Javier Barreiro
Autor: José Sampériz Janín
Editorial: Sariñena, Huesca, 2021
Número de páginas: 175
Edición facsímil preparada por Javier Barreiro
Sectario, violento, arrebatado, místico, recorrido por remolinos de ingenuidad y locura, Candasnos es la pedrada de un hondero cósmico en la seca calabaza de un pueblo monegrino.
Cuando en 1933 se publica la obra, estructurada en tres jornadas, las novelas de tesis tenían ya un recorrido de más de medio siglo. Habían estallado, triunfado o sido derrotadas las revoluciones y ya el campo de batalla andaba más que abonado. Las luchas sociales estaban en el centro de la narrativa española, como lo estaban en Europa y gran parte de América. Sin embargo, esta novela sorprende y disuena: es un mosaico de apocalipsis en una sociedad de muñecos arrebatados por fantasmas protagonistas de orgías de violencia, desgarro y ferocidad donde sólo tiene cabida el más descabalado expresionismo.

En la escritura de esta novela, Sampériz parece haber sobrepasado el anarquismo. Es un nihilista sin matices o con los matices de un poeta loco que maneja un lenguaje de una intensidad léxica de alto rango. Proviene, obviamente, de un programa de lecturas libertarias y de pulsiones vanguardistas, en las que desemboca una formación de seminario. Por otro lado, ahí está la consabida nostalgia de la edad dorada: una reivindicación de la naturaleza virgiliana o preadánica, la paz emersoniana y, a la vez, el instinto dionisiaco que agarra los cuerpos y los convierte en fuerzas creadoras y destructoras. Frente a todo ello, el mal. Y el mal es la Iglesia, también en el origen de la formación del autor, como en la de otros libertarios nacidos en torno al cercano río Cinca. Y la Iglesia convierte el mundo en el peor de los infiernos.
Frases rimbombantes. Pero ni aun así pueden acercarse al incendio intensificador de la novela. Candasnos, centro casi único de la acción narrativa a la que da nombre, viniendo desde Cataluña por la carretera Nacional II, es el penúltimo pueblo de la provincia de Huesca, a 9 kilómetros de Peñalba, ya casi en la raya provincial, y a 19 del zaragozano Bujaraloz, pueblos muy característicos de la estepa monegrina, aunque Candasnos fuera adscrito a la comarca del Bajo Cinca, río del que, sin embargo, dista 45 kilómetros. A su parroquia llega un cura joven con terminantes órdenes del obispo para hacer la vida imposible al alcalde, Eduardo Trigo, que ha instalado la escuela laica y estimula la revolución social. Este libertario “limpio” tiene un hermano, Emilio, “rijoso, poeta y pintor”, iconoclasta, de ideas mucho más arrebatadas que él y, además, clamorosamente enamorado de su sobrina Pilar, hija mayor de su hermano, el alcalde. Ella le corresponde sin matices.
En el capítulo cuarto de la segunda jornada se emprende la etopeya de Emilio de la que resulta una suerte de máscara nietzscheana sin barreras ni frenos. Así, en el incesto con su sobrina. No hay matizaciones: si su madre “se interponía entre su amor y su deseo, desaparecería. Él mismo la mataría” (pag. 72). Por su parte, el cura también comete incesto con su tía y casera, una mujer mayor. No sabe lo que es la religión, sólo la de triunfar “ensuciando al puro, desgarrando al noble y envileciendo al justo” (pag. 73), le confía a la susodicha tía. Se trata de poseer y dominar las almas. En el capítulo quinto, el mosén se apropia de las ideas de Bakunin (!) para proclamar que la rebelión es la característica del hombre y la sumisión, la de la oveja; la religión es castración y el creyente, el instrumento con que los poderosos aprisionan a los estultos. Cuando la tía pregunta si hay algo de amor para ella, el cura toma parecidos caminos nietzscheanos: “…no amo ni a mi propia madre. El brebaje fatal del amor no es mío, como no es la piedad en el chacal. El amor, como la piedad, es una cobardía, una pasión de necios (…) Hay que adorarse a sí mismo (…) mi deseo es ser poder” (pag. 79).
