El anarquismo español entre el poder y la revolución

Laura Vicente


Introducción al libro: Claudio Venza (2026): L’Anarchisme espagnol entre pouvoir et revolution (Nouvelle édition). Lyon, Atelier de création libertaire.


El autor

Claudio Venza, autor del libro que ahora se reedita: El anarquismo español entre el poder y la revolución, nació en Trieste el 7 de noviembre de 1946 y murió el 28 de octubre de 20221.

Si algo caracteriza su trayectoria fue su inclinación por compartir y debatir ideas y por buscar espacios militantes que le permitieran desarrollar una práctica que enriqueciera y transformara las ideas que desde muy joven fue adquiriendo.

Su formación académica la realizó en la Facultad de Economía y Comercio, aunque sus intereses militantes le condujeron hacia la historia. En 1970 acabados sus estudios empezó a trabajar en institutos de secundaria, luego pasó a la Facultad de Lenguas de Udine y, finalmente, se convirtió en profesor de historia contemporánea española.

En su etapa de formación en la Universidad entró en contacto con el movimiento estudiantil participando en grandes manifestaciones en las que constató la hegemonía del Partido Comunista Italiano (PCI). Venza, sin embargo, estaba interesado en movimientos más abiertos donde se pudiera debatir con libertad. Las asambleas y okupaciones le pusieron en contacto con activistas que, siendo marxistas, no eran tan ortodoxos como los militantes del PCI. En estas movilizaciones conoció a Ugo Germani y a su hermana Clara (que fue su compañera durante mucho tiempo).

En la década de 1960 frecuentó el circulo El Astrolabio y los grupos antimilitaristas y en estos ambientes tuvo lugar el crucial encuentro con Umberto Tommasini (1896-1980), un viejo anarquista que entonces tenía unos setenta años, y con él se abrió para Claudio otra forma de pensar, luchar y organizarse. Los viejos anarquistas del antiguo grupo Germinal y los jóvenes libertarios como Venza, construyeron un espacio para debatir, editar y difundir ideas anarquistas. En la década de 1970, Venza se adhirió al grupo Germinal y a la Federación Anarquista Italiana.

Paralelamente a su activismo profundizó en el estudio de la Revolución española de 1936, en la que Tommasini había participado activamente. A la muerte de este (1980), se convirtió en director del periódico anarquista triestino Germinal, cargo que ocupó hasta 2021. En 1992 fue nombrado director responsable de la revista académica Spagna Contemporanea.

Sin duda alguna el recorrido militante de Venza influyó en su manera de hacer historia, cosa que se evidencia en su interés por la historia oral y en la doble investigación, académica y activista, que llevó a cabo en este libro sobre la Revolución española.

Claudio Venza se mantuvo activo casi hasta el final de su vida, animando encuentros y debates y formando parte de grupos anarquistas. Siempre estaba dispuesto a animar a leer, estudiar y comprometerse; era generoso, terco y decidido (para bien y para mal). Era un anarquista.

El libro de Claudio Venza: El anarquismo español entre el poder y la revolución

Para Claudio Venza es fundamental en su libro contextualizar el movimiento anarquista español antes del 19 de julio de 1936 para comprender su fuerte arraigo en este país y para entender los condicionantes con los que se encontró la revolución. Por este motivo, los dos primeros capítulos hacen un recorrido desde 1868 hasta 1936, casi setenta años en los que el anarco-sindicalismo y el movimiento libertario se convirtieron en una fuerza social y política muy importante.

No vamos a incidir en el contexto general que explica el autor sino a aportar algunos aspectos que pueden completar dicho trabajo. Me parece importante hacer una genealogía del sindicalismo que conduce al potente anarco-sindicalismo de la CNT a encabezar la revolución allí donde es mayoritario. La cronología que vamos a utilizar no es exactamente la misma que utiliza Venza sino una periodización sindical que nos permite vislumbrar otros aspectos más específicos.

La genealogía arranca con la adhesión de sociedades obreras al internacionalismo en España (1870) y vamos a diferenciar dos etapas:

1ª Etapa: 1870-1916: en esta etapa se define un sindicalismo emergente con dos modelos organizativos, el de gestión de clara inspiración marxista y el radical (o revolucionario) de influencia anarquista.

