Nuevo número de Regeneración – órgano de la Federación Anarquista de México

Regeneración

Editorial: ¿Estas si son las formas?

“Hay formas de protestar.”

Es una frase que aparece con una rapidez asombrosa cada vez que una manifestación rompe la tranquilidad de una ciudad.  Basta con que una pared sea pintada, un cristal termine hecho añicos o una calle permanezca bloqueada durante unas horas para que una multitud de comentaristas improvisados salga a dar lecciones de civismo. De pronto, la discusión deja de ser la desaparición forzada que motivó la marcha, el feminicidio que indignó a una comunidad, el bosque arrasado por una empresa o la explotación que condena a miles de personas a sobrevivir con salarios   miserables. Todo queda reducido a un único tema: las formas.

Para ese sector de la sociedad, la legitimidad de una causa parece depender más del estado de una ventana que de la injusticia que originó la protesta.

Sin embargo, basta con que la selección mexicana gane un partido importante para que ese discurso desaparezca por completo.

Entonces ya no importa el orden.

Ya no importa la tranquilidad.

Ya no importa la propiedad.

Las calles se convierten en escenarios de celebraciones multitudinarias donde, una y otra vez, se repiten  escenas conocidas por cualquiera que haya presenciado estos festejos: conductores alcoholizados poniendo en riesgo la vida de los demás, accidentes de tránsito, motociclistas realizando maniobras peligrosas, peleas entre aficionados, agresiones físicas, daños a vehículos particulares, mobiliario urbano destruido, comercios afectados, toneladas de basura abandonadas  en plazas y avenidas, enfrentamientos con la policía e, incluso, mujeres acosadas bajo el pretexto de que “es parte de la fiesta”.

Y, sin embargo, casi nadie concluye que el fútbol sea un problema.

Nadie exige cancelar los partidos.

Nadie propone prohibir los festejos.

Nadie afirma que toda la afición quedó deslegitimada por culpa de quienes cometieron esos actos.

Al contrario. La explicación suele ser indulgente: “fueron unos cuantos”, “la emoción los rebasó”, “no representan a los verdaderos aficionados”.

Curiosamente, esa comprensión desaparece cuando quienes ocupan las calles no celebran un gol, sino que denuncian una injusticia.

Entonces ya no existen matices.

Ya no existen contextos.

Ya no existen causas.

Solo queda una pared pintada.

Solo queda un vidrio roto.

Solo queda el sermón de quienes aseguran que “hay formas”.

La doble moral resulta tan evidente que cuesta entender cómo todavía puede sostenerse con seriedad.

No se trata de justificar cualquier acto de destrucción.  Se trata de preguntarse por qué algunos consideran comprensible que una ciudad termine parcialmente destrozada por un triunfo deportivo, pero consideran imperdonable que una protesta altere el orden cuando lo que está en juego son vidas humanas, derechos arrebatados o territorios destruidos.

La respuesta no está en la ética.

Está en la política.

El poder jamás ha tenido problemas con las multitudes que salen a cantar un gol.

Las multitudes que realmente le preocupan son las que dejan de aplaudir y comienzan a cuestionar.

Por eso el fútbol representa mucho más que una competencia deportiva. Es uno de los mayores espectáculos políticos y comerciales del planeta. Bajo el discurso de la unión entre los pueblos se esconde un negocio multimillonario que beneficia a organismos deportivos, patrocinadores internacionales, cadenas de televisión, plataformas de apuestas, empresas de publicidad y gobiernos que encuentran en el deporte una herramienta extraordinaria para fortalecer el nacionalismo.

Durante unas semanas parece desaparecer toda diferencia social.

El empresario que vive de apropiarse del trabajo ajeno celebra abrazado al trabajador que apenas logra pagar la renta.

El político responsable de recortar presupuestos públicos grita el mismo gol que quien padece las consecuencias de esas decisiones.

El millonario y quien sobrevive endeudado parecen compartir exactamente los mismos intereses porque ambos llevan puesta la misma camiseta.

Eso es precisamente lo que vuelve tan útil al nacionalismo.

Convencer a personas con intereses completamente opuestos de que forman una sola comunidad simplemente porque nacieron dentro de las mismas fronteras.