En la tercera jornada, que ocupa la segunda mitad del libro, ya presentados los personajes y planteada la trama, la descripción de la tormenta que sobreviene a tres primitivos y satánicos pastores que, comisionados por el cura y dirigidos por la bruja Faluga desatarán el horror y la muerte, da ocasión a Sampériz para desplegar toda la catarata de su caudal léxico, en el que lo mismo ampara los neologismos, que los cultismos postmodernistas o los localismos: sitibundos, euménides, baladro, sevícica, calambuca… Palabras, además, despeñándose en una vorágine de encadenamientos, hipérboles y rotundas onomatopeyas que buscan un efecto catártico.
El autor escribe con arrebatos, insertando sus ideas de modo febril. Su misma prosa parece arrastrarlo inspirándole con facilidad imágenes cada vez más audaces y violentas hasta desembocar en un tremendismo in crescendo que, a medida que se suceden las páginas, va derivando en más increíblemente violento y enloquecido.
Sampériz tenía un buen maestro en la prosa de máxima intensidad léxica y pulso guerrero, muchas veces también sobrepasando el tremendismo, pero siempre con algún rigor intelectual para sajar a tiempo el inevitable desbarre: Ángel Samblancat, su prologuista en este volumen, también consumado estilista, pero no tan consumido por las fiebres de una pulsión que parece aproximarse a la locura.
La peripecia personal y social de José Sampériz es natural que propicie la comprensión y la simpatía. Un luchador social, idealista y comprometido con el pueblo, deportado por el nazismo que, tras pasar por los infiernos de los campos de Mauthausen y Gusen, fue gaseado en el castillo de Hartheim (Alkoven, Austria), es el más cuajado ejemplo de víctima. Sus escasos escoliastas no han soslayado esa pulsión favorable y los pocos datos que poseemos acerca de su vida, en esta edición ampliados por las investigaciones de V. C. Labara, no nos permiten fáciles conclusiones.
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El autor y sus obras
José Sampériz Janín nació en Candasnos (Huesca) el 23 de abril de 1910, día de San Jorge y patrón de Aragón. Fue el menor de los nueve hijos de Cosme y Ramona. Como sus hermanos, Cosme y Ricardo, estudió en el seminario de Lérida y, como ellos, colgó los hábitos y los tres se embarcaron para recalar en Cuba. Ricardo aguantó pocos meses, pero Cosme ejerció como maestro en el Liceo Escolar de Palma Soriano, población del Oriente cubano y, hoy, segundo municipio en importancia de la provincia de Santiago tras la capital homónima. Allí buscó aplicar una enseñanza de carácter avanzado. Ambos hermanos debieron de masticar en Palma Soriano abundante literatura social y alguna de vanguardia. Cuando volvieron a España a fínales de 1931, ya estaban claramente introducidos en planteamientos sociales cercanos al anarquismo.
Desde su pueblo natal, con frecuentes salidas y estancias en Huesca, José comenzó a escribir en el diario oscense El Pueblo y colaborar en La Voz de Aragón, Solidaridad Obrera y otros medios. También, a establecer relaciones que le pudieran ayudar en sus proyectos de darse a conocer como escritor. Se conserva una carta de José a Lerroux, en la que solicita que lo reciba. Al parecer, no fue contestada. No obstante, aunque en editoriales muy marginales, comenzó a dar a la imprenta varias publicaciones que debieron de alcanzar muy escasa circulación, dada la dificultad de ubicarlas.
El Sacrílego (1931), escrita en Cuba unos meses antes del regreso, es una farragosa y retórica novela en la que el cura, Mosén Ricardo de la Sierra, viola a la madre de Pedrito, el narrador, lo que provoca la muerte de ésta, que pide al hijo venganza. Cuando Pedrito tiene casi estrangulado y con la lengua fuera al párroco, prefiere negarle “el inefable goce de la Muerte”, con lo que termina la narración. Sus 179 páginas de exclamaciones y sentencias no contienen otro argumento. ¿Habría alguna conexión con la realidad? No lo creo. Sí, que la experiencia del seminario dejó en la cabeza del joven Sampériz algún perjuicio.
