Liberto Herrera
No vengo a traeros flores ni ilusiones. Vengo a hablaros de la verdad que muchos camaradas prefieren endulzar para no asustar a los recién llegados: la represión no es un accidente de trayecto en la lucha anarquista; es su sombra inevitable, el eco metálico que nuestra acción provoca en los engranajes del Leviatán. Quien sueña con una revolución sin cicatrices, sin sangre y sin cadenas, está soñando con una aventura o una fiesta, no con la destrucción del orden burgués. La tesis que os traigo es dura, pero necesaria: la represión es inherente a nuestra lucha porque el poder no cede su botín sin violencia; aun así, aunque el terreno esté minado, aunque las probabilidades sean de aniquilamiento, la lucha debe proseguir por todos los medios posibles. La tensión entre el orden burgués y el mundo nuevo que llevamos en nuestras entrañas no es un malentendido que se resuelva con diálogos de salón; es un antagonismo ontológico, una contradicción irreconciliable. Y es precisamente de la superación violenta y radical de ese orden de donde ha de surgir la victoria libertaria — lo que, a su vez, nos conduce, inexorablemente, de vuelta al fuego de la resistencia.
Comencemos por lo obvio que los académicos y los reformistas se niegan a ver: el Estado burgués no es una entidad neutra, un mero árbitro de conflictos sociales. Es la comisión ejecutiva de los explotadores, el guardaespaldas armado de la propiedad privada y de las jerarquías que de ella emanan. Su esencia es la coerción monopolizada. La ley que aplica no es la justicia; es la codificación del despojo. Cuando nos organizamos en consejos libres, cuando ocupamos tierras y fábricas, cuando rehusamos la obediencia y la servidumbre voluntaria, no estamos haciendo una petición de cambio; estamos asestando un golpe en la base misma de su legitimidad. La reacción del Estado a ese golpe no puede ser otra que la represión. No es un “riesgo” calculado; es una certeza física, como la caída de un cuerpo. La historia está repleta de ejemplos — desde la Comuna de París, ahogada en sangre, hasta la Ucrania Libre, aplastada por el ejército rojo y los blancos; desde los mártires de Chicago hasta las celdas de prisión que albergan a los camaradas de hoy. La represión no es el “precio” a pagar; es la respuesta natural del sistema a nuestra existencia.
En este punto, muchos se acobardan. Dicen: “El terreno es desfavorable. La burguesía está fortalecida. El proletariado está atomizado. Esperemos el momento oportuno.” ¡Qué cobardía disfrazada de pragmatismo! ¿Cuándo, pregunto yo, fue el terreno favorable para los oprimidos? ¿Cuándo es que los dueños del mundo se sentaron a la mesa y dijeron: “Ahora estamos débiles, pueden atacar”? El terreno desfavorable es el único terreno que conoce la clase trabajadora. La fábrica es desfavorable, la mina es desfavorable, el gueto es desfavorable. La historia no es una escalera mecánica que nos lleve suavemente a la libertad; es un abismo que solo se traspona con un salto — y el salto exige piernas fuertes, aunque el suelo tiemble. Esperar condiciones ideales es esperar la muerte de nuestra propia iniciativa. Es entregar al enemigo el monopolio del tiempo. La lucha no se libra cuando la victoria es segura; se libra porque la victoria debe ser conquistada, y la única manera de hacerla posible es librarla, ahora, con las herramientas que tenemos, aunque sean solo nuestras manos desnudas y nuestra voluntad inquebrantable.
Ahora, detengámonos en esa tensión inevitable. ¿Qué es el orden burgués sino un sistema de mediaciones jerárquicas — el patrón sobre el obrero, el hombre sobre la mujer, el blanco sobre el negro, el burócrata sobre el ciudadano? Es una telaraña de mandatos y obediencias que se reproduce diariamente en las escuelas, en las iglesias, en los cuarteles y en los parlamentos. El anarquismo, en su esencia, es la negación absoluta de esa mediación. Nosotros no queremos reformar la cadena, queremos romperla. No queremos un patrón más humano, queremos la autogestión. No queremos un Estado más paternalista, queremos la federación libre de comunas. Esa negación no es una abstracción filosófica; se traduce en actos concretos: la desobediencia, la huelga salvaje, el sabotaje, la expropiación. Cada uno de esos actos choca frontalmente con el código penal burgués, con su policía y con sus ejércitos. La tensión, por tanto, es una guerra de movimiento perpetuo.
Y es en ese embate, en esa dialéctica violenta, donde reside nuestra esperanza. Porque la superación del orden burgués no vendrá de un voto, ni de una declaración de la ONU, ni de un manifiesto pacífico que pide amablemente a los opresores que se conviertan. La superación vendrá de la crisis, del choque, del momento en que la represión del Estado se vuelve tan brutal, tan descarnada, que el velo de la legalidad se rasga y las masas ven al tigre detrás de la máscara. Es la represión la que educa a las masas en la escuela de la necesidad. Es la violencia policial la que radicaliza al obrero moderado. Es la prisión del militante la que inspira la rebelión del vecindario. En ese sentido, la represión es un arma de doble filo: el enemigo la usa para inmolaros, pero nosotros la usamos como una forja que templa nuestra determinación y revela el verdadero rostro del poder. Cuanto más aprieta el cerco el Estado, más demuestra que no tiene argumentos, solo balas. Y cuando una estructura solo tiene balas para ofrecer, su caída es solo cuestión de tiempo y de furia acumulada.
