Felipe Aguado Hernández
Las historias de España de las primeras décadas del S. XX nos muestran un país, subdesarrollado. Su economía era básicamente agrícola. Se contabilizan unos 4 millones y medio de campesinos por unos dos millones de obreros industriales. Este carácter básicamente agrícola de la economía española marca la evolución social, sindical y política de ese tiempo. En el centro y sur, fundamentalmente en Andalucia, predomina ampliamente la propiedad latifundista. En estas zonas la estructura de la propiedad genera unas clases sociales específicas: los grandes propietarios (los “señoritos”) frente a una masa campesina (los jornaleros), precaria económicamente, víctima del paro estacional, con bajos salarios y duras condiciones de trabajo, sin derechos, sin educación, sin servicios sociales, amén de humillados y sometidos social, cultural y políticamente por las minorías latifundistas, que provocaron continuos y amplios movimientos campesinos (Ver: Díaz del Moral, 1967).
Los obreros industriales viven predominantemente en las grandes ciudades, especialmente Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao. Sus condiciones de vida son algo mejores que las de los jornaleros campesinos, pero sufren también precariedad, altas tasa de paro y ausencia de derechos y garantías sociales. La burguesía industrial española no tiene el carácter algo más abierto y liberal de las burguesías europeas y norteamericanas. Está conectada económicamente y socialmente con la aristocracia campesina, con la que incluso guardan relaciones de parentesco, y con la que comparten una actitud altanera, elitista, altamente conservadora social y políticamente y en estrecha alianza y dependencia de la Iglesia.

La estructura económica, social y política de España explica el carácter específico de los movimientos sociales que se dan en ella y sus dinámicas sindicales y políticas. En la España contemporánea, salvo escasos y breves periodos de tiempo, no ha existido una democracia liberal al estilo de los países europeos del entorno. Han predominado las dictaduras o, en ocasiones, como en la Restauración de las décadas finales del XIX, regímenes de apariencia democrática pero marcados por el caciquismo, con el que las clases dominantes controlaban las formaciones políticas, las elecciones y las leyes. En este contexto, no es de extrañar que la mayoría de los movimientos sociales tengan el carácter de revoluciones campesinas y que las estructuras de organización de los proletarios sean los sindicatos de base campesina, entre los que destacará la CNT (Confederación Nacional de Trabajadores).
Durante las primeras décadas del S.XX se va desarrollando una cada vez más poderosa organización y acción de las clases y organizaciones proletarias, que culminará en la República en el 1931. Ésta va a favorecer la apertura de España a las libertades básicas, la reforma agraria y social, el fomento de la educación y la cultura en general, y va a permitir que las organizaciones proletarias se desarrollen grandemente y se fortalezcan, creciendo continuamente en influencia económica, social y política. La CNT llegó a tener, contabilizados en el Congreso de Zaragoza de 1936, 700.000 miembros, que eran más que simples afiliados, sino que tenían un alto grado de conciencia y de militancia comprometida. Contaba con cientos de periódicos y ateneos y centros populares donde se alfabetizaba a adultos y mantenían altos niveles de actividades culturales. (Ver la impresionante relación de libros, folletos, documentos, periódicos, revistas, en la obra de R. LAMBERET, (1953): Mouvements ouvriers et socialistes. L’Espagne, 1750-1936. Algo parecido sucedía con la UGT (Unión General de Trabajadores) y sus “Casas del Pueblo” y el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), incluso, más adelante, con el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). En algunos casos se produjeron levantamientos campesinos, grandes huelgas obreras e incluso insurrecciones revolucionarias, como la famosa de Casas Viejas o la de Asturias del 1934, duramente reprimida por el gobierno de derechas del momento.