El joven autor confiesa en el proemio su débito con el popular novelista colombiano José María Vargas Vila, cuyo éxito ya llevaba años languideciendo. Por otra parte, la prosa de Sampériz en esta novela tampoco se asemejaba en nada a la de los jóvenes de su generación. Lo rebuscado y pedante de su lenguaje contrasta con lo folletinesco del tema, de modo que su lectura sorprende por lo anacrónico de su enfoque y argumento.
Los poemas de Aullidos (1932) son citados por Valeriano Labara pero no consta que alguien haya visto el volumen, lo mismo que los cuentos, si es que lo son, de ¿Libre? (1934). Ambas obras figuran entre las publicaciones de Sampériz, que constan al final de Hitos ibéricos.
Hitos ibéricos (1935) que, como El sacrílego y Candasnos, se encuentra en la Biblioteca Nacional, reúne ocho textos dedicados a Santa Teresa, Vargas Vila, Gabriel Miró, Fermín Galán, Benjamín Jarnés, Miguel de Unamuno, Joaquín Costa y Ángel Ganivet. Las dedicatorias de cada uno de los capítulos son reveladoras de los ámbitos en los que se movía el autor. En el referido a Benjamín Jarnés se lee:
“Para Manuel Sender, joven abogado de exquisita sensibilidad, buen corazón y hermano de ese gran oscense que se perfila como una gloria nacional, Ramón J. Sender”.
En el dedicado a Gabriel Miró, cita con admiración a Juan Gil-Albert, autor del ensayo, Gabriel Miró: (El escritor y el hombre), editado en Valencia (1931). Es evidente que la prosa del aragonés estuvo muy influida por la del gran estilista alicantino fallecido en 1930.
Al desencadenarse la Guerra Civil, José Sampériz se encontraba en Candasnos, donde era uno de los miembros más significados de la CNT. Su ocupación periodística lo eximió de ir al frente y su firma aparece con alguna frecuencia en Surcos (Barbastro), Acracia (Lérida), Vanguardia Obrera y la citada «Soli». Sin embargo, la información que poseemos sobre el escritor, a partir de aquí, es muy escasa. Parece que Cosme, su hermano y mentor, al empezar la guerra había colaborado con la CNT en la organización de las colectividades libertarias de Candasnos. Después se integró en las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas), creadas en 1936 y fruto de la fusión de las juventudes del PSOE y PCE, organización donde pronto alcanzó puestos de responsabilidad. Durante los sucesos de mayo de 1937, en los que los comunistas respaldados por el gobierno republicano desmantelaron las colectividades libertarias, Cosme apareció muerto en el río Cinca a su paso por Fraga. Había sido asesinado en Alcolea, donde ejerció de maestro, seguramente, a consecuencia de los enfrentamientos entre ambas facciones. José, que también se había afiliado en julio de 1937 a los comunistas, llegó a comisario político en la División 43, ubicada en el Pirineo aragonés.
Rotas las líneas del ejército republicano, en febrero de 1939 José cruzó los Pirineos y fue internado sucesivamente en los campos de Le Barcarès y Saint-Cyprien. En diciembre se alistaría como voluntario en el ejército francés, destinado a la 118ª Compañía de Trabajadores Extranjeros para construir fortificaciones en el entorno de Dunkerque, donde en junio de 1940 fue capturado por los alemanes, trasladado al campo de concentración de Mauthausen y, en la primavera de 1941, al cercano de Gusen, antesala de la muerte. En su testimonio sobre los campos de exterminio, Mariano Constante dejó constancia del deterioro físico y entereza moral de Sampériz. También atestigua que, al volver de Gusen en agosto de 1941, parecía un esqueleto ambulante y fue llevado a la Barraca 16, llamada “de cuarentena”, donde los recluidos eran sometidos a los siniestros experimentos médicos del capitán Kresbach y el doctor Mengele. Tras más de dos años en aquel infierno, el 26 de septiembre de 1941, fue trasladado a la cámara de gas del cercano castillo de Hartheim. En la documentación oficial del campo la causa de su muerte se atribuyó al tifus.