El sindicalismo radicalvinculado al internacionalismo: Federación de la Región Española (FRE), 1870 / Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE),1881, se define lentamente durante cuarenta y seis años en lo referente a la forma organizativa, los aspectos tácticos y las reivindicaciones.

En cuanto a la forma organizativa, cuya base eran las sociedades obreras de oficio,su objetivo era la unidad de los trabajadores y trabajadoras en una misma organización de carácter económico puesto que consideran que los intereses materiales eran el lazo natural y permanente que cimenta la unidad del oficio y asegura el descubrimiento del verdadero enemigo, el capital. Para conseguir la unidad es necesaria cierta flexibilidad ideológica y, por tanto, la práctica del apoliticismo que supone dejar fuera del sindicato las ideas políticas. Al reconocer a la lucha sindical un valor político en sí misma se niega su subordinación a otros grupos como podían ser los partidos políticos. Es un sindicalismo pragmático y posibilista, ya que pretende armonizar la implantación de mejoras con lo que permiten las circunstancias.

Las tácticas sindicales para conseguir mejoras laborales son radicales (salvo minorías anarquistas no existe una estrategia a largo plazo de carácter revolucionario): se rechazan las peticiones de soluciones legales a los problemas laborales y se utiliza la acción directa, sin mediación política, a través de la acción huelguística para enfrentarse a la patronal. El fracaso de las huelgas es valorado como un factor desmoralizador que puede debilitar a la organización. La violencia está prácticamente ausente de los conflictos, aunque éstos pueden llegar a ser muy duros por su determinación y duración. En cuanto a las reivindicaciones se articulan alrededor de la lucha por aumentos salariales y la reducción de la jornada laboral a las ocho horas, reclamación que se convierte en el símbolo de la guerra abierta entre la burguesía y el proletariado.

La genealogía del anarco-sindicalismo proviene de este sindicalismo radicalizado. Tiene numerosas similitudes con el sindicalismo revolucionario que se desarrolla en Francia en la primera década del siglo XX: Carta de Amiens (1906). Pero el sindicalismo radical no necesita de la influencia francesa ya que la evolución del sindicalismo español desde la Iª Internacional explica por sí solo este modelo sindical.

El problema principal de este sindicalismo es explicar la articulación de una lucha por reivindicaciones laborales (por definición integrada en el sistema) dentro de un movimiento que se define como radical o revolucionario.

El anarquismo, especialmente a partir de 1906/07, argumenta que las luchas concretas pueden favorecer la revolución. Por un lado, las reformas proporcionan motivos para trabar batallas en la guerra entre burguesía y proletariado. Con ellas, este último, se prepara para el combate, despierta a la lucha, a la agitación y a la solidaridad. Más que un adiestramiento material es una preparación psicológica con efectos concienciadores.

Por otro lado, la lucha sindical, y la huelga especialmente, es la expresión espontánea de la rebeldía obrera y el medio más eficaz de «perturbar el orden» capitalista.

El sindicalismo también transforma al anarquismo abriéndolo a la acción de masas y a la alianza con otras organizaciones obreras. Esa unión de anarquismo y sindicalismo es la base de la construcción de la CNT, que se diferencia del sindicalismo radical en varios aspectos: la existencia de un objetivo revolucionario de transformación social; la presencia de cierta influencia de la ideología anarquista que reduce la flexibilidad ideológica; y, por último, un claro antipoliticismo que rechaza la mediación a través de la vía electoral.

2ª Etapa: 1916-1939: en este periodo de poco más de veinte años, se produce un cambio transcendental: el sindicalismo revolucionario se transforma en un movimiento de masas, dando protagonismo al anarquismo que siempre es minoritario. En el resto de Europa este sindicalismo casi desaparece en aras del sindicalismo de gestión posibilista y negociador unido al crecimiento de partidos socialdemócratas que soltaban el lastre del marxismo para, desde posturas reformistas, aceptar el capitalismo y la sociedad de clases.