Estos acontecimientos, junto con las medidas de mejoras sociales para los trabajadores y de una incipiente reforma agraria promovidas por la República, provocó el miedo en las clases poderosas, que, al propio tiempo, se daban cuenta del ascenso en poder social de las organizaciones obreras y campesinas. Todo ello llevó a las clases dominantes y sus organizaciones, con la connivencia y apoyo de la Iglesia, a fomentar y preparar un golpe de estado que debía revertir la situación. El levantamiento militar definitivo, con algunas intentonas previas fallidas, se produjo el 18 de julio de 1936, apoyado por los países fascistas, Alemania e Italia, y con la “neutralidad” (en realidad, mirada para otro lado) de las democracias liberales de Europa. La República sólo contó con un apoyo limitado e interesado sectariamente de la Unión Soviética. El levantamiento militar no produjo el efecto inmediato que suponían sus promotores. La República, las organizaciones obreras y la izquierda política se defendieron durante tres años, en un encomiable ejercicio de valor, resistencia y defensa de los derechos y aspiraciones de las clases trabajadoras. Con muchos menos medios que los sublevados, finalmente perdieron la guerra, a la que siguió una terrible represión, que ya había empezado a lo largo de la propia guerra, con cientos de miles de víctimas. Con ella se pretendía erradicar por completo y para siempre el sentido de la dignidad, de defensa de sus derechos y las luchas de los trabajadores.

En los primeros días del golpe militar, las organizaciones de izquierda, principalmente la CNT, la UGT y el POUM, organizaron la defensa de la República. Pronto surgieron dos líneas de objetivos en esa lucha. Uno, el de las organizaciones que pretendían prioritariamente la defensa de la república como sociedad democrática, lo que tras la guerra permitiría grandes progresos sociales. Su objetivo prioritario era, pues, granar la guerra. En esta línea se situaron parte del PSOE, el PCE (Partido Comunista de España) y los partidos republicanos burgueses. Otros, fundamentalmente la CNT, el POUM y algunas tendencias del PSOE, planteaban aprovechar el momento para desarrollar la auténtica revolución económica, social y política. Las organizaciones revolucionarias promovieron rápidamente el establecimiento, en las zonas que controlaban, de proyectos revolucionarios: las colectividades, industriales principalmente en Cataluña y Valencia, y agrícolas en Cataluña, Aragón, Castilla, Valencia y otras zonas.
Tras el golpe militar del 18 de julio, la CNT, junto las demás organizaciones obreras y de izquierdas, promueven una huelga general para parar el levantamiento militar. Cogen armas de donde pueden y organizan asaltos a las instituciones y organismos públicos. En Barcelona, particularmente, neutralizan el alzamiento militar y se encuentran con el control total de la ciudad y, por extensión, de toda Cataluña. Los dirigentes de la CNT se presentan en la Generalitat y se entrevistan con el presidente para decidir qué hacer. Es famoso e importante lo que Companys, el presidente de la Generalidad, les dijo:
Ante todo, tengo que deciros que la CNT-FAI no han sido tratados como merecían por su verdadera importancia … Hoy sois dueños de la ciudad y de Cataluña porque sólo vosotros habéis vencido a los militares. … La verdad es que, perseguidos hasta anteayer, hoy habéis vencido … Habéis vencido y todo está en vuestro poder; …(palabras recogidas por García Oliver y transcritas por J. Peirats (1971, T. I, 162).
La CNT decide dejar a Companys en el poder y reservarse el control de las industrias ocupadas. Éste es uno de los momentos más trágicos de la historia del movimiento obrero. La CNT, dueña de la calle, de las industrias y con todo el poder, se lo cede al gobierno burgués de Companys. El propio J. Maestre cita una fuente del momento, que escribe en el margen del acuerdo al que llegan CNT y Generalitat: Su radicalismo apolítico (de los anarquistas) les tenía incapacitados para tomar en exclusiva la administración del país. Siendo los dueños de Cataluña se dejaron arrebatar el poder y con él la revolución. Después, todo se dio por añadidura… (o.c., 102).