Así, la figura de Sampériz fue difuminándose como la de tantas víctimas de las dos guerras. Incluso el Tribunal para la represión de la Masonería y el Comunismo, que le había incoado expediente por responsabilidades políticas, parece que ignoraba su muerte. Sin embargo, el 29 de marzo de 1948 el Juzgado de Primera Instancia de Instrucción de Fraga publicaba el siguiente Edicto:
Por el presente y a efectos de lo prevenido en el artículo 2.042 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, se hace saber que en este Juzgado se tramita expediente para la declaración del fallecimiento de don José Sampériz Janín, natural de Candasnos, provincia de Huesca, vecino que fue de dicho pueblo hasta que se ausentó unido al Ejército Rojo, sin que desde entonces se haya tenido noticia alguna de su paradero. Dicho expediente ha sido instado por su sobrina doña María del Pilar Abió Sampériz, residente en el mentado pueblo de Candasnos.
Medio siglo más tarde (26-7-1998) se realizaba en el cine de su pueblo, al que tantas veces acudiría, un acto de homenaje al “intelectual José Sampériz Janín, asesinado por los nazis” organizada por la “Asociación Cultural Cine Candasnos”, en el que se presentaría el texto de Valeriano Labara incluido en la bibliografía y hasta hoy principal fuente sobre la vida del autor.
Candasnos
En el breve “Quicio” que tras el prólogo de Samblancat abre Candasnos, Sampériz se nos presenta como un iconoclasta adicto a la revolución y a la vanguardia. Firme partidario de “la Star y la Ametralladora”, reivindica el arte moderno. Plenamente nietzscheano, sin embargo, no quiere oficiar de maestro ni tampoco de aprendiz; “Vivir es comer, dormir, joder, embrutecerse” (pag. 12).
En su prólogo, Samblancat lo calificaba de “atleta del pensamiento, un Hércules… un ariete que habla y que razona”. Resaltaba también su condición de aragonés, “vivero de rebeldes, de anarquistas, de terroristas” citando como ejemplos a Santiago Salvador, que en 1882 arrojó dos bombas en el Teatro del Liceo; a Joaquín Miguel Artal, que en 1904 fracasó en su intento de asesinar a Maura; y a Manuel Pardiñas, asesino de Canalejas en 1912. El primero, oriundo de Castelserás (Teruel), fue agarrotado. Aunque de apellido aragonés, la Enciclopedia histórica del Anarquismo da a Artal como nacido en Barcelona. Murió (1909) en el penal de Ceuta. Pardiñas, que se suicidó tras su magnicidio, era de El Grado (Huesca).
Es llamativo que Sampériz elija su propio pueblo, en el que además vivía, como título y escenario de una historia tan espectacularmente feroz. Mucho hubieron de pesar en su ánimo las impresiones que del mismo acarrease, de las que nada sabemos, y únicamente he podido sonsacar algún testimonio vaporoso en cuanto a que, efectivamente, hubo allí “un cura muy malo”, que, además, puede provenir de algún lejano lector, influido por la lectura de la novela.
De hecho, el autor comienza su relato con una reivindicación de la vida virgiliana del lugar antes de la llegada del nuevo mosén, Antonio Mesa y Espoz, con estrictas instrucciones del obispo de hacerse dueño del pueblo, obrando tortuosamente y utilizando la insidia y la calumnia, siempre que sea menester. Le entrega, además y para que los tenga como ejemplo, una colección de biografías “de los grandes charlatanes y malvados que han gobernado el mundo”. En la ilustrativa lista (pag. 28), aparecen tres personajes históricos, Jesús de Nazareth, Mahoma y Napoleón; dos políticos españoles, Miguel Primo de Rivera y Azaña y varios políticos de su tiempo: Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini, Gerardo Machado, dictador cubano entre 1925 y 1933, y Antonio Carmona, dictador en Portugal desde 1926 a 1951. Por último, llama la atención la presencia de Sánchez Cerro, presidente constitucional de Perú entre 1931 y 1933, que llevó a cabo numerosas reformas económicas y sociales durante su breve mandato y fue asesinado por los apristas.