Además, estalló la Revolución Rusa (1917) que parece contradecir el triunfo del reformismo socialista y por eso resulta tan atractiva para el anarco-sindicalismo en un primer momento (CNT ingresa en la III Internacional en 1919). Pero muy pronto el «Informe Pestaña»2, que es publicado en 1922, se muestra contrario a permanecer en la III Internacional por considerar la Revolución bolchevique centralizadora y burocratizada, no respondiendo al modelo anarco-sindicalista.

¿Cómo se explica el crecimiento y arraigó del anarco-sindicalismo en España? Esta posición está muy relacionada con dos factores:

1-El contexto histórico: el sistema liberal, denominado «Sistema de la Restauración» (1874-1931), fue un sistema basado en el bipartidismo y el turnismo que tiene su fundamento en la manipulación electoral a través del caciquismo o de los gobernadores civiles. Es muy difícil, durante la «Restauración», hacer atractiva una opción basada en la acción política y en las posibles mejoras sociales que pueden producirse a través de una política reformista en la que confían republicanos y marxistas.

2-La habilidad para adaptar su práctica al contexto histórico caciquil y represivo en el que el antipoliticismo y la acción directa resultan más útiles para una parte importante de las clases trabajadoras que la táctica política.

La CNT sabe construir un sindicalismo moderno, eficaz y efectivo en sus objetivos que logra victorias en los conflictos sociales. No fue ajeno a ello el paso de la sociedad obrera de oficio, como base organizativa, a los Sindicatos Únicos de rama productiva, adoptados en Cataluña en el Congreso de Sans, junio/julio de 1918, que se generalizan a toda la organización en la 2ª mitad del año 1919. De esta manera, la CNT se convierte en un sindicato fuerte, una organización de masas cercana al millón de afiliados/as a finales de la segunda década del siglo XX. Esta cultura organizativa impulsa la solidaridad y la colaboración desde la organización sindical.

El contenido revolucionario que asume la CNT responde a dos planteamientos diferentes que generaran conflictos internos: por un lado, una concepción gradualista basada en una evolución progresiva que avanza a la velocidad de la capacidad de preparación y organización del proletariado. Y, por otro lado, un planteamiento de los sectores impacientes que abogan por provocar el estallido revolucionario a través, si es preciso, de la violencia.

Tan importante como la vertiente social de los Sindicatos Únicos es convertir el sindicato en herramienta de capacitación, para ello la CNT construye dichos sindicatos como un espacio formativo de cultura y educación, como elementos de emancipación personal y colectiva. Se trata de crear formas de contra sociedad igualitaria (cooperativas de producción, formas de vida colectivas, instituciones educativas y culturales, etc.) en el seno mismo de la sociedad desigualitaria. El sindicato se considera un medio de capacitar a los y las trabajadoras en el oficio del autogobierno. El sindicato es el epicentro social, político y cultural.

No obstante, esta tarea de capacitación y de creación de formas de contra sociedad no cuenta solo con los sindicatos sino con un amplio movimiento libertario. Ya desde el internacionalismo se forman grupos vinculados a la enseñanza, primero escuelas laicas y más tarde escuelas racionalistas; también se forman grupos de afinidad anarquistas que dan lugar a la Federación Anarquista Ibérica (FAI, 1927). En los años treinta se fundan, además, los Ateneos Libertarios que tienen un amplio campo de actuación cultural y educativo, así como la organización de la juventud (Federación Ibérica de Juventudes Libertarias fundada en 1932) y de las mujeres (Mujeres Libres, 1936).

Poder y Revolución

Claudio Venza recoge en el título de su libro, que el anarquismo español tiene que maniobrar entre el poder, que tradicionalmente había rechazado, y el proyecto revolucionario iniciado el 19 de julio de 1936. Uno de los interrogantes principales a lo largo del libro (capítulos del 3 al 6) hace referencia a la posibilidad de mantener y desarrollar la revolución en las circunstancias reales del país. Para Venza la guerra plantea que las cuestiones militares y, en consecuencia, las políticas, ambas rechazadas como prioritarias por el anarquismo en favor de las cuestiones sociales y culturales, condicionan gravemente la posibilidad de revolución, desempeñando un papel fundamental en la posición adoptada por la CNT-FAI. El autor remarca que el movimiento anarquista cuenta con poco apoyo internacional y con poco armamento para sus milicias, a eso hay que añadir el crecimiento del estalinista Partido Comunista de España (PCE) que crece rápidamente, justamente por poseer apoyo y armas de la URSS.