La prioridad de los anarquistas y del POUM, por encima incluso de la guerra en defensa de la democracia, era la guerra revolucionaria, la revolución social, que promovieron, creando, como fuerza mayoritaria, aunque no única, las colectivizaciones industriales y agrícolas. Hay pocos estudios rigurosos de historiadores sobre el proceso de las colectivizaciones. Los motivos son obvios: No interesa destacar su amplitud y su éxito ni a los historiadores burgueses ni a muchos de izquierdas. No obstante, afortunadamente, se han conservado algunos textos que describen la experiencia, casi siempre tomada de relatos de protagonistas y de documentos y actas de las propias colectividades. Es el caso de las obras que usamos: Hechos y Documentos del Anarcosindicalismo Español, de J. Maestre Alfonso; El Anarquismo, de Daniel Guérin; Historia del Anarco-sindicalismo español, de J. Gómez Casas; Los anarquistas españoles y el poder, de César M. Lorenzo; Los anarquistas, de James Joll; El Laberinto Español, de G. Brenan; El anarquismo y la revolución en España, de Diego Abad de Santillán; La CNT en la revolución española, de J. Peirats, con gran cantidad de datos, testimonios y documentos; la Historia de España en el Siglo XX de J. Casanova y C. Gil; La España del Siglo XX de Santos Julia y otros. La Revolución Española (1931-1939) de P. Broué contiene, además del texto, unos anexos con documentos y testimonios importantes. La obra de A. Souchy y P. Folgare, Colectivizaciones, la obra constructiva de la revolución española, recoge también una amplia cantidad de documentos, actas, testimonios, estatutos, informes, dejando hablar tanto como fuera posible a los mismos revolucionarios españoles. La interesante obra de Félix García, Colectivizaciones campesinas y obreras en le Revolución Española, es más reflexiva y evaluativa, aunque también contiene textos y documentos importantes, especialmente en su Apéndice II. Por último, la obra de la propia CNT, Colectivizaciones, recoge relatos de la constitución y funcionamiento de muchas de ellas.
En la industria se dio una doble dirección: intervención o incautación de las empresas. Donde el peso de la CNT era mayor tendieron a la incautación, como fue en Cataluña, donde se incautó el 70%de las empresas, o en Valencia, con un 50%. En Cataluña las empresas incautadas fueron organizadas por los propios trabajadores, a través de comités revolucionarios; contaron con los técnicos, lo que no había ocurrido en la Unión Soviética, paliándose así la falta de formación de los obreros en la dirección técnica de la producción.
De la importancia de la autogestión obrera en las fábricas da cuenta el congreso que se celebró en Barcelona, en octubre del 36, para plantear la socialización de la industria. Estuvieron representados 600.000 trabajadores. Ante el hecho consumado de la incautación y autogestión obrera, el gobierno catalán emitió un decreto que la institucionalizaba, si bien reservándose un control gubernamental. Estaban socializadas las industrias de más de 100 trabajadores, así como las empresas cuyos dueños las habían abandonado o habían sido declarados “facciosos” por un tribunal popular o que tenían relevancia para el funcionamiento general de la sociedad o la marcha de la guerra; las medianas, de entre 50 y 100 trabajadores, podían socializarse si lo solicitaban tres cuartas partes de los obreros. Para organizar la ciudad se formaron “comités” de diverso tipo: para guardar el orden, para distribución de víveres y otros artículos necesarios en los barrios, para abrir comedores comunitarios, para organizar la administración, para preparar personas y pertrechos para la guerra.
Las fábricas socializadas estaban coordinadas por un comité de entre cinco y quince miembros, elegidos en asamblea general, revocables y con un periodo de dos años de ejercicio. El comité elegía un director de la empresa que ejercía la dirección de las tareas concretas del día a día. Existía un Consejo General de Rama para la coordinación de las fábricas, compuesto por cuatro miembros elegidos por los comités de gestión de las fábricas, ocho de los sindicatos y otros cuatro nombrados por el organismo gubernamental de control. Este Consejo coordinaba el funcionamiento de las fábricas, planificaba las líneas generales de la rama y determinaba el reparto de beneficios. El salario subsistió en las fábricas socializadas, pero los beneficios no eran repartidos a nivel de empresa, sino empleados en función de las necesidades generales de la producción. Se creó una caja de nivelación para equipar salarios y repartir materias primas entre las empresas para evitar las diferencias entre unas y otras.