Los antagonistas del cura serán el alcalde, Eduardo Trigo, que había instalado la escuela laica, conseguido la expulsión de la Guardia Civil —no se nos explica cómo— y que, pese a ser rico, soñaba con implantar el Comunismo Libertario, y su hermano Emilio que, compartiendo similares ideales, es un hombre iconoclasta, artista, sensual, enamorado de Pilar, la mayor de las seis hijas de Eduardo. El nihilismo de Sampériz le lleva a proclamar: “Los padres tienen que pedir perdón a sus hijos por haberles dado la vida”. Para él, educar es cortar nuestra energía creadora.
Todas las páginas de la segunda jornada de la narración son una exposición de la penosa vida de los campesinos, presidida por el dolor, la carestía y la ignorancia, a lo que Sampériz opone un programa, entre el socialismo utópico, el marxismo y el anarquismo (pág. 44), que se traduce en los comportamientos sociales de los dos hermanos: el alcalde, filántropo, ingenuo y tolerante, y Emilio, rebelde, nietzscheano y turbulento, que llega a proclamar: “El orgasmo carnal es lo más sublime de la vida. Él mismo mataría a su madre si se oponía a su unión con Pilar”. Pero, sin duda, el personaje más sorprendente es el cura, misacantano reciente, mansueto, reprimido y dependiente de su madre que, tras los consejos episcopales y tomar tierra en Candasnos, se convierte en la viva encarnación del mal, procediendo sin ninguna cortapisa moral a su misión de eliminar a los dos hermanos oponentes. Pronto, convierte su pasión masturbatoria en relación sexual con la vieja tía que lo aloja, culminando con su convencimiento de la falsedad de la religión. Simplemente, está allí por su propio beneficio o porque no tiene otro remedio. Todo el capítulo quinto de la segunda jornada es un discurso dirigido a su tía en el que expresa su cínico planteamiento ante el oficio que desempeña:
Me enseñaron la hipocresía y la mezquindad, pero nada más. La forma de triunfar: ensuciando al puro, desgarrando al noble y envileciendo al justo.
La religión sirve para engañar y es una epizootia para idiotizar a los imbéciles y los histéricos. El religioso, como el búho, rehúye el sol.
El creyente es una rosa inmunda nacida en el estercolero de Job. Vive tan bajo, tan bajo, que chapotea en el estercolero del no ser. Da asco. A mí, particularmente, me repugna.
También, deja bien claro a su tía cuál es su función en el enjuague:
“¿Yo amarte? No seas idiota Francisca. Yo no amo ni a mi propia madre (…) El amor, como la piedad es una cobardía. Una pasión de necios”.
En esta ocasión, Sampériz pone en boca del religioso su propio pensamiento. Lo que no parece especialmente sutil. Pero no olvidemos que, entre otras cosas, esta es una novela de tesis en la que extrema bondad e intensa maldad andan tan enfrentadas como entremezcladas.
Sería ilustrativo conocer cómo recibió el pueblo de Candasnos esta novela cuyo título y argumento remitían a él de forma tan patente. Aunque el analfabetismo seguía siendo casi mayoritario en el agro, durante los años treinta ya llegaba la prensa, había cine, alguna radio y una tradición libertaria, que implicaba cierto protagonismo de la cultura, por lo que sus, alrededor de 900 habitantes, —algo más de doble que en la actualidad: 419 en el censo de 2020— es imposible que no tuvieran noticia de algo que les afectaba tan directamente. Por otro lado, el cura, que en las fechas de redacción de la novela regentaba la parroquia, era Félix Launed, oriundo de Albalete de Cinca y tío carnal de los hermanos Carrasquer, de gran protagonismo en el movimiento libertario desde esa década hasta entrado el siglo que corre. Mosén Félix era tan bondadoso y querido en el pueblo que, al sobrevenir el alzamiento militar, llegar las columnas libertarias y ser apresado por los milicianos, lo que casi siempre significaba la muerte, sus convecinos consiguieron arrancar al Comité un pase de libre circulación hasta Barcelona.