Que la URSS tomara la decisión de abandonar su estrategia revolucionaria fuera del país en favor de los Frentes Populares para combatir el fascismo (1935), sitúa a este partido, junto con los partidos republicanos y demócratas liberales, en la posición de impedir cualquier revolución, mucho menos anarquista. Esta posición enseguida enfrentó al PCE con el Movimiento Libertario y con el POUM.

El autor, investiga y comprueba que en el seno de la CNT-FAI y, de hecho, en el resto del Movimiento Libertario hay muy pronto una posición de aceptación del poder político estatal encabezada por los órganos de dirección, posición «colaboracionista» que enseguida se concreta en la entrada en los gobiernos de la Generalitat catalana y de la República (octubre/noviembre 1936). La segunda posición rechaza la entrada en el sistema gubernamental, posición conocida como «intransigente» que es minoritaria. Los órganos de dirección de la CNT-FAI intentan controlar a las bases anarco-sindicalistas para encauzarlas al «colaboracionismo».

Sin embargo, Venza llega a la conclusión de que, en la práctica, las actividades cotidianas del activismo de base son más acordes con la autogestión, por tanto, con la revolución, que lo que indican los documentos que reproducen las posturas oficiales. Considera que el experimento colectivista y la revolución cultural a gran escala son vividos de forma mucho más concreta por las bases que por los responsables de las decisiones estratégicas.

Este planteamiento de Venza abre paso a una posibilidad interesante que el autor no llega a desarrollar, pero sí constata: que hay diferencias entre las posturas oficiales de quienes toman las decisiones estratégicas por un lado y, por otro lado, la práctica autogestionaria de las actividades cotidianas, mucho más concretas, que llevan a cabo las bases anarquistas y libertarias sin formar parte explícitamente de la posición «intransigente» aun cuando coinciden con ella. Los órganos de dirección de la CNT-FAI renuncian a la revolución obligados, probablemente, por las circunstancias, desarrollando una estrategia antifascista que tiene pocas compensaciones y muchas renuncias. Pero hay una corriente subterránea, con un componente femenino relevante, cuya práctica cotidiana mantiene viva la revolución después de Mayo de 1937 y es una corriente que revoluciona la vida.

Por tanto, no hay una sola manera de entender la revolución que se produce a partir de 1936. Una forma es la que deslumbra y que es breve por los muchos enemigos con los que cuenta, la que llamaremos «revolución modelizada» y la otra, más subterránea, más «humilde» y más desconocida pero que Venza detecta, que es la que llamaremos «revolución de la existencia».

La revolución modelizada es un proceso de transformación pautado por el modelo de sociedad que se aspira a construir: la Utopía, comunismo libertario en el caso del que hablamos. El modelo de sociedad que se aspira a construir condiciona los pasos que se dan, puesto que es más importante la teoría, donde radican los principios, que la práctica, que se somete a la teoría y que inspira tres actuaciones: los Comités, las Milicias y las Colectividades. Esta revolución es la más conocida y la que acaba pronto: apenas un verano, el «corto verano de la anarquía»3.

La revolución modelizada cuenta poco con las mujeres que fueron «apartadas» de los espacios en los que los hombres llevan a cabo la revolución, especialmente en el frente de batalla a través de las milicias y en la retaguardia con los Comités. Pero existe una revolución «sin modelo» preexistente, sin equipaje, una revolución que deja que las prácticas se desarrollen sin apelar a unos principios que las dirijan. La práctica, a partir de ella misma, elabora su propia justificación y construye sus propios principios que son tan múltiples como la propia multiplicidad de las situaciones vividas. Los criterios para actuar, para escribir y para pensar solo provienen de las situaciones y de las prácticas de la propia vida cotidiana y están ligadas a su modo de vida. En esta otra revolución había hombres y mujeres, pero sobre todo mujeres y el espacio donde se desarrolla fue la retaguardia4.