Muchos observadores han destacado el éxito de la socialización de empresas, tanto en lo que hace a la organización como en la eficacia de la producción, que se incrementó notablemente en la mayoría de las empresas autogestionadas. Incluso se readaptaron industrias para atender a necesidades de la población, así como las urgencias de la guerra en armas, municiones y suministros.
Las colectivizaciones industriales de Cataluña y otros territorios, no fueron estrictamente una utopía, pues no se implantó el comunismo tanto en la gestión de las fábricas como en la percepción de retribuciones. No se puso en marcha el “que cada uno aporte según sus capacidades y reciba según sus necesidades”. Mucho menos se dio el paso hacia la construcción de una sociedad comunitaria. Fue un primer paso de carácter “socialista”, colectivizando buena parte de las industrias, a la espera de un posterior paso al comunismo.

En cambio, las colectivizaciones agrarias si consiguieron en muchos casos el carácter de utopías integrales, pues no solamente pusieron en común la tierra, sino que organizaron todos los aspectos de la vida: educación, servicios sociales, … Se implantaba el comunismo libertario, tal como se definió en el Congreso de Zaragoza de mayo del 36. En palabras de D. Guérin: Las colectividades agrícolas comenzaron a regirse según una doble gestión: económica y local (1968, 152). Lo de la gestión “local” hay que entenderlo como gestión “política” global de los municipios. Las colectividades no eran en sentido estricto ni un sindicato ni un ayuntamiento, sino la fusión de ambos modelos en uno de autogestión integral en base a la asamblea del pueblo, que incorporaba, más allá del sentido económico y político, la aspiración a un cambio en el comportamiento, hacia una ética de la solidaridad, el respeto y la ayuda mutua. Y como bandera, la libertad. Como anécdota, en muchas de las colectividades se acordaron comportamientos de moral cotidiana, como cierre de bares y prostíbulos, eliminación del lujo y los artículos superfluos. Era realmente la puesta en marcha de una nueva persona y una nueva sociedad, que afectó a muchos campesinos, 3.000.000, según G. Laval (citado por Dellacasa, 1977, 103).
En su obra, El anarquismo, Guérin recoge información amplia y notable de los testimonios de protagonistas de las colectivizaciones. Su obra ha sido muy usada por la mayoría de los escritores que se han acercado a las colectividades y ha sido considerada como descripción bastante fiable de lo que ocurrió, porque se basó fielmente en fuentes directas. Nosotros vamos a recoger algunos de los fragmentos más notables del texto de Guérin (1968, 151-161):
En cada aldea, la asamblea general de campesinos trabajadores elegía un comité administrativo que se encargaba de dirigir la actividad económica. Salvo el secretario, los miembros del comité seguían cumpliendo sus tereas habituales. Todos los hombres aptos, entre los dieciocho y los sesenta años de edad, tenían la obligación de trabajar. Los campesinos se organizaban en grupos de diez o más, encabezados por un delegado; a cada equipo se le asignaba una zona de cultivo o una función, de acuerdo con la edad de sus miembros y la índole del trabajo. Todas las noches, el comité administrativo recibía a los delegados de los distintos grupos. En cuanto a la parte de administración local, la comuna convocaba frecuentemente una asamblea vecinal general en la que se rendían cuentas de lo hecho.
Todo era de propiedad común, con excepción de las ropas, los muebles, las economías personales, los animales domésticos, las parcelas de jardín y las aves de corral destinadas al consumo familiar. Los artesanos, los peluqueros, los zapateros, etc., estaban a su vez agrupados en colectividades. Las ovejas de la comunidad se dividían en rebaños de varios cientos de cabezas, que eran confiados a pastores y distribuidos metódicamente en las montañas. …
La socialización rural varió en importancia según las provincias. En Cataluña … se limitó a unas pocas colectividades piloto. En Aragón, por el contrario, se socializaron más de las tres cuartas partes de las tierras. … Se constituyeron más de 450 colectividades, que agrupaban a unos 500.000 miembros. En la región de Levante (cinco provincias), la más rica de España, se formaron alrededor de 900 colectividades, que englobaban el 43% de las localidades, el 50% de la producción de cítricos y el 70% de la comercialización. En Castilla se crearon aproximadamente 300 colectividades, integradas por 100.000 adherentes en números redondos. La socialización se extendió a Extremadura y parte de Andalucía. En Asturias manifestó ciertas veleidades, pronto reprimidas.