No le sirvió de mucho al cura albalateño. Intentó quedarse en Fraga, donde había oficiado de coadjutor y también era muy apreciado, pero la locura de la situación propició su fusilamiento. Lo cuenta Jesús Arnal, otro cura que se salvó de milagro, en su libro Por qué fui secretario de Durruti (1972).
Por más que la Iglesia, con harto motivo, fuese el auténtico espantajo del pueblo en la España de la Restauración y de la I y II Repúblicas, habría que volver a preguntarse cómo alguien inteligente y formado como Sampériz puede construir sin autocuestionarse una figura como la del párroco Antonio Mesa y Espoz, que no sólo es la auténtica encarnación del mal, un verdadero canalla de folletín que resume en sus conductas todos los códigos de la iniquidad, sino que lo adorna con todas las hipérboles que llegaban a su convulsa cabeza tan bien pertrechada de léxico. Como cuando se habló de El sacrílego, hay que volver a preguntarse qué ocurrió entre Sampériz Janín y la institución con oficinas vaticanas para dibujar personajes de trazo tan grueso que dejaban como seres casi seráficos a los curánganos de La Traca y El Motín.

El tremendismo
Aunque no recibiera exactamente ese nombre, el tremendismo, término que se popularizó a partir de la primera novela de C. J. Cela, era una constante en la literatura española desde el Naturalismo de la Restauración. Si sus antecedentes pueden escarbarse en algunas novelas picarescas, nombres como los de López Bago, Vega Armentero, Pedro Barrantes, Eugenio Noel, López Pinillos (Pármeno), Gutiérrez Solana, Carmen de Burgos, Ciges Aparicio, Samblancat, Vidal y Planas y tantos otros —hasta el Ramón J. Sender en varios fragmentos de sus primeras novelas— certifican su presencia en la literatura de la Edad de Plata. Tremendismo, que pertenecía a la misma entraña de la vida española, como el autor tendría ocasión de comprobar en su experiencia personal en el pueblo, en el seminario y, por descontado, en las dos guerras que le tocó vivir. Pero, además, es evidente en el autor un deseo de impresionar al lector, de propiciar una sensación de horror y desagrado que impacte directamente en sus neuronas, para lo que utiliza, sin ninguna cortapisa y con todo el exceso posible, su generoso caudal lingüístico.
Sampériz, que frecuentemente se acerca a la prosa poética y utiliza sinestesias como “fulgor buido” (pag. 21), en la línea de su admirado Gabriel Miró, no se para en barras ni a la hora de exponer con la máxima crudeza un argumento cuajado de violencia ni, sobre todo, de utilizar un lenguaje casi equivalente a la estética gore de la cinematografía. Especialmente, a partir de la tercera jornada, cuando el cura utiliza a los pastores Lagarto, Pericón y Bochín, dirigidos por la bruja Faluga, como ejecutores de sus designios de eliminación para sus enemigos. Ya la descripción de la tormenta al inicio del primer capítulo de la tercera jornada es también una tormenta estilística que, además de un innegable virtuosismo verbal, abunda en elementos léxicos, comparaciones y adjetivos de un expresionismo brutal y desatado, pero la descripción del canuto de la bruja y la composición del ungüento que éste contiene toma visos de infernal aquelarre hasta tal punto que uno no recuerda haber leído tales hipérboles de lo asqueroso. Pero Sampériz se superará páginas más adelante, de modo que, en ocasiones, es difícil continuar la lectura sin repulsión o tomárselo a broma. Maximalismo, intensidad y violencia se superponen con una suerte de efectismo que deja pequeño a Alfonso Vidal y Planas, otro anarquista místico y arrebatado al que, con seguridad, leyó Sampériz.