Dice Fernández-Savater5 que los anarquistas en el verano de 1936 allí por donde pasan, allá donde pueden, «revolucionaron la vida»: los modos de hacer y pensar, la relación con el trabajo y el dinero, el reparto de la tierra y las formas de decisión en común, el papel de las mujeres, los hábitos y las costumbres. Son momentos al margen, espontáneos, muchas veces desordenados, llenos de vida que superan la ideología doctrinaria arraigándose en la existencia, momentos en los que prima la horizontalidad, la toma de decisiones en igualdad, el deseo y el entusiasmo. Cada persona es singular, cada iniciativa autónoma de las demás y como pauta, la responsabilidad de hacerse cargo de lo común. El desafío es hacer de todo ello una fuerza, sin importar la condición social, el género, la religión o la raza.

Situación del anarco-sindicalismo en España, en el siglo XXI

En España no somos muy conscientes de que para el anarquismo y el anarco-sindicalismo «mundial», la revolución libertaria de 1936 es una huella indeleble, a menudo, o casi siempre, idealizada. Ese hecho perdura en cierta manera hasta hoy, cuando el movimiento anarquista y el anarco-sindicalismo es minoritario pasados noventa años de aquella revolución. Incluso ese pasado tan «glorioso» se ha convertido en una pesada losa que ha construido un corpus de pensamiento y acción fundamentada en una transmisión intencional de una generación a otra. Esta concepción parece obligarnos a una relación constante de los anarquismos actuales con los del pasado y este acaba convertido en dogma, en doctrina. ¿Cómo compararnos con lo que nuestros antecesores y antecesoras hicieron? ¿Cómo recuperar todo el caudal de experiencias y saberes de aquella revolución con los pocos recursos actuales? ¿Cómo combatir la historia «basura» antilibertaria cuyo propósito es invisibilizar toda la obra constructiva, innovadora y transformadora para que muera su recuerdo?

Muchas preguntas con difíciles respuestas.

Pero ¿cómo hemos llegado a la situación actual?6 El anarquismo es un elemento innegable de la cultura política española de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Los «ideales» que lo sustentaban eran escasamente doctrinarios, definió por ello un movimiento complejo, poliédrico, contradictorio y con un gran potencial disgregador. Es evidente que hubo muchas tendencias desmembradoras: colectivismo/comunismo, propaganda escrita/violencia, anarquismo/sindicalismo, antipoliticismo/intervención política y una multitud de diferencias menos relevantes que siempre sostenían de un hilo la unidad del movimiento.

Hay otro elemento de tensión que muchas veces pasa desapercibido por el poco arraigo del anarquismo individualista en España pero que la guerra civil planteó como realidad inmediata en el ensayo de revolución del 36. Me refiero a la incompatibilidad radical entre las prácticas concretas y la ideología libertaria.

Se trata de la posibilidad de la revolución, eje del libro de Claudio Venza. Ésta, en cuanto proyecto global y «totalizante», afecta al conjunto de la sociedad, convirtiendo el proyecto revolucionario en totalitario al anudar en un mismo lazo el conjunto de las trayectorias individuales supeditando lo local a lo general. El proyecto revolucionario destruye una forma de sociedad y ofrece otra como alternativa, por tanto, el proyecto de transformación social pretende afectar a cada una de las partes que componen la sociedad con independencia de que quieran verse afectadas por el proyecto revolucionario7. Supondría, por tanto, que dicho proyecto se instauraría sobre el principio de constricción de las particularidades locales, por tanto, se estaría construyendo otro sistema social autoritario, entrando en contradicción con el principio de libertad que es clave en el «ideal» anarquista. Sobradas muestras encontramos en la actuación libertaria durante la guerra civil, y no se trata aquí de juzgar sino de poner de manifiesto la «incompatibilidad radical» mencionada que no fue captada en el momento, salvo desde la perspectiva de la moralidad de las decisiones, y lo que es más grave, en los noventa años posteriores.

