colación la figura de Efialtes y el papel de la sublevación popular en la destitución del Areópago en 462 a.c. la cual inauguraba un nuevo surgimiento de la democracia en forma de democracia radical o democracia anárquica.
Ahora bien, el objetivo de Donatella Di Cesare no es solo el de deconstruir el archivo de la democracia, y esclarecer sus efectos políticos que consisten en vaciar la democracia de su potencial subversivo, ocultando la anarquía de la que nace y que vehicula, sino que también se encamina a abrir perspectivas para un nuevo anarquismo, alejado de las inercias metafísicas incorporadas en el archivo creado por el anarquismo clásico.
Por fin, o, mejor dicho, por falta de más espacio, me limitaré a mencionar que en ese anarquismo de nuevo cuño la autora hace un hueco a una figura que no suele ser reivindicada en la iconografía anarquista, como es Hannah Arendt.
Por favor, no os quedéis en la lectura de esta reseña, acudid en cuanto antes a la atenta y gozosa lectura de esta importante obra.
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