Estilo y literatura
“La mañana estaba sonora como una lengua de cristal. El armónium de la herrería desleía su música trabajadora en hilos sinfónicos” Este y otros fragmentos de un esteticismo entre lo mironiano y lo valleinclanesco de la época de las Sonatas pueden encontrarse a lo largo de la novela, junto a la intensidad de sus párrafos apocalípticos. Es evidente que Sampériz, con buen oído, había frecuentado a los modernistas, a los escritores sociales y a los vanguardistas y ese popurrí da un caldo pintoresco, de modo que tales ingredientes se entremezclan, a veces, con singular pedantería. Pero debe reconocerse su admirable destreza para dibujar el retrato de sus personajes principales o secundarios con unos cuantos rasgos expresionistas de flagrante intensidad. Por poner un ejemplo entre decenas, el de la coima del Tuerto, mezcla de prosopografía y etopeya (pag. 105).
No puede dejar de llamar la atención la cantidad de vocablos estrambóticos que, si no fuera por el tono dramático de la novela, a veces hasta podríamos considerarlos parodia de ciertos textos modernistas. Muy frecuentemente, el autor recurre a los neologismos de raíz culta, incurriendo involuntariamente en el humor, como cuando utiliza “labiar” o “guturar”, sustituyendo a decir, exclamar, comentar, responder o cualquiera de las decenas de verbos que pueden emplearse para introducir las palabras de uno de los interlocutores. Otras, recurre a latinismos y extranjerismos: “periclitante”, “hebeteados”, “fugentes”… Pero las más son de su propia cosecha: “conmiseratriz”, “amurriado”, “temosamente”, “sevícica”, “babesca, “necrómana” “fulminatrices”, “apresivo”…
En su búsqueda de sinónimos sorpresivos figuran también cultismos que tienen su asiento en el diccionario como “caprípedas”, “plebano”, “sitibundas”, eubolia”, “fuliginoso… y también acude a americanismos, fruto de su estancia en ultramar: “hebeteados”, “calambuca”, “cupey”, “caguirán”, “fregados”, en su sentido de “fastidiados”, “perjudicados” o, mejor, “jodidos”. Más natural parece, dado el origen del autor y la localización del relato, la presencia de aragonesismos, aunque en ningún momento se incurra en el costumbrismo o la imitación del habla rural. Simplemente, formaban parte del léxico natural de Sampériz y, probablemente, a menudo no se diera cuenta de que los utilizaba: “vulquete”, “corbillo”, “gramen”, “jadillo”, “mielcas”, “enrunar”. En muy pocas ocasiones imita el habla local, aunque aparezca una “siñá” por ”señora” o “seyais” por “seais”.
En la conversación que sobre temas literarios mantienen Emilio y Pilar es curioso que el primero arremeta contra poetas —él también lo era— y periodistas, mientras su novia le contradice. Se cita al cuentista y poeta asturiano Alfonso Camín, al que, sin duda, el autor conocería en Cuba, defendido por Pilar y denostado por él con razones más bien extraliterarias (pág. 128). También se menciona a Eugenio Noel y Ángel Lázaro, que anduvieron por la isla caribeña durante las fechas en las que un jovencísimo José Sampériz andaba descubriendo el mundo y, de paso, la rebeldía y la literatura. A Rubén Darío, Unamuno, Amado Nervo, D’Annunzio, Villaespesa, Pérez de Ayala, Verlaine y Valle-Inclán, los agrupa bajo el marbete de “una manada de majaderos”, aunque pronto el autor incluiría a alguno de ellos en su Hitos ibéricos. Emilio también se explaya ampliamente contra el escritor gallego, al que su novia Pilar defiende, con argumentos peregrinos y ad hominem, como el de que su mujer, la actriz Josefina Blanco, le hubiera pedido el divorcio, para luego reconocer que admira sus escritos, como lo hace con los del colombiano Vargas Vila, pero sostiene que dan un concepto falso de la vida. Sólo Gide ha dicho la verdad, proclama, aludiendo a una frase de Los alimentos terrestres (1897) en la que el maestro Nathanaél aconseja al discípulo Ménalque, que no busque verdades fuera de sí mismo. Como se ve, típicos argumentos de un joven que aplica la rotundidad para disimular el escaso sustrato de sus impresiones.