La guerra civil, unida al largo exilio en unos casos y a la dura represión durante el franquismo en otros, asestó un duro correctivo al anarquismo y al sindicalismo que los condujeron al borde de la extinción. En esa difícil situación, el mundo se transformaba rápidamente, perdidas la habilidad y la visión, que habían mostrado en el pasado para adaptarse a los cambios sociales, sus propuestas se mostraron anacrónicas y esclerotizadas. No fue solo el anarquismo, toda la izquierda entró en un proceso de crisis que es ahora, en el siglo XXI, cuando muestra su dramática dimensión. El franquismo distorsionó y retrasó, en parte, esta crisis, pero España no fue una excepción y se fracturó la tradicional asociación de la izquierda con el proletariado urbano también cuando disminuyó y se fragmentó ese mismo proletariado. Cuando la vieja izquierda ya no pudo depender de las comunidades de la clase trabajadora porque cada vez representaba un porcentaje menor de la población, la llamada nueva izquierda se unió a los jóvenes de los años sesenta y no fue el interés de todos, sino las necesidades y los derechos de cada uno, lo que constituyó su base. El individualismo sustituyó a la comunidad y las reivindicaciones subjetivas de la suma de identidades sustituyeron a los propósitos sociales comunes. Los movimientos políticos desaparecieron sustituidos por el individualismo fragmentado de las preocupaciones particulares, incapaces de convertirlos en objetivos colectivos8.

Este proceso, que en Europa empezó a desarrollarse a partir de la década de 1950, en España se produjo aceleradamente tras la «transición» a partir de la década de 1980, justo para coincidir con la ofensiva en toda regla de la derecha neoliberal que provocó el naufragio de la izquierda socialdemócrata con cierto retraso en España. Los ejecutores de esta ofensiva neoliberal fueron Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos. El thatcherismo desencadenó un tsunami de desindustrialización, llevándose las manufacturas a países en vías de desarrollo y diezmando comunidades obreras enteras (se pasó de siete millones de obreros en 1979 cuando llegó Thatcher al poder a 2,83 millones treinta años después) que vivían de su trabajo en las fábricas. Este experimento thatcherista forjó la sociedad en la que hoy vivimos. En el centro había una ofensiva contra comunidades, industrias, valores e instituciones obreras. Ser obrero ya no era motivo de orgullo, sino que era algo de lo que escapar. En este proceso uno de los objetivos era debilitar la fortaleza del sindicalismo inglés.

En España el proceso de reconversión industrial que los socialistas españoles llevaron a cabo entre 1982 y 1996 desmanteló sectores industriales que ocupaban una abundante mano de obra como los astilleros, la siderurgia, la estiba y la minería. Estos sectores estaban muy ligados a empresas públicas que el franquismo había financiado por motivos estratégicos y donde, ya antes de la guerra civil, se encontraba uno de los núcleos activos del sindicalismo con auténticas comunidades obreras de larga tradición que fueron desmanteladas por el PSOE para sanear el sector público. Las importantes luchas obreras que se produjeron en los años ochenta en España contra este proceso desindustrializador concluyeron, como en el caso inglés, en un debilitamiento del sindicalismo más combativo que procedía de la lucha antifranquista y en la domesticación de unos sindicatos que se convirtieron en una institución más del Estado

El anarquismo dispuso de muy poco espacio y, a la vez, falta de visión para buscar una salida a sus «ideales» en la turbulenta transición democrática y en los primeros años de una democracia gobernada por un partido que pretendía desarrollar en España, por primera vez, una política socialdemócrata, mientras integraba al país en los organismos internacionales de los que había estado excluida. Las divisiones y enfrentamientos, incluso en los tribunales, por el monopolio de las siglas y el patrimonio histórico, jalonaron estos años en los que el movimiento anarquista y los dos sindicatos que se disputaban la herencia del pasado quedaron reducidos a una presencia casi testimonial.