Allí donde la autogestión agrícola no fue saboteada por sus adversarios o trabada por la guerra, se impuso con éxito innegable. …
Se formaron extensos predios reuniendo distintas parcelas y se practicó el cultivo en grandes superficies, siguiendo un plan general dirigido por agrónomos. … se logró incrementar entre un 30 y un 50% el rendimiento de la tierra. Aumentaron las áreas sembradas, se perfeccionaron los métodos de trabajo y se utilizó más racionalmente la energía humana, animal y mecánica.
Se diversificaron los cultivos, se iniciaron obras de irrigación y de reforestación parcial, se construyeron viveros y porquerizas, se crearon escuelas técnicas rurales y granjas piloto, se seleccionó el ganado y se fomentó su reproducción; finalmente, se pusieron en marcha industrias auxiliares…. Se esbozó, al menos, una planificación agrícola basada en las estadísticas de producción y de consumo que entregaban las colectividades a sus respectivos comités cantonales, … que las comunicaban al comité regional, … que controlaba la cantidad y calidad de la producción de cada región. Los distintos comités regionales se encargaban del comercio interregional.
El desarrollo cultural fue a la par del material. Se inició la alfabetización de los adultos; en las aldeas, las federaciones regionales fijaron un programa de conferencias, funciones cinematográficas y representaciones teatrales.
No obstante, es necesario remarcar que no todo fue positivo en las colectivizaciones. Hubo episodios de violencia, aunque recriminados y reconducidos por las propias colectividades. También hubo episodios de coacción a pequeños campesinos para que se incorporaran a las colectividades. Aunque la concepción del anarcosindicalismo permitía la adhesión voluntaria a las colectividades, no siempre se respetó este principio y en ocasiones los pequeños propietarios fueron forzados a incorporarse a la colectividad. Así lo constata J. Gómez Casas: aunque pudiera darse y se dieron de hecho coacciones inevitables (1969, 219). También lo confirma Burnett Bolloten (o.c.,72): El hecho es que muchos pequeños propietarios y arrendatarios se vieron obligados a entrar en las granjas colectivas. Pero, en contrapartida, como constata J. Gómez Casas: en muchos casos, el pequeño campesino aceptó sin gran resistencia y voluntariamente el nuevo estado de cosas que, por otra parte, le liberaba de sus pesadas servidumbres tradicionales. (o.c., 219 nota),y cita lo ocurrido en las granjas de los márgenes del Manzanares de Madrid, en la llamada “China”: Durante la Guerra Civil los dueños de las huertas en la zona llamada China, junto al Manzanares, en Madrid, las pusieron espontáneamente al servicio de la Sección de Campesinos del Sindicato de Oficios Varios, de Madrid, sito en la Calle de Aranda, 5. Los propietarios colaboraron lealmente en las colectividades que se formaron con estas tierras, la cuales, por otra parte, tuvieron un extraordinario desarrollo y fueron modelo de organización. Perduraron hasta el término mismo de la guerra civil.(Id., 219).
En Andalucía, que durante décadas había sido la base de las revoluciones campesinas, no se desarrollaron muchas colectividades en razón de su pronta ocupación militar por los sublevados.
En otras zonas también hubo importantes colectivizaciones. J. Gómez Casas cita algunas de ellas, organizadas por la Federación Regional de Campesinos del Centro. Como ejemplo y anécdota significativa, cita el caso de las colectividades desarrolladas en las posesiones del conde de Romanones en varios pueblos de Guadalajara: Los campesinos transformaron allí la fisonomía de toda la comarca, cambiaron el curso del río para efectuar obras de irrigación, ampliaron enormemente los terrenos de cultivo, crearon granjas, un molino, escuelas, comedores colectivos, casas para los colectivistas, y aumentaron de forma considerable la producción (Id., 221). Cuando al terminar la guerra el Conde de Romanones volvió a sus antiguas tierras, que esperaba arrasadas, se llevó la enorme sorpresa de verlas no sólo no destruidas, sino grandemente mejoradas. Quiso saber qué había pasado y le dijeron que fueron los campesinos y entre ellos al final se dio el nombre del organizador inicial de las colectividades, Gómez Abril, que estaba ya en la cárcel. Romanones procuró su liberación y le ofreció hacerse cargo de la dirección de sus posesiones, lo que, por cierto, Gómez Abril declinó, aunque mantuvieron el contacto durante mucho tiempo.