Pero no achaquemos a Sampériz incoherencia ni contradicciones en tiempos históricos tan difíciles para recorrer un camino recto y claro. Sus indiscutibles condiciones para la prosa rebotan en una caótica formación donde, en tortilla de pisos o croqueta multigustos, habían de superponerse o integrarse Balmes con Nietzsche, Marx con Bakunin, el también majadero —a ojos del autor— Emmanuel Kant con Unamuno… También, su admirado Pi y Margall con Valle-Inclán, que estaba en otras guerras. De cualquier modo, parece patente que sus principales modelos literarios fueron José María Vargas Vila, Gabriel Miró y Ángel Samblancat.
Resulta tentador comparar a Sampériz con los autores de La Novela Ideal, la colección semanal anarquista de novela corta, dirigida por dos figuras históricas del movimiento libertario, como fueron Federico Urales (Juan Montseny) y su hija Federica Montseny. Entre 1925 y 1938, la colección totalizó 598 números, con lo que se convirtió, en la más longeva después de Los Contemporáneos que, de 1909 a 1926, llegó a los 897. En La Novela Ideal colaboraron numerosos simpatizantes de La Idea, habitualmente con narraciones ingenuas y elementales, que distinguían el bien y el mal sin concomitancia alguna y poco adictas al matiz. Sin embargo, también colaboraron allí plumas de autores muy dotados, como el también anarquista nacido en Belver de Cinca, Felipe Alaiz (4 títulos), aunque la novela corta no fuese lo mejor de su amplia producción. Parece que, de haberlas escrito, las novelas breves de José Sampériz, hubieran podido tener su asiento en dicha colección su asiento.
Autor insólito, se le mire por donde se le mire, Sampériz, hasta hoy, era únicamente una referencia entre los autores aragoneses muy poco conocidos y citados y casi siempre aludiendo a la rareza de sus ediciones y a lo dantesco de su muerte. Al fin, una más entre las de tantos que desaparecieron a raíz de las violencias latentes o de las violencias desatadas en la tierra que los vio nacer.
Cuando José Sampériz dedica Candasnos a su hermano Cosme, éste todavía no había sido víctima de la violencia que él mismo contribuyó a desatar. Cuando Ángel Samblancat —que, seguramente recordando a Costa, titula su prólogo “Aragón, león”— escribe en el segundo párrafo: “La estepa, seca por fuera, rebosa patetismo, dramatismo, intensidad” no puede describir de mejor manera los rasgos que caracterizan al Sampériz apasionado que trasuda esta novela cuyo final apocalíptico parece presagiar acontecimientos cercanos.
El 5 de diciembre de 1996, Guillermo Fatás escribía en su lamentablemente desaparecida sección “Libros aragoneses” de Heraldo de Aragón: “…el anarquista José Sampériz, monegrino, publicó en 1933 una novela, Candasnos, del todo ignorada hoy, a pesar del prefacio de Samblancat”. Había transcurrido más de medio siglo desde que el nombre del escritor había aparecido en algún periódico español, normalmente, de poca circulación y, casi siempre, de pasada. Un cuarto de siglo más y hoy tenemos, al menos, la posibilidad de leer su obra más significativa y adquirir una opinión acerca de ella.
OBRAS
–El sacrílego (novela), Valencia, Tip. de Pascal Quiles, 1931.
–Aullidos (poesía), ¿1932?
–Candasnos (novela), Barcelona, Talleres Gráficos Alfa, 1933.
–¿Libre?… (cuentos), ¿1934?
–Hitos ibéricos (ensayos), Huesca, Vicente Campo, 1935.
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