En la actualidad no han mejorado mucho las cosas ya que el anarco-sindicalismo continúa fragmentado (CNT, CNT-AIT, CGT, Solidaridad Obrera) y enfrentado de nuevo recurriendo a los tribunales para resolver sus diferencias. Su potencial de crecimiento es limitado, aún cuando la CGT tiene una afiliación superior al resto y un número de delegados y delegadas sindicales para tener en cuenta, siempre recordando que las dos CNT no se presentan a las elecciones sindicales. Otra cosa es si se mantiene o no la influencia anarquista en las prácticas sindicales. Por otro lado, la apuesta sindical como modelo organizativo, continúa eternizando la idea de que el sujeto de la transformación social continúa siendo la clase trabajadora. La debilidad del movimiento libertario que no acaba de mantener una estrecha relación con el sindicalismo, complica las posibilidades de construir algo más amplio que una alternativa sindical.

Comparto, sin embargo, la visión de G. Woodcock9 cuando indica que el anarquismo es un racimo de actitudes en mutua relación, antidogmático y sin estructurar, que no depende, en su existencia, de ninguna organización estable. Puede «florecer cuando las circunstancias le son favorables, para volver, como planta del desierto, a adormecerse durante temporadas e incluso años, esperando las lluvias que le hagan retoñar».

Si de algo disponemos es de un denso fondo de experiencias multiseculares y de saberes que componen nuestro legado depositado por multitud de luchas en España y a lo largo y ancho del mundo. No tenemos solo legado del pasado sino realidad actual. Sin poder abarcarlo todo, y dejando al margen la prensa sindical10, hay prensa libertaria y anarquista (Motín, Parthesia, Ekintza Zuzena, El Topo, (Ex)Presión, Esporas, Redes Libertarias, Al Margen, Antagonistas, Aula Libre, Palimpsestos y otras); Portales web (Portal Oaca, A las Barricadas, Contrainfo, Redes Libertarias, Grup Antimilitarista La Tortuga, etc.); Podcasts (La Linterna de Diógenes, Sangre Fucsia, Lluvia con Truenos, etc.) y Radios Libres (Radio Almaina, Radio La Granja, Radio Encadenada, Radio Klara, Radio Tirso Libertaria, Radio Vallekas, Radio Ágora Sol y otras muchas); Editoriales (Virus, Ochodoscuatro, Descontrol, Pepitas de Calabaza, Piedra Papel Libros, Enclave y otras).

Además de esta realidad cultural y social, existen múltiples Ateneos Libertarios en muchas ciudades y Centros Sociales Anarquistas, librerías, colectivos que luchan por una vivienda digna y evitar los desahucios y muchas otras iniciativas.

Queda por saber si este auténtico «archipiélago» anarquista actual logrará abrirse hueco. La estela libertaria sobrevivirá si es capaz de crear «novedad», recuperar lo menos doctrinario, lo menos formalizado, lo más difuso. El anarquismo puede recuperar su voz en las muchas voces de la disconformidad del siglo XXI si logra comenzar en otro puerto de partida, en un espacio propio y libre que marque distancias con el utilitarismo que se ha adueñado de la política, y logre articular, si es necesario, las objeciones a nuestra forma de vida redefiniendo lo que puede unir a las personas, abandonando el individualismo, el consumismo y la codicia que impregna toda la actuación humana. La nueva política tiene que arraigar en las comunidades, no solo en el lugar de trabajo que, cambia continuamente, es precario y a tiempo parcial, teniendo en cuenta a quienes no lo tienen. Lo más radical del «rastro» libertario está en la importancia de las relaciones de poder en las que siempre insistieron sus protagonistas, incluido Claudio Venza, y que es hoy más actual que nunca, la hipersensibilidad frente a la autoridad, el rechazo frontal de todas las decisiones desde elejercicio del poder, como contradictorias con la libertad. Desde esa perspectiva quizás se pueda rescatar lo mejor de sus «ideales» y ponerlos al día, a través de la difusión de métodos de organización descentralizada, la defensa de la libertad y los derechos individuales y colectivos, la democracia directa basada en pactos y la descentralización de la toma de decisiones, el planteamiento de la importancia de la «revolución interior» haciendo crecer comportamientos fraternales y sorores, solidarios y de apoyo mutuo con las personas más próximas. Tienen plena actualidad la incitación a volver a una concepción ética y natural de la sociedad, la libre opción y la libertad de juicio. El anarquismo tiene un trasfondo, desde la libertad y la autonomía personal, que puede construir sin dogmas un modelo de vida que respeta las emociones, la autoestima, la responsabilidad de las decisiones propias, el estímulo de las capacidades y la inteligencia desde el realismo de lo posible.