Pero atención: esa victoria libertaria, que emerge de la superación del orden, no es un punto de llegada estático, un paraíso donde los problemas se disuelven. Es un proceso continuo de autoemancipación. Y es precisamente por eso que la lucha, y todos los medios posibles para librarla, se convierten en la categoría central de nuestra existencia. Defender que la lucha debe proseguir “por todos los medios posibles” no es un llamamiento ciego a la violencia; es el reconocimiento de que, en una guerra de exterminio contra nuestra humanidad, tenemos el derecho moral e histórico de usar todas las armas disponibles. Si el Estado usa las leyes para encarcelarnos, usemos la ilegalidad para expropiar lo que fue robado. Si el Estado usa los medios para mentir, usemos la palabra impresa y la acción directa para desenmascarar. Si el Estado usa las balas, usemos las barricadas. La ética del oprimido no puede ser la ética del opresor. Mientras ellos tienen la propiedad, nosotros tenemos el hambre; mientras ellos tienen el ejército, nosotros tenemos el número; mientras ellos tienen la tecnología de la vigilancia, nosotros tenemos la solidaridad orgánica de las calles. La lucha por todos los medios significa utilizar la huelga general como arma política, la ocupación como acto de justicia distributiva, el sabotaje como interrupción del beneficio, y la insurrección popular como el momento culminante en que el pueblo, armado con su propio coraje, toma para sí los destinos de la vida social.
Reconozcamos, sin embargo, la dureza del camino. Las derrotas son amargas. Las filas se disminuyen. Los camaradas caen. Y el terreno, a menudo, parece más estéril que nunca. La pregunta que resuena en los sótanos de las comisarías y en los exilios forzados es: “¿Por qué continuar?” La respuesta es tan simple como absoluta: porque parar es aceptar la muerte en vida. Porque la interrupción de la lucha no es una tregua; es una derrota definitiva que consagra el orden burgués como eterno. La continuidad de la resistencia, incluso en terreno árido, es la única garantía de que la llama no se apague. Cada acto de rebeldía, por pequeño que sea, es una negación práctica del “fin de la historia” proclamado por los ideólogos del capital. Cuando un grupo de trabajadores ocupa una fábrica en quiebra, aunque sean desalojados al día siguiente, han plantado una semilla: la semilla de la autogestión posible. Cuando un barrio se organiza en milicias populares para enfrentar la represión policial, aunque sean masacrados, han escrito una página en la memoria colectiva que ningún juez puede borrar. La lucha no se justifica solo por la victoria final; se justifica por la dignidad que confiere a cada instante de la resistencia. La victoria libertaria vendrá, pero vendrá como un corolario de innumerables batallas perdidas, de innumerables mártires, de innumerables “fracasos” que, sumados, construyen la subjetividad revolucionaria.
Esta es la dialéctica cruel que nos mueve: el orden burgués no puede coexistir con la libertad anárquica. La perseguirá, la calumniará y la aplastará con todas sus fuerzas. Pero, al hacer eso, genera su propio antídoto. Unifica a los dispersos, radicaliza a los moderados, prueba su propia incapacidad para resolver las crisis que ella misma crea. La superación, por tanto, no es una huida de la realidad; es una inmersión en ella hasta el fondo, hasta el punto en que la tensión se rompe y lo nuevo emerge de las cenizas de lo viejo. Y ese mundo nuevo — la sociedad federada, igualitaria y libre — no será construido con plegarias, sino con los escombros del edificio derrumbado.
Finalmente, queridos camaradas, no nos engañemos con el canto de sirena del realismo político. El realismo burgués es la aceptación de la servidumbre. Nuestro realismo es la conciencia de la fuerza del enemigo aliada a la certeza de nuestra necesidad de destruirlo. La represión está ahí, en los sótanos, en las comisarías, en los cañones. Pero nuestra voluntad de resistir también está ahí, en los talleres, en los campos, en los barrios periféricos. Que la represión nos encuentre de pie. Que el terreno desfavorable nos encuentre en movimiento. Que la tensión nos encuentre en la trinchera. Porque la victoria libertaria no es un premio para los prudentes; es una conquista para los audaces. Es la superación del orden burgués la que nos traerá el alba, pero esa superación exige que cada uno de nosotros, ahora, en este instante, empuñe su herramienta, su palabra, su puño o su inteligencia para golpear las cadenas.
La lucha continúa. No porque tengamos esperanza de un mañana fácil, sino porque el hoy, sin lucha, es insoportable. No porque el futuro nos garantice el triunfo, sino porque el presente nos exige la rebeldía. La represión es inherente, el terreno es hostil, la tensión es absoluta. Pero la resistencia es nuestra esencia. Y mientras haya un solo explotado, una sola mujer oprimida, un solo trabajador encadenado, habrá un anarquista plantando la dinamita de la libertad. Adelante, pues. La victoria es el propio camino, y el camino es la lucha hasta el final.
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