J. Peirats describe, en el último capítulo del tomo I de su obra La CNT en la revolución española (1971, pp. 275-345),una gran cantidad de colectividades de toda clase y sector económico. Expone de forma resumida las características y funcionamiento de muchas de ellas, seleccionadas por el autor entre las más significativas:
En el campo de Cataluña: Colectividad agrícola de Barcelona, Vilaboi (Barcelona), Viladecans (Barcelona), Lérida, Pla de Cabra, Hospitalet de Llobregat, Amposta, Orriols, Serós, Masroig (Tarragona), Montblanc (Tarragona), Granadella (Lérida),
En Aragón, se organizaron 450 colectividades sobre unos 600 pueblos, recogiendo una población de 433.000 personas. Peirats destaca en primer lugar, de forma muy extensa y completa la colectividad de Grauss de un relato testimonial del socialista Alardo Prats. Otras colectividades seleccionadas son : Monzón (Huesca), Alcolea del Cinca, Peñalba, Lagunarrota (Huesca), Alcañiz (Truel), Calanda (Teruel), Alcoriza (Teruel), Mas de las Matas, Oliete (Teruel). También reproduce el interesante documento de la Federación de Colectividades de Aragón, acordado en un Congreso de Colectividades en Caspe en febrero de 1937.

En la región Levantina relata extensamente el funcionamiento de la colectividad de Villajoyosa (Alicante) potenciada por CNT y UGT, así como las de Cervera del Maestre (Castellón), San Mateo (Castellón), Llombay (Valencia), Ademuz (Valencia), Utiel (Valencia), Sueca (Valencia), completando todo ello con las Conclusiones aprobadas por el Congreso Regional de Campesinos de Levante, de noviembre de 1937.
En Castilla, selecciona las colectividades de: Cuenca, Almagro (Ciudad Real), Belvis del Jarama con la transcripción extensa del Boletín de Información de CNT-FAI, de Barcelona, de octubre de 1937, Brihuega, Torija (Guadalajara).
En cuanto a las incautaciones y colectividades en la industria, destaca: La industria textil de Barcelona, Badalona, Sabadell y Tarrasa, transcribiendo el documento de funciones del “Comité de Control del textil de Badalona”; el “Manifiesto sobre control de las industrias en Asturias, León y Palencia”; el desarrollo del control obrero de la industria pesquera de Gijón; de la colectivización de la industria de la madera en Barcelona; el acuerdo adoptado en diciembre de 1936 en Valencia en un pleno local de sindicatos sobre la socialización y la reconstrucción económica; los proyectos de socialización del espectáculo público; igualmente en el ramo del vestir; en la Unión Naval de Levante (Valencia); sobre la “distribución” en Valencia; el acuerdo de la UGT y la CNT para la colectivización de la construcción en Barcelona; y la colectivización del vidrio hueco de Barcelona
La igualdad de sexos tuvo un desarrollo contradictorio. En todos los casos se afirmaba y se defendía la igualdad. De hecho, en la reacción popular ante el levantamiento militar, las mujeres se incorporaron en igualdad con los hombres en las milicias. Por ejemplo, la primera columna de milicias de las Juventudes Socialistas que se dirigió al Alto de los Leones para detener al ejército faccioso fue organizada por una mujer de 22 años, Aurora Arnáiz. Pero cuando se formalizó el control del ejército gubernamental, mediante el decreto de militarización de Largo Caballero, se les prohibió ser luchadoras en el frente, relegándolas a actividades de apoyo: sanitarias, alimenticias, administrativas.