Todas las corrientes anarquistas, con modelos organizativos y objetivos diversos, están de acuerdo en abonar el deseo de revolución. No obstante, perviven propuestas de «revolución modelizada», especialmente en el anarquismo especifista, con propuestas de «revolución de la existencia», ambas presentes en 1936 aunque la primera claramente hegemónica. Conviven, por tanto, el modelo ideologizado con elucubraciones estratégicas y tácticas con otra manera de entender la revolución arraigada a la realidad, a las vivencias, en definitiva, a la existencia. En esta manera existencial de entender el anarquismo que tan bien encaja con el feminismo anarquista, siempre va primero la acción, y siempre bajo condición de una acción que despliega una nueva potencia cuando un funcionamiento o una situación anteriormente tolerados se vuelven insoportables.

Aceptar la pluralidad, la diversidad, el carácter nómada, efímero y precario de las luchas, no es algo negativo sino todo lo contrario. Estaría bien que los diversos anarquismos se centraran en construir prácticas de las que puede surgir un imaginario capaz de invertir las tendencias hegemónicas dentro de nuestras vidas situadas y territorializadas. Las luchas se producen siempre en lugares concretos y es ahí donde interrumpen el funcionamiento de la dominación. Hacer organización se hace siempre que hay una lucha, por humilde que pueda parecer, puesto que se dota de las herramientas que precisa y que nunca serán las mismas que otras coetáneas o que se produjeron en el pasado. Eso no quiere decir que no nos sirvan las otras luchas como experiencias valiosas que transitan como saberes que tejen afinidades, de ahí la importancia de libros como el de Claudio Venza.


  1. La información que me ha permitido hacer esta reflexión biográfica es de Clara Germani, «Breve biografía de un anarquista triestino». ↩︎
  2. Tras el acuerdo de CNT (1919) de ingresar provisionalmente en la III Internacional, fueron enviados a la URSS: Eusebio C. Carbó, Salvador Quemades y Ángel Pestaña para que pudieran entregar la adhesión a dicha Internacional. Las dificultades del viaje provocaron que solo llegara Pestaña y fue él quien redactó el Informe con su opinión negativa respecto a ingresar en la III Internacional. ↩︎
  3. Esa manera de indicar la duración de la revolución es de Hans Magnus Enzensberger (1972): El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Buenaventura Durruti. ↩︎
  4. Este planteamiento está más desarrollado en: Laura Vicente, «De la edición a la revolución» en María Migueláñez Martínez y Lucía Campanella (eds.) (2025): Anarquistas editoras. Biografías políticas en femenino. Comares, Granada. ↩︎
  5. Fernández-Savater, La fuerza de los débiles. El 15 M en el laberinto español. Un ensayo sobre la eficacia política. Akal, Madrid, p. 115. ↩︎
  6. Este breve repaso de lo ocurrido tras la derrota de 1939 en Laura Vicente (2013): Historia del anarquismo en España. Utopía y realidad. Catarata, Madrid. ↩︎
  7. Tomás Ibáñez (2006): ¿Por qué A? Fragmentos dispersos para un anarquismo sin dogmas. Anthropos, Barcelona, p. 77. ↩︎
  8. Tony Judt, (2010): Algo va mal. Taurus, Madrid, p. 133. ↩︎
  9. George Woodcock (1979): El anarquismo. Historia de las ideas y movimientos libertarios. Ariel, Barcelona, p. 464. ↩︎
  10. Se ha dejado al margen la prensa sindical, y demás sistemas de comunicación, porque es bastante numerosa y se convertiría en una lista inacabable. Por otro lado, es la que tiene más difusión fuera de España y, por tanto, es de sobra conocida. No ocurre lo mismo con la prensa que mencionamos que es de colectivos anarquistas que por su número y escasos recursos materiales es más desconocida. No es nuestro objetivo en esta Introducción hacer un listado exhaustivo que puede encontrarse fácilmente en internet. ↩︎


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