Mientras millones de personas discuten alineaciones, arbitrajes y estadísticas, dejan de hablar, aunque sea por unas semanas, de precariedad laboral, desapariciones, devastación ambiental, corrupción, especulación inmobiliaria, privatización de los bienes comunes o violencia institucional.

No porque esos problemas desaparezcan. Sino porque el espectáculo consigue desplazarlos del centro de la con-versación pública.

El Estado entiende perfectamente ese mecanismo.

Por eso ningún gobierno desaprovecha la oportunidad de colgarse de los éxitos deportivos. Presidentes, gobernadores y funcionarios aparecen enfundados en la camiseta nacional, felicitan públicamente a la selección y hablan del orgullo de representar a México ante el mundo, como si un triunfo futbolístico validara también la gestión política de quienes gobiernan.

El Mundial de 2026 no es la excepción.

Desde hace años, el Estado mexicano presenta el torneo como una oportunidad histórica para atraer inversiones, impulsar el turismo y demostrar la capacidad del país para organizar uno de los eventos deportivos más importantes del planeta.

El discurso oficial está lleno de palabras como desarrollo, modernización, crecimiento y prestigio internacional. Pero detrás de esas palabras aparece una pregunta incómoda: ¿quién paga la fiesta? Porque mientras se anuncian inversiones millonarias para remodelar estadios, mejorar zonas turísticas, reforzar la seguridad, ampliar sistemas de videovigilancia y garantizar  que  visitantes,  patrocinadores y directivos disfruten de un torneo sin contratiempos, millones de personas siguen enfrentando hospitales saturados, escuelas abandonadas, transporte público deficiente, escasez de agua, contaminación, vivienda inaccesible y comunidades enteras afectadas por megaproyectos que privilegian los intereses económicos sobre las necesidades de la población.

Cuando se trata del espectáculo, el dinero aparece.

Cuando se trata de derechos básicos, siempre se repite que no hay suficiente presupuesto.

Esa contradicción no es un accidente. Es la expresión más clara de cuáles son las prioridades del poder. Porque el Mundial nunca ha sido solamente fútbol. Es una enorme operación económica. Es un negocio cuidadosamente diseñado para convertir la pasión popular en ganancias privadas.

Cada camiseta oficial, cada bebida patrocinada, cada anuncio publicitario, cada transmisión exclusiva y cada apuesta realizada forman parte de una maquinaria que transforma la emoción colectiva en una mercancía extraordinariamente rentable.

Mientras millones de personas viven el torneo como una fiesta, unas cuantas corporaciones acumulan beneficios que difícilmente podrían obtener en cualquier otro evento del planeta. Y, como ocurre con casi todos los grandes negocios, la factura termina repartiéndose entre quienes menos ganan.

Y esa factura no se limitó al dinero público.

También la pagó el medio ambiente.

Antes del Mundial, millones de personas ya se preparaban para cruzar continentes, las aerolíneas ajustaban rutas, las ciudades aceleraban obras, los estadios se levantaban a toda prisa y el consumo empezaba a presentarse como parte indispensable de la experiencia futbolística. Durante el torneo, esa maquinaria alcanzó su punto máximo: vuelos comerciales multiplicados, gasto energético disparado, infraestructura sobredimensionada, residuos por toneladas y una avalancha de camisetas, productos promocionales y artículos diseñados para durar apenas unas semanas.

Tras el último silbatazo, el planeta siguió cargando con las consecuencias.

Los organizadores, antes y durante el torneo, hablaron de “Mundiales verdes”, “compensación de emisiones” y “eventos sostenibles”, como si plantar algunos árboles pudiera equilibrar un modelo basado en producir, transportar, consumir y desechar a una escala gigantesca.

La lógica fue siempre la misma: convertir incluso la crisis ambiental en una estrategia de marketing.

A ello se sumó otra industria que rara vez ocupó el centro de la conversación.  Durante el Mundial se dispararon las campañas publicitarias que vincularon el fútbol con el consumo de carne, productos de origen animal y bebidas alcohólicas.  El mensaje fue claro: para vivir la pasión del deporte había que consumir más. Poco importó el costo ambiental de la ganadería industrial, el sufrimiento animal o los problemas sociales asociados al abuso del alcohol. Lo importante fue mantener funcionando la maquinaria del consumo.