En las colectividades trabajaban todos, hombres y mujeres, aunque a las madres y embarazadas se permitía que no hicieran trabajos directamente productivos. Desgraciadamente, en la mayoría de las que mantuvieron la moneda, se oficializó una distinción en la retribución: mayor para los hombres que para las mujeres, rompiendo el principio comunista. Se incorporaron al proceso productivo de fábricas y talleres, a veces sustituyendo a los hombres que iban al frente, pero sin desplazarlos de su puesto de trabajo.

En el plano político se dieron avances significativos en la promoción de la mujer: concesión del voto femenino, derecho al aborto y al divorcio, posibilidad de militar en partidos políticos, que la mujer casada pudiese tener nacionalidad propia y gozar de personalidad jurídica propia y se igualaran sus derechos con los del padre respecto a los derechos sobre los hijos.
Como ocurrió con la relación entre guerra y revolución, también aparecieron opiniones dispares entre las organizaciones revolucionarias sobre el cuándo y el cómo de la emancipación femenina. En algunos casos se defendió la idea de hacer primero la revolución social y después la femenina. La mayoría optaron por unir una y otra, opinando que eran dos aspectos de un mismo proceso; para otras feministas eran procesos independientes pero que había que acometer simultáneamente, no esperar a que la realización de la revolución permitiese posteriormente la liberación de las mujeres.

Las colectivizaciones trastocaron profundamente el funcionamiento de la República. La CNT, el POUM y amplios sectores socialistas e incluso católicos y comunistas las apoyaron y se implicaron profundamente en su funcionamiento, dando lugar a uno de los más hermosos procesos utópicos, humanos, sociales que se han visto en la historia. Sin embargo, chocaron, dentro de la propia República, con sectores políticos que se opusieron a ellas y las combatieron. Los partidos burgueses, por convencimiento ideológico; El PCE y sectores del PSOE, por cálculo estratégico sobre el proceso de la guerra. Éstos eran partidarios, antes que hacer la revolución, de ganar la guerra, lo que no se conseguiría, pensaban, sin el apoyo de las democracias occidentales. Éste apoyo, en su opinión, se vería comprometido si se procedía a la revolución social, a la que temían las democracias europeas, gobernadas mayoritariamente por partidos burgueses. Estas diferencias llevaron incluso a enfrentamientos y guerras fratricidas que terminaron con la destrucción del POUM, de las colectividades y de las milicias revolucionarias a manos del gobierno de la República y del ejército gubernamental, controlado por el PCE.
Otros factores que coadyuvaron en la caída de las colectividades fueron el boicot financiero, de servicios y materias primas y comercial del gobierno central. También la relativa dispersión organizativa de las propias colectividades, a veces demasiado celosas de su autonomía, lo que llevó a notables deficiencias en el desarrollo de un sentido “político” global de su organización y funcionamiento.
Con todo, tenemos una magnífica experiencia, modélica en tantos aspectos, de la organización utópica de la sociedad. Las colectividades fueron mayoritariamente una utopía en las que se cumplieron los criterios de demarcación que hemos señalado al efecto (F. Aguado, 2017, 22-23): Partían de la crítica profunda y completa de la sociedad capitalista de opresión y explotación; diseñaron una nueva sociedad económica y socialmente comunista, con propiedad comunitaria, servicios comunes y abolición de la moneda en muchos casos; se superó el paro y el hambre; en el plano político, funcionaron como democracias directas participativas en base a la asamblea y la elección de comités coordinadores temporales y revocables por ellas; intentaron coordinarse más allá de las colectividades locales en, por ejemplo, la Federación de Colectividades de Aragón, el Comité de Relaciones de campesinos de Barcelona, aunque a veces utilizaron las propias estructuras organizativas de la CNT y de la UGT; atendieron a todos los aspectos de la vida de las personas, no sólo a los económicos, sino también a los educativos, culturales, sanitarios, de atención a jubilados y personas necesitadas; fomentaron la igualdad de sexos, aunque realizada defectuosamente, y la inclusividad y el acogimiento de refugiados y represaliados.
Como decimos, tal vez la utopía más amplia y duradera de la historia y testimonio fehaciente de que la utopía es posible.
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