El aficionado creyó estar celebrando un partido. En realidad, participó en una inmensa campaña comercial cuidadosamente diseñada para venderle una identidad, unos hábitos de consumo y una idea de nación.

Eso explicó por qué el Mundial necesitó mucho más que jugadores.

Necesitó banderas.

Necesitó himnos.

Necesitó fronteras.

Necesitó convencer a millones de personas de que compartían intereses con quienes jamás habían compartido otra cosa que un pasaporte.

Mientras la población gritó “¡México!”, desaparecieron, aunque fuera por unas horas, las diferencias entre quienes vivían de su trabajo y quienes vivían del trabajo ajeno. El conflicto social quedó oculto detrás del marcador. La explotación se disfrazó de unidad nacional. El descontento se convirtió en orgullo patrio.

Y esa fue una victoria mucho más importante para el poder que cualquier campeonato.

Porque un pueblo entretenido cuestiona menos.

Un pueblo convencido de que pertenece a una gran familia nacional difícilmente preguntará por qué esa familia está organizada de tal forma que unos pocos concentran la riqueza mientras millones apenas sobreviven.

No fue casualidad que los gobiernos invirtieran tanto entusiasmo en el deporte de masas.

No fue casualidad que aparecieran sonrientes junto a la selección.

No fue casualidad que cada triunfo deportivo fuera presentado como un triunfo del país entero.

Y cuando la indignación finalmente regresó, reaparecieron los defensores de “las formas”.

Fueron los mismos que llamaron “vándalos” a quienes pintaron un edificio público para denunciar un feminicidio, pero consideraron “excesos de la emoción” los destrozos posteriores a un partido.

Los mismos que condenaron una barricada levantada para impedir un desalojo, pero sonrieron cuando decenas de personas bloquearon avenidas celebrando un gol.

Los mismos que exigieron respeto absoluto por el mobiliario urbano cuando hubo una protesta, aunque guardaron un silencio conveniente cuando ese mismo mobiliario terminó destruido durante un festejo futbolístico.

No porque amaran el orden. Sino porque les incomodó mucho más el conflicto social que el desorden.

Porque una manifestación cuestiona las relaciones de poder. Un festejo, por caótico que sea, no las pone en riesgo.

Por eso el Estado toleró con mayor facilidad una multitud eufórica que una multitud consciente. La primera volvió a casa cuando terminó el partido.

La segunda pudo empezar a preguntarse quién tomó realmente las decisiones, quién se benefició del trabajo colectivo y por qué se destinaron millones de pesos al espectáculo mientras tantas necesidades permanecieron sin atender.

El problema nunca fue un vidrio roto.

Si lo fuera, la indignación habría sido la misma después de cada celebración futbolística.

El problema tampoco fue el orden público.

Si realmente hubiera importado, habría habido el mismo escándalo por cada automóvil vandalizado, cada agresión, cada accidente provocado por el alcohol o cada mujer acosada durante los festejos.

Lo que realmente incomodó fue que existieran personas dispuestas a desafiar un orden social que produjo desigualdad, violencia y devastación ambiental.

Ahí sí aparecieron las lecciones de civismo.

Ahí sí importaron las formas.

Porque, al final, el poder entendió algo que buena parte de la sociedad todavía se negó a reconocer: una multitud celebrando consume; una multitud organizada puede transformar la realidad.

Quizá por eso resultó tan fácil encontrar campañas millonarias para promover el Mundial y tan difícil encontrar el mismo entusiasmo institucional cuando se trató de resolver los problemas cotidianos de la población.

El balón rodó durante noventa minutos. Las injusticias permanecieron mucho después del silbatazo final.

Así que, después del Mundial, cuando alguien señaló una protesta y preguntó con indignación: “¿esas son las formas?”, tal vez convino devolver-le la pregunta recordando todo lo que se toleró antes y durante los festejos multitudinarios por una victoria de la selección.

Porque si el criterio cambió según quién ocupó las calles, entonces nunca estuvieron discutiendo las formas.

Siempre estuvieron defendiendo el orden.


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